la UNAM, la novia, lo que hay que leer y leer, el tiempo que apenas alcanza para meter el café para llevar, horas de tráfico. Me aprendo los semáforos de Insurgentes de memoria, me aprendo los baches nuevos de memoria, y es cuestión de unos volantazos recordar los viejos, que siempre se hacen en el mismo lugar; paso el día en la UNAM, desayuno cuatro tunas que mi novia se voló de su casa, me termino el café que traía desde el otro lado de la ciudad, me compro otro en la Central, platico con el encargado, me dice lo que hizo el fin de semana, me dice lo que piensa de la política (siempre es lo mismo); le compro un periódico al señor bizco de la entrada; leo en los jardines de rectoría, leo un artículo de paradojas que era para la semana pasada y me entretengo resolviendo problemas de lógica, leo la Jornada el lunes después del informe, leo una historia universal de Kant de 30 páginas, leo Nexos que me remite mis clases de filosofía política, a artículos de la revista El País que leí hace años, a comentarios de profesores, a mi madre, nunca a la revista misma. Leo por secciones, por autores, por párrafos o por inicios de párrafo. Paso páginas. Si hace sol me quedo dormida sobre los papeles a mitad del jardín, si hace frío me tomo otro café y me siento en el pasillo del tercer piso, con las nalgas heladas a leer un libro que compré por capricho y que resulta ser la redacción clara y argumentada de mi idea de tesis, o al menos parte de. L. Olivé, 1996. Más bien me emociono. Tengo clase, me vuelvo a emocionar o me vuelvo a adormecer, a veces las dos cosas, por etapas, en el mismo par de horas. Las cosas avanzan lento o impresionantemente rápido: semestres enteros para aclarar una idea, o una sola clase. Salgo, termina, guardo mi libreta, agarro mi café, compro un dulce, mando un mensajito, me meto dos horas en la biblioteca a leer a Humboldt, me da frío, salgo a otra clase, hago una fila imaginaria para comprar un café en los del EZ, una clase, dos clases, tres clases, horas muertas, artículos leídos a párrafos, capítulos de libros leídos cuatro veces, tacos de pollo con salsa verde, más café,
atardece en las ventanas, el profesor habla lento, mira su escritorio, busca una palabra, la dice, nos mira, sigue hablando, somos 10. Después de algún énfasis las plumas se agachan a escribir. Alguien rechina la silla. Silencio. Luego el profesor sigue hablando, afuera ya es de noche, los bochos de la UNAM patrullan. El profesor mira la ventana y a las 8 de la noche dice: aquí lo dejamos.
atardece en las ventanas, el profesor habla lento, mira su escritorio, busca una palabra, la dice, nos mira, sigue hablando, somos 10. Después de algún énfasis las plumas se agachan a escribir. Alguien rechina la silla. Silencio. Luego el profesor sigue hablando, afuera ya es de noche, los bochos de la UNAM patrullan. El profesor mira la ventana y a las 8 de la noche dice: aquí lo dejamos.
Luego de dos tacos de chicharrón y/o una parada en el Oxxo, llego a mi casa una hora después, leo tres capítulos de Locke al ritmo de tres vasos de jugo de manzana, me quedo dormida, sueño con antros gays y multas de tráfico.
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