7 ene 2020

Hoy tuve un ataque de pánico

Dicen que hay que empezar por el principio, pero no existe principio. Desde que tengo memoria he existido. El montón de cosas que es la vida lo tenemos más o menos siempre presente. No necesitamos recordar cada cosa que hemos vivido para tener a la mano en cada momento nuestra historia. Ni siquiera estamos seguros de cuál es el orden de ese montón de cosas, sólo nos cae encima como una realidad. Es imposible recordar cuándo fue el principio de algo. Por ejemplo, cuándo fue la primera vez que supiste el significado de una palabra. Pero como los diccionarios, una palabra nos lleva a otra, cuál es el principio de algo nos lleva a otros principios. De pronto no vamos a poder diferenciar tan bien una cosa de otra de ese montón de cosas que es la vida. Y de todas formas, así como con las palabras, aquello que consideramos principio está muy lejos de la cosa en sí de la que queremos hablar; como la definición real de manzana está muy lejos de aquellos cartelitos de cartón que mostraban una manzana para empezar a estudiar el abecedario. Porque era inglés. Las manzanas se han ido cargando de significado con el paso de los años. Así también pasa con el abuso sexual al propio cuerpo.




Nuestra primera comprensión del mundo es la que marca nuestro propio cuerpo. Nos diferenciamos del resto del mundo, que está más allá de nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo. Y bien no sabemos qué es una cosa o la otra, pero la diferencia parecen tenerla clara los bebés. La identificación que cada uno tiene con su propio cuerpo es la primera línea. Tenemos un conocimiento primitivo acerca de que nuestro cuerpo es nuestro y otros no pueden lastimarnos. Me pregunto, dado que ese conocimiento es el primero, ¿no significará el olvido de esa primera línea, el olvido de la cultura?, ¿del lenguaje?

Tengo 37 años. Hace 3 años me dio amnesia.

He vivido desde entonces con el desgarramiento entre lo que me sucede y el mundo en el que vivo. Quisiera explicar lo que me sucede, pero no he podido. Vivo con el desgarramiento de que la gente ni siquiera se dé cuenta de que no está entendiendo lo que me sucede. El mundo sigue como una trituradora. He vivido estos años sin ganas de vivir. Levantándome cada día sin ganas de vivir. O sin levantarme. Viendo desde las cobijas arrebujadas de mi cama la luz del amanecer, del anochecer y del amanecer. Digo arrebujadas porque miro desde ahí, ni siquiera saco la cabeza. Perdí la cuenta de las noches que pasé con insomnio, seguidas, hasta perder la cabeza. Adelgacé hasta transparentarme. Y durante 3 años, trescientos sesenta y cinco días de cada uno, he pasado las horas con alucinaciones corporales que me hacían querer arrancarme la piel. El mundo sigue como una trituradora y me dice cosas. Que haga ejercicio, que salga a caminar, que me tome un té. Las palabras que me dicen no tienen ningún sentido. He deseado prescindir de las palabras, prescindir de la necesidad de explicar lo que me sucede, he deseado matarme cada uno de esos días. Y terminar así de un golpe con la necesidad minuto a minuto de arrancarme la piel, el cuerpo de mí misma.

He tenido que pasar como Ulises por las sirenas. La verdad es que no sé cómo he podido. Mi historia me duele y me parece incluso inverosímil. Hay una desconexión entre lo que digo y mi yo misma. Como si eso que cuento le hubiera pasado a otra persona. Como si no me hubiera pasado a mí. A veces, muchas veces, me quedo en silencio en psicoanálisis. Paso la hora completa sin poder hablar. Es como si no me fuera permitido utilizar las palabras para explicar lo que me sucede. Si no lo puedo traer ni siquiera a mi propia mente, será imposible explicárselo al mundo. Es una barrera imposible: pasar a las palabras. Como si el mundo me orillara a prescindir del lenguaje, a morir. Muchas veces sentí esto: que quisiera morirme o no, no me iba a quedar de otra.

Casi atravieso el estanque en silencio, sin palabras. Casi salgo de esto sin habérselo explicado a nadie. Estos días al abrir los ojos y descubrir que estaba despierta, me emocionaba porque tenía cosas que continuar haciendo. Y salía de mi cama a pintar. Directamente, por un café, un cigarro y a llenarme las manos de pintura ni bien habían pasado 10 minutos de haber despertado.

Esta tarde había quedado de ir a un conversatorio sobre lo que pasa en Chile. No era sólo el conversatorio, también le debo a alguien $100 y necesitaba comer. Porque en mi casa no se puede comer. Por extraño que parezca, después de sobrevivir 3 años al insomnio, a la amnesia, a las alucinaciones y a la anorexia, pasar unos días sin comer puede no parecer tan grave si te estás levantando con ganas de vivir. Pero aunque no lo parezca, es grave. Y aunque suene grave, yo creo que sólo sabes lo grave que es cuando te ha pasado, cuando te has quedado días sin comer. Si no sólo te suena grave, pero no sabes lo que es. Yo iba a ir al conversatorio, entre otras cosas a comer. Pero al salir de la regadera y ponerme los pantalones tuve un ataque de agorafobia.

Como dije, casi atravieso el estanque en silencio. Ya me estaba levantando con ganas, ya estaba saliendo a la calle, ya estaba haciéndome cargo de mí misma con ese rollito de qué vamos a comer y de dónde vamos a sacar el dinero para comprarlo.*

* De dónde vamos a sacar el dinero para comprar la comida: recuerdo una época en la que tenía una pequeña huerta. Nunca dio nada de comer, pero yo tenía la fuerza todas las mañanas para mantenerlo a pesar de mis otros trabajos y por lo menos la esperanza ingenua de comer de él. Ahora no tengo energía. Esto es algo difícil de comprender para la gente. He dejado rezagado en mi vida prácticamente todo.

Pienso que una de las cosas que me afectó de venirme de Argentina fue la falta de ropa. Como la memoria, la ropa se perdió. He vivido estos años de ponerme ropa ajena. Que tampoco sé de quién es pero que estaba en mi casa. La ropa ha de ser una de esas cosas simbólicas de suma importancia en la psique humana. La cosa es que ponerme los pantalones era algo insoportable.

No sé por qué, todos mis pantalones empezaron a romperse del tiro, justo abajo mero en la vagina ahí tenían un hoyo todos mis pantalones. Una vez incluso se me rompieron unos pantalones nuevos todo por el culo en medio de la calle. La cosa con los pantalones me traía a la mente, si es que tal cosa puede decirse, el asunto con la violaciones sexuales.

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Terminaba aventando toda la ropa. Sin poder ponérmela. Incendiada de furia empezaba a romperlo todo en mi casa. Después le llamaba a la psicóloga y le decía que otra vez no iba a poder ir. Era siempre así. Iba a psicoanálisis dos o tres veces por semana, al principio, después lo cambiamos a una vez por semana. La situación con la agorafobia, la ropa y los pantalones se repetía cada vez.

Llegué a México desde Argentina el 28 de diciembre de 2016. Soy mexicana.
Me fui de México, rumbo a Argentina, el 8 de noviembre de 2012.
Tuve un breakdown el 1° de agosto de 2016.

Tengo que empezar por el principio. El principio es hoy, 6 de enero de 2020. Este año se cumplen cuatro años. Cuatro años de que me dio amnesia y todo este combo psicológico. El principio es este desgarramiento con el lenguaje y con el cuerpo, este no poder decir lo que pasa, este no poder subirme al tren que es la vida cotidiana y que me pase por encima. El principio son estos días recientes en que me paré a pintar y recordé cómo era vivir antes. Y el principio es éste: el ataque de agorafobia de esta tarde. Tengo 37 años. Hace 3 que me dio amnesia.

Si tuviera una vida normal, podría empezar así: esta tarde había quedado de ir a un café con algunas personas, pero al salir de bañarme y empezar a vestirme sentí una sensación desesperante en las piernas. Me quité rápido los pantalones, pero la sensación empezó a subir por todo el cuerpo. De pronto me resultaba imposible imaginarme a mí misma saliendo por la puerta, siendo que apenas unos minutos antes ésa era mi intención. Para empezar no podía siquiera imaginarme vestirme para salir. En medio de la desesperación mental, y arrebujada en el sofá, a medias vestir entre ropa interior y vuelta a algo así como una pijama, mojada todavía y con frío, tuve que admitir que no iba a poder salir de mi casa y tuve que cancelar mis planes con el estúpido motivo de que “no puedo salir de mi casa”.

Si tuviera una vida normal, ése hubiera sido el principio de esta historia. Porque si bien hay que admitir que la vida no tiene principio ni final, también hay que admitir que esto no es la vida, sino una historia. Que es precisamente eso: mi incapacidad para hacerlo historia. Mi no dejar de vivirlo. Si yo tuviera una vida normal, ¡esta sería una historia!

Pero no tengo una vida normal y esto que me ha pasado hoy es algo que hasta hace 3 meses me ocurría constantemente desde hace tres años y medio: simplemente era imposible vestirse y salir de casa sin esta sensación desgarradora y desesperante por dentro de las piernas.

Hace 3 meses “Chile despertó”. Lo pongo entre comillas porque despertar es un constante, no es algo que ocurre un día y que marca una diferencia entre antes y después. Pero lo que ocurrió en Chile sí parece marcar un antes y un después. Por lo menos en mi vida. Chile me despertó.

Puedo hacer una larga lista de las cosas que me han ayudado. En realidad no muy larga porque tengo amnesia y de hecho he querido ir apuntando la cosas para que no se me olviden y no lo he hecho. Por ejemplo, la vez que mi hermano me trajo un super y lo dejó en la entrada de mi casa, con cosas fáciles y ricas para comer como tabletas de granola y jugos en tetrapack. Desde entonces me hice un poco adicta a los jugos de tetrapack. La bicicleta también fue un parteaguas: una vez que volví a usar la bicicleta, el asunto de la agorafobia si bien no quedó del todo resuelto, sí disminuyó monstruosamente. Porque la bicicleta te da un espacio personal para moverte, por la velocidad. Y eso te protege. Luego me robaron la bici pero afortunadamente mi papá pudo sacarme una credencial de Ecobici lo cual agradezco no saben cómo. Adriana por supuesto, mi psicoanalista. A ella empecé a verla apenas 16 días después de haber regresado de Argentina y ha resultado ser definitivamente el mejor y más productivo psicoanálisis que he tenido en mi vida. Ante había hecho otros análisis, tres más. Así que, bueno, ya llevábamos trabajo un buen trecho antes de llegar con Adriana, que ésa es otra. Pero ella ha sido sin lugar a dudas mi principal sustento. El trabajo que hemos hecho las dos en análisis me ha sostenido todos estos años. Y ha sido difícil porque es difícil sostener un proyecto sólo sosteniéndolo, sin tener jamás éxitos o triunfos concretos. Y en este caso el proyecto soy yo misma. Es difícil porque es fácil reprochar que el psicoanálisis “no me ha servido”. En el sentido de que no he vuelto a ser la misma. Pero me ha sostenido para evitar matarme en medio de días enteros de desesperación. Hashtag ha sido otra de las cosas que me ha ayudado a vivir. Si no me hubiera traído al gato, quizás me hubiera matado. Después fue Berlín, la verdad es que haber adoptado a Berlín, hace un año ya, fue también una de las cosas que me ayudó. Tomar clases de alemán, aunque después las dejé. El yoga me ha ayudado un montón, aunque no tengo disciplina. La idea de empezar a estudiar derecho en la UNAM también me ha ayudado. Las pastillas fueron otra de las cosas que dejaron cambios profundos desde que empecé a tomarlas. Fundamentalmente porque con la pastillas puedo dormir todos los días. Inma estuvo tres días en mi casa pero también dejó huellas profundas. Y Caro, mi prima, que aunque poco pudo conectar con mi depresión, por lo menos dejó constancia de que yo tenía que recuperarme y volver a vivir porque había una vida allá afuera a la que le importaba. Y la dejó pegada en la puerta de mi cocina. Y Daniel. Yo creo que una de las cosas que más me devolvió el alma fue mirar a los ojos a Daniel y hablar tan rápido como hablo y constatar que entendía lo que le estaba diciendo. Que Daniel me mirara fue volver a existir y recordar quién era yo.

Todas estas cosas tuvieron efectos inmediatos en mi vida. Por supuesto ninguna de ellas bastaba para “curarme”, suponiendo que esto tenga cura. La palabra pude sonar un poco superflua, pero créanme que cuando sientes que quieres arrancarte la propia piel y cuando tienes hambre pero no puedes comer, sí te preguntas si alguna vez “se te va a quitar” eso. Yo no sabía que lo de Chile me iba a despertar así, pero lo hizo porque las razones (o los principios) de por qué me sucede lo que me sucede son más complejos que el mero hecho de haber sido objeto de una agresión sexual con premeditación y alevosía. A algunas personas les resulta más fácil creer que me pasa lo que me pasa únicamente porque fui violada. Pero los efectos que una violación sexual puede tener en una persona se entretejen con toda su vida. Por eso los efectos no son los mismos en todas las personas. Y por eso lo que me pasa no es sólo producto de una violación ocurrida hace 10 años. Mi depresión es también resultado del terror político que vivimos en México, de la situación ecológica mundial. Mi depresión no me sucede a mí exclusivamente por una serie de eventos desafortunados que insólitamente me vinieron a ocurrir a mí: lo que me sucede, este dejar mi vida a un lado completamente y no poder levantarme de la cama, tiene que ver con la podredumbre que vivimos. Y lo que sucedió en Chile me devolvió la vida.

Siempre me ha interesado la política. Mis abuelos eran comunistas exiliados y mis padres militaron en la lucha por la justicia social. Desde que era pequeña se me explicaba la violencia política como lo que es: algo muy importante. Simplemente crecí con esa punzada en el corazón. Cuando en el 2006, 2008 empezaron a ponerse las cosas feas en mi país, en México, fui cambiando poco a poco mis temas de estudio y mi orientación de vida hacia ese tema, que no esperaba que me consumiera toda la década. Uno, como todos, tiene proyectos. Proyectos de vida, proyectos profesionales, y yo como mucha gente realmente creí, durante mi infancia, que el fascismo era un problema del pasado y que yo no iba a tener que ocuparme de eso. Casi lo lamentaba porque, también como muchas personas, me hubiera gustado vivir esa época de los 70. Y veía como el planeta e iba a la mierda pero, ¿cómo decirlo? Ya no era igual. Era como si esa mierda que yo estaba viviendo, mientras quería vivir en los 70, fuera mierda legítima. El caso es que yo, como muchos, me hacía un proyecto de vida alejado por lo menos de la militancia activa. Quería leer a Hegel y esas cosas. Pero al irse desarrollando los años 2006, 2007, 2008, 2009, 2010, poco a poco fui cambiando mis planes, adaptándolos a las circunstancias. Antes de que me diera el breakdown, en agosto de 2016, que podríamos considerar eje central de todo esto que es mi historia personal, yo me dedicaba precisamente a recopilar noticias de lo que ocurría en México. Desde Argentina.

Se suponía que debía estar haciendo mi tesis. O, en todo caso, mi vida por lo menos. En ese entonces empezábamos un negocio de cerveza artesanal. Pero el trabajo de recopilar noticias era agotador, desgastante, frenético y ocupaba casi todo mi tiempo. A veces incluso ni siquiera dormía. Me pasaba el tiempo colgada de rede sociales a la caza de “pequeñas” noticias. Mi objetivo era doble, por un lado sentía la necesidad, la absoluta necesidad de recordar todos esos nombres de personas asesinadas, encontradas en la cuneta. Y si no había nombre, como era la mayoría de los casos, registrar el hecho. UNA NECESIDAD IMPERIOSA DE QUE NO PASARA AL OLVIDO. Y en segundo lugar tenía el objetivo de hacer un análisis del discurso para demostrar que lo que ocurría en México era terrorismo de Estado. Parte de mi desesperación era la soledad, la desesperación de que el concepto “terrorismo de Estado” no estuviera siendo cachado por mis semejantes.

Yo había salido de México sintiéndome insegura. Ya me habían manejado bastante la cabeza, así que estaba bastante paranoica y eso lo comprendía, pero además comprendía que lo mejor para mí era salir del país.

Por supuesto no se anunció como terrorismo de Estado. Se anunció como guerra contra el narcotráfico y se habló de limpieza social. Yo advertí desde la campaña de Calderón, en el 2005, de lo que pasaba. Digo, de lo que yo creía que pasaba porque yo creía que cuando un político habla de limpieza social había que tomárselo como una cosa seria. Qué más da, tenía mis argumentos. Pero pocos me tomaron en cuenta. Todavía en el 2014 cuando era evidente, resultaba asombroso encontrarme sola hablando de política. Nadie o muy pocos compartían mi punto de vista de que aquello no era una guerra contra el narcotráfico, era puro y duro terrorismo de Estado.

Como dije, no se anunció. No llegó ninguna cúpula militar al poder a decirnos que a partir de ahora estábamos en “un proceso”. Todo ocurrió veladamente. No se ha tratado de un asesinato masivo de cientos de miles de personas, a veces hay 11 muertos de un tirón, a veces 20, 43 en el caso de los desaparecidos de Ayotzinapa y algunos otros casos más que también eran “voluminosos”. Pero la mayoría de los casos se trataba de personas aisladas. Encontraban un cuerpo, o dos o tres, en un lugar. Y en el mismo día uno más o dos o tres en otro lugar. Cada día aparecían varios en los periódicos: ésa era mi tarea, buscar, recoger y guardar esas notas. Notas a veces al margen que relataban, por el ejemplo, la desfiguración de una mujer, notas en periódicos de segunda, tercera o quinta, muchas veces periódicos dedicados únicamente a la nota roja. No aparecían en los grandes periódicos. Ni en encabezados. Incluso hubo comunidades que se levantaron en armas y tuvimos que enterarnos por otros medios porque uno se hubiera imaginado que una noticia así saldría en el encabezado de algún periódico, pero no sucedió así. Al difundirse la noticia de que había grupos levantados en armas, los periódicos empezaron a hablar del hecho como si siempre se hubiera hablado del tema. Habría que decir que en parte la difusión de esta noticia se debió a lo que yo creo que fue la respuesta del gobierno: crear sus propias autodefensas. Que es Mireles. Paramilitares disfrazados de pueblo levantado en armas.

Hay una cara oscura en todo lo que pasa en México. El inicio de mi análisis del discurso parte de ahí: el terrorismo de Estado tiene siempre una faceta legal y una faceta clandestina. Para entender lo que sucede en México hay que leer debajo de las noticias.

Los periódicos de segunda o de tercera, como dije, publicaban todos los días noticias de torturas y asesinatos. Pero lo hacían de modo tal que parecía que todas esas noticias no eran noticias políticas, sino noticias de la nota roja. Se manejaba el discurso de que las personas que mataban estaban de alguna manera relacionadas con el narcotráfico y que “por algo les habrá pasado”. Recuerdo, como mencioné arriba, el caso de una chica cuyo rostro fue desfigurado por una gran piedra que utilizaron repetidamente hasta dejarla “irreconocible”, decía el periódico. Nunca supimos quién era esa chica. El periódico lo manejaba en una nota de un sólo párrafo y aunque yo me pregunté por qué no era posible revisar sus huellas dactilares o la mandíbula o una prueba de ADN ¡o algo!, el periódico aseguraba que su identificación era imposible debido a este procedimiento. Además de eso se dedicaba a dar detalles de la tortura y a decir que fue encontrada en un descampado. Por lo que a mí respecta, cada una de esas personas pudieron haber sido personas que estaban activando un cambio social y ya no había necesidad si quiera de hacerlos pasar por narcotraficantes. Como dije, cada día había un montón de esas noticias. Cada una de esas notas había que ir a buscarla porque no eran noticias populares. Había por lo menos 10 casos cada día, y yo estaba segura de que los casos publicados eran los menos. La mayoría de esos cadáveres o personas vivas estaban pudriéndose en algún lugar del territorio mexicano sin que fueran noticia. Así, poco a poco, fueron calentándole el agua al sapo. Se fueron metiendo poco a poco en nuestra cabeza, día a día, con cuerpos mutilados, hasta instalar el terror en el fondo de nuestro inconsciente y que la ignorancia pasara de ser ignorancia a cínica recomendación de voltear para otro lado, no opinar sobre política ni interferir en lo que estaba sucediendo.

Mi desesperación era por comunicarme con otras personas sobre lo que estaba pasando. Todos tenían miedo a sus teléfonos así que tal cual me pedían que no habláramos de esos temas por teléfono o por Skype. Lo cual me complicaba realmente las cosas porque yo estaba en Argentina, pero conocí perfectamente también la autocensura en vivo. Mi desesperación era por hacerle conocer a la gente lo que estaba sucediendo. Por traducir lo que estaba sucediendo en palabras claras. Mi desesperación era porque no se olvidaran todas esas notas al margen que hablaban de 10 o más personas al día. Y que tampoco quedaran aisladas en la mente, sino que había que darles una estructura, un cierre, y ese cierre se llamaba terrorismo de Estado.

Me daba cuenta de que la estrategia del gobierno era fragmentar toda esa realidad en un millón de notas desperdigadas en periódicos regionales de los que no sabía de su existencia, por supuesto. Una de mis principales preocupaciones era cómo ordenar toda esa información. Al mismo tiempo que buscaba en redes nuevas noticias, iba subiendo con un orden el registro a un blog. La verdad es que la cantidad de noticias que entraba era mucho mayor de la que salía finalmente en el blog. Se trataba de un trabajo imposible. Porque crecía demasiado rápido en contraste con mi capacidad de registrarlas. Y sin embargo lo hacía, a veces 24 horas al día.

Una de mi principales búsquedas era a existencia de campos clandestinos de detención. Poco a poco fueron saliendo noticias al respecto, a cuenta gotas. Una primero. Después otra y después otra. Ésas eran mis pruebas de lo que ocurría en México y se las mostraba al que se dejara. El tema me obsesionaba. No hablaba de otra cosa, no leía otra cosa, no hacía otra cosa. Y cuando hacía otra cosa, estaba todo el tiempo pensando en cómo ordenar las noticias, en cómo escribir lo que estaba sucediendo, en cómo pensar lo que estaba sucediendo. Leí un montón sobre terrorismo de Estado, además de la multitud de noticias que recopilaba todos los días. Guardaba cada pequeña señal, por mínima que fuera, que pudiera ayudarme a demostrar que aquello era terrorismo de Estado. Había tenido práctica haciendo mi tesis así que incluso un chiste podía servirme de prueba, y lo anotaba en mi libreta.

Me daba cuenta por supuesto que estaba acumulando más trabajo del que podía procesar.

Yo tenía una relación complicada con una argentina que había pasado 13 años fuera del país y que ahora se enfrentaba a un problema familiar imposible de resolver pero que para ella era necesario resolver por lo menos para ella misma. Yo había salido de mi país perseguida, me había tenido que casar en el extranjero para poder residir más tiempo fuera del país, había tenido ya un par de amenazas desde México que me habían vuelto loca y desafortunadamente fue imposible evitar que la familia de Fernanda incidiera en mi vida, en mis cosas, en mi seguridad y en mi dinero. Fernanda no podía lidiar con la bomba atómica que había en su familia y yo estaba pagando también las consecuencias. Si por lo menos hubiéramos hablado claramente del tema, pero una de las consecuencias fue que Fernanda empezó a tratarme a mí como su padre la trataba a ella. Me mentía, me decía que las cosas habían pasado de otra manera, intentaba meterme en la cabeza el discurso de su padre. El discurso de su padre era que nosotras éramos unas asesinas y que habíamos secuestrado a su hermano. El caso de su padre es un caso clínico e incluso me parece un caso legal ante la justicia argentina. Ya habíamos perdido una vez nuestra casa, mis cosas habían ido a dar a la calle, habíamos corrido peligro verdaderamente.

Yo pude haber aguantado todo, pero lo que no aguanté fueron las mentiras de Fernanda. Me sacaba de quicio estar tan absolutamente sola, me sacaba de quicio no poder hablar y que me entendieran, que quisieran cambiarme las cosas con toda la voluntad de tergiversar la realidad.

Aquella vez Fernanda había llegado con su hermano y su sobrina de un viaje a Neuquén y yo me había quedado en casa. Registrando noticias, claro. Pero además había tenido un poco de tiempo para mí y estaba muy contenta por eso.

Cuando llegaron, la niña de dos años, hija del hermano de Fernanda, venía llorando. Se escuchaba de lejos porque lloraba muy intensamente. Primero estaba sola en la casa y escuché a un niño llorar así, y lo lamenté. Después entraron a mi casa y pues me di cuenta de quién era la que lloraba así. Y también me di cuenta de por qué lloraba: porque le habían mentido. Le dijeron que ya iban a la casa y la niña al llegar a Buenos Aires obvio se dio cuenta de que ésa no era su casa porque ella vive en Misiones.

La nena decía que quería hablar con su mamá. Ellos decían que no se podía. Yo pregunté ¿pero cómo no se va a poder hablar con Nicole? Nicole es su madre. Es canadiense. No recuerdo cómo, conseguí hablar con Nicole y pasarle el teléfono a la nena. Nicole dijo que por supuesto que podía hablar, que no tenía ningún problema. Al pasarle el teléfono a la nena, el papá colgó el teléfono.

El papá aseguraba que lo que la niña necesitaba era dormir. Bueno, ahí confesaron que llevaban varias noches de fiesta y que ése era su primer día de descanso. Que la nena había estado despierta hasta las 4 de la mañana.

La cosa fue que el papá se subió a dormir a mi casa con su nena porque él aseguraba que necesitaban dormir juntos.

Yo intenté arreglarlo con Fernanda pero cuando vi que la pinche Fernanda me estaba bicicleteando otra vez, subí yo directamente a hablar con su hermano, que estaba en MI cama, con una nena de dos años encima de él sin camisa. El tipo se hizo el dormido. Se estaba haciendo el dormido. Le pedí el número de Nicole y me estaba dictando cualquier número. Tuvo que darme el teléfono tres veces y al final le pegué con la punta del lápiz en la nariz y le dije no te hagas el dormido. Abrió los ojos. Llamé a Nicole. Me dijo que había contestado de pura chiripa porque ése era su número viejo de celular, que tenía guardado en el clóset debajo de varias camisas y que lo había escuchado de pedo porque había entrado a la habitación. Fue entonces que la comuniqué con su hija y el papá cortó el teléfono.

La cosa estaba así, chicos: el padre le había provocado un ataque de pánico a la niña y después pretendía consolarla desnudos en la cama con la excusa de que Nicole tenía clase de tenis. Nicole no tenía clase de tenis en ese momento, le pregunté.

Así que le dije: es mejor que bajes y hablemos.

Cuando bajó nunca pudimos hablar porque se dedicó a gritarme a la cara por DOS horas. De ahí sacan que tuve secuestrado a su hermano. Lo de asesina me vino porque aventé un montón de tablas de madera, de pura furia cuando encontré una trampa con clavos de 5 centímetros en mi propia casa, que bien pudo haberme dejado ciega y razón por la cual tuve que levantar una denuncia en la estación de policía contra mi propio suegro.

Yo ya le había dicho a Fernanda muchas ocasiones que quería terminar la relación. Yo estaba pagando la renta, pero la casa era de un amigo de ella y ése era su argumento para quedarse en la casa. Decía que era yo la que tenía que buscar otro lugar para vivir, pero todos los amigos que yo tenía en Argentina eran más amigos de Fer que míos. Excepto una: Paty.

Después de aquella experiencia con el hermano de Fernanda, agarré todas mis cosas y me fui a casa de Paty. Como Paty me había dicho que hiciera. Pero en casa de Paty estuve 3 días nada más. Yo me sentía terrible, le pedí que me diera un abrazo y ella me corrió de su casa un miércoles a las 11 de la noche en el puto conurbano, además se quedó con mis cosas y las esculcó. Yo creo que pensó que le estaba tirando la onda o algo así, porque a mí me parecía chida esa vieja pero después de ese día me quedé pensando que no tenía idea de lo que había pasado, porque el día que me puso para recoger mis cosas, ese día mi coche amaneció con las putas llantas navajeadas. ¿Fue ella? La verdad es que lo pienso, claro que sí. Me dijo que si no iba por mis cosas, que me olvidara de ellas. Eran TODAS mis cosas. Así que bueno, fui en taxi a recoger mis cosas, no me las dio ella, me dio mis cosas su hermano, me las dejó en la calle, estaban abiertas y esculcadas. Una joya la mujer.

Cuando regresé por fin a casa me quedé 3 días sin poder moverme del sofá. Fue así como empezó.

2 comentarios:

Johanna Perez Vasquez dijo...

Amé el relato y quedé con ganas de más. Leí sin parar hasta la última palabra. Chica tienes talento, pero eso ya te lo han dicho. ;)

Ale dijo...

Es increíble la forma en que le das sentido a un sin sentido constante. Las obras literarias tienen sentido porque tienen un principio y un final. En el caso de la vida, los sucesos son ilógicos. Espero de corazón que el escribir te ayude a sanar.