10 jul 2018
Una barda
En mi sueño estábamos planeando algo, algo insurrecto, secreto. No recuerdo si era justo o no, y lo digo porque de camino alguien murió, pero recuerdo que lo planeábamos con gusto. Era gusto, puro gusto, y no esa sensación que me incendia cuando se trata de hacer lo correcto, sino puro gusto. Con el gusto me da lo que no me da cuando se trata de hacer lo correcto: miedo. Incluso recuerdo vagamente que había alguien ahí que me gustaba, a quien quería abrazar y sentir cerca, y que algo de eso tenía que ver con lo que estábamos haciendo. Yo era la responsable de la parte más importante del plan, que era correr; huir sin ser vista. Ahora que lo estoy escribiendo creo recordar que tenía que ir a otro lado de la ciudad y que incluso lo había visualizado en el mapa, quizá en un mapa negro con trazos azules, hacia la derecha. Pero no sé si lo recuerdo. El plan era ir desnuda. Creo que por eso me habían escogido. Tenía que correr sin ropa para que no pudieran identificarme por el olor. Sólo sin ropa iba a poder atravesar la noche sin que me vieran. Éramos muchas, como 20. En algún momento recuerdo la sensación de haber salido desnuda, sin poder taparme con la toalla, por algún problema, enfrente de ellas; y que no sentí vergüenza aunque ningún ojo dejó de mirarme, sino que me di la vuelta y sí, tuve vergüenza de mis nalgas, caídas, ojerosas, flojas, pero también pensé que así soy y no me doy - dio vergüenza. Y finalmente logré meterme a algo así como un vestidor café hecho de piel. Real. Claro que en el sueño se veía verdaderamente como un vestidor, como una caseta de teléfonos dentro del cuarto, cubierto por telas pesadas, de piel quizá, que colgaban muy alto como si fuera un escenario teatral. Me metí detrás de esas cortinas y por fin nadie me vio.
Pero, la verdad, eso quizá lo soñé la noche anterior a ésa. Para mí es imposible precisarlo.
Es por estas razones por las que después, en la interpretación, considero que el sueño tiene un contenido sexual.
Estábamos en una sala brillante, iluminada. Éramos dos o tres. Era mi turno. En realidad nadie me había explicado lo que tenía que hacer exactamente, sólo sabía que me tenía que desvestir, tenía que correr, que así no se suponía que tenían que ser las cosas, es decir que estábamos haciendo algo incorrecto, yo iba a correr, quizá con algo, quizá en vez de alguien, sin ropa para que los perros no pudieran rastrearme y como alma que lleva el diablo no sólo por mí sino por todas. Era mi turno, pues, y no sabía exactamente qué tenía que hacer.
Cuando alguien nos descubrió. Un chico. Probablemente el que debía estar en mi lugar. Me vio de frente, a mí y a las otras dos, que estábamos sentadas en un banco largo metálico en esa habitación blanca brillante iluminada, detrás de un armario, también blanco. Nos vio de frente y una de nosotras salió detrás de él con no recuerdo si un pedazo de tela o de plástico, la conciencia me hace querer recordar que fue de plástico pero quizá fue de papel, verde. Y lo mató. Lo asfixió. En ese momento yo salí chiras pelas porque ya todo nuestro plan se había acelerado. Yo no sabía exactamente qué hacer.
Pero lo hicimos. Una de mis compañeras y yo nos escurrimos a un cuarto aledaño, oscuro, otra vez café. La otra se quedó consternada. El plan había comenzado. Sin embargo yo no pude quitarme la ropa, fue imposible. Pasó pues el tiempo que teníamos planeado para que yo me quitara la ropa y como aún no había podido levantarme la blusa más allá de la panza, salí corriendo así como estaba. Con tenis y todo. La decisión fue mía, la otra que me acompañaba no podía explicarse que yo no me hubiera quitado la ropa. Estaba, creo, que enojada.
Salí pues corriendo, dejé atrás el edificio con la habitación oscura y mi compañera, y la habitación contigua blanca y brillante donde estaba el cadáver. Quizás estaban entrando en ese momento ELLOS.
Pero yo no lo sé porque ya había comenzado a correr como alma que lleva el diablo, apenas unos metros, dos instantes, se me atravesó un Golf rojo. Sé que era rojo, aunque era de noche. El plan era llegar al final del terreno, donde podría ser libre y podría seguir corriendo, libremente, hasta el lugar que habíamos acordado. Pero como dije, se me atravesó un golf rojo.
El Golf rojo es de mi mamá.
Quizá se estaba estacionando porque ya dándome cuenta yo estaba corriendo en un estacionamiento, con la reja cuadriculada metálica a mi izquierda y detrás de ella el barranco. Así que el coche quizá sólo se estaba estacionando de frente.
A mí me encanta soñar. Di un salto hacia el cofre del coche, con mi mano derecha toqué el borde y me ayudé para hacer saltar mis piernas hasta el otro lado y seguí corriendo.
Pasé tres cuatro o cinco lugares de estacionamiento, con la reja a mi lado y llegué a la barda con la ¿plastilina?, no, pintura desgastada, a la que salté hasta encaramarme a la reja que estaba encima de la barda pero la reja era altísima. A mi izquierda el barranco y después, detrás de la barda, nada. NADA. Detrás de mí seguro ya tenía encima las luces, las voces, el haz de luz del, no lo sé. Me desperté en ese momento. Pero después de la barda, que además estaba altísima, pero que pude haber saltado, no había nada a dónde ir. nada. lo juro. nada. NADA .
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