2 ago 2011

em. bye.

1. Periférico y Palmas, una jardinera
El lunes de hace 15 días me apoderé de un trabajo de redactora. Es decir, de resumista. Elaboradora in situ y al momento de la carnita del objeto noticioso. Redactora.

Tenía que estar a las 11 en el sur de la ciudad. No pude dormir en toda la noche y no me atreví a ver la hora. Me levanté a las 8 y media de la mañana. Desayuné en pijama un omelet de queso con un jitomate en rebanadas y medio vaso de jugo de toronja, porque la otra toronja estaba seca de tanto tiempo que llevaba en el refrigerador. Luego mi hermano me ganó la regadera. Me prometió que se tardaría 5 minutos, pero se tardó 10. Mientras me depilé las cejas y arreglé mi bolsa. Al final decidí ponerme una falda de cuadros.
Tomé un camión en Periférico que va todo derecho, el Expreso. De camino compré un café e imprimí 3 veces mi CV. Iba pensando que tenía que escribir sobre el trabajo de redactora, porque es una de mis opciones más cercanas y de los peores oficios de la postmodernidad. (?) Iba nerviosa, era un trabajo importante, no entendía si iba a poder, no sabía si les iba a gustar ni cómo debía ser para gustarles. Fui directo a comprar el café, casi se me olvida mi CV.
En la parada del camión, con falda de cuadros, botas altas, un portafolios colgando de la izquierda, un café americano ardiendo en la mano derecha con un vaso de poliestireno expandido, un saco café con rayitas rosas y $5, esperé al camión debajo del letrero que dice «Expreso». No es exactamente un buen lugar para la parada del camión: está al final de la sección entre la entrada y la salida de un edificio de finanzas. El resto de la banqueta es el mismo caso: entradas, salidas y las banquetas con jardineras. Con todo pudieron haber centrado más la parada  y señalizarla mejor, incluyendo las rutas. Sólo hay un banderín verde arriba de un puesto de tamales. Las reglas del Expreso, que me parecen excelentes, son que los camiones sólo se paren exactamente debajo del banderín ése que dice «Expreso». Ok, finalmente sólo se necesita un banderín. ¿Cómo se llaman si no se llaman banderines? No obstante todos los edificios de la zona están muy bien cuidados arquitectónicamente. En la esquina por ejemplo está Reforma 115. Es tan importante Reforma 115 y la fuente de petróleos que el único puente peatonal de Reforma, el de vidrio, está enfrente.  Pero la banqueta en algunas partes va tan angosta que no pueden pasar más de dos personas a la vez. Sin embargo es una de las esquinas más importantes de la Ciudad de México, la esquina de Periférico y Palmas.
En su ida imparable hasta Querétaro, Periférico cruza primero Reforma y luego Palmas, en donde se dobla (salvajemente) para tomar directo hacia el Campo Militar No. 1, Satélite y Naucalpan. La banqueta entre Palmas y Reforma en sentido norte-sur está conectada peatonalmente en varios puntos —a través de la planta baja de los edificios, super cul— con la ciclopista de Ferrocarril de Cuernavaca. Es una idea excelente pero le falta infraestructura a la zona. Falta para empezar un paso peatonal en el cruce de la ciclopista y Periférico, arreglar el cruce de la ciclopista y la calle Ferrocarril de Cuernavaca debajo del puente de Palmas, falta un paso peatonal en el cruce de la ciclopista y Masaryk, y ahí mismo falta algo así como una idea porque por las rutas de los coches nunca dejan un momento a los peatones para cruzar, literalmente; falta darle empleo de jardinero al vagabundo que vive debajo del puente de la ciclopista, 1, para arreglar los magueyes y 2, para que tenga un baño y no haga caca en la vía pública, y (para terminar sólo el principio) faltan todos los pasos peatonales de las esquinas de Periférico, en condiciones normales —ya no digamos cuando cierran el puente peatonal por las malditas y no consultadas públicamente obras del SEGUNDO PISO. Además faltan pasos peatonales sobre la calle de Ferrocarril de Cuernavaca del lado de Lomas, que conecten con la banqueta, y faltan banquetas. Por ejemplo hace falta reubicar al del puesto de tacos con la publicidad de Canada Dry (obsérvese que quizás no esté bien eliminarlo del planeta) y en todos los casos indicarle a los peatones qué procede. En mi opinión podría ser peatonal la calle, pero claro que es un shortcut para los coches en el tráfico. Ojalá hubiera más cafés al aire libre en Ferrocarril de Cuernavaca y ojalá que la ciclopista no fuera la única banqueta. No es éste el final de la infraestructura que hace falta, que no es ni mucha ni poca, simplemente es la que falta para funcionar. La zona necesita una reestructuración de los tiempos, los semáforos y la planeación correcta de las rutas de camiones y sus paradas. Yo estaba esperando a las 9:50 am debajo del banderín verde que dice «Expreso», por ejemplo.
Cuando finalmente llegó el camión lo vi venir desde el segundo carril, rebasar a los otros camiones estacionados en su parada y pararse unos metros más adelante, después de una jardinera donde otra persona le hacía la parada. La vi —a la persona— terminar de bajar el brazo en el mismo momento en que seguía con la mirada al camión que se siguió brutalmente de largo. Quise alcanzarlo, pero la jardinera que nos separaba sólo dejaba espacio para dos personas y frente a mí iban caminando un hombre y una mujer, más jóvenes (que yo) pero infinitamente más lentos porque ella iba cargando un bultito de peluche amarillo internacionalmente conocido como BEBÉ. No pude rebasarlos, pero noté que un sistema defectuoso de señalamiento público me incitaba a sentir rencor por mis conciudadanos reproductivamente irreponsables porque iba a llegar tarde a una entrevista laboral en una ciudad en la que es tan bajo el índice de personas que consiguen departamentos chidos. Al borde de la jardinera ella se paró en seco. Bloqueó momentáneamente el flujo sin darse cuenta de que uno no debe detenerse justo donde sólo caben dos personas y volteó hacia atrás a verificar —supongo— que su camión no fuera el anterior —como si estuviéramos en el paradero de Chapultepec, por Dios santo, y no en Palmas y Reforma— y por supuesto el Expreso que se había tardado unos momentos más de lo normal, quizás esperándome, acabó de irse.
Volví a esperar el camión, esta vez del otro lado de la jardinera. Era obvio que aquel lugar era incluso peor para esperar el camión porque es la entrada a un edificio. A la Torre Esmeralda 1, el edificio al lado de la plaza. Pero la parada anterior parecía invadida por los peseros normales y yo llevaba mucho tiempo realmente sin usar un Expreso. No sabía si ahora se estaban parando de ese lado de la jardinera. Intentaba recordar cuánto tiempo llevaba sin usar esa ruta (¿desde que anduve con Isabel?). Además toda la zona estaba llena de charcos y los coches nos mojaban. Por no decir que nadie ahí maneja con respeto, van bajando de Palmas y cuando entran a Periférico casi nadie puede evitar el deseo de acelerar, aunque el Periférico venga lleno. Yo iba con el morral de piel, impecable. El siguiente camión que buscaba se paró antes de la jardinera, obvio. No me quejé, o sí lo hice pero sabiendo mentalmente que la culpa era toda mía. Volví caminando con-mis-tacones por-el-pasillito-de-la-jardinera intentando no-resbalarme con una-de-las-inclinaciones-en-el-cemento y clavarme un-pico-de-la-barda-de-la-jardinera en el ojo mientras el segundo chofer, por supuesto, arrancaba sin mí.
No hice más intentos de cambiar de lado de la jardinera, aunque pude ver que los camiones se paraban igual a ambos lados. Me pregunté si era una estrategia para llevar menos gente, como cuando los policías cierran un carril de Periférico para que no haya tráfico más adelante. A mi cita llegué puntual, bueno o sea 20 minutos antes. En la entrevista me fue bien, me dieron el trabajo casi inmediatamente.

2. Bici en las mañanas
Miércoles y jueves entro a trabajar a las 12 del día. Con lo que gano dos días de mesera cubro mis gastos básicos, que son: el super (me sale caro, lo publiqué en mi blog: «ida y vuelta al super») y chelas/mezcales con los amigos, a veces. Viviendo en casa de mi papá.
Lo único realmente importante —pienso desde la almohada—  es que el mandil esté limpio. A veces tomo un jugo en mi casa antes de salir, a veces de camino. Hago media hora a mi trabajo. Bajo Chapultepec por Reforma, en el último tramo cruzo Circuito Interior por Calzada de la Juventud Heroica (el puente peatonal dentro del parque) y entro a la Condesa por Veracruz, que creo que debería ser peatonal hasta Parque España, al menos. La banqueta de Reforma al lado de la reja verde huele a tierra mojada y el ambiente a las 7 de la tarde si no ha llovido se toca con el cuerpo en la bici. El camino me lo sé de memoria. El aire está como azul y caliente. Voy sabiendo que mi destino es llegar a cortar pan o —recientemente lo hice dos veces— posar sin ropa para una clase de dibujo, es paz en el estómago. Quiero eso todos los días. ¿Tengo derecho a eso todos los días? O (epistemológicamente): ¿qué funciona cuando no se tiene acceso a eso nunca, cuando nunca hay pan recién hecho, ni tiempo sin prisas, ni desnudos en silencio sin que nadie tire el agua?
            Hago media hora, zigzagueando y combinando la banqueta con la calle. He hecho ese camino desde que tengo 16 años, cuando iba al taller de literatura. Una calle apenas saliendo de Chapultepec hay un señor que vende fruta en su camioneta. A él le compré el otro día las mejores guayabas que he comido en mi vida, #lojuroporDios. Eran guayabas chiquitas, suaves y con huesos que crujían. Me las comí subiendo y bajando el camellón de Mazatlán antes de llegar a mi trabajo.
Estaciono mi bici en la parte de enfrente del restaurante. A esas horas están puestas con flores las mesas. Si no llueve, la dejo ahí todo el día.
Lo primero que hago es ocuparme del pan: le pongo fecha al que llegó en la mañana, saco el más viejo, corto algunas barras de baguette, reciclo la bolsa de plástico, doblo en 4 el papel revolución con el que vienen, subo la otra bolsa. Lo hago en la cocina, mientras se prepara la comida que debe estar lista desde antes de que la pidan, como el quiche Lorraine y la tarta Tatin. Acomodo 8 paneras y limpio 20 mantequillas. 9 de cada 10 veces me como un pan con mantequilla, pero no siempre. Después le pido un café a la barra, me siento a arreglar las velas que van a prender en la noche, en el segundo turno, y no vuelvo a entrar a la cocina.
            El trabajo es de 1 a 7 de la tarde. Llego una hora antes para hacer el pan y nos vamos una hora después para contar y repartir las propinas. Yo casi siempre ceno algo de la carta porque me cuesta la mitad y porque en mi casa prefiero fumarme un porro y sentarme a escribir que ir al super. Rechacé rotundamente los turnos de la noche, aunque dejen más dinero. Durante el día el restaurante nos lo dividimos entre dos meseras, todo lo demás es variable: a veces sólo hay un garrotero, a veces hay tres, ¡a veces no hay ninguno!, hay un gerente, un cajero y un bartender por turno, excepto cuando se empalman los turnos, entonces puede haber dos de cada cosa, pero además en casi todos los turnos hay visitas de otros empleados y por supuesto está P, al que todo mundo llama por su nombre de pila y que ha estado ahí desde el principio. Los dueños suelen sentarse en las mismas mesas y llegan antes o después de que todo se encamote. A veces cuando estaciono afuera mi bici uno de ellos ya está sentado tomando café.
En esta vida todo es muy simple y a la vez se desborda constantemente. Pueden acabarse los espárragos, por ejemplo, y que no haya espárragos en ningún sitio. Mientras el garrotero fue a buscar espárragos, una mesa no tuvo el pan a tiempo. Puede inundarse una parte del restaurante con la lluvia. Puede llegar un borracho y perseguirte a todas las mesas pidiéndote otra copa. Pueden salir dos filetes mignon intercambiados de término. Yo no sé, yo llego a cortar el pan y me voy después de contar el dinero. Lo que sucede entre una y otra cuenta se resuelve ahí dentro o es parte de un problema personal. Lo bonito de ser mesera además es todo lo que me queda de vida personal. Aprovecho la semana para digerir mi trabajo mientras voy en bici a otras partes. Porque como mesera es necesario perdonar muchas cosas. Todas ellas tan humanas. Es un comedor, flota lo humano. Está lleno de angustias y olores intensos. Lo cubre la fatalidad: la pluma deja de funcionar, en lo que vas por otra alguien se guardó el boucher y ahora nadie lo encuentra, todo mundo en la mesa busca debajo de sus pies y de los manteles mientras en las otras mesas la gente mira por arriba de las otras cabezas buscando su comida, la comida se amontona en la estación, lo ves cuando ves que el gerente te mira enojado y a todo esto nadie encuentra el baucher. Luego la rubia tiene una idea, saca su cartera de piel roja, abre el ziper y con sus dos uñitas saca de un pliegue el baucher con el nombre del banco doblado en cuatro. No se lo explica. Al mismo tiempo la pluma vuelve a funcionar y el anciano de la mesa 10 amenaza con irse en ese momento si no le entregan ya su pato al vino tinto. O lleva lloviendo dos horas, nadie se ha asomado al restaurante y cuando te desapareces cinco minutos —lo adivinaron— en ese momento llegan unos clientes especialmente insoportables y hacen un escándalo porque no hay nadie en la puerta para explicarles si ahí verdaderamente venden comida del siglo XIX. Me ha pasado. O puede entrar un loco al baño y cagarlo todo. Puede. Ves cómo los empleados meten constantemente las manos para salvar la situación. Pero, ¿quiénes son los empleados? Son una bandita de post-adolescentes sin trabajo de su propia profesión. Abundan los músicos y los historiadores. Entre ellos se dicen que uno es el jefe, otro cuenta el dinero y otro saca las bebidas, tenemos puestos fijos y somos gente seria, aunque oficialmente-jóvenes-desempleados, pero todos acabamos haciendo el trabajo de todos en el momento más crítico y tomándola leve cuando alguien más hace tu trabajo. Los problemas se resuelven con el ingenio improvisado con el que cada quien cuente en el momento. Es como ser cantante. Es literalmente mediar el goce ajeno y hacerlo placentero. El gerente está parado de puntitas sobre un banco tambaleante midiendo el volumen de la música. Nadie te va a reclamar nada si al final resolviste el pedo dando tu número de teléfono, ¿me explico?
            Lo que no se tolera en otros lugares, como en una oficina, brota frecuentemente en el restaurante y se perdona con más facilidad. La moral de un bistro es como la de un barco. La gente engaña, se equivoca, canta, llora, mete los dedos en la mantequilla, dice que está trabajando algo cuando no está trabajando nada, no sabe lo que quiere y sale a fumarse cigarros justo en el momento en que el que un gay arrogante pierde la paciencia. Es un trabajo como todos, pero simplificado. Así como empieza a las 12 cortando pan y termina a las 7 contando el dinero, así las servilletas, las cucharas, el azúcar, el salmón, doble, cortado, con hielo, con leche, Indio, Bohemia, Sol, XX Lager, XX Ambar y Tecate. 
Si todo va bien, el restaurante se llena diario. El encamotamiento no es un accidente. Esto es la Condesa, ¿sabes? Te pagan para lidiar con la horda de oficinistas y salir a tiempo a través de ella con los platos en el brazo, ése es el trabajo. Es mejor que la tercera vuelta en bici en Chapultepec en la mañana, #lojuroporDios. Yo necesitaba ese rush para escribir. Al segundo día ahí, como si fuera una droga, como si meserear fuera una sustancia como un hielo o un puré de papa, pude sentir hasta dónde necesitaba ese ir y venir de objetos. Sentía que le estiraban la columna a mi estructura narrativa: una cosa, luego otra, luego otra. Algunas siempre antes que otras, algunas con la posibilidad de ir con otras, el principio igual, la repartición del dinero como el final sin excepción, la inmediatez de todo, la bici y la buena alimentación rodeándolo todo. Meserear es tratar con objetos: Indio, Bohemia, Sol, XX Lager, XX Ambar y Tecate. Un montón de objetos simples. Pollo, pato, huachinango, trucha, atún, entrecôte, mignon y estofado. Lo estoy viendo desde la filosofía, claro. Necesitaba que las cosas tuvieran fin. Una pechuga asada, un café, la cuenta. Spaghetti a la bolognesa, Coca-Cola, la cuenta. Que fueran visibles y finitas como las pelotas malabareadas. Mesa 20, 26, 34, 11. Meserear es ordenar objetos. Incluso las oraciones son objetos, una va cargando los enunciados simples en cada mano como los platos. En cada ida y vuelta te haces un plan minucioso de tus necesidades. La 23 te pidió un popote sonriendo, quizás lo quiere para jugar, y la 30 te pidió una servilleta porque tiró la suya, tú vas camino a comandar un express sencillo, un cortado doble y a revisar en el sistema qué está esperando la 25, porque te alzó una ceja, confirmas que lo estén preparando en la cocina mientras sacas sin ver del cajón debajo del escritorio dos cucharas para express y una servilleta, regresas a la barra por la Coca-Cola de 32, le pides que le quiten un hielo, o que te pongan un vaso, o que te pongan leche o limones o jugo de naranja, o que se lo quiten todo, tomas el popote con la punta de los dedos, de camino a la 32 lo dejas en la 23, le das la servilleta a la de la 30, le sonríes de regreso, marcas la 26 y convences a los de la 25 que sus platos están trabajando. Con cuidado porque si se te escapa algo se te empieza a multiplicar la vida, nena. Llega el momento en que la cabeza hace piiii ii ii- - -, no es más que el síntoma de una meditación heterodoxa que empezó sin que me diera cuenta. La mayoría de las veces se sale victoriosa y aireada mentalmente del ejercicio, que termina como a las 5 de la tarde. Siempre hacer ejercicio para aclarar la mente, nunca para extorsionar al cuerpo.
El mundo entero no es más que historias de objetos. Quizás trabajando en el piso 37 de la Torre Mayor estemos manejando demasiadas historias y los objetos nos parezcan borrosos. Pero se trata al final de objetos como servilletas y cucharas, de órdenes como si ahora va primero la servilleta y luego la cuchara o si primero servilleta – servilleta y luego cuchara, o si cuchara – azúcar – servilleta. Maneras de acomodar objetos, eso es todo en esta vida. Historias de series de órdenes de objetos.
Trabajar de mesera como filósofa es ordenar historia sobre historia durante 7 horas. Yo necesitaba ese hilo discursivo continuo, imparable, claro y finito. Aunque para ello tuviera que cambiar los objetos por objetos más simples cada vez. Siempre hacer ejercicio para aclarar la mente, nunca para extorsionar al cuerpo.
Al final cuando lleves la terminal a la mesa para cobrar la tarjeta y te pidan que dividas la cuenta en dos y le sumes el 15% a cada ticket, divide siempre por el decimal más grande, saca primero la cuenta de dos y el 15% para esas dos cuentas y cualquier otra es siempre el 10% más la mitad del 10%. El 12% es el 10% + su mitad de su mitad. Hazlo mentalmente y confírmalo mientras platicas que estudiaste cualquier-cosa-en-humanidades. Y revisa la cuenta, es de muy mala educación cobrar las cosas que la mesa canceló o incluso peor, que nunca pidió.
Busqué el trabajo de mesera dos días después de que mi ex—nunca—asesora de tesis me dijera que no tenía tiempo de ayudarme de manera definitiva. (AuH). Casi termina conmigo, físicamente. La tesis es lo único que me importa. El restaurante queda en el centro de la Condesa. Necesitaba dinero urgentemente, simplificar mi vida y cultivar mi paciencia. Necesitaba series de órdenes de objetos simples. Conozco a los dueños y al gerente porque trabajé ahí hace 4 años. Es un intermedio entre un bistro pandroso y un restaurante nice que vende escargots y vino tinto. Está a unos pasos del mercado de Michoacán, pero está escondido. Amo las bancas de madera, los manteles de cuadros, el bar de este lado, que haya dos entradas, los baños mixtos, los árboles de afuera, la ventana entre el salón y la cocina, su marco de madera que se continua con la estación; la cocina: la música, la gente, sus conversaciones, el pasillo de la esquina donde salen a fumar, el olor a pan, a café, a leche, a verduras, a sopa, el vendedor de plantas con su carreta, la señora desafinada de la guitarra, la anciana de la muleta, la anciana sin pelo y con calcetines, las tres mujeres que pasan leyendo la mano.
Chapultepec es plano, comparado con otras zonas del DF. Aunque es una loma y la ida y el regreso son efectivas subidas y bajadas, todo está acondicionado para bicis. Incluso la gente maneja sabiendo en alguna parte de su cerebro que hay muchas bicis y perros. Renuncié en marzo a un trabajo de oficina en Coyoacán. Un duré ahí mucho tiempo, la verdad. La bici la tengo desde hace un año. Nunca le había dado tanto uso como ahora. Me he vuelto una experta en los alrededores de Chapultepec. El territorio es condición necesaria para la razón discursiva/histórica, es una de las categorías que quise tratar en la tesis todo este tiempo. No hay territorio en abstracto.
            No quiero irme de aquí. Ojalá pudiera ganar diez mil pesos trabajando de mesera, de ayudante de maestros, de maestra de primaria, de jardinera, de guardabosques, de jardinera izquierda en un equipo femenil, de malabarista, de escritora no, de escritora no, de estudiante, de bartender en la playa.

3. 

This is me now, talking with an ex jobfriend from the restaurant I worked in. Today when I came back from work I met in the street with the Norwegian friends of the girlfriend of my brother and I walked them to the store to buy cigarettes. We talked about pedestrian crosswalks, of course.
Todo este tiempo me he preguntado lo mismo: está bien hacer cosas que están mal. Siempre y cuando las hagas bien, claro. Derrida decía, como creo que también decía Wittgenstein, que el contenido de la ética debía ser incontable. Aún tengo una tesis pendiente al respecto. Me gustaría explicar la responsabilidad como pérdida en relación con la desaparición constante de los pasos peatonales. Al menos ésa es la idea.
            No voy a decir que fue idea mía que tengo que aprender a ser humilde. Las circunstancias me lo están imponiendo dramáticamente. Aún así tengo que aprender a ser humilde. Me educaron en contra de esa palabra, incluso: “humildad”.
Hoy llegué tarde al trabajo. La cita era a las 9:30 en el sur de la ciudad. Me desperté a las 8:10. Mi celular, que estaba puesto a las 7:30, no sonó. Simplemente no sonó. Me desperté a las 8:10 porque Twitter estaba puesto a las 8:00 y no dejaba de sonar. Me dormí temprano, pero dormí 7 horas y antes había corrido 32 kilómetros. Bueno, corrido no, paseado. Considero muy saludable de mi parte haber ido en mi primer día al trabajo con la espalda ardida por el sol.
¿Deberíamos ser groseros?
No sé si por humildad estoy entendiendo que no debo escribir. Que no debo apuntalar toda esa fuerza fálica e intolerable que motiva y es motivada por la escritura. Con la escritura toma otra fuerza, más amable. ¿Debería bajarme los humos en general? O aligerar. Para eso es necesario que no me importe que no haya banquetas. O que aprenda/trabaje con algo en eso.
No es incómodo darme cuenta que vivo en una cultura que es demasiado obsesiva con la limpieza de la ropa, por ejemplo, pero no de los puentes peatonales. Para mí no es incómodo aceptar que nos equivocamos. Pero al contrario es muy incómodo aceptar que otros más irresponsables tengan razón por motivos de equidad y tolerancia.
Me molesta que se equivoquen, soy intolerante a la crítica, tengo que dejar que el mundo fluya.

¿Es incómoda la verdad? ¿Qué tanto?
necesito recuperar el presente
no he sido honesta pero lo he intentado
Otra vez a poner toda la ropa sobre la cama y contarla
dividir las telas por funciones
ordenar lecturas.
ordenar argumentos.
terminar mi tesis.
no quiero escribir, quiero vivir.
Falta de tiempo. La gente tiene todo sucio por falta de tiempo y goce.
No hay desorden en abstracto
Ordenar sólo para lo que tengo que hacer.
voltear las mangas de los sacos y devolverlos a su forma original
cargar el celular
despejar la zona
siento que mi desorden es obligado y eso me enoja
Porque me falta tiempo para escribir y cuando lo tengo me desbordo escribiendo.
¿Deberíamos ser groseros?

Tener buena actitud ante el cambio. Cada vez que un coche se queda estorbando un paso peatonal durante el alto o una entrada y salida de peatones, me vuelvo a preguntar cómo debo reaccionar. ¿Debo renunciar a mi propio enojo? Sin duda habría que explicarle al dueño de las infracciones lo que está haciendo mal y además hay que explicárselo de manera que lo entienda, de buenas. Una buena actitud, sin embargo, sería reprochable desde el punto de vista ético. [La indignación, ¿saben?] Pero es deber de cada quién aprender a enojarse y sobre todo es deber de cada quién sorprenderse de la vida. En México no nos enojamos y eso puede ser precisamente la falta causa de la falta  Eso sólo se logra enojándote y equivocándote. Yo soy una virtuosa enojándome, puedo recuperar el buen humor en cualquier momento. Nadie debería de poder controlar siempre sus enojos. ...Cada vez que veo un estacionamiento gigante mal puesto, invadiendo el espacio de la banqueta hasta hacerla a veces inexistente como en Periférico y San Jerónimo, cada vez que un amigo mío da mal una vuelta, me pregunto si debería de quejarme o no. Quejarme. Sí por supuesto que debes de agredir para defenderte y exigir tu espacio. Claro que nunca demasiado, excesivamente. Y además es seguro que te vas a equivocar, algún día. Lo digo porque hay un artículo en Ciudad en Bici de GDL que se titula “Se puede decir ‘basta’ sin agredir” y aunque no podría no estar de acuerdo con todo lo que dice, no sé si estoy de acuerdo con el título, que denota la intención de las palabras (que se pueden usar para muchas cosas). No sé si estoy de acuerdo con el discurso pacifista, no porque sea una persona violenta, sino porque creo que esa ideología fue lo que en primer lugar nos ha traído a donde estamos. Creo que lo importante es decir sí a la ira para poder medirla (¿qué no era prefirible enseñar a nadar que tapar el pozo?), por eso yo prefiero que las reglas para andar en bicileta sobre las banquetas sean claras, en vez de prohibir una actividad sólo porque no vamos a poder manejarla, dado que no es imposible ni siquiera indeseable que exista esa compenetración de flujos.

 Lo intenté honestamente. Bueno ok, no siempre honestamente. Nadie nunca es siempre – siempre honesto. Y entre otras cosas, ADEMÁS, pude haberlo hecho mejor.
Lo intenté honestamente: leí hasta el fondo, hasta que no pude leer más. Leí como obsesiva desde el principio y me permití todas las maneras de leer cuando crecí. Me leí la etiqueta de los calzones puestos en el espejo andando en el monociclo malabareando 5 libros de Hegel. Fui al psicoanalista, tres veces, con tres distintos. Registré mis sueños, descuidé mi ortografía, leí de cabeza, andando, de corazón, de memoria, seguí leyendo cuando ya no entendía; leí revistas, periódicos, enciclopedias, diccionarios, guías de viaje, mapas, almanaques de años en los que yo ni siquiera existía, un chingo de mala poesía y un chingo de ensayos de todos los temas, me dejé meter el pie, soñé con mis maestros, pinté, convencí a mis amigos, me di todas las chances no previstas por supuesto para equivocarme, me dejé engañar, engañé a propósito, jugué con temas con los que después me moría de la vergüenza, lo superé, o no, le di su tiempo a cada momento hasta enloquecer más de lo que pude controlar. Leí hasta que me faltaron las rodillas. Leí de más. Lo intenté todo como pude. No digo que no haya avanzado, digo que se me desbaratan los textos en los ojos. Esto es un punto, Ale.
Llevo ocho años haciendo esto que he hecho hoy: levantarme, tomar café y sentarme en la computadora. Cuando me siento a tomar café y a escribir siento casi entre los dedos los objetos de los que hablo. hora hagamos un close-up al verano del 2011: sí claro que me gustaría haber terminado la carrera, disfrutar mis vacaciones y esperar a empezar la maestría el próximo octubre. 1: No lo tengo, 2: ¿no ha sido posible? y 3: no puedo seguir adelante. Intento atenerme fríamente a los hechos.
Intento no decir que estoy perdida, porque quizás sea una mentira dramática y me gustaría escribir esto seriamente, escribir completo este texto, por supuesto en la medida en que las cosas pueden ser completas. Me gustaría no engañarme ni anticiparme a mí misma, sino entregarme como soy y que vieras que soy hermosa incluso detrás de cada parafernalia que traigo cargando frente a mi cara. Antes de llegar a mi cara. Antes de llegar a mi cara la gente ya me ha visto. No sé lo que es verdad y lo que no, muy cabrón. No es sólo degradación propia de la escritura constante, el destino colapsa frente a mí de diferentes maneras. El trabajo que no encuentro, el asesor que no existe o que no busco o que, mi madre, su inexistencia y su locura, mi padre, que regresó a vivir a su departamento. El mural en mi cuarto que tengo que abandonar, la falta de tiempo, la falta de dinero. No tengo casa. No tengo hilos, tengo que agarrarme mis hilos.
(¿Cómo es posible que viva con mi papá a estas alturas de mi vida? Bueno, fácil: I HAVE NOT, really.  Todos estos años he vivido sola y con dinero. A costa de mi papá. Ahora se acabó, a esta hora debí haberme conseguido una manera de tener esa libertad. ¿Actué correctamente o no? ¿La cagué? ¿Tenía modos de conseguir esa vida que dejé pasar? ¿He perdido mi tiempo?)
Aceptando el trabajo con el que me comprometí aquel lunes, renuncio a conseguir una beca para la maestría y pues eso es básicamente renunciar a la maestría, chicos. No es lo que quiero. Necesito acabar la tesis para poder aplicar a la maestría y no puedo acabar la tesis.
Escribo mucho, en todas partes. Lo hacía desde la adolescencia, nunca ha parado. Mi cabeza me dicta el presente, las historias que le dan vida a la vida flotan muy a la vista en mi cabeza. Antes escribía peor, pero más fácil. Escribía derecho, tenía una idea completa del texto al momento de empezarlo. Escribía bien. Estudiando y dedicándome al lenguaje, llegó un momento en que experimenté o modifiqué mi manera de escribir. Disminuí el control que tenía sobre mis textos. Empecé a escribir entre párrafos, a cortar párrafos que escribí continuos y pegarlos en otras partes del texto, a dejar cabos sueltos, a dejar que mi propio cerebro me engañara y verle el engaño. Actualmente puedo guardar documentos de Word con toda la cola llena de líneas sueltas. Son de hecho la mayoría y he aquí mi confesión: no puedo unir las líneas. Es más que eso, los párrafos. Podrían unirse de una manera o de otra. De cuántas. Siempre de cuántas y cuáles, no se puede hablar en abstracto. Todas las historias tienen un fin. Excepto la vida.
Hice las cosas de la mejor manera. Pude haberlas hecho mejor, ok. No me siento mal. La filosofía es lo que es. No pude haber entendido más rápido lo que he entendido. No me arrepiento de nada. Nunca perdí mi tiempo. No me arrepiento de haber reprobado 4º de prepa, de todo el tiempo que he dedicado a escribir o a andar en bici, de las veces que me he quedado en la cama o de los días que he fumado hasta el anochecer. No me arrepiento ni de mi tesis ni de mi vida. He sido muy boba y lo sigo siendo algunas veces, sólo eso. No pude haberlo hecho más rápido. Lo digo con mi orden simbólico descompuesto aquí encima de la mesa: más rápido no iba a ir.
Todo lo que ha pasado desde mis últimos años de la prepa hasta ahora ha sido un intento honesto por encontrar el problema que me interesa.
En http://loppedloveliness.wordpress.com/ hay una prueba de ello. A medias claro, en construcción y con errores. Necesito ayuda.
He escrito cada texto como un chal tejido, hueco de todas partes. Los textos son como un cubo Rubik, no pueden construirse de principio a fin, como una fila de dominó, sino que se van armando de afuera hacia adentro, empezando por todas partes y no acabando nunca, hasta que de pronto plop: está acabado. Un texto cierra sus puertas por todas partes de un solo golpe.

Por un tiempo, después de renunciar a la segunda consultoría en la que trabajé, me dediqué obsesivamente a simplificar mi vida.

Empecé claro con mi cuarto. Estaba acorralada en mi cuarto por motivos interminables que podría tratar ahora. Tenía la mitad de mis cosas guardadas en cajas, con cosas adentro que necesitaba. La otra mitad de mis cosas estaba volando un poco entre un departamento y otro porque las transporté en el coche y casi no empaqué. Tenía la sensación de estar perdiendo muchas cosas.
El Rivotril lo tomé por sugerencia de un amigo mío que es médico, el tiempo que estuve trabajando para la segunda consultoría. Durante el cual perdía tanto tiempo que nunca pude arreglar las cosas que me traje del departamento que estaba rentando. Mismas que empecé a mezclar con las que iba sacando de las cajas. Era difícil saber si regresaba a mi estado natural, en el que viví 5 años y que había abandonado hacía 6 meses,  o si evolucionaba. Y si evolucionaba, era difícil decir que lo hacía por evadir mi manera antigua de acomodarme o si me acomodaba estratégicamente para una salida.
Todo era difícil. No veía claro. Me dolía la cabeza.
Renuncié poco después de que se me acabó el Rivotril. El médico dijo que no podía recetarme otro, pero que en cambio podía sugerirme que fuera a «terapia». Al cabo de dos insistencias de mi parte, le confesé que yo misma conocía a psicoanalistas admirables, le agradecí y le dije que lo pensaría, sin duda y que sí, que le llamaría al terapista, ok. Incluso tomé su número. Aún no sé por qué hice eso. Lo guardé en mi celular con un nombre falso pero creíble, todo más estrambótico incluso. Yo misma me saco de onda: aaaños de terapia. Por supuesto no tenía intenciones de tomar una «terapia» para que me recetaran Rivotril. Ni de volver a insistir.
El trabajo consistía es redactar notas y leer. Pero mi estilo nunca les gustaba y tampoco me quedaba muy claro qué tenía que leer. Era algo para una causa que además me parecía del todo equivocada y aprovechable.
Un día llegué tarde. Por el tráfico. Llevaba mes y medio trabajando ahí, ni siquiera me habían pagado. Todos estaban tensos en la oficina porque había llegado MUY tarde. Uno de los jefes, que según mi jefe no era en realidad mi jefe, me odiaba. Yo estaba harta de mi trabajo, del objeto de mi trabajo y de la gente, del lugar, del tráfico, de mi situación entera y hasta de la calidad moral de lo que hacía. Un día llegué tarde, por el tráfico, todos estaban tensos y decidí renunciar. Fue entre finales de febrero y principios de marzo.
Me parece que ya no tenía Rivotril, lo cual lamenté. Ocupé las primeras dos semanas en dormir.
No me di cuenta cuándo recuperé las energías. Uno puede pasar años sin energías, ¿sabe? Uno puede enloquecer sin saber ya si lo que se desea como energía no es tan sólo una ilusión que jamás se ha vivido. En mi caso yo ya no sabía si necesitaba descansar bien, ni qué era bien, o si necesitaba rejuvenecer. Durante años me sentí débil físicamente y agobiada. Pero creía que la pesadez era inevitable. Tanto que a pesar de dudar de la existencia real de estados de ánimo como "descansada" o "feliz", sabía con toda certeza que debía poder sentirme mejor. Por supuesto debía dejar de fumar y debía dormir largamente. Dejé de fumar al mismo tiempo que dejé de trabajar. Como tenía dinero, compré mucha mariguana. La idea era dormir, o fumar y dormir. Así llevé las cosas. Soñé muchísimo esa época. Ahora supongo que dejar de dormir a pierna suelta 12 horas por mucho tiempo crea una reserva de inconsciente para los sueños de la etapa más elaborada. Los escribía en Twitter cuando despertaba. Escribía muchos tuits; creé una cuenta alterna, incluso. Buenísima, @LrnzaPellegrini. Leí El péndulo de Foucault, también. No hacía nada serio, sólo jugueteaba con todo, comía cosas que me gustaban y dormía lo suficiente. Salía a veces a andar en bici. A andar en bici, a perderme, a jugar. He ido cada vez hasta donde he querido. Hay que ser desempleado para poder salir a andar en bici por ahí en las mejores horas de la ciudad.
No me quedó claro cuándo descansé lo suficiente. Cuando decidí simplificar mi vida, muy poco después de haber renunciado, lo admito, todavía estaba cansada. No era feliz, sentía la presión de mi casa. Tuve que cerrar la puerta de mi cuarto porque no soportaba la vida de mi papá. Me agobiaba lo que tenía, una vez más; así que decidí, una vez más, ponerlo todo a la vista, entenderlo y guardarlo sabiamente. Empecé por mi ropa.
Distinguí mis cosas por materia: textiles, folios, madera, plásticos. Lo olí todo y lo reconocí como un animal. Luego salí al parque. Al final, por supuesto, acabé amando tanto el techo como el suelo.

Nada en mis textos es aún suficiente. He querido sentarme a explicarle a alguien seriamente lo que tengo en la cabeza, pero no he tenido el momento. Creo que tengo mucho que explicar de mi vida. No sé si explicar sea suficiente.
Derrida y Deleuze coinciden en que todo es un medio, sea que haya múltiples medios o que todos los medios sean sólo manejables como una oposición binaria, nunca tenemos el extremo. He querido contener en una serie de ensayos el desbordamiento del desplazamiento del significado. He querido dar a entender que hay que perdonarlo todo y perderlo todo. Que los errores tienen su delicadísimo equilibrio. No abandono nada. Es imposible.
No me ha dado tiempo de escribir un post en contra de esa idea de que lo importante es nunca arrepentirse. (“Hagas lo que hagas, nunca te arrepientas”). Nunca me he impuesto como norma evitar el arrepentimiento, hago las cosas pensando que puedo arrepentirme de ellas en cualquier momento. Que tengo esa libertad, que los límites son otros.
Me gustaría tener la voz para ensancharla y cantarles en este momento todo lo que lo intenté todos estos años. Hasta donde nadie más se atreve en condiciones normales. Sería como una de esas cantantes bluseras que rasgan la voz al final. Resulta que me gustaría escribir mejor y ver más claro.
 Cada momento ocupa 10 veces su espacio, si lo escribimos. La escala es apócrifa. Es como si los objetos en un texto crecieran como las bolitas de esponja en agua. El texto se multiplica en sí mismo hasta que ya no cabe. Las esponjas crecen sobre las esponjas. Tienes alka-seltser hirviendo en las manos o en el estómago, pegamento Uhu en la retina de los ojos, se te pegan las letras mientras lees, conectas una noticia cosa con otra y luego con otra. Todo empieza a tocarse entre sí como una fila de dominó desbaratándose. La escritura choca más que ningún otro síntoma inflado sobre sí mismo, era un poco su naturaleza. Los significados resuenan como las campanadas alertan a la aldea de la misma torre derrumbándose. No controlo más mis textos, especialmente los largos. ¿Por qué? Se me desbordan los párrafos de los ojos, se me salen como baba blanca espumosa e involuntaria. Perdí un par de amistades, una chamarra y un USB en el camino. Quizás al amor de mi vida, un par de veces. Pueden doblárseme las palabras.
Pero me voy a hibernar obligada por las circunstancias que yo no elegí. Si fuera por mí tendría un asesor de tesis, un estudio soleado en el centro, una novia más inteligente que yo y seguiría hasta terminar esto. Pero sola y confundida como estoy quizás no sea ni siquiera soportable. Pero no quiero dejarlo y además lo dejo con el miedo de saber que si me alejo demasiado no voy a poder volver pero de todos modos este monstruo se me abalanzará encima. La filosofía no te deja & yet me voy porque no puedo leer, veo borroso y necesito lentes. No tengo dinero para unos lentes. Tomo el trabajo porque necesito dinero para comprar lentes para leer, paz, espacio, tiempo, silencio y una vida quieta. Necesito acabar la tesis o dejar de leer. Necesito dejar de preguntarme y juzgar sobre esto. Unos lentes no cuestan tanto, ¿saben? No sé si sea la crisis, yo nací en el 82.
¿Cuánto tiempo es necesario para plantearlo en un texto? No lo sé. Tampoco lo sabe nadie más. Confieso que no llevo bien los juicios que otros puedan hacer de mi vida, a pesar de que sé bien tantas cosas, como que ellos qué saben y como que de todas formas tampoco importa. Pues bien a pesar de ello me importa.
Trabajar de redactora cuando renuncias a tu tesis porque no puedes unir las ideas. Yo tampoco sé cómo vaya a ir eso. Mi plan es escribir sólo eso: las noticias. Si tengo la necesidad de escribir mientras sucede todo eso, no la voy a restringir. Es el compromiso de terminar lo que abandono.
Quiero tener todo lo otro: un domingo y nada qué hacer.  Lavar mi ropa, cuidar mi casa, hacer la comida, ver a amigos, ver la tele, hacer ejercicio (no mucho, sólo para mantener al alma) y leer por placer. Desde hace muchos años que tengo la presión constante de algo que no está terminado.
La gente nunca va a valorar la escritura. Yo, que escribo, no respeto a los que me dicen que se dedican a escribir. No te puedes dedicar a eso. & yet es en lo único que uno piensa: vives la vida escribiéndola en silencio. Todas estas mañanas, desde hace años para acá, me he dedicado a la escritura. En la prepa me iba de pinta para regresar a mi casa para fumarme un porro y hacer el ejercicio del taller de literatura de la tarde :)
No podría decir (te) todo lo que he dedicado a la escritura. Todo el tiempo, toda la cordura, todo lo que he leído, todas las drogas que he comprado, todos los ejercicios que he hecho, todo mi vocabulario atrofiado.
No puedo decírselo porque le he dedicado mi vida a la escritura voluntariamente. Toda ella, desde pequeña. Y a costa de eso he sido grosera hasta con mi madre.

Quiero una computadora que funcione, una Mac. Quisiera una portátil y una de escritorio. Y ordenar todo lo que tengo de información. Físicamente.
Claro que quiero todo mi tiempo libre y mi forma de vida. Pero todo este tiempo he estado abierta a la interpretación como al ácido. Me he equivocado públicamente y me han leído de la manera más mediocre. fin de eso.
me voy a hibernar
¿Necesito olvidarme de escribir?
Vínculo entre la escritura y el tema de mi tesis
El caso es que necesito olvidarme ese asunto.

Lamento las veces en que pude haber aprendido algo y ni siquiera intentaron enseñármelo porque ya sabían todo lo vanidosa que soy.

9 comentarios:

Esponjita dijo...

Le compro ésta para epígrafe de tesis:

"He escrito cada texto como un chal tejido, hueco de todas partes. Los textos son como un cubo Rubik, no pueden construirse de principio a fin, como una fila de dominó, sino que se van armando de afuera hacia adentro, empezando por todas partes y no acabando nunca, hasta que de pronto plop: está acabado. Un texto cierra sus puertas por todas partes de un solo golpe."


ombligo... (es verbo)

Tuttistófeles dijo...

Cada vez que te leo no puedo evitar reafirmar mi idea de que eres una mujer bellísima. Claro que eres bella en el aspecto físico y mucho, pero hay bellezas profundas que cautivan el alma, como tu pensamiento que es un himno a la libertad. Hay mucho en ti y seguro la mayoría de la humanidad no tendrá los sentidos adecuados para percibir la plenitud de una mujer como tú, siempre sentirás que no encajas del todo, desde mi perspectiva eso es maravilloso en muchos niveles, es una gran distinción. Te leo y a partir de eso puedo decirte que me siento como tú la mayoría del tiempo y no es que me dé gusto que sintamos lo mismo, es más bien que leer a un ser humano que logra expresarlo de manera tan adecuada como tú me hace sentir que dentro de toda la ausencia que puede llegar a invadirnos podemos escribir y trascender nuestras almas, no sé qué tan importante sea pero al menos sé que puedo llegar al rincón de mi recámara donde está mi computadora, encenderla, buscar lo que has escrito y estremecerme por tu existencia. Amo leerte, nunca dejo de hacerlo y te entiendo. Eres una gran mujer, imposible no sentir gran aprecio por tu vida y por tus letras, me considero muy afortunada y privilegiada al poder leerte. Y seguro está demás decirlo pero siempre estoy aquí "escuchándote". Te mando un gran beso y un fuerte abrazo.

ix dijo...

Tuttistófeles, te abrazo muy muy muy grande.

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