27 may 2007

Domingo de resaca

Como manía que tengo, casi siempre me levanto de la cama todavía asimilando el último sueño que tuve. A veces dándole vueltas despierta, a veces viviéndolo dormida, aún y en acrobático sonambulismo rumbo al café, pero siempre recuerdo mis sueños en las mañanas.
Las mañanas son el único momento del día en que podría dar una amena conversación acerca de las vicisitudes surrealistas, porque en cualquier otro momento soy más bien una mustia máquina de humo y cafeína a la que no se le ocurre nada qué decir. Sí, mis mañanas son el único momento de lucidez, y con mucho gusto civilizaría el desayuno, en caso de tenerlo compartido conmigo misma o con azares algo inexplicables, si no fuera porque es demasiado temprano para hablar y civilizar nada. En todo caso siempre es seguro que mis sueños son más bien un plasma que se diluye poco a poco a partir del despertador, y no prófugos amparados por las prisas o el noticiero de la radio que, dicho sea de paso, bien puede ser un ingrediente más para ser soñado.

Excepción biográfica, hoy he despertado de la nada. No es ni siquiera que al abrir los ojos haya tenido ese sentimiento de haber echado todo a perder para el resto del día, y tampoco es que haya sentido en la habitación el rastro de huida de algún sueño que estaba pasando. Abrí los ojos despertándome de una rígida nada y por unos instantes, larguísimos, se me olvidó quién era yo. Se me olvidó. Obvio, tampoco tenía la menor idea de dónde estaba... pero equis, bastante sacada de pedo estaba ya, averiguándome a mí. Y así, de súbito, me puse a existir el domingo por la mañana.

Sí, era domingo. Lo primero que pensé cuando vi la luz pálida de invierno filtrándose por la persiana fue que tendría que esperar a que sonara el despertador para levantarme. Es lo que pienso en las mañanas de lunes a viernes. Espero a que suene la marcha turca en mi celular para iniciar formalmente la marcha occidental estudiantil. De otro modo el mundo y el día no estarían debidamente organizados y a mí me daría por andar dándole vueltas y reveses a todo lo que me diera tiempo para poner en duda (y últimamente en jaque), hasta que el insomnio y el cinema de tragicomedias que traigo instalado en las neuronas marcara el fabuloso END cuando por algún designio divino de Telefónica, la marcha turca sonara de nuevo. Por eso hay que esperar a que suenen las trompetas antes de empezar la batalla, y es el fiel principio al que me alineo todos los días de lunes a viernes, e incluso los sábados, cuando la semana me ha dado demasiados motivos para dudar de ella.

Pero es que en domingo ni Dios quiso poner el despertador, y un pequeño razonamiento lógico tipo antecedente y consecuente me lo recordó. Vaya, que si ya era de día, y lo era por la luz que estaba viendo mientras trataba de acordarme de quién era yo, y yo seguía esperando el despertador, entonces el mundo posible para que aquello fuera verdad no era, definitivamente, el recuerdo que tenía de él. Lo que me llevó, por mucho que no me interesara realmente, a darme cuenta que era domingo y que ninguna marcha turca me levantaría de la cama como no lo hiciera yo solita y por mi propia voluntad. Cualquiera que lea esto dirá que si uno hace prácticas de las clases de Lógica y Semántica al tiempo que recuerda el primer domingo de Dios, en un domingo por la mañana y con una resaca de maratón (como todas las que aún no acaban), es perfectamente normal que a ese ritmo, a las 4 de la madrugada del siguiente lunes uno siga dándole vueltas al “¿entonces quién era yo?” Pero es que por eso mismo se inventó la marcha turca, Telefónica y todo el rollo de la vida. ¿O qué? ¿habrá quién piense que los despertadores se inventaron porque es importante levantarse temprano? ¿habrá quién piense que es importante levantarse temprano para ir a clase porque las clases son importantes? No, my dear. Uno no instala una trompeta matutina en el buró de la cama y uno no pega un cartelito de horario de clases arriba de la trompeta porque sea cosa importante, sino porque es preciso ordenar los días. No vaya a ser, si no, que una colonia de pajaritos haga nido en la cabeza a las cuatro de la mañana, con tanto prender y apagar la lámpara del buró, y uno pase la vida con los pío pío de fondo. Y aunque Rodrigo tenga razón en eso de que servir como nido ya es al menos servir (cosa importante si uno pasa la vida con lámparas de noche y un libro de Heidegger, más manoseado que qué sé yo, al lado de la trompeta y el horario, por si falla la estrategia... que falla, por mucho que uno vaya a clase con puntualidad forzada de diez minutos de retraso, y por mucho que uno decida acribillar el insomnio con lápiz y papel de imprenta de José Gaos), yo a veces, aunque les tengo cariño a los pajarillos esos, me agobio con tanta musicalidad artística (artística, maquiavélica o puro cliché refinado, qué sé yo). Entonces, cuando me agobio, me da por salir a algún bar y darles un anestésico de gin tonic a los pobres, a ver si desentonan un poco, pa’ variar. Y luego desentonan demasiado por ahí de las 4 de otra madrugada, y uno acaba perdiendo la cartera y llamando a los bancos para dar de baja las tarjetas a tan inapropiadas horas de la noche, con desentonación garrafal. De eso me acordé cuando recordé que era domingo. De eso me acordé cuando volteé a mirar un reloj que marcaba en rojo las diez de la mañana de otro día y yo ya iba acordándome de esa nada de la que me despertaba hoy, pero que protagonicé ayer.

Y me viene de súbito pensar, mientras pongo la cafetera, que segurito que Dios se tomó el domingo por puro arrepentimiento y resaca de habernos hecho el sábado.

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