29 sept 2007

Día en el mecánico

Escrito a finales de octubre del 2007
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"Sólo el recién llegado puede ver la cultura", dice alguien que no recuerdo.

Tomando en cuenta esto, simplemente lo escribo antes de que se me vuelva costumbre:

Me levanté temprano porque hoy probablemente haría más tiempo a la UNAM. Escuché medio dormida a Carmen Aristegui y a mi novia que se ofrecía a hacer el café de la mañana mientras yo acababa de despabilarme. Me acabó de despertar el mecánico, con una llamada telefónica, a las 8:30 de la mañana, donde me pedía permiso para bajar la bomba hidráulica de mi coche. Ante mi silencio, me aclaró rápidamente: "Es que su clutch es hidráulico". Ajá. Me explicó varias cosas que yo no alcancé a entender, en parte porque no entendía de qué me estaba hablando, en parte porque arrastraba las palabras con un con un acento que no quería dejarse entender, hasta que aclaró "Mire, ya bajamos el clutch, pero como es hidráulico pudo haberse metido hasta la bomba" (momento de silencio, seguía sin entender) "…que también es hidráulica." Aclaró. (Silencio y mientras me pregunto a mí misma qué está pasando) "En el momento en que se le tronó." Dice, ya más bien molesto por su monólogo automotriz. "No pus sí, bájelo" Decidí, más por una convicción de tipo analítica que sintética: ni modo que no. "Se lo entregamos el lunes. Serían 2,800... hasta ahora", todavía dijo.

Terminé de escuchar lo referente a la auditoría de Fox. Apagué el radio a las 10 y a las 11:27 bajaba las escaleras de mi casa, con un café, dos quesadillas, un cereal y sin bañar. Caminamos rápido porque mi clase empezaba a las 12, y por eso mismo tomamos un taxi hasta Insurgentes y Viaducto, por Periférico. Fueron 25. El taxista nos preguntó, mientras pasábamos la salida de Revolución, si sabíamos si por ahí era peligroso. La pregunta me desconcertó: ¿nos veía cara de oriundas de esa esquina? ¿qué no él debiera de saber mejor? ¿es un prejuicio creer que él debiera de saber mejor? ¿le veía cara de oriundo de un lugar parecido? ¿nos estaba probando? Le dijimos que, en todo caso, no lo creíamos. Agregué, además, que los chicos de esa esquina eran muy simpáticos. Les regalo cigarros cuando paso por ahí y ellos me dicen “gracias guapa”. Cuando no traigo me lavan el parabrisas gratis.

En Insurgentes caminamos hasta la esquina, cruzamos la calle, nos detuvimos en el camellón, giramos a la derecha y entonces subí por primera vez la rampa del Metrobús. La había visto un millón de veces desde la ventana del coche. Había estado en esa altura de Insurgentes demasidas veces para poder recordarlas. Nunca, me percaté en ese momento sin poder decírmelo en palabras, había mirado Insurgentes desde el pabellón, y nunca había subido con mi propio pie la rampa que había visto subir a otros hasta volvérseme costumbre.

Entramos con la tarjeta de mi chica (no sabía que se usara tarjeta) y nos fuimos paradas. Tampoco sabía que tuvieran televisión, aunque no es exactamente eso. Donde estábamos no había ventanas, estábamos cara a cara. La miré. Nos quedábamos calladas. Nos acercábamos, hablábamos no sé de qué, porque ahora que le pregunto no puede concentrarse por que está dibujando. La veo por el espejo mientras me dice "dame dos segundos". Se bajó en su casa. No pude bajarme con ella, aunque las dos íbamos a la UNAM, porque iba tarde para mi clase. Pasé el resto del camino mirando alternativamente las caricaturas y las ventanas, y pensando que ésta sería una buena oportunidad para seguir definiendo elementos de mi tesis, o mejor dicho, encontrando los ejemplos de un par de elementos que son tesis de otros. Oralidad, Cultura, Naturaleza, Escritura. Una pareja de policías caminaban mirando los bolsos y de arriba a abajo a las personas. Un cuate pasó con lentes rojos de caricatura. Una chava se había amarrado el pelo con una bufanda de colores, una señora iba excesivamente maquillada y miraba paranoicamente, otra señora traía unos zapatos muy extravagantes. Otra señora traía ropa chafa y sin combinar. Un señor viejo y de traje se bajó en el Poliforum.

Llegando a la UNAM las banquetas inexistentes, rotas, pequeñas, jardineras que son basureros, una casa en remodelación y un perro callejero durmiendo entre dos anuncios, la hora del tráfico donde nadie debería salir porque es como una avalancha mortal, los puestos de periódicos como túneles en las banquetas, los coches que en el alto se paran hasta el límite de la otra calle, dejando nada de los pasos peatonales, un policía que mira con desprecio al ¿albañil? ¿jardinero? ¿vigilante? ¿multichambas? indígena que camina a mi lado, el mismo multichambas pidiendo, diciendo, dejando apenas dicho "permiso" mientras sale de un edificio, del edificio de la Conagua; la UNAM finalmente: 12:07.

Todavía alcanzo a entrar a clase, mientras respondo por mensajito un malentendido provocado por no bloquear el teclado de mi teléfono. La profesora avisa que todavía se tardarán unos cinco minutos en empezarla por fallas técnicas. Dejo mis cosas, aparto una de las 50 sillas, y salgo por un café que no acaban de darme porque se trabó la cafetera y parece que los 5 ya pasaron. Entro tarde.

La clase es acerca de Starbucks, el plan Puebla Panamá, el Banco Mundial, las políticas de desarrollo en sustitución a los apoyos financieros, la hegemonía, los acuerdos, las decisiones que se imponen y las decisiones que no pasan por un estudio universitario local, por una identidad local. El G8. La identidad, pero no se habla de la racionalidad o de valores, se habla de política y de hechos.

Se

Se acaba, se abre el salón, entra la luz, la gente se mueve y a alguna parte de mí le parece que me había olvidado del mundo afuera, en los pasillos. Salgo al pasillo, multitud de gente, sandwiches, topers con ensaladas, fruta, 2:00 pm. Ale me espera al final del pasillo, sentada en el piso, recargada en una puerta cerrada, con sus audífonos. En la pared de enfrente, en un puesto improvisado de café en apoyo a los hermanos Cerezo, reclamo el café que ya había pagado y que me exenta de la obligación de hacer cola, por lo que recibo una que otra mirada de reprobatoria de parte de los que esperan la cafetera cavernícola. Ya a lo lejos escucho la explicación del expendedor de café atrasado.

Subimos, bajamos, trámites, horarios, burocracia, terminamos sentadas o acostadas en un cuadro de jardín al lado de rectoría. Los jardines están llenos de viernes. Las bancas están llenas, de cabo a rabo, de gente sentada, hablando, planeando, moviéndose, fumando, tomando; la gente llega o se va o regresa, prende un porro, pide permiso en su casa, habla por teléfono. Un botellón improvisado y sin censura, relajado por el sol, la media tarde, los planes a medias armados.

Ale me mira sonriendo, mira mis ojos como si no me mirara, mira mi boca y sonríe sarcástica, se enreda en mis piernas, me besa, la miro, sonrío, hago bromas, se me olvida dónde estoy, lo recuerdo. Hablamos a dos centímetros, me alejo, se acerca, me pongo nerviosa y así toda la tarde.

Caminamos hasta Insurgentes y tomamos el Metrobús de regreso, un coche intenta pasarse el alto peatonal, un peatón, con toda la pinta de la UNAM, se le para enfrente, alza los brazos, se menea y le reclama, los alza tanto y hace tanto manoteo que él mismo no puede aguantar la risa. Alcanzamos dos asientos, miro Insurgentes por la ventana: los bares se llenan, la gente está tranquila, el sol pega tranquilo, hace mucho calor, mientras Ale quiere besarme yo pienso en los señores que vienen sentados atrás. No es que sea closetera (que lo soy), sino la costumbre del coche, de andar por mi vida a solas. El metrobús se llena, casi nadie nos mira. Un par de chicas en frente, una sentada y la otra parada a su lado, hablan, se arreglan mutuamente el cabello, se acercan, chismean. Amigas. Ale y yo nos miramos a punto de besarnos, una de ellas nos mira. No es una mirada agradable, tampoco recriminatoria. Entre sorpresa, disgusto, curiosidad y tolerancia, en ese orden.

Nos bajamos una después de Nuevo León, caminamos por calles que no conocía. Tlaxcala. Un IMSS. Edificios de hace ¿30 años? De la época del comunismo (¿?). Hablamos de los acuerdos. De la importancia de tener acuerdos. Nos besamos cuando nadie mira hasta que alguien mira, y caminamos. Pasamos por un Starbucks. Le hablo de mi clase. Armamos proyectos, un viaje a Chiapas, documentar la situación de los cafetaleros que le venden a AMCSA, que le vende a Starbucks, queremos plantarnos frente a ese café y pasar el documental que todavía no existe. Nos encontramos a un amigo suyo, un argentino. Llegamos a la Sex Shop donde trabaja Papa, pero no está. Vamos a la mezcalería, la de Alfonso Reyes todavía está cerrada, damos unas vueltas, en Campeche Dalú está abriendo la otra. A penas está barriendo, pero nos saca una mesa, dos sillas y nos sirve dos cervezas. Es la mesa VIP, decimos. Pronto alguien más se acerca a preguntar si ya abrieron y Dalú, frente a nosotras, le dice que no. Papa cae, eventualmente y también eventualmente la mezca acaba de abrir. Ale le enseña su libreta, yo divago. Quedamos en pasar al rato a su trabajo a ver la libreta de papa. Pagamos la cuenta, andamos por ahí, nos fumamos un porro (cosa extraordinaria porque yo, como siempre traigo el coche, nunca fumo en la calle), pensamos en tomar un taxi, pasamos donde papa, pacheca miro unos dibujos y son increíbles. Con detalle, uno tras otro, todo un cuaderno Scribe lleno de dibujos hechos con marcadores de colores. Como estoy pacheca, autisteo al extremo. Casi no conozco a Papa. La miro, le sonrío, me cae bien, dejo de mirarla, busco mi mochila, miro penes de plástico. No sé si cuando fumo mi cabeza va tan rápido que es imposible hacerme cargo de la realidad que sucede a mi alrededor, o si más bien mi cabeza va tan lento que no me alcanza el disco duro. El efecto es el mismo en todo caso.

Decidimos caminar unas cuadras en vez de pedir un taxi. Entramos a un Oxxo, Ale se roba un boing de mango, y yo le vuelvo a soltar la misma perorata acerca de los acuerdos sociales y cómo la deshonestidad traiciona el vínculo mismo del derecho, de la igualdad, de aquello que nos salva de ser violadas o que nos mantiene en su lugar el clítoris en vez de ser mutiladas. Caminamos desde Tamaulipas hasta Mazatlán, caminamos más porque no quiero tomar un taxi, acabamos sentadas fuera de un edificio casi llegando a Patriotismo, y discutimos. Hablo sobre Stuart Mill, Locke y Kant sin mencionar a ninguno, intento explicar. No sé si explico algo verdadero o algo que sería chido que fuera verdadero. Sigo pacheca y Ale acaba por reírse de mí y de mi nula argumentación, me dice estás pacheca, estás pacheca, con su risa de diez kilómetros de diámetro, y yo acabo por reírme también, sin la costumbre de reirme así, sin maldad. Damos por terminada nuestra sesión de las escaleras y caminamos.

Caminamos tanto que cruzamos hasta la colonia de enfrente. Pasamos por un puente peatonal que que seguramente había cruzado (por debajo, en mi coche, a 80 km por hora) pero que nunca había visto. Las escaleras del puente colindan perfectamente con las ventanas de una casa de cristales grises, pintadas de grafitis y vista panorámica y de media tarde a la iglesia. Es una iglesia viejísima, se nota. Ha de haber sido de las primeras cosas que se construyeron por el rumbo. No tengo idea de qué fecha. ¿La Revolución? ¿La Independencia? Y ya entrados en historia, ¿qué clase de fanatismo me hace escribir esas palabras con mayúscula? Subo las escaleras exteriores para acercarme a leer la pared de la iglesia. No dice la fecha. Dice algo de una señora. Dice: nuestra señora de no sé qué. No recuerdo qué más. En la puerta hay un papelito pegado que parece más interesante: se dan clases de flauta y para primera comunión los viernes y los sábados. En lo que yo hago todo esto, Ale se me desaparece. Me asomo pero no está en la calle. Entro. Hasta el fondo hay una representación que parece una boda. A lo mejor es un ensayo. A lo mejor es una cátedra de superación personal. Me fijo en los asistentes pero no logro identificar más que un ñoñismo generalizado. Y mirando más fijamente veo que Ale se está paseando atrás del altar. Me entra un sentimiento entre admiración, fanatismo, ganas de coger y ansiedad por imaginarme a un padre defendiendo su capilla. Pero Ale mira respetuosamente la decoración, logra pasar casi desapercibida y regresa por el otro lado, ya sin fijarse mucho y más contoneándose sexosamente y pensando probablemente en pajarillos inofensivos que miran cuadros de van Gogh y toman wisky o fuman porros mientras toman misa y recuerdan los museos. Inofensivos en todo caso. Ale llega, finalmente, con sonrisa de aquí estoy y me planta un beso. Yo estoy tremendamente pacheca, estoy tan pacheca que ni siquiera me he atrevido a caminar por el lugar por miedo a que se me note y acaben echándonos, así que me dejo besar, es ella la que se toma su tiempo. Yo, lo he dicho, en esos estados no me ocupo de cosas tales como la realidad sino en tratar de unir las diferencias epistemológicas de la ética de Kant y Locke, o, en esos momentos, más bien se me venían de golpe la historia completa del papa, Roma, la inquisición, las estrellitas que sentía y el placer, hasta que ella se rió y salimos corriendo. Ya en la esquina, retomando la respiración, me doy cuenta que el mejor beso que pudiera tener en mi vida acaba de pasar.

Caminamos, caminamos. Llegadas a Chapultepec y Reforma tuvimos que tomar un taxi para cruzar la enredadera de calles, luego caminamos hasta Auditorio y paramos a un pesero. Pasamos túneles, calles, banquetas inexistentes, puentes peatonales, caminitos en el bosque, laberintos de pasajes, plazas que nunca imaginé que existieran, exposiciones de Reforma, paradas de microbuses llenas de charcos y de tacos y de niños tironeados por sus madres, todos los detalles sobresalían de cultura, no había una cosa que me pareciera normal, era como si Ale me hubiera agarrado del cuello de la camisa y me hubiera sumergido de golpe en una cubeta fría de cultura mexicana: andaba siguiéndola, mirando todo lo que no me cabía en los ojos, con una constante ansiedad que oscilaba entre me tengo que acordar de esto y si me detengo a recordarlo me voy a perder los siguientes cinco metros.


9 de la noche. Voy subiendo las escaleras de mi casa. Me doy cuenta que ése es el primer lugar que habitual que piso en mucho tiempo.

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