¿Yo? Yo fui una niña flaca, musculosa, con los dos dientes frontales muy grandes, una mirada muy intensa, una nariz respingadita y rara por donde se me viera. No tenía aretes. No tenía las orejas perforadas. Mis papás eran raros. El único que siempre fue normal fue mi hermano. Y viéndolo a la distancia, mi abuela, la mamá de mi mamá. La mamá de mi papá se llamaba Maruja, empezando por ahí.
Mi mamá decía que yo soy introvertida y sociable. Mi mamá es psicóloga, me explicaba la diferencia entre introversión y sociabilidad.
Un día, yo tenía como 7 años, un amigo de mis padres al despedirse me miró a la cara y me dijo "Pero qué bonita eres". No recuerdo al dedillo la escena, por lo que no sé si pasó algo en medio, si yo puse una cara y luego otra, o si él me preguntó qué pensaba yo, pero recuerdo que le dije que yo pensaba lo mismo pero era la única que lo pensaba. Que a mis compañeros de clase no les parecía. Y él se rió.
Todos damos asco, por supuesto.
La vida ha pasado lenta. A los 20 años, recuerdo, 21, me miré largamente en el espejo del estudio que rentaba, mientras leía por primera vez a Heidegger. Heidegger hablaba de encontrar un monstruo en nuestra propia imagen. Así que me miré hasta encontrar un monstruo. No era la primera vez que me miraba en el espejo hasta distorsionar mi imagen, pero sí la primera vez que buscaba un monstruo dentro de mí.
No leí mucho más a Heidegger.
Me tardé aún más en darme cuenta de que todos damos asco. O podemos dar asco.
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