17 oct 2007

Tragedias argumentativas


Existen en nuestra sociedad, de repente, algunos punto de vista que siempre me han parecido sospechosos, sin saber justificar exactamente por qué.


Ésa ha sido una de las grandes tragedias de mi vida: tener que darle la razón a un imbécil-repite-clichés sólo por la tremenda mudez que me nace a la hora de explicar por qué eso que se dice no puede ser verdadero.


Verdades lapidarias que no son ciertas, pero que están tan arraigadas en la habladuría común, que son verdades lapidarias. Se dicen, se pronuncian, y como un hechizo mágico se aplasta la discusión, se la agarra de los pies, allá donde andaba volando, al suelo. Se establece la verdad, a callar.


Así me he quedado, entre la ardidez de haber perdido una discusión a pesar de tener la tremenda ventaja de tener a la verdad de mi lado, y la perplejidad de no saber por dónde se me escaparon las palabras que llegaron hasta ahí. El que nada debe nada teme. Cuando escuchaba a alguien pronunciar esta frase, desde mi más tierna infancia me entraba un rush dermatítico en la garganta, y me lo tenía que aguantar yo solita a riesgo de perder cualquier credibilidad social soltándome con una repetición encadenada de acusaciones más ahogadas que argumentativas.


Cuando era niña me quedaba callada. Sabía que no era cierto, pero debo de haber pensado que no era posible que alguien me pudiera estar mintiendo tan directamente en la cara, debo de haber concedido que en algún lugar del razonamiento había un error que ni el otro ni yo podíamos identificar. Al crecer me di cuenta de que no era un error argumentativo, sino una terrible ceguera social: decir simplemente que no es cierto que en México sólo se juzga culpable al que es verdaderamente culpable. Decirlo simplemente. Tan sólo poder pensarlo es una liberación.


Para mí crecer ha sido encontrar las palabras que describan este tipo de atrocidades argumentales.


No todas las verdades lapidarias, sin embargo, son del tipo refutación-por-contrastación-con-la-realidad. Otros muchos tipos de argumentos sospechosos sobrevivieron mi adolescencia. Tal vez por eso, o por una ignorancia incomensurable, me puse a estudiar filosofía. Situación que al principio resultó contradictoria porque los primeros dos años no sólo me quedé igual de silenciosa sino que incluso se me borró el rush dermatítico de la garganta. Impávida es una palabra que describe bastaste bien mi situación emocional durante los primeros años de la carrera. Ante el peligro de anestesiarme contra las injusticias y tropelías argumentativas de este mundo, me receto un noticiero con la mayor frecuencia posible. (Tropelía: Arte mágica que muda las apariencias de las cosas. tm atropello o acto violento cometido, generalmente, por quien abusa de su poder). Sin ellos, hace tiempo que me hubiera convertido al solipsismo de la misma manera que otros se hacen católicos, deportistas o capitalistas. (Solipsismo: forma radical de subjetivismo según la cual sólo existe o sólo puede ser conocido el propio yo).


Leyendo un párrafo de Derrida me ha quedado claro otro tipo de argumentos que tampoco me convencen y contra los que poco puedo hacer: los del término medio. Los que en cualquier discusión siempre abogan por un término medio, ni muy para allá ni muy para acá; hasta llegar al ridículo de decir cosas como "un diplomático no miente exactamente, aunque tampoco diga la verdad tal cual" --sonrisa de por medio. O "no es que sea corrupto pero también entiende que en política la gente no puede ser tan inocente".


Santo remedio. Con estas personas ya sabemos que en cualquier disyuntiva hay que tomar partido por los dos bandos. Ya me imagino en el coche sobre viaducto a 100 k/h ¿guey, ésta es la salida? y el eterno diplomático: No es que ésta sea la salida pero también entiende que no puedes quedarte en los carriles centrales.


Acerca del reconocimiento, por parte de Chirac, de la culpabilidad del Estado Francés durante la "Ocupación" (nazi en Francia, hay que decirlo por más que a los franceses escribirlo con mayúscula les parezca ya subrayar una obviedad), en la WWII:


...al no declarar oficialmente la que es ahora una verdad histórica de Estado, los presidentes anteriores, desde de Gaulle hasta Miterrand, ¿incurrían en mentira o en disimulación? ¿Tenemos derecho a decir esto? ¿Podrían ellos, por su parte e inversamente, acusar a Chirac de mentir? ¿Podemos hablar aquí de mentira? ¿es éste un concepto pertinente? Y en este caso, ¿cuál sería el criterio de mentira?...


J. Derrida, Historia de la mentira: Prolegómenos, 1995



Hay cosas para las que no hay término medio. Lo sabemos en matemáticas, lo sabemos en ciencias, pero parece que es un principio (el de no contradicción) que gracias a una vulgarización de la relatividad einsteniana no aplicamos a nuestros pensamientos sobre política.


Por cierto, una expresión que se acerca más a la verdad es la latinoamericana Quien tiene rabo de paja, no se arrima a la candela.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Alejandra: antes que nada darte la gracias por pasar por mi blog de la coctelera y dejar tu comentario. La frase que ahí se acuña tiene, ahora lo se, muchos significados segñun sea la situación o el lado donde se encuentre quien la enuncie. Creo que a la mentira hay que verla como un mecanismo de defensa utilizada por los seres humanos en determinadas condiciones de amenaza o de incertidumbre. No soy filosófo, aunque tengo algo de eso, y por lo que veo el término hay que abordarlo desde una postura filosófica para entender mejor su esencia. Te agradezco me indiques una ruta como la referencia que citas de Derrida, que por cierto no he tenido la dicha de leerlo. Hasta luego y que estés bien.