Me había despertado en la madrugada, en el tren. Al lado de mí se sentaba un joven gordo que sudaba y roncaba. Me parecía, por el olor, que mi acompañante había pasado la noche tomando en el bar. No sé cómo empezó. No sé qué hora era. Por la ventana sólo se veía la oscuridad. Ni la luz más distante. Traté de imaginar lo que habría allá afuera. Cuando viajaba de día no dormía. No porque hubiera luz, de hecho suponía que era más cómodo dormir mientras los demás leían, que mientras los demás roncaban. No dormía porque me parecía demasiado derroche perderme de todos los lugares por donde pasábamos, y que probablemente nunca visitaría. Me gustaba especialmente salir de la estación. Después de tomar el metro y cruzar calles con el paso peatonal bien pintado y jardineras en las aceras, después de comprarle un boleto a la señorita amable y bonita de la taquilla porque de nuevo la máquina se descompuso o no tiene cambio, y de caminar por los pasillos limpios, señalados, iluminados, rodando la maleta detrás de mí, caminar por el andén adoquinado y soleado, subirme al tren rojo y sentarme en uno de esos sillones crema con una ventana limpia frente a mí; después de eso, el andar lento del tren pasando trabajosamente por las vías, saliendo poco a poco de la ciudad: afuera las bodegas, las fábricas, con sus muros a veces rotos, llenos de pintadas, vagones oxidados y abandonados, y las casas. Ahí vivía gente. Mientras los demás sacaban periódicos y revistas para empezar a leer, carraspeaban, se acomodaban los lentes, se instalaban con sandwiches y botellas de agua, yo me quitaba los audífonos y pegaba mi frente a la ventana. Miraba fascinada cada callejón, cada objeto en el suelo; embebía mientras escuchaba al tren rechinando, saltando y ronroneando toscamente contra los rieles, el acomodamiento de cada cortina en las ventanas, la ropa tendida, las pinzas para colgar la ropa, los lugares desde los que colgaron la cuerda, de plástico o natural. Sobre todo los floreros con agua estancada en las ventanas, o las estampas que algún día alguien pegó y a nadie le importó despegarlas. Llegué a ver varias estampas que llamaban a la anarquía. Los muros de ladrillo rojos, los muros de cemento gris. A veces, gran lujo para la vista, un pequeño patio trasero con su escalera. Me quedaba mirando casas así, tratando de devorarlas todas, fijando los ojos en una unos segundos más, luego en una ventana rota y empolvada de una bodega, y volteando rápidamente a ver todo lo que me había perdido mientras el tren seguía avanzando. ¡Tantas cosas juntas! El tren avanzaba cada vez más rápido. Yo lo lamentaba. Quería prolongar ese tramo del trayecto un poco más, me moría por seguir mirando esa parte de la ciudad a la que en mi vida cotidiana tenía prohibido entrar. Finalmente el tren alcanzaba su velocidad natural y con ella al campo. Entonces me reclinaba en mi asiento, tranquila pero resignada, me ponía de nuevo los audífonos y la canción en la que estaba me ponía al tanto del tiempo que había pasado. También me gustaba el campo, pero había que esperar a pasar frente a una casa o una granja para volver a pegarme al cristal y volver a atrapar el modo en que alguien —¿cómo será?— había dejado la manguera, la ropa, la escoba... En cada parte del mundo había algo común a mi vida. Eso no dejaba de fascinarme. En el avión, más que comer y dormir, no dejo de mirar, cientos de kilómetros debajo de mí, las olas del mar. ¿Son olas, basura, animales, nubes? Me fastidia pensar que son sólo una ilusión de la luz, o los cristales empañados del avión. A fuerza de mirar, me he convencido de que son olas, y de que se mueven como olas.
Ésa era la primera vez que viajaba en tren de noche. Muchas cosas hicieron que aquel viaje nunca pareciera normal. No pretendía, si alguna vez pretendí algo, que lo fuera. Había llegado a Madrid en la tarde. Tenía veintitantos (¿21? ¿22?) y estaba completamente sola en el mundo. Se suponía que aquella tarde tenía que haber tomado el metro en la estación del aeropuerto, y bajarme en la estación de autobuses para tomar uno que me llevara hasta la ciudad donde cursaba mis estudios. Estaba cansada; en vez de seguir hasta la estación, me bajé en el centro y busqué una terraza tranquila donde tomar una cerveza. No encontré ninguna. Tomé hacia el norte buscando el barrio gay de la ciudad, ahí habría más barullo pero sería agradable. Además me garantizaba una amplia variedad de bares. Di algunas vueltas, subiendo y bajando calles, pero ningún café me convenció de quedarme. Las meseras parecían demasiado hoscas, o los lugares estaban repletos de parejas y me habría sentido fuera de lugar. Me pareció que todavía tenía tiempo, así que tomé un par de calles más hacia el norte, buscando el barrio de una amiga, donde sabía que podía encontrar lugares menos bonitos, pero más tranquilos. Arrastraba detrás de mí mi maleta, tenía que caminar un rato entre edificios habitacionales y calles solitarias antes de llegar a la zona. Cuando llegué sólo encontré abierta la heladería. Estaba llena de grupos familiares, madres que regañaban dulcemente a sus hijos, señores del barrio que comentaban asuntos de política. Busqué a mi amiga entre las mesas de aluminio puestas sobre la amplia acera, pero por supuesto no la encontré. Consideré ir a su casa, pero su novio estaría allí y yo no podría al final tomarme una cerveza tranquilamente. Miré a mi derecha y observé la avenida: amplia, casi desierta, familiar, dominguera, un poco húmeda por la lluvia, bañada por el sol intenso del atardecer. Pensé que ya no estaba lejos del departamento de J, él vivía solo y seguramente no tendría inconveniente en acompañarme en el bar que quedaba debajo de su casa. Volví a caminar hacia el norte. Como ya no estaba muy segura de las calles, decidí caminar sobre la avenida soleada. Al poco tiempo el sol terminó por ocultarse entre las nubes rosadas. A mi alrededor los edificios cambiaban paulatinamente de status social. Los bares por los que pasaba se volvían cada vez menos limpios y más rutinarios. A mi lado, por la avenida, pasaban de vez en cuando autobuses citadinos que iban hacia el sur. Caminé mucho tiempo, no recordaba que el departamento de J estuviera tan lejos. Finalmente reconocí su calle y me interné en el barrio. Muchos edificios, todos iguales. Todas las calles iguales. Todos los bares iguales al del edificio de mi amigo. Recordaba la extrema cuadratura del barrio, recordaba su imagen en el mapa de la ciudad y la sonrisa amable de mi amigo mientras nos guiaba a su casa, la primera vez que vine. Me detuve y miré a mi alrededor. Miré hacia arriba. Parecía que ése era el edificio. Crucé la calle para mirarlo mejor, lo confirmé y volví al pie de la puerta, arrastrando mi maleta. Toqué el timbre y esperé su voz en el intercomunicador. Por un momento tuve la sospecha de que no estaría en casa. Tener la sospecha me pareció suficiente para saber de cierto que no estaría, por eso no me sorprendí cuando pasaron los segundos y no escuché nada. Miré dentro del portal: el amplísimo corredor, las escaleras centrales iluminadas, los elevadores que no funcionaban, los buzones en la pared derecha, al lado los controles de la luz, amontonados; era su edificio, pero eso de todas formas ya lo sabía. Volví a tocar dos veces más. Miré al cielo: estaba oscuro. En la esquina un indigente me miraba inquisitivo. Volteé la cabeza y metí mi mirada en el bar. Estaba decorado con viejos emplastes marrones. Iluminado con una luz que lastimaba la mirada y que al mismo tiempo no terminaba de alumbrar las mesas sino que las desdibujaba. Las mesas de metal, cubiertas por un tapiz deslavado que imitaba la madera. Viejas parejas me miraban desde adentro y se tomaban un café con leche. Volví a mirar a la esquina. El viejo me seguía mirando, mientras sujetaba con su mano derecha un carrito del super atascado de objetos indescifrables. Lo miré con más detalle: él también era extranjero. No sé cómo lo supe, pero lo supe. Me metí y pedí en la barra una cerveza. Sólo tenían Heineken. Me choca la Heineken. Pedí una Heinekken y me senté en una de las mesas. Muchos voltearon a verme. Algunos no les importó siquiera rechinar su silla contra el piso en un intento deliberado de mirarme. Bajé mi mirada a mi vaso y me di cuenta de que era la única que tomaba cerveza, todos los demás tomaban café con leche o café solo. También caí en cuenta de que era la única persona que estaba sola, que era la única persona joven (incluyendo a los camareros y el bar tender), que era la única de piel morena y que nadie más llevaba una maleta. Tanta singularidad en una sola persona, precisamente en mí, me enorgulleció infantilmente. Pero enseguida las miradas serias e insistentes de la gente me incomodaron. Miré los ojos de una de las señoras, eran de un azul pálido y pequeños. La nariz apenas un poco ganchuda, arrugada; los labios pintados, papada, peinado elaborado, vestido negro con estampado de flores verdes, gran corpulencia. Iba con lo que supongo era su marido: un señor desgarbado, el poco cabello que le quedaba era blanco, extremadamente frágil y delgado; el cuello también blanco, arrugado y frágil; la cara deformada por una mueca de pocos amigos. Ojillos pequeños y oscuros. Vestía un traje barato marrón. Se miraron entre ellos y por un momento temí que me reprocharan algo con alguna voz de pito. Busqué mis cigarros en el morral tipo militar que uso para viajar, encendí uno, le di un trago a mi cerveza y miré a la ventana ignorándolos. Podía ver la esquina y darme cuenta de que el vagabundo ya no estaba ahí. Haciéndome un mapa mental de mi ubicación, recordé que ya no estaba muy lejos de la estación de trenes. Extrañé a J. De ninguna manera era lo mismo estar ahí sin él. En un par de tragos casi me terminé la cerveza. Me parecía apropiado dejar el vaso a medio terminar, era como un símbolo de mi desprecio por aquel lugar, su gente y la Heinneken. Apagué el cigarro a la mitad y al salir compré en la máquina otra cajetilla de Fortuna.
Por supuesto, al salir había dado vuelta en esa misma esquina y caminado hacia el norte. Con mis jeans deslavados, unos Converse rojos nuevos, una blusa gris térmica de mangas largas debajo de una playera azul celeste que dice FUCK FASHION, mis manos huesudas y morenas, mis uñas blancas resaltando en ellas; mi bolsa militar con muchas bolsitas que le compré a unos marroquíes en Lavapiés, mi diario lleno de recortes de filosofía, de fotos del Pont de Art’s de la Maga, de boletos de entrada a museos interminables, de postales de pinturas infinitas, de pedazos de mapas de ciudades laberínticas, de dibujos coloridos de edificios trastornados; de notas, relatos e ideas garabateadas con flechas indicativas atormentando un orden existencial que se negaba a existir; el paquete de cigarros, las llaves de mi estudio, el CD player; con mi chamarra de mezclilla de 7 años de vejez y mi bufanda de 5 euros, arrastraba tranquilamente una maleta de rueditas.
Al llegar a la estación norte de trenes la noche llevaba algunas horas. Para ese momento, de haber tomado el autobús, yo ya me habría preparado la cena, me habría duchado, y a esas horas estaría leyendo en mi cama algún texto para la clase. No sólo no me molesté por haberme bajado en el centro, me sentía aliviada. Con voz tranquila y el corazón palpitante compré un boleto del tren que llegaba/salía a las 10. La señorita de la taquilla mencionó un nombre, confirmando el trayecto que estaba comprando. Intencionalmente no atendí a lo que me decía, y sólo le contesté, interrumpiéndola, “Sí”. Supe que seguía yendo hacia el norte cuando salimos de la ciudad inmediatamente, sin pasar por la estación del sur. Me pareció que sabía suficiente, y me dormí.
La desesperación puede corroernos con la rapidez del aceite, y quemarnos como si éste estuviera hirviendo.
El gordo a mi lado seguía roncando desde el fondo de su flemosa garganta; seboso, sudaba por todo el cuerpo. Su brazo gigantesco, peludo y húmedo me rozaba, dejándome pequeñas gotas de agua turbia. Su cabeza, brillante y enorme, se balanceaba hacía mí. El olor nauseabundo de su boca y el alcohol me enfermaban. Me pareció un imbécil irrespetuoso por no dejarme dormir, pero sabía que estaba exagerando y que nadie es completamente responsable de sí mismo mientras duerme. Miraba la oscuridad deseando poder ver algo al otro lado de la ventana y recordaba melancólicamente mi vida, pero estaba orgullosa de mi nueva libertad; al mismo tiempo me revolvía en mí misma tratando de acomodarme y dormir, pero me desesperaba. Me debatía entre despertar al gordo y gritarle un par de insultos, a ver si me calmaba; o encontrar el modo de calmarme sola y conciliar el sueño. Por otro lado en mi cabeza no existían más que recuerdos y análisis tortuosos de mi vida; era imposible dormir aunque estuviera rodeada de silencio. Ahora ya era imposible dormir. When the night is someone else’s, and you’re trying to get some sleep; when your thoughts are too expensive to ever want to keep; when there’s…Quise pararme a fumar, pero no encontraba la manera de saltar a mi acompañante porque ocupaba todo el espacio. Me estiré para mirar el resto del vagón. A nuestro alrededor todos estaban dormidos. El tren iba prácticamente lleno. En ese momento me deprimí profundamente: fuera a donde fuera jamás llegaría a ningún sitio: la multitud de un mundo absurdo me perseguía. Mi conclusión sonaba tan terminante y dramática, que me pareció falsa. Eso me deprimía más: ni quiera podía llegar sólidamente a mis conclusiones. Me hundí en el asiento con la tristeza inconsolable de una niña de cinco años. Agravaba mi situación imaginar que si hubiera tenido que explicarle a alguien la causa de mi estado de ánimo, jamás hubiera encontrado un motivo razonable, aunque estuviera segura de que existía. Hubiera tenido que soltarme a llorar —porque si en ese momento hubiera tenido que hablar, definitivamente habría llorado— balbuceando que era conciente de mi ignorancia, implorando que mis palabras fueran explicación suficiente. No había nada que hacer. Por la mañana llegaría a un lugar desconocido, pero que en el fondo conocería. Estaría con personas diferentes, acaso no hablaran mi idioma, pero de algún modo las conocería. No me molestaba encontrar lo común en el mundo, ya lo he dicho antes: me fascinaba. Lo que me molestaba, creo, era saberlo de antemano. En aquel momento tuve la impresión de que ya me sabía el final de la película. Me había pasado todo el día buscando un final desconocido, la sorpresa; había creído que lo había logrado. Ahora no quedaba más que resignarse, el final me había alcanzado otra vez.
Paramos en una estación que no conocía, aunque en realidad yo no conocía ninguna parte del trayecto. Me parecía que el tren había estado avanzando por una noche infinita. El reloj de la estación marcaba las 5:15 de la mañana, pero pronto me di cuenta que el segundero no avanzaba y que serían las 5:15 de la mañana por un buen rato. Me extrañó que el reloj no funcionara. Observé el resto de la estación y me pareció pobre, apenas con la mínima infraestructura para fungir como estación. Las ventanas, empolvadas, se parecían a las de los coches viejos: dos cristales, uno corredizo que se mantenía cerrado con un mecanismo de presión al otro cristal. Las puertas, de metal pesadísimo, tenían gruesas manijas despintadas. El letrero donde anunciaban el nombre de la ciudad estaba en parte despintado y en parte garabateado encima con graffiti. El suelo estaba hecho de madera un poco carcomida. No había absolutamente nadie en el andén. Incluso daba la impresión de que nadie había estado ahí en años. No me extrañó entonces que el reloj no funcionara, y de algún modo confiaba demasiado en la compañía de trenes para desconfiar de la parada. Era Castilla y León, la vieja. Era una parada olvidada. Me pareció normal que las zona fuera pobre y careciera de recursos para mantener una estación de lujo.
Temerosa, no lo niego, me bajé del tren. Puse un pie en el andén y el piso crujió. Hacía un frío terrible. Se respiraba el olor del bosque. Encendí un cigarro. Noté que había muchas ramitas secas en el piso, como si el viento las hubiera traído. Más que tenebroso, acogida por el tren rojo iluminado y mi cigarro, mirando desde afuera a mi acompañante roncar, el lugar me pareció romántico. Me senté en uno de los bancos de madera, agradecida de que hubiera un viento fresco que me refrescara las ideas.
De pronto, mirando asombrada que todos en el tren dormían, se me ocurrió quedarme ahí, en ese lugar. Se me ocurrió que tendría que quedarme en el lugar más desconocido por el que pasáramos.
3.Por supuesto, me terminé el cigarro, lo tiré a un lado de mis pies, lo apagué con uno de mis tenis y subí de nuevo al tren que en pocos minutos arrancó de nuevo mientras yo me balanceaba por el pasillo, ubicaba el camarote y sorteaba las piernas de los dormidos.
Llegué a Salamanca en algún momento de la madrugada y eché a andar con mi maleta de rueditas detrás por Paseo de la Estación. Al llegar al Birdland un grupito estudiantes echando desmadre me volteó a ver. Yo traté de ubicar a alguien conocido, y como no reconocí a nadie bajé la mirada, incómoda, y seguí bajando, hasta la comisaría, hasta la glorieta, hasta Av. De los Reyes de España, hasta el edificio 26, hasta escuchar el rumor del Tormes y el silencio de la zona residencial. Sacar mis llaves que venían guardadas desde el inicio del verano en el D.F., empujar la puerta pesadísima de cristal, caminar por el living de mármol, llamar al elevador y recordar en silencio que ahí no se llama elevador. Llegar al segundo, cruzar tres pasillos con el sonido de todo lo empacado rodando detrás de mí, abrir un estudio que huele a encerrado, a olvidado y a mí, todo al mismo tiempo. Que huele un poco a México, a Chapultepec, a pinche burguesa autista, a lâncome, a filosofía, a libros, a sofá de pachecas afónicas de cinco de la mañana. Y tomarme un café con leche la mañana siguiente, con el barullo de la cafetería de la facultad. Como si tal.
Ésa era la primera vez que viajaba en tren de noche. Muchas cosas hicieron que aquel viaje nunca pareciera normal. No pretendía, si alguna vez pretendí algo, que lo fuera. Había llegado a Madrid en la tarde. Tenía veintitantos (¿21? ¿22?) y estaba completamente sola en el mundo. Se suponía que aquella tarde tenía que haber tomado el metro en la estación del aeropuerto, y bajarme en la estación de autobuses para tomar uno que me llevara hasta la ciudad donde cursaba mis estudios. Estaba cansada; en vez de seguir hasta la estación, me bajé en el centro y busqué una terraza tranquila donde tomar una cerveza. No encontré ninguna. Tomé hacia el norte buscando el barrio gay de la ciudad, ahí habría más barullo pero sería agradable. Además me garantizaba una amplia variedad de bares. Di algunas vueltas, subiendo y bajando calles, pero ningún café me convenció de quedarme. Las meseras parecían demasiado hoscas, o los lugares estaban repletos de parejas y me habría sentido fuera de lugar. Me pareció que todavía tenía tiempo, así que tomé un par de calles más hacia el norte, buscando el barrio de una amiga, donde sabía que podía encontrar lugares menos bonitos, pero más tranquilos. Arrastraba detrás de mí mi maleta, tenía que caminar un rato entre edificios habitacionales y calles solitarias antes de llegar a la zona. Cuando llegué sólo encontré abierta la heladería. Estaba llena de grupos familiares, madres que regañaban dulcemente a sus hijos, señores del barrio que comentaban asuntos de política. Busqué a mi amiga entre las mesas de aluminio puestas sobre la amplia acera, pero por supuesto no la encontré. Consideré ir a su casa, pero su novio estaría allí y yo no podría al final tomarme una cerveza tranquilamente. Miré a mi derecha y observé la avenida: amplia, casi desierta, familiar, dominguera, un poco húmeda por la lluvia, bañada por el sol intenso del atardecer. Pensé que ya no estaba lejos del departamento de J, él vivía solo y seguramente no tendría inconveniente en acompañarme en el bar que quedaba debajo de su casa. Volví a caminar hacia el norte. Como ya no estaba muy segura de las calles, decidí caminar sobre la avenida soleada. Al poco tiempo el sol terminó por ocultarse entre las nubes rosadas. A mi alrededor los edificios cambiaban paulatinamente de status social. Los bares por los que pasaba se volvían cada vez menos limpios y más rutinarios. A mi lado, por la avenida, pasaban de vez en cuando autobuses citadinos que iban hacia el sur. Caminé mucho tiempo, no recordaba que el departamento de J estuviera tan lejos. Finalmente reconocí su calle y me interné en el barrio. Muchos edificios, todos iguales. Todas las calles iguales. Todos los bares iguales al del edificio de mi amigo. Recordaba la extrema cuadratura del barrio, recordaba su imagen en el mapa de la ciudad y la sonrisa amable de mi amigo mientras nos guiaba a su casa, la primera vez que vine. Me detuve y miré a mi alrededor. Miré hacia arriba. Parecía que ése era el edificio. Crucé la calle para mirarlo mejor, lo confirmé y volví al pie de la puerta, arrastrando mi maleta. Toqué el timbre y esperé su voz en el intercomunicador. Por un momento tuve la sospecha de que no estaría en casa. Tener la sospecha me pareció suficiente para saber de cierto que no estaría, por eso no me sorprendí cuando pasaron los segundos y no escuché nada. Miré dentro del portal: el amplísimo corredor, las escaleras centrales iluminadas, los elevadores que no funcionaban, los buzones en la pared derecha, al lado los controles de la luz, amontonados; era su edificio, pero eso de todas formas ya lo sabía. Volví a tocar dos veces más. Miré al cielo: estaba oscuro. En la esquina un indigente me miraba inquisitivo. Volteé la cabeza y metí mi mirada en el bar. Estaba decorado con viejos emplastes marrones. Iluminado con una luz que lastimaba la mirada y que al mismo tiempo no terminaba de alumbrar las mesas sino que las desdibujaba. Las mesas de metal, cubiertas por un tapiz deslavado que imitaba la madera. Viejas parejas me miraban desde adentro y se tomaban un café con leche. Volví a mirar a la esquina. El viejo me seguía mirando, mientras sujetaba con su mano derecha un carrito del super atascado de objetos indescifrables. Lo miré con más detalle: él también era extranjero. No sé cómo lo supe, pero lo supe. Me metí y pedí en la barra una cerveza. Sólo tenían Heineken. Me choca la Heineken. Pedí una Heinekken y me senté en una de las mesas. Muchos voltearon a verme. Algunos no les importó siquiera rechinar su silla contra el piso en un intento deliberado de mirarme. Bajé mi mirada a mi vaso y me di cuenta de que era la única que tomaba cerveza, todos los demás tomaban café con leche o café solo. También caí en cuenta de que era la única persona que estaba sola, que era la única persona joven (incluyendo a los camareros y el bar tender), que era la única de piel morena y que nadie más llevaba una maleta. Tanta singularidad en una sola persona, precisamente en mí, me enorgulleció infantilmente. Pero enseguida las miradas serias e insistentes de la gente me incomodaron. Miré los ojos de una de las señoras, eran de un azul pálido y pequeños. La nariz apenas un poco ganchuda, arrugada; los labios pintados, papada, peinado elaborado, vestido negro con estampado de flores verdes, gran corpulencia. Iba con lo que supongo era su marido: un señor desgarbado, el poco cabello que le quedaba era blanco, extremadamente frágil y delgado; el cuello también blanco, arrugado y frágil; la cara deformada por una mueca de pocos amigos. Ojillos pequeños y oscuros. Vestía un traje barato marrón. Se miraron entre ellos y por un momento temí que me reprocharan algo con alguna voz de pito. Busqué mis cigarros en el morral tipo militar que uso para viajar, encendí uno, le di un trago a mi cerveza y miré a la ventana ignorándolos. Podía ver la esquina y darme cuenta de que el vagabundo ya no estaba ahí. Haciéndome un mapa mental de mi ubicación, recordé que ya no estaba muy lejos de la estación de trenes. Extrañé a J. De ninguna manera era lo mismo estar ahí sin él. En un par de tragos casi me terminé la cerveza. Me parecía apropiado dejar el vaso a medio terminar, era como un símbolo de mi desprecio por aquel lugar, su gente y la Heinneken. Apagué el cigarro a la mitad y al salir compré en la máquina otra cajetilla de Fortuna.
Por supuesto, al salir había dado vuelta en esa misma esquina y caminado hacia el norte. Con mis jeans deslavados, unos Converse rojos nuevos, una blusa gris térmica de mangas largas debajo de una playera azul celeste que dice FUCK FASHION, mis manos huesudas y morenas, mis uñas blancas resaltando en ellas; mi bolsa militar con muchas bolsitas que le compré a unos marroquíes en Lavapiés, mi diario lleno de recortes de filosofía, de fotos del Pont de Art’s de la Maga, de boletos de entrada a museos interminables, de postales de pinturas infinitas, de pedazos de mapas de ciudades laberínticas, de dibujos coloridos de edificios trastornados; de notas, relatos e ideas garabateadas con flechas indicativas atormentando un orden existencial que se negaba a existir; el paquete de cigarros, las llaves de mi estudio, el CD player; con mi chamarra de mezclilla de 7 años de vejez y mi bufanda de 5 euros, arrastraba tranquilamente una maleta de rueditas.
Al llegar a la estación norte de trenes la noche llevaba algunas horas. Para ese momento, de haber tomado el autobús, yo ya me habría preparado la cena, me habría duchado, y a esas horas estaría leyendo en mi cama algún texto para la clase. No sólo no me molesté por haberme bajado en el centro, me sentía aliviada. Con voz tranquila y el corazón palpitante compré un boleto del tren que llegaba/salía a las 10. La señorita de la taquilla mencionó un nombre, confirmando el trayecto que estaba comprando. Intencionalmente no atendí a lo que me decía, y sólo le contesté, interrumpiéndola, “Sí”. Supe que seguía yendo hacia el norte cuando salimos de la ciudad inmediatamente, sin pasar por la estación del sur. Me pareció que sabía suficiente, y me dormí.
La desesperación puede corroernos con la rapidez del aceite, y quemarnos como si éste estuviera hirviendo.
El gordo a mi lado seguía roncando desde el fondo de su flemosa garganta; seboso, sudaba por todo el cuerpo. Su brazo gigantesco, peludo y húmedo me rozaba, dejándome pequeñas gotas de agua turbia. Su cabeza, brillante y enorme, se balanceaba hacía mí. El olor nauseabundo de su boca y el alcohol me enfermaban. Me pareció un imbécil irrespetuoso por no dejarme dormir, pero sabía que estaba exagerando y que nadie es completamente responsable de sí mismo mientras duerme. Miraba la oscuridad deseando poder ver algo al otro lado de la ventana y recordaba melancólicamente mi vida, pero estaba orgullosa de mi nueva libertad; al mismo tiempo me revolvía en mí misma tratando de acomodarme y dormir, pero me desesperaba. Me debatía entre despertar al gordo y gritarle un par de insultos, a ver si me calmaba; o encontrar el modo de calmarme sola y conciliar el sueño. Por otro lado en mi cabeza no existían más que recuerdos y análisis tortuosos de mi vida; era imposible dormir aunque estuviera rodeada de silencio. Ahora ya era imposible dormir. When the night is someone else’s, and you’re trying to get some sleep; when your thoughts are too expensive to ever want to keep; when there’s…Quise pararme a fumar, pero no encontraba la manera de saltar a mi acompañante porque ocupaba todo el espacio. Me estiré para mirar el resto del vagón. A nuestro alrededor todos estaban dormidos. El tren iba prácticamente lleno. En ese momento me deprimí profundamente: fuera a donde fuera jamás llegaría a ningún sitio: la multitud de un mundo absurdo me perseguía. Mi conclusión sonaba tan terminante y dramática, que me pareció falsa. Eso me deprimía más: ni quiera podía llegar sólidamente a mis conclusiones. Me hundí en el asiento con la tristeza inconsolable de una niña de cinco años. Agravaba mi situación imaginar que si hubiera tenido que explicarle a alguien la causa de mi estado de ánimo, jamás hubiera encontrado un motivo razonable, aunque estuviera segura de que existía. Hubiera tenido que soltarme a llorar —porque si en ese momento hubiera tenido que hablar, definitivamente habría llorado— balbuceando que era conciente de mi ignorancia, implorando que mis palabras fueran explicación suficiente. No había nada que hacer. Por la mañana llegaría a un lugar desconocido, pero que en el fondo conocería. Estaría con personas diferentes, acaso no hablaran mi idioma, pero de algún modo las conocería. No me molestaba encontrar lo común en el mundo, ya lo he dicho antes: me fascinaba. Lo que me molestaba, creo, era saberlo de antemano. En aquel momento tuve la impresión de que ya me sabía el final de la película. Me había pasado todo el día buscando un final desconocido, la sorpresa; había creído que lo había logrado. Ahora no quedaba más que resignarse, el final me había alcanzado otra vez.
Paramos en una estación que no conocía, aunque en realidad yo no conocía ninguna parte del trayecto. Me parecía que el tren había estado avanzando por una noche infinita. El reloj de la estación marcaba las 5:15 de la mañana, pero pronto me di cuenta que el segundero no avanzaba y que serían las 5:15 de la mañana por un buen rato. Me extrañó que el reloj no funcionara. Observé el resto de la estación y me pareció pobre, apenas con la mínima infraestructura para fungir como estación. Las ventanas, empolvadas, se parecían a las de los coches viejos: dos cristales, uno corredizo que se mantenía cerrado con un mecanismo de presión al otro cristal. Las puertas, de metal pesadísimo, tenían gruesas manijas despintadas. El letrero donde anunciaban el nombre de la ciudad estaba en parte despintado y en parte garabateado encima con graffiti. El suelo estaba hecho de madera un poco carcomida. No había absolutamente nadie en el andén. Incluso daba la impresión de que nadie había estado ahí en años. No me extrañó entonces que el reloj no funcionara, y de algún modo confiaba demasiado en la compañía de trenes para desconfiar de la parada. Era Castilla y León, la vieja. Era una parada olvidada. Me pareció normal que las zona fuera pobre y careciera de recursos para mantener una estación de lujo.
Temerosa, no lo niego, me bajé del tren. Puse un pie en el andén y el piso crujió. Hacía un frío terrible. Se respiraba el olor del bosque. Encendí un cigarro. Noté que había muchas ramitas secas en el piso, como si el viento las hubiera traído. Más que tenebroso, acogida por el tren rojo iluminado y mi cigarro, mirando desde afuera a mi acompañante roncar, el lugar me pareció romántico. Me senté en uno de los bancos de madera, agradecida de que hubiera un viento fresco que me refrescara las ideas.
De pronto, mirando asombrada que todos en el tren dormían, se me ocurrió quedarme ahí, en ese lugar. Se me ocurrió que tendría que quedarme en el lugar más desconocido por el que pasáramos.
3.Por supuesto, me terminé el cigarro, lo tiré a un lado de mis pies, lo apagué con uno de mis tenis y subí de nuevo al tren que en pocos minutos arrancó de nuevo mientras yo me balanceaba por el pasillo, ubicaba el camarote y sorteaba las piernas de los dormidos.
Llegué a Salamanca en algún momento de la madrugada y eché a andar con mi maleta de rueditas detrás por Paseo de la Estación. Al llegar al Birdland un grupito estudiantes echando desmadre me volteó a ver. Yo traté de ubicar a alguien conocido, y como no reconocí a nadie bajé la mirada, incómoda, y seguí bajando, hasta la comisaría, hasta la glorieta, hasta Av. De los Reyes de España, hasta el edificio 26, hasta escuchar el rumor del Tormes y el silencio de la zona residencial. Sacar mis llaves que venían guardadas desde el inicio del verano en el D.F., empujar la puerta pesadísima de cristal, caminar por el living de mármol, llamar al elevador y recordar en silencio que ahí no se llama elevador. Llegar al segundo, cruzar tres pasillos con el sonido de todo lo empacado rodando detrás de mí, abrir un estudio que huele a encerrado, a olvidado y a mí, todo al mismo tiempo. Que huele un poco a México, a Chapultepec, a pinche burguesa autista, a lâncome, a filosofía, a libros, a sofá de pachecas afónicas de cinco de la mañana. Y tomarme un café con leche la mañana siguiente, con el barullo de la cafetería de la facultad. Como si tal.

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