…Pero «de Estado» es cuando el Estado utiliza el ingenio gubernamental para causar terror (matar, torturar, violar, desaparecer, despojar) a la población civil. Pero ¡¿por qué?! Con la finalidad de implantar una política o una economía sin oposición o con la oposición disminuida.
Supongamos tres tipos de terrorismo: terrorismo de Estado, terrorismo internacional y terrorismo privado. Este último ejercido por grupos privados ajenos al gobierno, como narcotráfico o grupos de guerrilla. No todo grupo guerrillero provoca terror en la población. Pero también es cierto que no se necesita que la guerrilla sea falsa para provocarlo. Incluso imprudentemente.
Cuando decimos «terrorismo de Estado» refiriéndonos a México, nos encontramos frente a un dilema, por un lado nos sentimos a un paso del terrorismo de Estado y, por el otro, nos sentimos en el remate de una larga cadena de crímenes sistemáticos de Estado. ¿Hablamos del futuro o del pasado?, ¿y hablamos sólo de los últimos 8 años o hablamos de los últimos 50? Tenemos motivos para creer que el exterminio de la población civil no ha parado desde la llamada “guerra sucia” de la década de los 70. Si bien, con una intensidad diferente.
Lo que pasa es que se trata, en su mayoría, de gente pobre, y dentro de la mayoría de esta mayoría, de indígenas; no de estudiantes de clase media. Y lo que pasa es que vivimos supuestamente en una “democracia” y no en un régimen militar. Y pasa que no necesariamente son asesinatos políticos, en parte porque la resistencia en México es cultural y dentro de las culturas que resisten hay políticas profundas que no necesariamente son marxistas o liberales. Y pasa que todo esto creció exponencialmente desde el 2006. Pero a la pregunta de si existe arreglo entre los poderes de Estado para lograr este genocidio (“pero, además, ¿el terrorismo pasa solamente por la muerte? ¿No se puede aterrorizar sin matar? ¿Y matar es necesariamente hacer morir? ¿No es también «dejar morir»?”) se ha de señalar la responsabilidad de los medios de comunicación, el enzarce de los medios de comunicación para que esto fuera posible. Y no se trata sólo de los poderes, sino también de la estructura del discurso, de la estructura social, de la estructura en el espacio público. Se requiere un análisis para entender qué sucede ahora y qué ha sucedido en México.
Así como podemos pasar de los 3 poderes del Estado a los medios de comunicación, aunque todo mundo sabe que los medios no son el Estado, así el Estado puede intentar hacer pasar la responsabilidad que le toca a él, a la sociedad; diciendo que lo lamenta. Porque nosotros votamos por esto, ¿no? Respetemos el voto. Luego van a pedir congruencia si votaste. Al Estado le beneficia , aunque sería imprudente intentar con toda voluntad incluir en la fuerza que se opone a los indígenas y a los pobres (hablo de pobreza y de raza) a cierta fuerza pública de derecha, es decir a cierta ciudadanía, y hacer pasar esto que nos pasa, terrorismo quizá, pero cómo diferenciar el miedo de la angustia del pánico, como si fuera nuestra culpa (en pasado (porque la responsabilidad es en futuro), (o culpa de algunos)) en vez de que el enunciado se reconozca como responsabilidad del Estado. Y nuestra responsabilidad, finalmente, obvio. Pero nuestra responsabilidad en la actualidad NO acciona a través del Estado sino que el Estado acciona por sí mismo y a sus anchas. Y no de la misma manera en que nosotros tenemos culpa o responsabilidad (de) en esto. Aunque la tenemos, pero que la tengamos no significa que toleremos esto. Y luego en lo que quizá todos diferiremos es en si se puede arreglar o no. Y luego confundir culpa con responsabilidad, porque todo somos responsables y la culpa es un asunto que nuestra cultura tiene incorporada, por la tradición católica. No por cuestionar lo que la culpa significa hay que dejar de hablar de culpas.
Y además lo que sucede no es una cuestión de derecha o de izquierda, exactamente. No todos los de la derecha están de acuerdo con esto. Ni dejarán de ser derecha por esto ni se unirán a la izquierda (aunque quizá algunos lo hagan). (Y viceversa). No importa. Simplemente muchos no quieren un Estado autoritario. ¿Pretendemos eliminar a la oposición? ¿Se trata de una cuestión de izquierda o derecha? Porque además se trata de cierta derecha, no de cierta izquierda, en la situación de fuerzas armadas y control social. ¿Se trata de cierta derecha o se trata simplemente de un negocio en el que hasta la supuesta izquierda está metida?, ¿y necesita tratarse de un negocio para que la supuesta izquierda esté metida? Aunque claro que también existe la izquierda autoritaria que trata de imponer la justicia para la mayoría. Y claro de éstas uno se pregunta ¿cuál es preferible?, ¿no es preferible una justicia económica, primero? Y ok estoy de acuerdo la libertad es fundamental ni más ni menos aunque venga después, en la vida, que la comida, pero tendremos de verdad que redefinir nuestro concepto de libertad para adecuarlo a los presentes o al tiempo presente, como quiera verlo. Algunos tienen una libertad en todo el sentido de la palabra, sí. (Es decir con sus limitaciones, físicas incluso). Algunos. La mayoría tiene oprimida su libertad porque, admitámoslo, se te limita la libertad con la pobreza. No es que no se sea libre. Entonces si usted cree que deben seguir las cosas de la misma manera a como han venido siendo, admita que usted goza de la libertad en un sistema económico con estos pobres. Y si cree que puede cambiarlo, o si en verdad no quiere cambiarlo, y además aclare si quiere o no quiere guerra sucia. Y si lo que quiere es conservar este sistema exactamente como estaba, pero sin esta “violencia” de armas, yo creo que lo mínimo que debería hacer, si es que realmente lo piensa, es escribirlo y someterlo al discurso público. Explicando con mucha claridad por qué si regresamos exactamente al punto donde estábamos no vamos a desbarrancarnos de una manera similar. Pocas personas creen que no se necesite un cambio radical. Casi todo mundo opina que no le gusta esta violencia. Es decir el apoyo a este gobierno autoritario y manipulador no está apoyado por la mayoría.
De ahí a que pocos estén a favor del capitalismo…
Estas cosas, así como están, tienen que cambiar. Se requiere preguntar cómo es que México apenas es noticia internacional después de 8 años que, por las razones que hayan sido, han dejado 30 mil desaparecidos y 120 mil ejecutados. Al tratar de conjurar ese encanto formulando el enunciado «terrorismo de Estado» se pretende ir más allá y adentrarnos en todas esas preguntas que el enunciado conlleva. Al enunciarlo tan sólo abrimos la puerta de un cuarto oscuro. Aún hace falta entrar en él, encender la luz y rotular nombres y apellidos, tanto como abrir el panorama de interpretaciones políticas con las complejidades que conlleve. Y para eso que tan pronto o que tan tarde hemos llegado a todo esto. Pero un cambio de verdad. Todo ello condición necesaria para llevar a algún sitio deseable la indignación social que, sea que nos encontramos al final o al principio, empieza a hacerse oír.
Algo terrible está teniendo lugar y en el fondo no se sabe qué es. Pero el análisis debe llegar tan lejos como sea posible.
En todas direcciones.
“Se dirá, naturalmente, que no toda experiencia de terror, incluso si es muy específica, es necesariamente efecto de un terrorismo.” (Se volverá sobre esto). Incluso “mucho antes de los bombardeos más o menos masivos de las dos últimas guerras mundiales, la intimidación de las poblaciones civiles constituía un recurso clásico. Desde hace siglos.”
“¿En qué se diferencia el terror organizado, provocado, instrumentalizado por el Estado, de ese miedo que toda una tradición, de Hobbes a Schmitt, e incluso a Benjamin, considera como la condición de la autoridad de la ley y del ejercicio soberano del poder, como la condición de la política misma y del Estado?”
“Hay que ser muy prudente al usar la palabra «terrorismo» y, sobre todo, «terrorismo internacional». Ante todo, ¿qué es el terror? ¿Qué lo distingue del miedo, de la angustia, del pánico? El acontecimiento del terror no sólo lo es en la medida en que inflige un trauma presente a las conciencias y a los inconscientes, no consiste sólo en lo que ha ocurrido, sino en la amenaza indeterminada de un futuro más peligroso.”
“Imagine que frente a un ataque terrorista se nos diga: ‘lo que acaba de pasar es algo grave, un crimen terrible, un dolor sin fondo; pero, bueno, ya se acabó, no volverá a comenzar, jamás habrá algo tanto o más grave que esto.’ Presumiblemente el duelo sería posible en un tiempo bastante corto.”
… comparado con el duelo que no termina de llevarse a cabo si el ataque permanece abierto al futuro.
El terrorismo de Estado es una cosa muy especial porque el Estado, a diferencia de grupos privados o Estados extranjeros, controla detalle a detalle la información de los ciudadanos. Un Estado fallido no tiene la voluntad de atacar o de prestar su información para atacar a sus ciudadanos. Digamos que la diferencia entre Estado fallido y terrorismo de Estado está, por ejemplo, en que el CISEN (Centro de Investigación de Seguridad Nacional) sea incapaz de proteger a la población o que esté utilizando su inteligencia para fines diferentes a la protección de la población. Si es el Estado el que está operando detrás de este terror, el terror que genera es tan grande, que la tendencia humana es negar lo que sucede. El terror actúa a nivel inconsciente.
Pero ni grupos privados ni otros países tienen tanto control sobre la población civil como el propio Estado. El Estado controla casi toda la información y sin duda casi todos los recursos de los que puede echar mano la población civil para defenderse. A la población civil no le queda otro recurso más que organizarse ella misma, a pesar y en contra de los medios de comunicación masivos, a pesar de que existan rumores acerca de, y a pesar de que todas las carreteras estén controladas o por el Ejército o por narcos. Actualmente las fronteras están muy desdibujadas, pero ateniéndonos a los límites teóricos podemos ver el poder del terrorismo de Estado: los grupos privados y otros países no controlan los medios nacionales (como el registro civil, el espionaje masivo en telecomunicaciones, los periódicos, la radio, los impuestos, el abasto alimenticio, la policía, el Ejército). Actualmente las fronteras están muy desdibujadas, pero si grupos privados u otros países están echando mano de esos recursos nacionales para atentar contra la población, entonces están en contubernio con el Estado y al terrorismo privado e internacional se le agrega el terrorismo de Estado. No son excluyentes, pueden sumarse. Ahora bien, cuando los grupos terroristas privados están trabajando con el Estado y no contra el Estado, no es terrorismo privado ni son narcotraficantes, es terrorismo de Estado y son paramilitares.
¿Qué exactamente está sucediendo en México?
México está paramilitarizado de Norte a Sur y de Este a Oeste. Y, al mismo tiempo, hay muchas personas que no saben lo que es terrorismo de Estado; me atrevería a decir que la mayoría. Es importante esto porque conocen sus efectos, pero no se utiliza el concepto para nombrarlo.
“Si nos remitimos a las definiciones corrientes o explícitamente legales del terrorismo, ¿qué encontramos? Allí la referencia a un crimen contra la vida humana cometido en violación de las leyes (nacionales o internacionales) siempre implica a la vez la distinción entre civil y militar (se supone que las víctimas del terrorismo son civiles) y una finalidad política (influenciar o cambiar la política de un país aterrorizando a su población civil). Estas definiciones, por consiguiente, no excluyen el «terrorismo de Estado». Todos los terroristas del mundo pretenden responder en defensa propia a un terrorismo de Estado previo que no dice su nombre y se cubre con toda clase de justificaciones más o menos creíbles.”
(Para quienes dicen que “no hay demasiados secretos en el mundo del poder. Ni de los negocios. Ni de la guerra. Ni de la historia, con letras mayúsculas…” (Yuriria Sierra, analista de guerra: http://www.excelsior.com.mx/opinion/yuriria-sierra/2014/10/16/987225 ): “Después del 11 de septiembre [de 2001], una mayoría aplastante de los Estados representados en la ONU condenó, como lo había hecho en más de una ocasión en el transcurso de los últimos decenios, lo que llama el «terrorismo internacional». Ahora bien: durante una sesión televisada de las Naciones Unidas el secretario general Kofi Annan tuvo que recordar de pasada numerosos debates anteriores.”)
“Entre más confuso es un concepto, con mayor docilidad se presta para su apropiación oportunista.”
¿A partir de qué momento el único recurso de un “combate legítimo” deja de serlo para ser denunciado como un terrorismo? ¿O a la inversa?
3 semanas después del 11 de septiembre Giovanna Borradori, filósofa, le hizo una entrevista a Jacques Derrida y a Jurgen Habermas sobre lo ocurrido en el WTC de NY. No era una entrevista como las que le hacían en ese momento a Bush y a Condoleezza Rice. Es decir, no se le hizo una entrevista a Derrida y a Habermas para enterarnos de nuevos detalles de los ataques o de información relevante sobre los aviones. Ni se le estaba haciendo una entrevista a un par de ingenieros para que explicaran si era posible que las torres se cayeran de esa manera. Jacques Derrida y Jurgen Haberman son dos de los filósofos más importantes del mundo en la actualidad (Derrida murió en el 2006), entre los otros muchos filósofos importantes actuales que existen en el planeta, y eso incluye a los que reviven con lo que dejaron a veces sí y a veces no. Es la falta de reflexión por parte de las masas, sumado a la normalización y legitimación de la violencia, lo que plantea las circunstancias para que el terrorismo de Estado, es decir la matanza de civiles por parte de su propio Estado, produzca un genocidio.
En la entrevista a Jacques Derrida sobre los ataques al WTC, lo primero que hace Derrida es notar que al ataque se le conoce con una fecha: 11 de septiembre, September 11, 11/9. El trauma es tan grande que al acontecimiento no se le puede llamar de otra manera, mejor dicho, la sociedad no alcanza a llamarle de otra manera más que por la fecha en que ocurrió. El 11 de septiembre fue un acontecimiento sin precedentes. Preguntarle a alguien por lo que piensa del 11/9 significa preguntarle por un atiborrado de hechos y perspectivas, presentes, futuras e históricas, que se agrupan todos bajo una fecha.
MEDIOS DE COMUNICACIÓN
Lo segundo que hace Derrida es referirse a la “función” de los medios de comunicación en lo que atañe al 11/9. Y digo función sin querer por ello decir, por ahora, que se trata de algo premeditado e intencionado, como las funciones programadas en la computadora. De la premeditación y control del terrorismo hablaremos más adelante. Aquí función quiere decir que, premeditado o no, los medios de comunicación están funcionando de manera contundente en lo que queremos significar con 11/9, aquello que sucedió el 11/9. Es decir, la impresión que nos ha dejado el 11/9. Del mismo modo que cuando entramos a una habitación tenemos una impresión de esa habitación. Llamémosle una impresión primera. Tan es así que si inmediatamente cerramos los ojos podremos reconstruir esa impresión (de la habitación) en nuestra mente. Se puede hablar en este sentido de impresiones primarias y secundarias. Este ejemplo de la habitación fue dado por uno de los filósofos británicos a los que se llama “empiristas” y Derrida mismo dice, aunque no menciona el ejemplo de la habitación, que justamente se está refiriendo a ellos al decir que el 11/9 es una impresión. Un major event, de hecho. A propósito de los medios de comunicación: “Este «sentimiento» es menos espontáneo de lo que parece: en gran medida está condicionado, constituido, si no efectivamente construido, en todo caso mediatizado, por una formidable maquinaria tecnosociopolítica.” Porque no hay que menospreciar, aunque este menosprecio sea con el tiempo parte de una inercia inducida, que la impresión que tenemos la mayoría de nosotros, los habitantes del planeta, del 11/9, está ligado en su origen con los medios de información. Si en este momento cerramos los ojos y recordamos la impresión que tuvimos del 11/9, notaremos que con rigor lo que tenemos es la impresión de una imagen encuadrada por un marco, ya sea el marco de una fotografía o el marco de una toma de video, una impresión mediatizada. Incluso quienes lo vieron con sus ojos no pueden soslayar las imágenes publicadas. “No se puede disociar la impresión de todos los medios de comunicación que la han hecho posible. ¿Qué habría sido el «11 de septiembre» sin la televisión? El verdadero «terror» consistió en explotar la imagen por parte del propio objetivo del terror.” Lo vemos diariamente en la televisión: se repiten imágenes de terror una y otra vez sin el contexto simbólico que contenga el trauma. Es cierto que el psicoanálisis recomienda repetir el trauma, pero con un análisis que rodee a la repetición. Repetir el trauma sin el análisis (como ocurre mientras nos detenemos un momento en nuestro camino para tomar un café en un bar y mientras lo hacemos miramos una televisión muda que repite convulsivamente imágenes, por ejemplo, de un robo o un secuestro a mano armada grabadas por alguna cámara de vigilancia del Estado, pero sin volumen, mientras por el otro lado escuchamos la música de moda) parece que sólo aumenta el trauma. Es un terrorismo que opera mediante la propagación a través del espacio público de ideas dirigidas a la población civil.
El hecho mismo de llamar a este acontecimiento con una fecha muestra que “quizá no disponemos de ningún concepto, de ningún significado para nombrar de otra manera esta «cosa» que acaba de ocurrir, este supuesto «acontecimiento».”
El terrorismo es cualquier cosa menos un concepto riguroso (y satisfactorio para captar aquello de lo que queremos tratar de hablar).
“«Alguna cosa» está teniendo lugar, se tiene el sentimiento de no haber podido verla venir, y es innegable que la «cosa» tiene sus consecuencias. Pero el lugar y el sentido mismos de este «acontecimiento» permanecen inefables, como una intuición sin concepto, como una unidad sin generalidad en el horizonte, sin horizonte incluso, fuera de alcance para un lenguaje que confiesa su impotencia y en el fondo se limita a pronunciar mecánicamente una fecha, a repetirla, a la vez como una especie de encantamiento ritual, conjuro poético, letanía periodística, ritornelo retórico que confiesa no saber de qué habla.”
“Algo terrible tuvo lugar y en el fondo no se sabe qué es.”
Y agrega:
“Pues, por más que nos indignemos ante la violencia, por más que deploremos sinceramente, como lo hago yo con todo el mundo, el número de muertos, no haremos creer a nadie que en el fondo es de eso de lo que se trata.”
“Por desgracia no basta, y esto es cierto desde hace tiempo, con matar en algunos instantes cerca de 4.000 personas, sobre todo «civiles», utilizando una tecnología reconocida como avanzada, para producir un major event. Se podrían dar muchos ejemplos durante la guerra mundial, pero también después de ella, de semejantes asesinatos masivos y casi instantáneos que no fueron registrados como major events. Esos asesinatos no dieron la «impresión», en todo caso no a todo el mundo, de constituir catástrofes inolvidables.”
En las páginas siguientes Derrida distingue entre acontecimientos y acontecimientos mayores. Si bien todo acontecimiento es imprevisible y todo momento es un acontecer, hay acontecimientos mayores. Ya es un problema (filosófico) que todo acontecimiento sea imprevisible y que estos se sucedan constantemente, pero ello pertenece a otra explicación, a otra entrevista, a otro estudio. En todo caso, si ya es posible plantear que un acontecimiento es esencialmente inapropiable, mucho más cierto será de un acontecimiento mayor.
“Un acontecimiento mayor debería ser tan imprevisible e irruptivo como para perturbar hasta el horizonte del concepto o de la esencia desde donde se cree reconocer a un acontecimiento en cuanto tal.”
Se trata de un acontecimiento. Ese acontecer (que sucede todo el tiempo) debe interpretarse no sólo hacia uno mismo sino también hacia “una cierta expropiación”, hacia el exterior.
“Aquello que a la vez se abre y resiste a la experiencia, es, me parece, cierta inapropiabilidad de lo que sucede.”
El acontecimiento es ante todo lo que yo no comprendo. O mejor: el acontecimiento es ante todo que yo no comprenda.
“Éste es el límite, a la vez externo e interno, sobre el que quisiera insistir aquí: aunque la experiencia de un acontecimiento, el modo bajo el cual nos afecta, precisa de un movimiento de apropiación (comprensión), aunque este movimiento de apropiación sea irreductible e inevitable, sólo hay acontecimiento digno de este nombre en donde esta apropiación fracasa en una de las fronteras. Pero en una frontera sin frente ni confrontación, una frontera contra la cual la incomprensión no choca de frente, pues ella no tiene la forma de un frente sólido: ella se escapa, permanece evasiva, abierta, indecisa, indeterminable. De ahí la inapropiabilidad, la imprevisibilidad, la sorpresa absoluta, la incomprensión, el riesgo de engañarse, la novedad inanticipable, la singularidad pura, la ausencia de horizonte.”
“Si aceptamos esta definición mínima de acontecimiento, ¿podríamos afirmar que el «11 de septiembre» constituyó un «acontecimiento» sin precedentes? ¿Un acontecimiento imprevisible? ¿Un acontecimiento totalmente singular?”
Derrida dice que no es seguro. (Yo coincido, ya se pudo haber imaginado que una torre así de alta podía ser un blanco fácil para un avión). Él dice que incluso ya había habido un ataque contra las Torres Gemelas. Y que también ha habido ataques contra bases de inteligencia estadounidenses y contra intereses estadounidenses. Es decir, EEUU no es inatacable. Ya lo sabíamos. Se pregunta entonces hasta dónde llega Estados Unidos. Sería difícil definir los límites rigurosos tanto del territorio estadounidense como de sus intereses.
Procedamos con paciencia.
Cada vez que algo sucede, hasta en la experiencia cotidiana más trivial, hay una parte de acontecimiento y de imprevisibilidad singular. Cada instante es un acontecimiento. Todo lo que es «otro» también es un acontecimiento. “Cada nacimiento y cada muerte, por más tranquila y «natural» que sea, son acontecimientos.”
“¿Se dirá por eso que el 11/9 fue un «acontecimiento mayor»? ¿Porque se trató de muchas muertes?”
“Aunque la palabra «mayor» haga alusión a la altura, la evaluación no podría ser en este caso puramente cuantitativa. Trátese de la dimensión de las torres, del territorio atacado o del número de víctimas. No se cuenta de la misma forma a los muertos en todas partes.”
“Tenemos el deber de recordar que la resonancia que tienen estos asesinatos jamás es puramente natural y espontánea.
(Camboya, Ruanda, Palestina, Irak, etc.).
La novedad tampoco reside en bombardear edificios repletos de civiles. Hiroshima y Nagasaki.
Lo menos que se puede decir de estas agresiones es que sus dimensiones, cuantitativas o de otra índole, no fueron inferiores a las del «11 de septiembre».
Desde el «fin de la Guerra Fría», lo que podemos llamar el orden mundial, con su relativa y precaria estabilidad, depende ampliamente de la solidez y confiabilidad, es decir, del crédito del poderío norteamericano.
Y ello en todos los planos: económico, técnico, militar, mediático, incluso en el de la lógica discursiva, de la axiomática que sostiene mundialmente a la retórica jurídica o diplomática, y por consiguiente al DERECHO INTERNACIONAL, por más que los Estados Unidos lo violen sin dejar de presentarse como sus máximos defensores.
De ahí que desestabilizar a esta superpotencia que cumple al menos con el «papel» de guardián del orden mundial es arriesgarse a desestabilizar al mundo entero, incluyendo a los enemigos declarados de los Estados Unidos.
Y lo que también se encuentra desestabilizado, porque también depende de EEUU, es el sistema de interpretación, la axiomática, la lógica, la retórica, los conceptos y las evaluaciones que, se supone, deben permitirnos comprender y explicar, precisamente, una cosa como «el 11 de septiembre». Hablo de todo el discurso que se encuentra acreditado, de manera predominante, masiva, hegemónica, en el espacio público mundial. Lo que se encuentra legitimado de este modo por el sistema predominante son las normas inscritas en todas las frases aparentemente con sentido que se pueden hacer con el léxico de la violencia.
Lo que se desestabiliza son las reglas con las cuales podemos hablar con sentido de agresión, crimen, guerra, terrorismo, terrorismo nacional e internacional, terrorismo anti-Estado y terrorismo de Estado, con el respeto de la soberanía y del territorio nacional.
Lo que también se ha tocado con este ataque sin precedentes es el aparato conceptual que habría podido comprender el 11 de septiembre.
Lo que sucede es que no sabemos lo que es y así no podemos ni nombrarlo, ni describirlo ni identificarlo. Así eternizamos la herida.
Pero este crash conceptual pudo haber venido antes de los ataques y ser reforzado por los medios de comunicación que están primariamente ligados con los ataques.
Pero para mostrar que este horizonte de no saber es todo menos abstracto e idealista, hay que decir algo más y decirlo de la manera más concreta: Un proceso autoinmune, como se sabe, es ese extraño comportamiento del ser vivo que, de manera casi suicida, se aplica a destruir «él mismo» sus propias protecciones, a inmunizarse contra su «propia» inmunidad.
Primer síntoma de autoinmunidad: no se trata sólo de un ataque en territorio estadounidense (tomando en cuenta el papel de garante de la seguridad que ha tomado EEUU desde el fin de la Guerra Fría), se trata de “fuerzas que aparentemente no tienen fuerza propia pero que encuentran la manera, mediante la astucia y el despliegue de un saber high-tech, de apoderarse de un arma norteamericana, en una ciudad norteamericana, en el suelo de un aeropuerto norteamericano. Inmigrantes formados, preparados para su acción en los Estados Unidos por los Estados Unidos, estos hijackers incorporan, si puede decirse, dos suicidios en uno: el suyo (y lo que más aterroriza es que siempre estaremos desarmados ante una agresión suicida, autoinmune), pero también el suicidio de quienes los recibieron, los armaron, los entrenaron.”
Síntoma doble de autoinmunidad: el ataque toca la cabeza financiera (WTC) y la cabeza del poder (el Pentágono, no lejos del Capitolio).
Segundo síntoma de autoinmunidad: “Imagine que se hubiera dicho a los norteamericanos, y a través de ellos al mundo entero: lo que acaba de pasar (la destrucción espectacular de las torres, la muerte teatral pero invisible de miles de personas en unos pocos segundos, etc.) es algo grave, un crimen terrible, un dolor sin fondo; pero, bueno, ya se acabó, no volverá a comenzar, jamás habrá algo tanto o más grave que esto.”
El duelo habría sido posible en un tiempo bastante corto.
Hay traumatismo sin trabajo de duelo posible cuando el mal viene de la posibilidad de que lo peor esté por venir. Pero mucho peor.
Ciertos representantes del Congreso lo han hecho saber, por ejemplo, en el transcurso de un debate público televisado que pude observar: en adelante, todas las cabezas del Estado (presidente, vicepresidente, ministros y congreso) no se reunirán jamás en un mismo sitio en el mismo momento. Esto significa que el «acontecimiento mayor» no habrá consistido en el «11 de septiembre», en una agresión pasada, presente y efectiva. No; ha sido traumatizado desde el porvenir impresentable, desde la amenaza abierta de una agresión capaz de golpear un día, más tarde, quién sabe.
Ya no hay un duelo entre dos Estados poderosos (EU/URSS) empeñados en una teoría de juegos y capaces ambos de neutralizar el poderío nuclear del adversario en una estimación recíproca y organizada de los riesgos respectivos. En lo sucesivo, la amenaza nuclear, la amenaza «total», no proviene de un Estado sino de fuerzas anónimas, absolutamente imprevisibles e incalculables. A causa de la invisibilidad anónima del enemigo, a causa del origen indeterminado del terror, a causa de su ausencia de rostro (individual o estatal), a causa del hecho de no saber lo que es un acontecimiento del inconsciente y para este inconsciente (que sin embargo hay que tener en cuenta aquí), pues bien, sí, lo peor puede parecer simultáneamente inconsistente, pasajero, ligero, negado, reprimido, hasta olvidado.
Sin embargo, todos estos esfuerzos por atenuar o neutralizar el efecto del traumatismo (para negarlo, reprimirlo, olvidarlo, para hacer su duelo, etc.), son, a su vez, tentativas desesperadas. Y movimientos autoinmunes que producen la monstruosidad que pretenden abatir. Lo que jamás se dejará olvidar es entonces el efecto perverso de la autoinmunidad misma. Hoy sabemos que la represión regenera precisamente aquello que trata de desactivar.
Tercer síntoma de autoinmunidad: hay que saber que las defensas y todas las formas de eso que llaman, con dos palabras tan problemáticas la una como la otra, «war on terrorism», trabajan para regenerar, a corto o a largo plazo, las causas del mal que pretenden exterminar. En Irak, en Afganistán e incluso en Palestina, las «bombas» no serán jamás lo suficientemente «inteligentes» para evitar que las víctimas (militares o civiles, otra distinción cada vez menos confiable) respondan, en persona o por delegación, con lo que les será fácil presentar como represalias legítimas, o contraterrorismo. Y así hasta el infinito...
Por comodidad y porque así lo exigía el análisis, he distinguido tres terrores autoinmunes. Pero en la realidad estos tres recursos del terror no se distinguen: se acumulan y se sobredeterminan.
La filosofía puede replantear los presupuestos conceptuales con qué hacerle frente a este tipo de acontecimientos. El discurso corriente, el de los medios y el de la retórica oficial, confía fácilmente en conceptos como el de «guerra» o el de «terrorismo» (nacional o internacional). Por ejemplo la expresión «guerra contra el terrorismo» es muy confusa, por lo que hay que analizar la confusión y los intereses a los que pretende servir este abuso retórico. Bush habla de «guerra» pero es incapaz de determinar el enemigo.
Inestabilidad semántica. No basta con que todo ello sea reconocido como un caos conceptual, una zona de turbulencia en el lenguaje público. Por el contrario, es preciso reconocer allí unas estrategias y unas relaciones de fuerza. El poder dominante es quien logra imponer la interpretación que le conviene.
Consideremos que la mayor parte de los fenómenos que se pretende identificar como acciones «terroristas» (nacionales o internacionales), actos de guerra o intervención de peacekeeping, ya no tienen como objetivo la conquista o la liberación de un territorio y la fundación de un Estado-nación. Incluso allí en donde hay «terrorismo de Estado», ya no se trata de ocupar un territorio sino de asegurar un poder tecnoeconómico o un control político que sólo requiere un mínimo de territorio. Si bien el recurso petrolero, por ejemplo, sigue siendo uno de los raros territorios, uno de los últimos lugares terrestres no virtualizables, será suficiente con asegurar el derecho de paso para un oleoducto.
Deberán ocurrir cambios profundos en el Derecho Internacional. Pero es imposible prever a qué ritmo ocurrirá.
Se puede tomar partido
Se puede describir, comprender, explicar determinadas sucesiones de eventos que conducen a la «guerra» o a los «terrorismos» sin justificarlos en lo más mínimo, incluso condenándolos y tratando de inventar nuevas cadenas de eventos. Se puede condenar incondicionalmente los actos de terrorismo (sean o no de Estado) sin desconocer la situación que pudo generarlos, si no legitimarlos. Para dar ejemplos tendríamos que empeñarnos en análisis largos, en principio hasta interminables. Se puede condenar incondicionalmente, como lo hago yo aquí, el atentado del 11 de septiembre sin prohibirse tener en cuenta unas condiciones, reales o alegadas, que lo hicieron posible.
si en esta violencia desenfrenada y sin nombre tuviera que tomar partido en una situación binaria, yo lo tomaría. tomaría partido por el campo que deja, en principio, en derecho, una perspectiva abierta a la perfectibilidad,
Si hay responsabilidades por asumir y decisiones por tomar, responsabilidades y decisiones que merezcan estos nombres, ellas pertenecen al tiempo de un riesgo y de un acto de fe. Más allá del saber. Si yo decido porque yo sé, en los límites de lo que yo sé y sé que se debe hacer, entonces desarrollo un programa previsible y no hay ni decisión, ni responsabilidad, ni acontecimiento.
Sobre la democracia
«Democracia por venir» no quiere decir democracia futura que un día será «presente». La democracia jamás existirá en presente: no es presentable, y tampoco es una idea regulativa en el sentido kantiano. Pero hay lo imposible cuya promesa inscribe la democracia -que arriesga y debe arriesgar siempre con pervertirse en una amenaza-.
A la historia, si usted quiere, una historia que hay que pensar, no desde un horizonte teleológico, e incluso desde un horizonte sin más, sino de una manera totalmente distinta.
Entre todos los nombres de lo que se clasifica, de manera un tanto apresurada, en la categoría de los «regímenes políticos» (yo no creo que «democracia» designe finalmente un «régimen político»), el concepto recibido de democracia es el único que acoge la posibilidad de discutirse, de criticarse y de mejorarse indefinidamente a sí mismo.
¿Quién es más terrorista?
1. Quien me privó de cualquier otro medio diferente a éste, dice el terrorista.
2. La acción «terrorista» busca producir efectos psíquicos (¡conscientes e inconscientes!) y reacciones simbólicas o sintomáticas que pueden tomar numerosos rodeos (incalculables, en realidad). La muerte de miles de personas en un tiempo muy breve puede provocar menos efectos psíquicos y políticos que el asesinato de un solo individuo.
Pero, además, ¿el terrorismo pasa solamente por la muerte? ¿No se puede aterrorizar sin matar? ¿Y matar es necesariamente hacer morir? ¿No es también «dejar morir»? ¿Acaso «dejar morir», «no querer saber que se deja morir» (a cientos de millones de seres humanos de hambre, del sida, de falta de atención médica, etc.) no puede hacer parte de una estrategia terrorista «más o menos» consciente y deliberada? Quizás es un error suponer con ligereza que todo terrorismo es voluntario, consciente, organizado, deliberado, intencionalmente calculado: hay «situaciones» históricas o políticas en las que el terror opera, por decirlo así, como por sí mismo, como simple efecto de un dispositivo, en razón de las relaciones de fuerza instaladas, sin que nadie, ningún sujeto consciente, ninguna persona, ningún yo se sienta consciente o se haga responsable de él. Todas las situaciones de opresión, social o nacional estructural, producen un terror que no es nunca natural (que es, por lo tanto, organizado, institucional) y del cual dependen, sin que jamás quienes se benefician de él tengan que organizar actos terroristas y sean tratados como terroristas.
(Es cierto que, a través de la radio y la televisión, lo que se llama «propaganda» organizada (cosa en efecto relativamente moderna) tomó en el siglo XX, y ya desde la Primera Guerra Mundial, parte esencial en la guerra «declarada». Acompañó, de manera indisociable, bombardeos (convencionales o atómicos) que no podían distinguir entre lo «civil» y lo «militar», como por su parte tampoco podían hacerlo las «resistencias» y las represiones de los movimientos de resistencia. Ya entonces, en las dos guerras mundiales, era imposible distinguir rigurosamente entre guerra y terrorismo. Vea, por ejemplo, a los héroes de la Resistencia francesa, que continuaron la «guerra» después del armisticio y a menudo en nombre de la «Francia libre» de De Gaulle. Estos resistentes eran tratados regularmente de «terroristas» por los nazis y por los colaboradores de Vichy. Esta acusación cesó con la Liberación de Francia, pues era un instrumento de propaganda nazi. Pero ¿quién puede alegar que no tenía nada de verdad?)
Globalización
La mundialización no ha tenido lugar. Es un simulacro, un artificio o un arma retórica que disimula un creciente desequilibrio, una nueva opacidad, una no comunicación parlanchina e hipermediatizada, una acumulación masiva de riquezas, de medios de producción, de teletecnologías y de armamentos militares sofisticados, la apropiación de todo este poderío por parte de un pequeño número de Estados o de corporaciones internacionales.
Una vez más, el Estado es a la vez autoprotector y autodestructor, remedio y enfermedad. El pharmakon es otro nombre (un antiguo nombre) para la lógica de lo autoinmune.
Lo peor, según parece, es también lo mejor. Esto es lo que es terrible, aterrador, aterrorizante; éste es, sobre la tierra, y más allá de todos los territorios, el último recurso de todos los terrorismos.
Se trata, en efecto, una vez más, de la Ilustración, es decir, del acceso a la razón en un determinado espacio público.
Si los intelectuales, escritores, investigadores científicos, profesores, artistas y periodistas no se reúnen para levantarse, antes que cualquier otra cosa, contra estas violencias, su abdicación sería a la vez irresponsable y suicida.
Un terremoto trastornó el paisaje en donde el ideal de la tolerancia asumió al menos una primera figura hace algunos siglos. Habría que analizar todas estas mutaciones: en la estructura del espacio público
Me parece que nuestros actos de resistencia deben ser a la vez intelectuales y políticos.
Debemos unir nuestras fuerzas para tener peso, para ejercer presiones, organizar respuestas, etc., para hacerlo a escala internacional y en formas novedosas, pero sin dejar nunca de analizar y discutir los fundamentos mismos de nuestra responsabilidad, sus discursos, sus herencias, sus axiomas. El concepto de tolerancia es un ejemplo importante de esto.
La paz consistiría en la cohabitación tolerante.
Sin dejar de preferir las manifestaciones de tolerancia a las manifestaciones de intolerancia, mantengo sin embargo cierta reserva hacia la palabra «tolerancia» y hacia el discurso que ella organiza.
Por supuesto: la tolerancia es ante todo un acto de caridad. La tolerancia está siempre del lado de «la razón del más fuerte»; es una marca suplementaria de soberanía; es la cara amable de la soberanía que dice, desde sus alturas, al otro: yo te dejo vivir, tú no eres insoportable, yo te abro un lugar en mi casa, pero no lo olvides: yo estoy en mi casa...
BORRADORI: ¿Estaría usted de acuerdo con alguien que le dijera que la tolerancia es una condición de la hospitalidad?
DERRIDA: Precisamente, no. La tolerancia es el inverso de la hospitalidad. En todo caso, es su límite. Se acepta al extranjero, al otro, al cuerpo extraño, up to a certain point.
BORRADORI: ¿Entonces la tolerancia es el permiso de sobrevivir?
DERRIDA: Por supuesto, más vale una tolerancia limitada que una intolerancia absoluta. Se ofrece hospitalidad con la condición de que el otro observe nuestras reglas, nuestras normas de vida, incluso nuestra lengua, nuestra cultura, nuestro sistema político, etc. La hospitalidad pura e incondicional, la hospitalidad misma se abre, está de antemano abierta, a cualquiera que no sea esperado ni esté invitado, a cualquiera que llegue como visitor absolutamente extraño, no identificable e imprevisible al llegar, un enteramente otro.
[inacabado, falta sobre el Estado y la solidaridad internacional. (trabajando).]
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