4 nov 2011

La Facultad de Filosofía y Letras es casi una plaza pública en la esquina de Insurgentes y el Eje 10 Sur

La Facultad de Filosofía y Letras es casi una plaza pública en la esquina de Insurgentes y el Eje 10 Sur. Algunos me preguntan si no es molesto que “cualquiera” esté en mi facultad, “ya que se salgan ¿no?”, me dicen como diciéndome algo bueno. La verdad es que sí hay una consecuencia especialmente molesta de la publicidad de la facultad: el Che, el auditorio. No sólo que esté ocupado, sino también las ideas totalitaristas, groseras e insensibles que (además de sustentar la ocupación) se exhiben en la esquina con sus falos de fuera. Sí, tiene consecuencias complicadas.

Las puertas de la universidad están abiertas. No hay ningún vigilante en la esquina de Insurgentes y el Circuito Escolar, su calle principal. Las puertas peatonales, que son muchas, siempre están llenas de gente entrando y saliendo, y de comerciantes. Nadie los cuenta ni les pregunta nada. A veces las puertas peatonales de la universidad son parques. O por ejemplo, si te pasas una estación del metro Copilco y te bajas en la siguiente, por descuido, ¡PUM!: te bajas en la UNAM. Cualquiera podría encontrarse dentro de la UNAM sin haberlo previsto, en coche o a pie. Los edificios sí están vigilados —por pandillas de ancianos sabelotodos y verguitas— pero las clases son abiertas y cualquiera puede oírlas. Es verdad.

La UNAM es de todos, lo que pasa es que sus moradores saben marcar el territorio. Aunque no tiene cerrojos, los transeúntes no pasan a través de Ciudad Universitaria como por cualquier otra delimitación de la ciudad. Sólo entran los estudiantes. Ni siquiera los estudiantes de otras universidades evitan el sentimiento de encontrarse en un territorio ajeno. Es fácil adjudicarse el mérito, vivimos en una sociedad donde las cosas son siempre de alguien. Y aunque es cierto que uno puede encontrarse dentro de la universidad por descuido, es cierto también que una vez adentro la mayoría de nuestros visitantes equivocados comprende —ipso facto— que allende entonces es necesario ser más cuidadosos. Porque dentro de CU se respetan las reglas. Es normal sentirse obligado a averiguar antes las costumbres del lugar, en la fila de la biblioteca o en la cafetería, por ejemplo. Pero también se nota en los coches y los pasos peatonales, especialmente creo que ha costado mucho hacer respetar las reglas en la calle y los coches. Mucho dinero, tecnología y voluntad (primero pusieron voluntarios con letreros de "ALTO", luego los sustituyeron por semáforos, pero no en todos los pasos peatonales), planeación, espero, y esfuerzo. ¡Pero funcionan! Es sorprendente cómo funcionan las reglas a tan sólo 200 m. del tráfico de Insurgentes Sur. Aunque no haya fronteras, existe una frontera imaginaria que disuade a los extraños: a partir de este pasto verde —es sólo un pasto verde, como si lo dijera un dios imaginario— sólo entra si sabes a qué vienes. Claro que algunos creen, y sólo creen, que saben a qué van. Pero no importa.

Me enorgullece que la facultad a la que se le ha encomendado defender las fronteras de Ciudad Universitaria sin vigilancia ni pasaportes haya sido la de filosofía y letras.

Pero la UNAM no es invencible. Si la ciudad está mal, la UNAM empieza a estar mal. Sus empleados, que son normalmente gente muy amable, muy seria, que hace bien su trabajo y que está consciente en muchos aspectos de los problemas sociales y laborales, si la ciudad empobrece o si el país está en «guerra contra las drogas», pueden volverse groseros, estúpidos e imperialistas como los de los Burger King y Oxxo.

Las sillas, que normalmente no hacen ningún ruido, pueden empezar a hacer ruido por falta de mantenimiento de los hules que tienen en las patas. Aunque no son exactamente patas. Los muebles de hecho los hacen estudiantes de la UNAM en la UNAM. O como sea que se le llame a ese estilo de barras que tienen las sillas de las bibliotecas.

Y las bibliotecas, que son de las más grandes en humanidades en América Latina, obviamente al lado de las de otros países. Argentina, por ejemplo. Argentina es otro país. Las bibliotecas, con los empleados malhumorados que de pronto empieza a haber, por ahí, pululando, los empleados, ¡las bibliotecas se vuelven hoyos negros de pérdidas eternas de libros escondidos!, por egoísmo y usura de estudiantes en medio de la presión entre la poca oferta y toda la demanda. Sólo hay uno o dos ejemplares de cada libro. Tres. Los esconden los mismos que los leen. A veces no vuelven por ellos. Un libro escondido en una biblioteca es… En la Biblioteca Central es virtualmente posible esconderlos en cualquier parte del edificio. Ocho pisos de libros. Revisé todo. No tengo dinero, tampoco tengo trabajo. Pasé dos horas de la mañana leyendo rápidamente y luego detenidamente el lomo de todas las JC, dos libreros. No lo sé: 10 metros de libros. No todo el pasillo: filosofía del derecho. JC 252, era el mío. D. JC – 252 - D, nada. Encontré, sin embargo, 15 libros escondidos o mal acomodados. La bibliotecaria me regañó por usar tantos. Le dije que no los había usado, que estaban mal acomodados. No puedes hacer eso, me dijo. Le dije que los encontré buscando otro libro que llevaba toda la mañana buscando. Me dijo que no podía hacer eso, le repetí que no los había usado, me dijo que si todos hicieran lo que yo tendrían un montón de libros que acomodar, ¡exactamente!, le dije, ¡como mi libro! Bueno no fue así tal cual. Una pérdida comparable a las humanas, sobre todo si consideramos el estado de salud con el que cuentan “las grandes y pequeñas empresas” editoriales de este país. Irreparable.

Los pequeños detalles que hacen a la UNAM, esos pequeños detalles bien hechos, como ponerle hule a las sillas por debajo para que no rechinen en la biblioteca cuando las mueves para sentarte, se pierden según avanza la pobreza y la ignorancia, Don Gato.

1 comentario:

Tuttistófeles dijo...

Es impresionante tu manera de transportar al lector al lugar de los hechos con tal claridad y fluidez.