15 jun 2007

Serpientes y escaleras

Pensaba en Javier y en que prefería llamarlo a encontrármelo por ahí en la facultad. Había pasado la noche estudiando, como toda la semana. Preocupada por los exámenes, me preocupaba no poder dormir. Soy propensa a los insomnios, y a mitad de finales son una cosa espantosa, te rompen todos los días, idiotizan la cabeza, te plantan en una realidad paralela y todo eso mientras los exámenes siguen su curso indetenible sin nada qué hacerle ni cómo explicarle al profesor que sí estudiaste, que sí te preocupaste, que sí lo sabes pero que llevas tres días sin dormir, tres días dando vueltas en la cama, y no puedes siquiera sostener la pluma para contestar el examen. Así que, tomando mis precauciones, a media noche, hora decidida para el brake, cerré el libro y me tomé un té de manzanilla, me bañé con agua muy caliente y me puse la pijama de cuadros escoceses que me regaló mi amiga de Glasgow con la que compartía un piso el año pasado y que se fue a vivir a Perú.

A pesar de ello di vueltas en la cama varias veces. Como se sabe, al principio uno tiene esperanzas. Al principio uno piensa que cualquier momento es el momento, que está a punto de llegar, que sólo hay que dejarse ir. Respiraba, me tranquilizaba y dejaba pasar el tiempo. Pasó media hora. Una hora. Y entonces, a mitad del silencio, empecé a dudar de los ruidos.

¿Quién no los ha escuchado? Madrugada de fin de semestre, martes entre semana, en pleno barrio burgués y residencial. El silencio era tal que cualquier sospecha de murmullo sobresalía. Era eso. Era el silencio lo que escuchaba, aunque en realidad escuchara algo que se arrastraba entre los muebles. ¿Era algo lo que se arrastraba entre los muebles? Por mi parte, dejando a un lado este mundo y concentrándome en dormir, traté de convencerme de que debajo de mi cama no había, no podía haber, ninguna serpiente. Desde niña tengo alucinaciones con serpientes. Me despertaba a mitad de la noche llorando y gritando porque veía serpientes en mi cama. Mi padre se levantaba, encendía la luz de mi recámara y me mostraba que no había nada. Y yo lloraba, ya sin saber si lloraba más por las serpientes que ahí estaban, moviéndose entre las cobijas, o por la ceguera de mi padre que podía matar todas las arañas y bichos raros de la casa con uno sólo de sus zapatos, pero que nada podía hacer con mis serpientes.

Desafortunadamente uno crece y le añade verosimilitud a sus alucinaciones. Ya no eran víboras que zigzageaban en mis cobijas, sino ruidos arrastrándose entre los muebles. Y mi padre estaba a un Atlántico de distancia, y Javier no estaba porque no le había llamado porque yo no quería saber ni enterarme, y todo estaba oscuro, frío, solo y con mi desorden de apuntes de fin de semestre desde hace semanas, no se escuchaba nada. O se escuchaban cosas, pero no eran nada. Luego pensé que aunque fuera una pequeña culebra casera y no venenosa, sería terrible. Trataba de convencerme de lo difícil que sería encontrar una serpiente en la ciudad. Varias cosas me hicieron dudar del argumento: primero, la media cuadra que separa a mi edificio del río (es sabida la cantidad de bichos raros que habitan en las inmediaciones de los ríos. Baste como referencia el murciélago que en una madrugada de estudios, exámenes, humo y verano del año pasado, entró volando por la ventana que había dejado abierta. Así, entró volando un murciélago, y para esta chilanga eso era más surrealista que la policía montada de Reforma). Segundo, sabido es también que algunos niños medio psicóticos tienen afición por las peceras con serpientes aplastadas en ellas, en vez de peceras con agua y peces (variaciones de los niños que prenden fuego en las colas de los gatos y les avientan piedras a las ardillas de Chapultepec). Finalmente, esto no es la ciudad de México. Pensar en la imposibilidad de vida natural en el asfalto es una actitud muy coherente si uno vive entre veinte millones de personas y niveles de contaminación peligrosos para cualquier organismo dotado de sistema respiratorio, donde los árboles, aunque medio grises, siguen sorprendentemente en pie. Aquí no. Aquí, lo dicho, entran murciélagos por la ventana de lo más frescos.

Aún así, no me convencía mucho de que en realidad fuera posible encontrar una pitón de metro y medio debajo de mi cama, aunque odié con todo mi ser el reglamento de domesticación animal, si es que tal cosa existe, porque mi balcón había pasado todo el día abierto, y si algún vecino había tenido algún percance con alguna pecera...

Mi cabeza a las dos de la madrugada era un péndulo de la locura, fantasía, alucinación e insomnio. Los efectos tranquilizantes de la ducha y la manzanilla habían pasado mayormente, y la existencia de serpientes bajo mi cama ondulaba de un lado a otro con cada pequeño ruido de la madera de algún mueble. Son muebles, ruidos de muebles, pensé y di otra vuelta, sería la decimoquinta, buscando un lugar más frío entre las sábanas. Un golpe seco en la sala del estudio que alquilo me mantuvo un tiempo inmovilizada y atenta, a la espera de cualquier otro. Imaginé que tal vez la serpiente no estaba bajo mi cama, sino en el espacio que hace de comedor / sala / estudio / cocina que ocupa el resto de mi departamento, a parte de mi recámara y el baño. A lo mejor el golpe se debía a que la dichosa serpiente se había caído tratando de trepar algún mueble. Debería saber que las serpientes sisean cuando se ven amenazadas, pero yo honestamente no consideré que la mesa redonda del comedor ni el librero fueran amenazas para nadie. O bien, tal vez era alguno de mis vecinos tropezándose con algo. O tal vez no había escuchado nada. Es increíble lo amplificados que pueden ser algunos ruidos con cuatro de estas paredes escuálidas y un insomnio. O a lo mejor era alguien dentro de mi casa. Eso era cosa seria. Revisé mentalmente haber cerrado las cerraduras, pero no pude recordarlo. Se me borraron por completo las serpientes de la cabeza. Hacía pocos días un stalker me había molestado al pie de mi edificio. A media madrugrada, regresando de una borrachera, me jaló del brazo e intentó besarme. Primero me paralicé, después me zafé y corrí a mi edificio. Él no hizo nada, se quedó sonriendo y mirando cómo me iba, lo que acabó por desquiciarme. Puse mucha atención pero el silencio de todo me convenció de que tenía que lograr dormir, que no eran más que recuerdos, stres, exámenes y una pizca de paranoia genética.

Había respirado hondo y me había acurrucado en mi cama unos considerables minutos, cuando una picazón rara en la pierna izquierda me hizo temer arañas. Me incorporé: de un manotazo en la pared encendí la luz, y con un jalón a las sábanas dejé toda la cama y mis pies al descubierto. Me dio frío. No me atreví a moverme hasta haber investigado escrupulosamente cada doblez de cada tela y desenmascarado a los culpables. En la inspección me quedé un momento observando los bordes de la cama por si la serpiente se asomaba. Sentada, estática, despeinada con todo el pelo electrizado en mi cabeza por los intentos de dormir, y en pijama escocesa, vigilando con precaución militar los finales de mi cama bajo la luz floja de quince watts de la lámpara a la que le faltan dos de tres focos, salté de repente cuidándome la retaguardia —las serpientes pueden salir de cualquier lado. Me encontré medio arrodillada en mitad de la cama esperando el ataque estratégico del reptil, si es que las serpientes lo son, cuando me acordé de la araña que estaba sobre la cama. Descubrí un puntito negro en la sábana. Recordé que hace pocas noches pasé treinta minutos analizando una pelusa de calcetín que, porque los lentes los tenía en el comedor, confundí con el cadáver de una arañita. Me di profunda vergüenza y verifiqué que las persianas del cuarto estuvieran cerradas, pensando en la pena que me daría si algún vecino del edificio de enfrente hubiera sido testigo. Regresé a dormir.

No sin antes sacudir la colcha y volver a tender la cama, pero sin poner los pies en el suelo, no fuera a ser que alguna serpiente de verdad se hubiera escondido debajo de la cama. Justo después de apagar la luz, se repitió el golpe seco del comedor. Cerré los ojos bajo la confirmación de que había alguien en el departamento. Este allanador de estudios es muy estúpido, pensé, y en un frenesí de valentía volví a prender de un golpe la luz. La osadía cesó ahí y yo ya no me atreví a hacer ningún otro movimiento. Esperé que algo pasara, como si la luz asustara a la gente que irrumpe en casas ajenas. No pasó nada. El viento, que estos días ha soplado muy fuerte, sonaba en la ventana haciendo temblar las persianas del balcón.

El miedo se quita enfrentándolo, me dije, sin saber muy bien si era una frase dicha heroicamente por mi padre o más bien citaba algo que había oído o leído en alguna narración dramática y, si el caso, bastante cursi. Con un suspiro me levanté. No había de otra, si no verificaba nunca más iba a poder dormir y a la verga mi examen de teoría del arte. Puse los pies en el suelo de madera apenas iluminado, mirando fijamente mis tobillos, no fuera a ser que la serpiente decidiera atacar en ese momento, uno después de otro, y miré al quicio de la puerta esperando no encontrar a nadie.

Salí a la oscuridad. Aterrada quería disimular dominio de mí misma, di unos pasos en búsqueda, aparentemente normal, del interruptor. Como si me levantara por un vaso de agua, pensé. Dos intentos fallidos me hicieron manotear frenéticamente en la pared y tropezar con el banco de la lámpara, escándalo de por medio, antes de poder iluminar la estancia y comprobar que, evidentemente, estaba sola en mi locura. Es fácil abarcar todo el estudio con una mirada. Me tallé los ojos y pensé en lo estúpida que había sido. Fui al baño.

Mientras hacía pipí me estiré un poco y corrí la cortina del baño. No, nadie se había escondido en la tina. Al salir del baño supuse que hacer lo mismo con el clóset sería ridículo (además podría afectar gravemente los niveles de cliché en mis alucinaciones). Me lavé las manos, me eché agua helada en la cara, hacía frío y la llave del agua caliente no funcionaba. Tomé un poco de agua con la manos, por la pura hueva de no sacar un vaso y luego tener que lavarlo, y me fui a dormir. Sólo por no dejar, antes de entrar en el cuarto me asomé y a cierta distancia miré debajo de la cama. No, no había serpientes. El parquet se continuaba brillante hasta el otro extremo de la pared. En segundos apagué la luz y me metí tranquila a la cama, pero justo antes de acostarme volví a prenderla: no, debajo de la almohada tampoco. Me recosté y suspiré: mañana mismo le llamo al psicoanalista.


2. Di unas vueltas más en la oscuridad. Recordé un remedio que leí una vez contra el insomnio: imagine que llega exhausto de la ofinca, se quita el saco y lo deja caer en el sofá. Imagine que usted mismo es ese saco. Y ahí estaba yo, imaginando que era un saco. Imagine que descansa sin preocupaciones, que es una cosa, que se queda ahí tal cual lo aventaron. Y mis brazos eran los dobleces del abrigo y no me movía nada porque estaba aventada en mi cama después de la oficina. Al mismo tiempo me decía a mí misma que no tenía ningún tipo de trastorno mental grave, que todo mundo alucina. Sabía que no era cierto, pero también sabía que necesitaba creerlo para dormir, y dormir para no tenerlo. Trataba de dormir, respirando pausadamente, inhalando-exhalando.

No sé cuánto tiempo pasó. Volví a escuchar ruidos en la sala. Los ruidos despabilaron mi medio sueño de auto hipnosis de terapia confirmativa. Había sido el mismo golpe seco, lo escuché claramente, y había sido dentro de mi casa. Había tanto silencio, y estaba tan concentrada que lo escuché sin ninguna duda. Eso no podía ser una alucinación. Eran tan real como que yo estaba respirando. Me callé a esperar otro ruido, esas veces que escuchas algo pero no se vuelve a repetir. Me calle a esperar no escuchar otro ruido y volver a dormir. Pero lo escuché, a mitad de mi silencio: otro ruido. Alguien caminaba en la sala, no, alguien caminaba en mi cuarto, y no había acabado de darme cuenta de esto cuando rechinaron los resortes de mi cama.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusta, me gusta leerte.

ix dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ix dijo...

mmm... a éste no sé qué le falta o qué le sobra pero anda todo chueco y medio paralítico, por más que lo mirmo y lo miro. Lee otros mejor.

Alejandro Vázquez Ortiz dijo...

hojeando a Arreola me encontré un cuentito y me trajo a la memoria este otro suyo...

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/arreola/migala.htm

crei que se trataba de arañas, pero no, resultó que eran serpientes... pero la paranoia es la misma, ¿no?

da yuyu...

por cierto, ni le sobra ni le falta.

salud!

Alejandro Vázquez Ortiz dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Alejandro Vázquez Ortiz dijo...

diantre, que no sale...

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/
arreola/migala.htm

(la separación tu la juntas... de todas maneras si pones en google arreola y migala seguro te sale)

salu!