31 mar 2019

Ya casi es la hora de la medicación. Voy de arriba para abajo y de abajo para arriba. Tan sólo hoy tenía esas ganas de volver a arrancarme la cara. De no tener cara para nadie. De terminar con mi vida porque ¿para qué? Al menos rajarme. No tendría sentido, es mi maldita cabeza que no puede dejar de ser racional. Sí puede, experimenté momentos. En la mañana me levanté, me hice un café con leche y me tiré en el sofá, me percaté de que ya era una costumbre --empecé a tomar café con leche cuando no podía comer, ya no lo necesito-- y pensé con satisfacción que estaba viva. Me puse las manos en el tórax y me sentí después de todo estaba viva. Yo. Que me quiero tanto. Luego fue a media mañana que me quise matar otra vez.



Sé que no puedo matarme, TENGO DOS GATOS.

Aunque el jueves no estaba tan segura. Me escurrían las lágrimas en el trabajo. Pensaba que eso de vivir no era para mí.

Luego ya en la tarde we have her again, trying. En silencio y sin querer darle la cara a nadie. De todas formas no hay nadie a quién darle la cara. Trying, estudiando química. Tan sólo por el placer de estudiar química. Sí por supuesto que me inscribiré al examen la semana que entra, aunque por un momento lo dudé, pero no por mucho, mi cabeza: racional; de qué sirve boicotearse así, con tanta anticipación. Y además tengo dinero, ahora tengo dinero. $480 pesos de inscripción al examen no me duelen. Traté de usarlo como excusa, again, sólo un momento; no me duelen. Los tengo. Así que me puse a estudiar no con mucha certeza de que vaya a estudiar derecho ni mucho menos que algún día vaya a ejercerlo, pero estudiar (le dije a mi psicóloga) es como tener cola y ser un gato.

No me hace muy feliz,, anyway.

Any way, ahí estaba yo estudiando. Y ya otra vez sin querer matarme. Tampoco con ganas de vivir. Se trata de no pensar mucho en eso y de dejarse llevar, como ser gato y jugar con tu cola. Es básicamente la misma dinámica.

Más tarde, después de haber decidido que no volvería más a psicoanálisis, decidí que lo importante era tener dónde vivir, tener un trabajo agradable e ir a psicoanálisis. Lo importante es ser una persona que ha profundizado en ella misma, aparte de tener dónde vivir y un trabajo soportable. Tengo dónde vivir, y lo tendré por siempre; y por ahora tengo un trabajo y podría tenerlo quizá por mucho tiempo; y voy a psicoanálisis, pensé mientras regresaba del balcón a la cocina. Tengo que salir al balcón a lavar los trastes porque el lavadero de la cocina se pudrió. De modo que estoy bien y no necesito nada más, eso es lo importante. Sí, alguien, pero quizá, uno nunca sabe, o quizá no y yo sea de esa clase de personas que envejecen solas a partir de cierto momento de su vida, y quizá sea una anciana chida.

Después vino la noche y afortunadamente la hora de la medicación.



Las cosas han ido mejorando. El cuerpo se reconstruye. El día se reconstruye. La memoria. Han pasado muchos días. No sé decir aún de dónde vengo. De las nalgas que tenía que estaban tan caídas que yo misma me las sentía en las piernas cuando caminaba. De mis brazos que ahora es como si los tengo, como si existieran. A veces cuando me estiro después de dormir, porque duermo mucho, me siento los músculos de los brazos y aunque están flojos porque si me los aprieto ESTÁN FLOJOS, para mí están durísimos. Y los disfruto. Y antes de bañarme me encanta verme las tetas cuando me quito la blusa, y me las agarro. Y me encanta pasarme la mano por la cintura y sentir que tengo nalgas. Pasé por momentos en los que no las tenía, en los que eran diminutos borbotones que me cabían una en cada mano, hasta el sobrepeso, pasarme las manos por el cuerpo y sentir masas blandas enormes que nunca habían estado ahí. No me reconocía. Durante los casi tres años que han pasado desde que esto empezó, no me reconocía. Pero era un desconocimiento que no pasaba por el entendimiento, me desconocía sin saber lo que me estaba pasando, sin saber que no me reconocía. Ahora el cuerpo se pasa el cuerpo por las manos y yo apenas soy un espectador de lo que propio cuerpo hace consigo. Lo disfruto sin saberlo. Aunque ahora sé más.

El cuerpo se deleita consigo mismo y yo apenas me doy cuenta cuando ya está pasando. En las mañanas, cuando ando en bici disfruto el aire, al salir del trabajo, al bajar las escaleras del metro, al sostenerme en un barandal, cuando me levanto por un café: el cuerpo se goza a sí mismo en su fuerza.

En estos dos, tres años he aprendido a dejarme llevar por mi propio cuerpo. He estado sola. Más sola que nunca. He estado sola hasta de mí misma: no sé qué pensar. No recuerdo las cosas. Dudo con una dureza hasta el fondo. Ante esta soledad, que una no puede estar absolutamente sola, hasta de sí misma, cuando estás por cruzar una calle, he desarrollado una voz. Sí: desde que me pasó lo que me pasó, escucho una voz. Tuve que decírselo a mi psicoanalista desde los primeros días, por ahí de mayo, marzo de 2017. Por supuesto que no fue fácil, pero tenía que decírselo; era una de las cosas más urgentes que tenía que consultar con un psicoanalista. No cualquier psicoanalista, ALGUIEN QUE SUPIERA, o lo que sea eso que hacen los psicoanalistas. Tuve que decirle que tenía una voz en mi cabeza que hablaba claramente y que no estaba empujada por mí. Discutimos varias sesiones qué es eso de una voz que está empujada por mí o no, pero cuando piensas algo, y determinas, qué sé yo, que es CINCO, porque estuviste pensando, aunque sea un microsegundo, en dos y en tres y anticipas que es CINCO, esa voz es tuya: la ves venir. Le encuentras sentido. Tiene un camino que ha recorrido en ti. Pero esta voz que yo tengo sale de la nada. Yo no la invoco. Pero tengo que decir que no es nadie que me habla, sino yo misma. Debe estar, pues, adentro de mí; aunque no sea yo la que provoca esa voz sino que esa voz viene en mi auxilio y le hago caso. También tuve que decirle eso a mi psicoanalista: que le hago caso a mi voz. Me dice cosas como qué aguacates tomar o hacia dónde caminar en la calle. Y tengo que decirlo: me impresiona cómo tiene razón esa voz.

Yo creo que empecé a escucharla unos años antes de lo que me pasó, en forma de intuición, no de voz. Claro que era una intuición muy clara, como la vez que Fernanda me hizo correr hacia el lado equivocado del aeropuerto y casi perdemos el avión. Tuve una sensación muy clara de que estaba mal, y me detuve a pesar de que ella empezó a gritarme que no me detuviera, y me di la vuelta en el aeropuerto mientras buscaba con la vista algún letrero que indicara las salas, mientras ella me gritaba que íbamos a perder el avión y me confirmaba, ante mis preguntas mientras yo buscaba en lo alto de las paredes, que sí, que estaba segura de que era para allá. De repente encontré por fin la señalética: ¿Es la 30, verdad? Fernanda me gritaba desesperada que por el amor de Dios íbamos a peder el avión. Es para el otro lado, le contesté. Fernanda dio un par de gritos más antes de guardar de silencio, recuperar la compostura y preguntarme: ¿estás segura? , le señalé, es la 30. Mira. Está para allá, acá vamos hacia las 10 a 1, ¿ves? No terminé de decir "¿ves?" y disfrutar de mi triunfo antes de que Fernanda echara a correr con la misma insistencia hacia el otro lado. Gracias a ella no perdimos el vuelo, yo no hubiera llegado a tiempo a la sala (que estaba en el extremo opuesto de la terminal 2 del Aeropuerto Benito Juárez), así que le dije que me pasara todas sus cosas, la guitarra y todo, y que corriera ella. Así lo hizo y detuvo a los trabajadores de la aerolínea en la puerta del avión hasta que yo llegué. Por un momento pensé, al sentarme en mi asiento y despegar, que me iba a morir. Que me iba a dar un paro cardíaco. Durante media hora sentí la boca fría y seca. Más o menos como a la hora o dos horas fui dándome cuenta de que iba a sobrevivir y estúpidamente me sentí feliz.

Esta relación intuitiva con el mundo había empezado a afinarse en mí pocos años antes, pero fue durante los 4 años siguientes que se manifestó con una paz y una certeza que yo no había visto nunca en mí. Fernanda llegó a decir que conmigo había que tener cuidado porque Dios a mí sí me escuchaba, refiriéndose a todas las veces que intuitivamente acerté con algo. Ahora se me olvidan. Pero cosas como saber en qué contenedor de la basura estaba el desecho que a Fer y a mí nos iba a servir de asador para mi cumpleaños. Cosas como ésa. O encontrarme algo tirado y guardarlo, pese a todos los reproches de Fernanda, que compartía la casa conmigo, porque yo aseguraba que esa cosa me iba a servir después. Y encontrar a la semana siguiente que era exactamente la herramienta que necesitábamos para hacer alguna tarea en el jardín que no habíamos previsto. Ese tipo de cosas. No las recuerdo bien.

Después me dio amnesia. La gente no suele dar mucha importancia o dimensionar cada vez que digo que me dio amnesia. Yo misma, en este no saber lo que me pasaba y no estar segura de lo que me pasaba, tuve que confirmarme varias veces que efectivamente eso era amnesia o que efectivamente eso era una alucinación sensorial. Al principio el tema me irritaba tanto, la sola indicación de un espacio vacío en el que se me ha olvidado tanto; ahora ya estoy más acostumbrada. Me refiero a pedazos de mi vida que no tengo claros con más soltura y naturalidad. Cuando empezó la amnesia, esa intuición que antes tenía pasó a ser una voz. Una voz clara. Una respuesta contundente a una pregunta. Si alguien me preguntaba algo que yo no sabía, la voz me decía qué contestar. Si me daba cuenta de que era mi turno en la conversación de decir algo, la voz me decía exactamente qué preguntar. Era mi voz, por supuesto, pero era una voz que yo no pensaba, que no estaba prevista, que no contaba con ningún camino del pensamiento, sino que debe haber salido de alguna tanda de respuestas en lo profundo de mí. Y fui viendo que funcionaba, funcionaba tanto como mi intuición, sólo que la intuición era mía y yo decidía en último término qué hacer con mi intuición. Esto no. Esto era una respuesta exacta que se me daba y mi otra opción era callarme en el silencio en el que estaba. No entendía cómo ni por qué funcionaba hacerle caso a esa voz. Actuaba sin saber para nada lo que hacía, respondía y fluía en el mundo sin saber cómo lograba lo que lograba ni qué consecuencias tenía.

Me he ido acostumbrando a esa voz. Es, por decirlo así, parte de mí. Sigue apareciendo, en juntas laborales, en el trabajo, en la calle, frente a la de los jugos; ya no me doy muy bien cuenta cómo es de otra manera. Estoy acostumbrada a responder lo que una voz perfectamente clara enuncia en mi cabeza, el enunciado completo tal cual ha aparecido de la nada en mi cabeza, lo repito. Así me muevo por el mundo. Me dice qué hacer, qué no hacer, hacia dónde voltear, quién me está mirando, en quién confiar y en quién no.

Y yo me dejo llevar porque ya es una costumbre. Es como si hubiera delegado el mando y estuviera en el asiento de atrás del coche mirando cómo pasan las cosas DE MI VIDA. Sucede lo mismo con el cuerpo, el cuerpo se goza a sí mismo y yo apenas me doy cuenta desde el asiento de atrás. Para mí es una costumbre dejarlo hacer. Así como se ha vuelto una costumbre dejar salir de la boca los lapsus de los que uno se da cuenta segundos antes de decirlos y los calla. Para mí es una costumbre no callar esos movimientos que tiene el cuerpo y la inteligencia y dejarlos salir a ver qué pasa. Es, sí, un modo de resistencia; es el método de sobrevivencia que he encontrado al estar sola hasta de mí.

Mi cuerpo habla. Habla con las alucinaciones corporales, habla con la agorafobia, habla cuando no quiere comer, habla cuando está harto y cuando no se aguanta a sí mismo.

Hay un otro yo que va por delante mío. Yo, lo que soy yo, lo que yo he sido y la voz que es mía que he tenido siempre, está recargada en el asiento de atrás mientras un yo desconocido y automatizado, cuyo pensamiento no escucho, ha tomado el volante.

Es la soledad. La falta absoluta de otro. Una soledad inmensa que calculo eterna e infranqueable. Una soledad aunque hable con otros, que nunca me tocan. Que no son mis otros. Un cortocircuito cuando hablo con otros. La aceptación de que mi soledad es irreparable, es inevitable.

Y ante la falta de un otro con el cual, frente al cual construirme, restituirme, solidificarme, me siento a la deriva en un mundo de otres en donde ninguno de esos otres es para mí. Alguien dice DIEZ TAZAS Y VEINTE CAPUCCINOS, y otro más contesta QUÉ GROSERO ERES. Y entre ellos se entienden, entre ellos suponen un montón de cosas que yo apenas alcanzo a tocar de lejos, ellos son otros para ellos, uno para el otro, se confrontan, se reafirman y se construyen en ese intercambio que tienen todos los días; yo no tengo un otro con el cual confrontarme y suponer cosas, pero estoy en entre esos otros como un barquito en el mar, a la deriva, sin ningún control sobre lo que me pasa, con esos otros que no son míos dándome una forma, una forma que yo no elijo y con la que no estoy de acuerdo, pero voy moldeándome con todo lo que ellos suponen que significa una grosería o 10 tazas. Con todo lo que ellos suponen que es la vida o el trabajo. Si tuviera un otro por lo menos podría poner resistencia.

Por ejemplo, a mí, a mí me pasan muchas cosas, pero lo que me sucede fuertemente tiene que ver con el sexo. De entre todas las cosas que me suceden a mí lo que me atraviesa firmemente es el sexo, es cómo vivo mi sexualidad frente a otros. Es mi cara, que me quiero arrancar, que quiero arrancarme. Es la violación. Es todas las veces que alguien me tocó sin mi permiso. Es todas las veces que me callaron. Es el amor, y todas las veces que el amor ha servido para abusar de mí. Es eso, fundamentalmente. No es todo, pero es lo que atraviesa claramente lo que a mí me sucede. Entonces salgo del trabajo, empiezo a caminar y me siento fea. Fea y vieja. Me corté el pelo, por supuesto que me corté el pelo, en un ataque de desesperación, tanto como quiero arrancarme la cara. A veces pienso en lo bonita que era, veo las fotos y no puedo creer que haya sido tan bonita y que no me haya dado cuenta. Fotos que antes odiaba ahora me parecen hermosas. Y me siento fea. Siento que he perdido lo que era. Me duele tanto haber sido y ya no tener nada de eso, haber perdido. Voy por la calle sintiéndome fea. Hasta me pregunto que cuál es mi problema porque hay muchísima gente que es fea y no se trata jamás de juzgar así al mundo no sólo porque no es ético, ni siquiera es de buen gusto estético juzgar a las personas por su belleza. La razón nunca para. Pero me siento mal por sentirme fea. ¿Y saben cómo dejo de sentirme fea? Pues porque me miran los hombres. De repente pasa alguno y se me queda viendo con esa mirada horrible y a través de su mirada me doy cuenta que no estoy fea. Eso es lo más triste. Finalmente dejo de sentirme fea, sigo sintiéndome mal por juzgar así las cosas y además me siento usada, utilizada, vejada ante la mirada del otro.

Me siento mejor. Han pasado los días, los años, y las cosas tienen más forma, van cobrando forma después de perderla. Pero no la misma forma. Mi cuerpo va agarrando forma, los días van agarrando forma, los reconozco, reconozco la luz, su manera de entrar; y mi yo, lo que sea que sea eso, va tomando forma también.

A veces es eso mismo lo que jode.

Reconstruirse, regenerarse es solidificarse alrededor del abuso, de la vejación.

Dan ganas de no vivir. Y por el otro lado, precisamente porque me quiero y me encanto a mí misma, por toda la dignidad que me tengo que no quiero vivir así, precisamente por eso una se distrae a sí misma, como los gatos con su cola, para seguir viva.

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