8 abr 2009

adivina, adivinanza

Cuando era niña le pedía a mi mamá que me comprara libros «de adivinanzas». Las adivinanzas de palabras [tipo ya sé, es el aguacate] no me gustaban, pero en cambio había en uno de esos libros una buena selección de las diferentes versiones del problema de los mentirosos. El más célebre de ellos es el del tipo que dice «Yo siempre miento.» Pero le seguían otros, que no recuerdo con exactitud, en donde variaba el número de mentirosos y la cantidad de preguntas que podías/debías hacer para identificarlos. Ésos siempre me mortificaron.

A propósito, hay otros dos dilemas importantes: el dilema de los dos prisioneros y el "dilema" de los tres prisioneros. El primero creo que es de Nash e ilustra la teoría de juegos; el otro se menciona en Escritos 1, de Lacan, e ilustra el funcionamiento del lenguaje.

Al final va a ser que mi problema es que no sé si soy buena o mala persona. Y me suena a que soy tan mala, que soy capaz de buscar en una pila de libros infantiles, viejos y polvosos la solución. Puedo pasarme horas buscando ese libro. (Me suena a que soy tan mala que soy capaz de contestarme. Y luego, capaz de no contestarme).

Porque a pesar de pasar semanas soltando a boca de jarro asociaciones (algunas inocentes y otras no tanto), un buen día me detengo frente a una mancha en la ventana y me doy cuenta de que miento.

Conozco a una que ha pasado la vida dándose cuenta de que miente. Después de 50 años, quién sabe ya por dónde andará. Hasta cierto punto se ha hecho irrastreable hasta para ella misma, por lo que yo me pregunto bueno, ¿y si hubiéramos empezado desde el principio por el otro lado? Pero entonces creo escuchar a esa señora, a esa loca de mil años que es mi madre, decirme que sólo el que dice la verdad puede decir que no la dice siempre.

«He mentido», he ahí.

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