Me siento culpable. La novia de mi padre se fue hoy en la mañana mientras yo dormía porque no se sentía cómoda en casa. Creo, aunque no me parece razonable, que en parte pude haber sido la causa de su incomodidad. Anyway... no sé qué se llevó porque yo no la vi, pero dejó cosas deliciosas en la cocina y en la tarde, apenas entrada la noche, me dio hambre, así que fui por algo de picar.
Tenía sed pero no había leche para un cereal, y el jugo no se me antojaba tanto. Había unas galletas de amaranto en la alacena, propiedad de la susodicha, y escuchando a mi padre ocupado en su estudio decidí comerme una de las dos que quedaban. Estaba deliciosa, crujiente y no muy dulce. No me calmó el hambre, así que seguí investigando. Los restos de la cena de navidad no llamaban mucho mi atención, me asomé al frutero. Había plátanos, naranjas, manzanas y un solo zapote chico, todo comprado por mí antes de las visitas decembrinas. El zapote se veía café anaranjoso y apenas no se hundió en mi mano cuando lo agarré, estaba justo para comerlo pero decidí guardárselo a mi chica, que le encantan. La novia de mi padre, vegetariana, había comprado dos bolsas de zarzamoras y una granada roja. Tomé la granada sólo para inspeccionarla, sería una lástima que acabara pudriéndose en el frutero antes de la reconciliación. No sé mucho de granadas rojas. La que me las escogía era mi madre, me encantaban cuando era niña pero desde entonces no había vuelto a probarlas. Estaba casi roja y un poco suave. La llevé al esquinero metálico, tomé un cuchillo y la corté por la mitad para averiguarlo: los granos estaban tan rojos que casi eran morados. La olí y le arranqué unos con la boca. Sí, estaba buena. Tomé un plato hondo pequeño del estante y regresé a mi sala de operaciones. Con mucho cuidado le fui arrancando la cáscara, dejando al descubierto racimos rojos intensos. Con las llemas arrancaba los granos, crujían un poco al desprenderse y se desordenaban en mis dedos, pequeños ellos. Fui llenando el recipiente. Apenas terminé las dos mitades me comí una cucharada, y me llamó mi padre desde el pasillo. Dejé el plato, me limpié con un dedo el jugo de la comisura de los labios, y salí a ver qué pasaba. Me dijo que iba a un bar. Le pregunté si iba con Magnolia. Me dijo que no. Que no llegara muy tarde. Se despidió de mí y yo regresé a la cocina, me recargué en la barra y mientras los granos de la granada se rompían en mi boca contemplé mi obra: la cáscara despedazada, la pared de azulejos blancos salpicada de puntitos rojos y un charco casi morado en la superficie metálica, escurriéndose hacia el lavadero y mezclándose con el agua, haciendo los mismos surcos rojos que en el cuchillo que había utilizado.
Me hice un té y al salir cogí de paso la última galleta de amaranto.
(Cualquier parecido con celos elektrianos es pura ilusión psicoanalítica.)

No hay comentarios.:
Publicar un comentario