27 dic 2008

Escotes y encendedores

Después de una noche en casa de P, donde pachequeé como hacía mucho no lo hacía, nos levantamos tarde y nos vestimos corriendo porque teníamos —tenía— que hacer unos trámites en la Delegación.

Apenas me puse unos pantalones de pana que me quedan medio chuecos y una blusa que no combinaba; me lavé los dientes, me hice una coleta y mi papá me dijo, yo ya en la puerta, que quería sentarse a hablar conmigo —a hacer cuentas conmigo, vamos. Le dije que regresaba en una hora y que entonces nos sentábamos. Inclinó la cabeza y siguió trabajando.

Temblaba un poco y sudaba frío. Estaba cruda. Cruda de emociones, sobre todo. De mundo, de otros, de mí, de ella. Por lo demás apenas tomé unas cuantas chelas y un par de fumadas.

La ciudad estaba vacía; cruzamos Chapultepec, con el pasto crecido y a medias secar, con gente caminando en las banquetas, lento, y entramos, lento, a Parque Lira.

Ir a la Delegación siempre me recuerda un poco al ágora. "Voy al ágora a discutir unos asuntos", "a que me resellen un permiso". Le diré que no he tenido tiempo ni dinero, que ya fui a Cuahtémoc (aunque hace 4 años que no he ido). Me mirará y pensará que es una cosa rápida, un sello. Lo sabe desde el principio, las preguntas también son un trámite, también son como sellos. Al final me recordará que tengo que sacar las nuevas placas, que no puedo estar así toda la vida. Yo asentiré y sonreiré.

La Delegación estaba cerrada, enseguida di media vuelta y agarré una calle paralela.

—Entonces llévame a mi casa, me dijo.

—Te llevo y me regreso, que quedé de estar con mi papá en una hora; ¿te vas a quedar ahí todo el día?, ¿te molesta que me vaya por callecitas?, quiero buscar un café. En la tarde quedé con Lodo de ir al super.

—¿En la tarde cuándo?

—A las 6, 5 ó 6, ella tiene algo antes.

—Si quieres vámonos por un café y desayunamos.

Empecé a mirar los nombres de los establecimientos pero casi todos estaban cerrados. Finalmente me estacioné en un Oxxo, chingue su madre.

—¿Aquí? ¡No! ...Vamos a buscar uno chido —lo dice por mí, que ella no toma café. O no siempre.

Me quedo callada un momento, con las manos en el volante, el coche apagado, a mitad de la intención de sacar dinero de mi bolsa y finalmente pregunto ¿Cuál?

—En Galerías hay un Punta del Cielo y sirve que te enseño los tenis que me quiero comprar.

—¿Galerías cuál?

—Insurgentes.

—¿El de Liverpool?

Hace un gesto que quiere decir sí. Yo hago un gesto que quiere decir ok. De todas formas, llegando a Nuevo León, por Progreso, pienso y digo en voz alta:

—Por aquí debe de haber.

Ale no contesta.

Inmediatamente después digo y pienso en voz alta:

—Ah no verdad, que íbamos a ver tus tenis...

Ale tampoco contesta.

Así que apenas se pone el verde doy vuelta en Insurgentes, pero no hemos avanzado ni cien metros cuando me acuerdo que ahí no se puede fumar. Too late, no hay vuelta en Insurgentes. En seguida, además, imagino las tiendas, el lugar cerrado, las escaleras eléctricas, los piches tenis y lo comparo todo con el sol que está haciendo.

—No, ni madres. Me cagan las plazas.

(Me refiero, por supuesto, a las plazas cerradas)

Fastidiada, me pregunta que entonces dónde.

Y yo cruzo una preventiva y estoy a punto de decir que estoy harta de que a todo mundo nos haga falta ropa, pero mejor me quedo callada. Ella empieza a sugerir lugares que están cerrados y poco después, muy poco después, triunfal, digo que ya lo sé, ya lo sé: vamos al World Trade Center.

Le gusta la idea, lo sé. Aunque... yo sé: los tenis.

Además de ir a la Cineteca, a veces vamos al WTC. Ahora que hace sol y que lo pienso, es de los pocos lugares normales que existen en la ciudad de México. Un lugar neutro donde puedes ver y andar entre la gente sin poses, ni de ellos ni mías. (Por supuesto, siempre hay poses, pero yo hablo de las poses normales, no de la archi mega teatralidad que inunda —¿desde hace un par de sexenios?— la ciudad).

Me estacioné, feliz, en una de las calles vacías; por ser 27, sábado en la mañana.

Yo no sé qué tipo de enamoramiento extraño tengo con ese lugar. La plaza enorme que a veces es, literalmente, azotada por el viento; la fuente, los arcos, el edificio justo a la cabeza; el cruce peatonal 'privado', las escaleras, el suelo blanco. En el WTC he trabajado dos veces vendiendo alebrijes (una de las tantas cosas que tengo que agregar al currículum); de ahí hemos salido en la madrugada después de ver películas y, en fin, ahí conocí a Ale.

La conocí en una fiesta, cuando yo andaba con Andrés. Después de haberla invitado un par de noches a mi casa, dejé de verla. Luego, poco tiempo después de que Andrés y yo termináramos, le volví a llamar. Juro que con intenciones completamente ingenuas; simplemente le llamé porque era una vieja desmadrosa y yo, ese viernes, tenía ganas de salir con amigas desmadrosas.

Me dijo que pasara por ella a cierto Oxxo y que de ahí nos fuéramos a ver una pasarela nudista que había en la sala Siqueiros. En el WTC, por si hace falta decirlo.

Orillé el coche, la reconocí por el pelo negrísimo, y se subió. Me recibió con una botella de tequila a media tarde y yo pensé esto va a estar bien.

(La pasarela estuvo bien; ella traía un escote brutal y no dejó de mirarme. Luego, no sé en qué momento, me besó, entre toda la gente).

Me parece que el café se llama Flicori. Nos gustó porque aún estaba abierto cuando salimos de ver no recuerdo cuál, y porque tenían café, whisky y poca gente. Escogimos los asientos acolchonados de la terraza —la verdad es que siempre nos sentamos en el mismo lugar y siempre nos preguntamos en dónde te quieres sentar, ¿aquí está bien?

De vista a la fuente, que estaba apagada.

Llega el mesero y nos entrega las cartas. Le pido sólo un café.

—Americano, sí.

Ale sí quiere la carta.

Los meseros me caen bien. Será por otra de las tantas cosas que tengo que agregar a mi currículum. Se enteran de la vida de todos, a intervalos.

Llega el café y Ale aún no se decide. Pregunto si tienen algún plato de fruta.

—¿y qué tiene?
—Papaya, melón y piña.
—¿Quieres?
—No, yo no quiero.
—Entonces no.

Al rato me paro a buscar un encendedor. Él, el mesero, parados los dos en un claro entre mesas, en medio del restaurante, tiene la obligación de encenderme el cigarro aunque yo —y tal vez él— preferiría que sólo me prestara el encendedor. Es un encendedor negro. Lo coge entre sus manos, un poco abajo de mi cara, y lo enciende cuando yo, con el cigarro en la boca, hago el gesto de inclinarme.

Mientras lo enciendo y chupo, inclinada frente a él, frente a su pecho, busco sus ojos. Él no me mira. Está serio, moreno y con los labios apretados, un poco viejo, con su uniforme blanco y el mandil negro, mirando intencionalmente hacia su izquierda, a una mesa vacía, mientras yo no dejo de mirarlo y de buscarlo, fijamente, en el par de segundos que dura el ritual. Al final, estando tan cerca, murmullo gracias, inclinando un poco más la cabeza en señal de agradecimiento, de: "a sus órdenes", y él no me contesta, sigue mirando hacia su izquierda mientras yo ya voy camino a mi mesa con una bocanada de humo y pensando, pensando.

Ale y yo hablamos del día, hacemos comentarios aleatorios mirando a la gente pasar. Ella se acerca a mi oreja y me hace cariñitos mientras me cuenta en silencio que me ama y otra señora pasa y nos mira, hasta que yo la miro a ella, entonces simplemente termina de cruzar frente a nosotras, sonriendo, mirando hacia el suelo.

No mucho después Ale dice regálame uno de éstos mientras coge la cajetilla de cigarros. Yo, a estas alturas, ya tengo la libreta sobre la mesa y estoy escribiendo. El mesero se acerca y se lo enciende.

—¿Entonces quieres un café?

Le pregunto porque hace poco ella me había dicho "se me antojó tu café".

No contesta.

—Yo sí quiero otro café, por favor, le digo mientras él va guardando el encendedor.

—Y el plato de frutas.

Sonríe. El mesero sonríe.

Ale dice:

—No, yo no quiero café, pero de todos modos tráiganos otro.

Al mío le quedan dos tragos tibios a punto de enfriarse.

Al rato vuelvo a pararme a buscar un encendedor. Esta vez no desvía la mirada, la clava en sus manos, en la llamita, en mi cigarro, en mi nariz. Soy yo la que ahora no lo busca, sólo termino de encenderlo y cuando acabo lo volteo a ver mientras, justo mientras le sonrío y espero su sonrisa.

Por supuesto que me sonríe, muy amable, muy cordial.

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7 comentarios:

Anónimo dijo...

mm no recuerdo ese escote, no acustumbro

me encantó la entrada del café, fue como en el cine
chif

ix dijo...

En realidad yo tampoco recuerdo que blusa traías. Sólo el escote.

Cos, chif, cos. Acos.

Anónimo dijo...

Pues ya está...

Que se llame así: El escote.

Anónimo dijo...

Se me olvidaba.

Salud!

GoLDs dijo...

De plazas, sonrisas y encendedores

Xinik@ dijo...

por cierto... me gusta cuando hablas de historias personales...

Anónimo dijo...

A mí no...

Ni chicha ni limoná. Poca cosa que discutir.

Salud!