Sonará exagerado, pero en invierno los días no existen. Hay tardes, vísperas, afternoons, caídas. No días, no hay mundo. Hay una luz de tarde a las 10 de la mañana cuando me levanto a hacer pipí y miro por la ventana los techos cubiertos de nieve. Anochece cuando apenas empieza a atardecer.
No se escucha nada. No hay radios, no hay conversaciones, nadie rechina las sillas, nadie hace el amor o lo hacemos en silencio, casi estáticos, casi más un bienestar, un tímido desahogo, que un mutuo descaro… con la etimología de la palabra. Pueden pasar las horas y los días, lo único que se escuchará será el leve repiqueteo de una llovizna intermitente. Ni siquiera el mundo se atreve a llover en un escándalo. Ni siquiera la nieve se anuncia, simplemente llega. Simplemente empieza a nevar en silencio. Poco a poco se acumula en las aceras, en silencio. Los termómetros públicos se suicidan, en silencio.
Paso los días metida en mi cama, o en otra, estudiando entre las sábanas, coleccionando colillas en una botella vacía de coca-cola, mirado un poster de Fight Club congelado en la pared, turnándonos la cafetera olvidada a miles de kilómetros en la cocina. La calefacción no me basta. La necesitaba cuando íbamos en los 8ºC y no la prendían para ahorrar. Me bastaba a los 4ºC. A los 0º la bendecía. A -8º me paro al lado de ella porque no la alcanzo, tanto como no alcanzo ya nada en este mundo que de unas semanas para acá se ha vuelto completamente extranjero, completamente ajeno, completamente clausurado y autista. Me hacen falta mis blusas amarillas sin mangas, las banquetas rotas por los árboles de Cuernavaca, el sol quemándome los hombros, el tráfico, el barullo, el sudor, las jacarandas. Me hacen falta mis pies descalzos. Coño, me hacen falta mis pies.
Estoy metida hasta el fondo de una chamarra polar, maniatada por bufandas hasta la nariz, fetal, sosteniéndome con las manos los dedos de los pies porque siento que en cualquier distracción se me caen, respirando hacia mí. mis ojos ya no son mis ojos, ni mi piel. son canicas frías que están a punto de caer y rodar como si tal. mis labios, mi nariz, mi piel, mis manos, mi ropa, ¿qué botas? ¿qué gorros? no soy yo. esta miniatura morena metida al fondo de tanta ropa no soy yo, aterida. a veces me da la paranoia y la histeria, reviento en medio de tanto culero silencio, porque empiezo a tomarme en serio eso de que el invierno nunca se va a acabar. y sigue: menos ocho-menos-diez-menos-catorce... cuánto quieres-cuánto aguanto.
Por que es eso, ni siquiera me alcanza el aire para separar las palabras. Ni el ánimo para abrir tanto la boca y pronunciar una mayúscula. Uno cierra los espacios para que no se cuele el frío. La nada. Sonríe. Desde el auricular del teléfono al otro lado del mundo. La únicas sonrisas que me alcanzan son burlas. Me meto en las páginas, en las sábanas. Prefiero. Porque duele salir de la cama y poner un pie en el parquet. el-frío-duele. Duele como millones de agujas del tamaño de una brizna clavándose en el alma, en el pecho, en las piernas, en el vientre pálido, en la cara transparente. Duele como abrir la puerta del bar y estrellarse contra un sólido muro climático. Duelen los sabañones rojos al tomar notas en clase, al sacar un cigarro, al tender la ropa mojada, al coger la chamarra, al tratar de asirse inútilmente a la espalda de otro, al olor de otro, a los ojos de otro que cíclicamente ha dejado de ser otro, como larva. (¿dónde quedamos, por cierto, tú y yo?) palidezco paulatina y eternamente hasta volverme incolora… da una tristeza… Cancún es Santa Claus en estas fechas.
No soy yo, soy la parodia latinoamericana de Kenny en un país donde no conocen a Kenny. Hablo lo mismo, me pasa lo mismo. Los otros se han ido. Están ahí, pero están todos ausentes. y nunca somos a solas sino vértigo y vacío, horror y vómito… dice uno que es mío. (mío, en el fondo de mí, arrinconado conmigo).
Vómito es lo que queda.
en invierno las cortinas están quietas,
frías por el sol frío del domingo
que ha guardado la tarde todo el día.
es-la solidez muda de diciembre
de pasillos vacíos,
de pisadas descalzas,
de parquet de hielo,
de sabañones,
y de cocinas olvidadas
con cafeteras en órbitas de vaho.
en invierno es inventario
es la parálisis de las cortinas,
las miradas caídas, que no son las nuestras,
como piedras caídas en su huida de este mundo.
no somos nosotros los de ahora:
somos afuera, más allá
afuera, no hay nada. el frío.
cuando seamos a fondo lo que nunca fuimos,
y llenos de mentiras nos enterremos,
ahora mismo,
en nuestros pies helados;
cuando a las cafeteras cavernícolas les llegue el momento
de pitar y bullir, de aburrición, en silencio,
cómo justificaremos que teníamos que inventarnos
cómo pueden las calles tener este silencio
cómo puede vivirse este silencio
el adoquinado mojado de allá afuera son lápidas de hielo que han enterrado a salamanca
una por una, poco a poco, en silencio
hace falta estar ya dispuestos
a inaugurar las cocinas,
a rescatar las lavadoras,
a abrir el final del pasillo
con la puerta de la entrada
sin dudar del pavimento...
Escrito en el 2003-4.
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