Yo quería hacer, al principio, un blog sobre la ciudad de México. El tema o el objetivo del blog era describir al DF como se lo describiría a alguien que nunca hubiera estado aquí (aclarar, por ejemplo, que aquí se usan dos nombres para la capital del país y que tiene alguna implicación usar cualquiera de los dos); el método, o el plan, era ir haciendo descripciones de lugares, de modo que la parcialidad de un post (la caducidad de un post) se equiparara a la parcialidad de los lugares, que podía ser cualquier metro cuadrado de esta ciudad.
Nunca pasé de la primera entrada pero a veces me sigo dando cuenta de la infinitud de asfalto en la que estoy metida, y me vuelven a dar ganas de escribir posts que nunca se acaban.
Hasta cierto punto es absurdo escribir sobre cosas por las que se pasa todos los días pero, yo no sé si a alguien más le suceda, a veces piso una colonia en la que hacía mucho no había estado (colonia aquí significa lo mismo que, por ejemplo, "barrio"; aunque "barrio" aquí no significa lo mismo que en otros lados), me meto a un lugar nuevo o nada más miro con otros ojos el Periférico de siempre, y me vuelve aquella frase a la cabeza de "sólo el recién llegado puede ver la cultura".
Periférico es una calle más parecida a una highway que a una avenida.
He querido escribir sobre el camellón de Álvaro Obregón, en la Roma; sobre la esquina tenebrosa de Revolución y Viaducto, sobre las mañanas pachecas en Reforma, los domingos; la zona del aeropuerto a las 4 de la mañana, Palmas y Periférico a las 2 y 7 de la tarde y a las 11 de la noche, el parque talado de Chapultepec, la UNAM, la Doctores, el Centro, el Ajusco, las barrancas, las iglesias perdidas en la Narvarte, las clínicas privadas que ofrecen consulta por 35 baros, Cuitláhuac y la glorieta de Camarones que hace tres mil años que ya no existe pero todo mundo la sigue usando como punto de referencia; sobre los vecinos de Clavería y la Santa María; los tacos de la Susi en la Industrial, la calzada de los milagros, las leyendas de Tepito y la Buenos Aires, la carretera a Cuenavaca con su escalada curveada sobre la cordillera, las calles infinitas que llegan a Xochimilco, los hombres que viven en cuevas en el cerro del Chiquihuite, las zonas industriales del norte donde venden crack, la vida urbana de la glorieta de Chapultepec, el estilo arquitectónico de Satélite...
Me parece que he sido influenciada por demasiadas novelas citadinas tipo "crucé el boulevard de St. Denis", "en la 52 y la cuarta" o " Sucedió que sus pasos los condujeron durante uno de estos vagabundeos, a una calle de un barrio muy poblado de Londres. Era una calle estrecha y, los domingos, lo que se dice tranquila (...)".
También es posible que todo esto haya sido motivado por el miedo y fascinación que me provocan kilómetros y kilómetros pavimentados, sosteniendo la ilusión de que no estamos solos; o bien por un mero deseo de contar cuentos: en Salamanca pasaba horas tratando de sorprender cada vez más a mis oyentes cuando les hablaba del DF (lástima que las leyendas de Tepito las haya escuchado de regreso).
Pienso que no hay nada más aterrador que imaginar la ciudad de México despoblada, cubierta de tierra y a oscuras. A veces cuando camino de noche no sé qué me espera al doblar una esquina y la única manera de seguir es aceptando de antemano lo que venga; con todo, me parece aterrador multiplicarlo por millones de esquinas, de kilómetros zigzagueados en las calles, de ventanas oscuras, de pasillos , de sombras desconocidas, de cloacas y basureros; en fin, de tanta masa asfáltica despoblada.
Es aterrador porque si está ciudad se volviera salvaje y cada quién buscara lo suyo como animales huraños, nos daríamos cuenta de que hablamos de kilómetros y millones de habitantes, pero sólo ubicamos unos cuantos metros a la redonda (lo demás nos lo imaginamos y creemos que es nuestro, que nos pertenece, que no nos hará daño). Es sólo una esquina la que me hace hablar de la ciudad de México, o un parque de madrugada. Son esos cuantos metros cuadrados los que de repente desencajan y me muestran eso que yo quiero escribir porque desnudan por un momento lo que yo misma estaba viendo.
Así que en adelante, si acaso alguna vez, ontologías defeñas, crónicas de la Ciudad de México, vendrá a etiquetar a todos esos posts que hablen sobre banquetas desencajadas.
Nunca pasé de la primera entrada pero a veces me sigo dando cuenta de la infinitud de asfalto en la que estoy metida, y me vuelven a dar ganas de escribir posts que nunca se acaban.
Hasta cierto punto es absurdo escribir sobre cosas por las que se pasa todos los días pero, yo no sé si a alguien más le suceda, a veces piso una colonia en la que hacía mucho no había estado (colonia aquí significa lo mismo que, por ejemplo, "barrio"; aunque "barrio" aquí no significa lo mismo que en otros lados), me meto a un lugar nuevo o nada más miro con otros ojos el Periférico de siempre, y me vuelve aquella frase a la cabeza de "sólo el recién llegado puede ver la cultura".
Periférico es una calle más parecida a una highway que a una avenida.
He querido escribir sobre el camellón de Álvaro Obregón, en la Roma; sobre la esquina tenebrosa de Revolución y Viaducto, sobre las mañanas pachecas en Reforma, los domingos; la zona del aeropuerto a las 4 de la mañana, Palmas y Periférico a las 2 y 7 de la tarde y a las 11 de la noche, el parque talado de Chapultepec, la UNAM, la Doctores, el Centro, el Ajusco, las barrancas, las iglesias perdidas en la Narvarte, las clínicas privadas que ofrecen consulta por 35 baros, Cuitláhuac y la glorieta de Camarones que hace tres mil años que ya no existe pero todo mundo la sigue usando como punto de referencia; sobre los vecinos de Clavería y la Santa María; los tacos de la Susi en la Industrial, la calzada de los milagros, las leyendas de Tepito y la Buenos Aires, la carretera a Cuenavaca con su escalada curveada sobre la cordillera, las calles infinitas que llegan a Xochimilco, los hombres que viven en cuevas en el cerro del Chiquihuite, las zonas industriales del norte donde venden crack, la vida urbana de la glorieta de Chapultepec, el estilo arquitectónico de Satélite...
Me parece que he sido influenciada por demasiadas novelas citadinas tipo "crucé el boulevard de St. Denis", "en la 52 y la cuarta" o " Sucedió que sus pasos los condujeron durante uno de estos vagabundeos, a una calle de un barrio muy poblado de Londres. Era una calle estrecha y, los domingos, lo que se dice tranquila (...)".
También es posible que todo esto haya sido motivado por el miedo y fascinación que me provocan kilómetros y kilómetros pavimentados, sosteniendo la ilusión de que no estamos solos; o bien por un mero deseo de contar cuentos: en Salamanca pasaba horas tratando de sorprender cada vez más a mis oyentes cuando les hablaba del DF (lástima que las leyendas de Tepito las haya escuchado de regreso).
Pienso que no hay nada más aterrador que imaginar la ciudad de México despoblada, cubierta de tierra y a oscuras. A veces cuando camino de noche no sé qué me espera al doblar una esquina y la única manera de seguir es aceptando de antemano lo que venga; con todo, me parece aterrador multiplicarlo por millones de esquinas, de kilómetros zigzagueados en las calles, de ventanas oscuras, de pasillos , de sombras desconocidas, de cloacas y basureros; en fin, de tanta masa asfáltica despoblada.
Es aterrador porque si está ciudad se volviera salvaje y cada quién buscara lo suyo como animales huraños, nos daríamos cuenta de que hablamos de kilómetros y millones de habitantes, pero sólo ubicamos unos cuantos metros a la redonda (lo demás nos lo imaginamos y creemos que es nuestro, que nos pertenece, que no nos hará daño). Es sólo una esquina la que me hace hablar de la ciudad de México, o un parque de madrugada. Son esos cuantos metros cuadrados los que de repente desencajan y me muestran eso que yo quiero escribir porque desnudan por un momento lo que yo misma estaba viendo.
Así que en adelante, si acaso alguna vez, ontologías defeñas, crónicas de la Ciudad de México, vendrá a etiquetar a todos esos posts que hablen sobre banquetas desencajadas.
8 comentarios:
la verdad nunca me han gustado ningun lugar en los que haya vivido... ni aún ningun lugar en el que haya estado salvo uno. La Huasteca de mi natal Monterrey... la huasteca de los huicholes, el peyote y el lugar donde los dioses le metieron mano al mundo...
sí... viviendo en Monterrey, ya se imaginará usted, le cuesta a uno mucho hacerse a la idea de que el rincón en el que ha venido uno a caer, como el detritus divino de algún padre omnipresente, sea sagrado, siquiera bonito... Monterrey es un peñazco seco y caluroso en medio de un desierto... un oasis de dinero y batidos de asfalto... cualquier cosa menos una casa...
le cuesta uno hacerse una casa en ese lugar tan muerto y árido... primero por nuestro chichimecas -los guachichiles y los yakis eran pequeños archipiealgos religiosos- hasta que llegaron nuestros primeros colonizadores a aridoamérica... y después, allá en los 30, con los cristeros... la nueva religión: el DINERO. y desde entonces monterrey está viviendo en el limbo del progreso...
envidio profundamente el DF... envidio los hogares desde que visité mi huasteca hace ya tanto tiempo...
su descripción de df me encantó... y hasta casi me hace sentir nostalgia de mexico en esto frios gelidos europeos... y hasta a uno se le antoja pensar eso que les pasa a todos... que ese metro cuadrado en el que vino a nacer, el que se vino a partiuclarizar en el arbol de la esquina, el chuy burros, la tiendita de juan el burro, etc. todo eso, se le antoja a uno que es el mundo...
...
no me gustan las geografías, dijo el otro... porque están hechas de nombres... en cambio las culturas, a pesar de que tambien las odio, me facinan... y a veces no consigo deshacerme del todo de esa inocencia sanginaria de sentir amor y cariño por el suelo que se pisa...
a mi huasteca, mi huasteca cósmica... casi recuerdo cuando iba por ahí a tomarme unas cheves con la raza y entre cerveza y cerveza caminaba bajo esa lucecita de la luna y aguzaba el oído a ver si un venado azulado aparecía junto a mí... y darle caza con las manos desnudas... a ver si de verdad, de alguna puñetera manera, podía de verdad hacerme hombre...
(pero era mentira, ya se sabe)
salud!
me gustó, creo que la idea se esta formando, veamos que pasa...
ale
¿También se le llama huasteca al norte?
¿Así que eres regio montano, eh?
Mira nomás... Yo quisiera un día divorciarme de este mundo e ir a convencer a algún shaman huichol de que podría ser una alumna interesante.
jeje
Aunque claro, mientras pensaba todo eso no pensaba exactamente en Monterrey. Estuve en Monterrey hace muchísimos años, ya no lo recuerdo.
Te mando un saludo y prometo escribir alguna cosilla que te remueva la costumbre europea.
regiomontano exiliado... ah, si no somos mas que mojoncitos cuya unica gracia está en el nombre propio... (propio de los lugares y las cosas)...
yo no sé si habrá todavia shamanes huicholes, por lo que sé, en la primavera suben a la Huasteca al cañón de san pablo a hacer sus rituales y que los gringos y europeos les den unos juarez y unos morelos pa las cheves...
el resto del año, si uno se interna lo suficiente siempre puede encontrar quien lo lleve a uno a rascar peyote de adentro... por un cuautemoc... aunque luego da pena porque los peyotitos estan tan chiquitos que dan pena moverlos... los pobrecillos, que culpa tienen ellos de que uno no pueda ver a dios desde su estado conciente...
salud!
(monterrey es horroroso, solamente de recordarlo me entra una tristeza sin nombre... con sus puentes y miserables jardines uno siente su aislamiento... aunque la ciudad está echa para eso; es una mezcla del individualismo burgues y el terror tarahumara de estrecharse las manos.)
Debo ubicar urgentemente la Calzada de los Milagros en el DF. Se cita en el texto. ¿Me ayudan, por favor?
Firmo con mi correo.
Gracias mil.
P.
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O sea... En mapas, no en blogs.
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