5 sept 2009

Eso era exactamente lo que había que responder

Regreso el viernes en la noche mojada y con frío a mi casa, me siento en la computadora, ella se sienta junto a mí, se ha quitado el brassier, se puso una blusa color rosa mexicano que le queda bastante guanga, y yo pienso "Qué bonita es mi novia". En la cama me hace cariñitos en la espalda, luego se pone encima de mí, con su pelo negro, tratando de convencer a mis emociones que hace años luz que se han ido de este mundo. La veo y pienso "Pero guey, es peciosa." Me despierto al amanecer y, antes de verla, la huelo. Huele como el primer día que se quedó aquí. A medio día nublado se acurruca debajo de mi brazo, entre un montón de almohadas, con su pelo despeinado y la mirada divertida, me dice que soy yo la que debería hacer el desayuno y que ella se va a correr. Yo la veo y pienso que sí, que sí me levanto, pero que me deje dormir. Le digo que vaya a correr.

Luego se va a correr y yo me quedo entre las almohadas haciendo recuentos mentales.

Me levanto de un brinco quince minutos después mentándole la madre a mis fantasías y a sus protagonistas. Me pongo unos jeans sucios, una playera negra, una chamarra y chanclas. Sin calzones. Salgo del departamento, bajo seis pisos, salgo a la calle, saludo al portero. En la esquina una banda de niñitos zapotecos harapientos y gritones me llama por mi apodo, ganado a pulso, y me piden dinero. Les contesto que aguanten a que vaya a comprar lo mío. Me contestan que ni madres. Les digo que no chinguen. El más grande me pide una torta.

—¿Una torta? ¡Pero si no hay tortas!
—¡No! ¡Una coca!

Me dicen Patchi, que significa hombre. Camino en chanclas por el asfalto frío. Todo está vacío. El puesto de jugos no está y el café está cerrado, lo que me hace pensar que ya es bastante tarde. El café lo atiende un señor viejo, barrigón, alto y de barba canosa, tipo el viejo y el mar, que un día se acercó a darme la mano y a decirme que él hace café desde las 5 de la mañana. Desde entonces me cae bien.

Me meto a Sanborns a comprar El País, porque hoy es sábado y sale Babelia. El policía me saluda. Saludo al policía. Me pregunto si algún día me cachará robando. Pago 10 pesos. Saliendo de ahí pongo por primera vez en mi vida un pie en Starbucks; no me da culpa porque sólo entré a comprar un jugo de naranja, nada que tuviera que ver con café o chocolate.

Después paso al Seven a comprar una coca. Ocho varos una lata de coca cola, en fin, un robo, como todo. Como el jugo. Excepto El País, que sin pedos podría costar 15, que es a lo que está el euro. Me pregunto por qué chingados sigue costando 10. Me lo pregunto cada que voy a pagar, esperando con angustia que me digan "Quince". O "Diecisiete".

De regreso entrego mi mercancía. Están todos los niños haciendo bola encima de una niña. Parece que le quieren sacar algo del ojo o que la niña se cayó y se pegó, no sé. Creo que está llorando. Me pongo detrás de ellos y grito ¡Ei!, ¡coca! Todos se emocionan y hacen escándalo entre ellos. Se la doy al más grande y me agradece. Parecía que no creían que les iba a traer una coca. ¿Pa' qué se las llevé si no se lo esperaban? Me regreso a mi casa, mientras escucho atrás el pffsst de la lata de coca cola, chancleando toda la calle por el asfalto frío.

Traigo un jugo de naranja helado de Starbucks y el periódico debajo de la chamarra. Le doy un trago al jugo. Está frío y ácido. Me gusta. A mi ex novio le gustaban así los jugos de naranja. Nunca lo entendí. Antes de abrir la puerta de mi casa, me pregunto si me pasará así siempre, si acabaré entendiendo a los demás después de mandarlos a la chingada.

Guardo el jugo en el congelador, es para mi novia que salió a correr. Inmediatamente me pongo a hacer el desayuno: saco un chorizo, lo parto, saco la moledora, lo muelo, saco un sartén, lo frío, saco cuatro huevos y tortillas, guardo la moledora. Pongo a hervir agua, pongo a hacer café. Levanto la cocina, saco dos platos. Y así, mientras acomodo las servilletas debajo de los tenedores y me pregunto de qué lado van los tenedores y de qué lado los cuchillos, me acuerdo de mis relaciones sociales y pienso que soy un fiasco incorregible, rara hasta lo repulsivo. Tal vez es que miento, que soy falsa y que sólo me doy cuenta de ello los sábados en la mañana; pero no lo sé. Toda la cuestión se hunde en arenas movedizas informes, dentro de mí. Me queda ese vacío con el que no se puede hacer nada, que es simplemente vacío. Mi novia entra como un torbellino por la puerta de la cocina. Dice "Mmmm" y me da un beso. Le digo que el jugo está en el congelador. Después de unas breves explicaciones acerca del vasito que dice "Starbucks", le da un trago enorme hasta que se da cuenta de que es el único que hay y me deja el resto, con un gemido de arrepentimiento. Era para ella, de todas formas. Luego se va a bañar. Yo miro las tres sillas de la cocina. Cuando mi hermano viene de visita en vacaciones hay que mover la mesa al centro y traer una silla más, porque viene con su novia. Estoy convencida de que de los 30 noruegos que existen en el planeta, ella es la única con nombre español. Se llama Verónica. ¿Quién iba a decir que acabaría con un Fernando? Pero ahora de los tres lugares que hay en la mesa, dos tienen platos para desayunar y en el otro está puesto el periódico, con su titular que dice que van a mandar más tropas a Afganistán. Los españoles, se entiende, por desde ahí donde está mi mesa, Afganistán queda muy lejos. Pienso que ahora que acabe con ese desayuno, me siento en esa silla a leer el periódico y que así se arreglará todo. O sea, el vacío. Realmente lo pienso, realmente creo que sentarme en ese lugar es lo siguiente que debería de hacer, en vez de seguir parada ahí, a mitad de la cocina, con las arenas movedizas que se han tragado ya todas mis ideas y el sonido de la regadera al final del pasillo.

Ale tarda tanto en bañarse que yo no sé si sacar las tortillas del comal pa' que se enfríen o quemarlas ahí mismo. Empiezo a desesperarme.

Finalmente se sienta a desayunar. Descalza. Viene bañada, con una blusa morada y con el ánimo de quien acaba de correr una hora. Tiene en frente un plato de huevos con chorizo, un tazón de barro con salsa verde y una tortilla medio quemada. No hay jugo porque el jugo ya nos lo tomamos, pero hay agua fría. En la tecera silla ya está sentado mi gato. Mientras desayunamos le leo un titular que le interesa: "La violencia étnica estalla de nuevo entre chinos y uigures en Xinjiang". Me corrige mi pronunciación y me explica que Xinjiang queda cerca de donde fue el terremoto, cerca de un Buda gigante y cerca de donde viven los papás de Weiwei. Yo le enseño la foto. Es casi perfecto que a mi novia no le interese la política más que la que sucede al otro lado del mundo. Y además se ve preciosa. Cuando termina de desayunar le quito el plato sucio, le acerco el periódico, le sirvo un café y le pido que me lea los titulares, pero sólo me lee la publicidad: "El mejor queso de oveja del mundo. Masters en línea. ONG jesuita, escuelas que cambian el mundo. Ese, el país del suscriptor. Cancún, tres días desde cuatro mil pesos." Me da risa porque los lee con voz muy seria.

—Te hice el desayuno, fui a buscar el jugo, te leo el periódico, te sirvo café... —le digo,
—Equis, lo que me importa es que seas tú la que lo haga.

Yo acá con mis mamadas y ella, de reojo, apunta y dice "patito paranoico de hoy, abajo. Voy a mi casa por mi compu y regreso al ratito, ¿ok?"

Prometo de ahora en adelante escribir más, y no las chingaderas que han estado saliendo. Prometo que me pondré a lo mío, a hacer mi vida, y no a azotarme en arenas movedizas. Prometo que me regresará el alma. Lo prometo, lo prometo, lo prometo.

—¿Quién es Berlusconi? —continua,
—El rey de Italia —le contesto.
—"Berlusconi aspira al poder absoluto"
—¿Ves?
—¿Italia tiene rey? —pregunta asombrada,
—¡Berlusconi!
—¿Qué países tienen rey?, España...
—España...
—Inglaterra,
—Noruega,
—¿Noruega?
—Liechtenstein —digo.

Levanta un ojo del periódico y me mira.

—Y... ¿en qué se diferencian de los presidentes?

La miro.

—No chingues, ¿cómo que en qué se diferencian?
—Ajá o sea, cómo. Ya sé que hay un rey, pero cómo.
—En unos países las desiciones la toman muchos y nunca se ponen de acuerdo —le digo y hace cara de no empieces—, en otros las desiciones las toma uno solo. Entonces en unos se pueden hacer grandes cosas —como la dictadura de Chile, le digo—, y chingaderas, y en otros nada.

Hace cara de ¿Chile? y cierra el periódico. Yo saco Babelia y se lo doy. Me dice que le gustaría vivir en otra época.

—¿Qué otra?
—Cualquiera.

11 comentarios:

Anónimo dijo...

entender sin mandar tanto a la chingada, clases de orden y huevos al gusto un sábado de septiembre
ale

Anónimo dijo...

es bueno aparecer en tu blog de vez en cuando...

Anónimo dijo...

me gustó como ilustraste el texto y otros detalles, así dan ganas de hacer uno
chikis

Anónimo dijo...

qué significa etetizante y autófago?
la misma de los otros tres comentarios

ix dijo...

Autófago significa comerse a uno mismo y por "miniaturista estetizante" me refiero a un ensayista que hace imágenes, estéticas, plásticas, de miniaturas de la vida. Las palabras son de Subirats, no mías.

ix dijo...

Hacía años que no entrabas verdad? jaja

Anónimo dijo...

lindas cosas de parejas

ix dijo...

:)

ximougly dijo...

Viéndolo como relato me gusta mucho

Anónimo dijo...

bonito relato, aliviana la jornada.

ix dijo...

Gracias, Ximena. Gracias Anónimo.

A mí también me gusta. Con todo y comentarios.