20 abr 2008

Avenida de los Reyes de España número 20

Esa noche debía estar estudiando. Más o menos lo había intentado, tenía hecho café y había estado leyendo en el sofá. La verdad es que llevaba ya una hora frente al espejo del baño, entre platicándome y depilándome las cejas.

En ese entonces vivía en un estudio apenas diminuto y perfecto. Era un estudio de menos de 20 metros cuadrados, tal vez 15. Tal vez incluso 10. Entrando al estudio uno se encontraba con un pasillo cuyas paredes eran clósets, la puerta a un baño de cortinas satinadas, una cocineta y una pequeña sala de estar que tenía un librero grande, un sofá, una mesa de centro, un comedor redondo, calefacción y un balcón. Hacia la derecha, en un espacio aparte, había un cuarto del tamaño prácticamente exacto de una cama matrimonial. La cocineta en dos metros cuadrados conjugaba una parrilla eléctrica, una lavadora, un refri pequeño, una tarja para lavar trastes y dos estantes de alacena para guardar en una la comida y en otra la vajilla. Vajilla que consistía en un juego de platos de plástico, parte de mi colección privada de subsistencia, más los vasos y tenedores que venían incluidos con el estudio. La cocina estaba separada de la sala por una persiana de bambú, el detalle era inderrochable.

El anuncio a través del cual encontré el departamento no era especialmente llamativo. ESTUDIO AMUEBLADO. 350 EUROs. AV. DE LOS REYES DE ESPAÑA 20. La señora con la que hice la cita y que se ofreció a mostrarme el lugar me pareció especialmente simpática, digamos normal. Una calificación de normal en una ciudad en la que casi todos los adultos me hablaban desde un universo paralelo, era ya mucho decir. Metida en sus cosas, concreta en sus comentarios, para nada histriónica, nos citamos de nuevo para firmar el contrato.

En el edificio había 149 estudios parecidos al mío, más los áticos. Era una mole inmensa perforada por pasillos que se multiplicaban, doblaban y bifurcaban hacia todas direcciones. A veces por un mismo pasillo de subían unas escaleras que no conectaban a otro piso, sino al mismo desnivelado. Nunca conocí el edificio completo. Ni siquiera conocí por entero el piso donde yo vivía. Quedaba a media cuadra del río, tenía una escuela primaria en frente y además un parque a dos calles. Los edificios de la zona se agrupaban a través de una red de corredores peatonales con escaleras que subían, bajaban y desembocaban en la avenida principal o en la ribera. La cosa no podía estar mejor.

Me mudé jubilosa y acomodé mis libros en el librero. Puse fotografías en las paredes, contraté internet, abrí las puertas del balcón que daba, precisamente, hacia el río, y me sumergí durante meses en lecturas que únicamente se veían interrumpidas por cervezas en el centro de la ciudad y murciélagos que entraban por las ventanas en noches de verano. Un italiano también anduvo por ahí en esas fechas.

Aquella noche estábamos a 4 grados sobre cero, saliendo del invierno. La calefacción estaba puesta y yo andaba con una playera roja de mangas cortas. La semana pasada nos habíamos levantado con la noticia de cuatro bombas en Atocha. La universidad estaba helada. Habían puesto pantallas en los pasillos donde se pasaba a toda hora el noticiero, y a toda hora imágenes de la estación de trenes. Entrevistas con políticos, con policías, con analistas. La gente caminaba a un lado y otro del pasillo. Se suspendieron las clases, por supuesto, pero nadie quería irse de ahí. Todo mundo estaba histérico, se alzaba la voz por nada o se dejaban las preguntas sin contestar, se escuchaban reclamos por comentarios estúpidos, lamentos, mujeres llorando a veces. Yo anduve todo el día con el corazón como saltado, como erizado. Incómoda. Enojada. Ansiosa. Como si una mano me apretara en su puño el estómago. Un par de veces quise llorar, pero me contuve; aquello era impertinente como llorar en un entierro ajeno. Pero no era ajeno.

Aquel día me regresé caminando sola a casa. Compré el periódico de la tarde, y pasé el resto del día sentada en el sofá perdiendo la mirada en algún punto del librero. No prendí la radio ni puse música. Nadie lo hizo en el edificio. Comí algo y contesté llamadas diciendo que sí, bueno, sí estoy bien; pues todo mundo histérico, te imaginarás. No, no se sabe. El informativo lo pasan hasta las 9. Sí. Pues nada, aquí. No sé qué hacer.

A las 9 prendí el radio y escuché las noticias. Aquel día aún no se sabía si había sido ETA o Al Qaeda. Algunas noches después nos reunimos en mi estudio, saqué una caja de hojas bond y varios marcadores. Hicimos pancartas improvisadas contra la guerra en Irak y salimos a pegarlas en las calles, una noche antes de las elecciones. «LAS BOMBAS DE IRAK ESTALLAN EN MADRID» «SACA A ESPAÑA DE IRAK» «NO VOTES POR EL PP» «PP TERRORISTA» «SACA A ESPAÑA DE IRAK». Ganó Zapatero, y sacó a España de Irak. Por aquellos días, también nos fuimos a Madrid a hacer bola.

Pero para eso todavía faltaba mucho, de momento yo me platicaba frente al espejo. Eran aproximadamente las tres de la mañana y unos gritos en el pasillo interrumpieron mi monólogo susurrado. Eran gritos aterradores; el corazón volvió a erizárseme. Imaginé que era mi vecina. A mi vecina siempre la golpeaba su marido, y ella de vez en cuando salía corriendo por los pasillos buscando ayuda. En esas ocasiones yo siempre me pegaba a la puerta y me asomaba por la mirilla. No sabía si abrirle o no. Evidentemente yo tampoco quería meterme con su marido. Pensaba que algún otro vecino debía abrirle la puerta, no yo que peso 50 kg. Algún otro. No yo. Bifurcaciones que por supuesto me harían acabar en alguna otra madrugada frente a algún espejo cuestionando el imperativo categórico. En alguna ocasión terminé golpeando mi propia puerta, con un enojo que nadie ha de haber entendido. De cualquier forma sabía que si se acercaba lo suficiente le abriría, así que me asomé.

Lo que vi fue un chico más o menos de mi edad que corría por el pasillo golpeando puertas histéricamente y diciendo abran, ¡abran! Apenas me había dado cuenta de lo que sucedía cuando el chico ya corría hacia mi puerta para golpearla, así que le abrí. Yo despeinada y cafeinada, me miró pasmado dos segundos, pálido, y me dijo “se está quemando el edificio”.

2.
Mi primera reacción fue mirarlo como si no supiera lo que significaba «se está quemando el edificio». Lo que hizo entonces fue señalarme el final del pasillo. Di un paso hacia afuera y me asomé. El final del pasillo era el final de nuestro pasillo, que después de unas escaleras se doblaba en un codo hacia la derecha y continuaba hacia otros pasillos. Vivíamos en una de las esquinas, quedábamos muy lejos del cubo de las escaleras, para llegar hasta ellas y salir del edificio todavía había que cruzar un tramo. El humo salía a borbotones como una cascada pegada al techo, mucho más rápido de lo que podía entender. El chico me gritó que me saliera ahora, me dijo sal, vete ahora, y se dio media vuelta, corriendo hacia el otro lado, hacia el final del pasillo emparedado a seguir tocando puertas. ¿Qué haces? me dijo, ¡vete!

Hay que llamar a los bomberos ¿no?, recuerdo habérselo dicho exactamente así, con ese ¿no? estúpido que cerraba un enunciado, confirmando que no entendía nada de lo que sucedía; regresé como flash al estudio, me metí los cigarros y las llaves a la bolsa del pantalón, tomé el celular y el teléfono inalámbrico, dando vueltas y tartamudeando le expliqué a una desconocida que se estaba quemando el edificio, que vivíamos en Reyes de España número 20, que no sabía qué estaba pasando, que nadie lo sabía, «se está llenado de humo», se lo dije desesperada; me tardé en comprender mis propias palabras el tiempo que me tomó pronunciarlas. No antes.

Cuando regresé al pasillo ya había muchos más afuera. Me di cuenta que el final del pasillo ya no se veía, y que ya era muy tarde para salir del edificio. Seguí tocando puertas, despertando a la gente. La anciana del 241 tardó en responder. Me abrió la puerta con su metro y medio de altura, y me preguntó enojada, fastidiada pero qué pasa, ¿qué es todo esto?, ¡Hay humo en el edificio señora! le dije, ¿qué hay un oso en el edificio? me contestó. ¡No señora! ¡Humo! ¡Humo! Y se lo señalé. Al señalárselo aproximadamente la mitad del pasillo donde estábamos ya estaba cubierto de humo gris, de borbotones de humo gris. Un olor ácido, a quemado. El humo era tan denso que no se podía ver a través de él. Se empezaban a escuchar gritos tenues, preguntas hechas de un lado a otro del edificio, indicaciones, gente asustada.

Cuando no hubo más puertas qué tocar no supe qué hacer. La gente había salido como tromba y se apañaban unos a otros sobre la única ventana que daba a la avenida. Se empujaban entre ellos, los hombres empujaban a otros y lograban un respiradero para sus chicas mientras las luces se apagaban tan sin escándalo que parecía que alguien había apretado el interruptor, no fueran a fundirse los focos; la gente me pasó por encima, a mi lado, empujándome, no se veía nada. La anciana y yo nos quedamos hasta el final. Apenas podía distinguir siluetas. Me preguntaba, la anciana, con una voz delgada, qué iba a pasar. Le dije que los bomberos venían en camino.

Después de un rato la gente tosía y yo empezaba a sentir un calor seco entre la piel y la ropa. A veces una ráfaga de aire helado se colaba entre la gente. Me subí la camisa hasta la nariz y me quedé así. Todo estaba muy seco, el olor se me quedaba en las fosas nasales.

A lo lejos se escuchaba voy a salir, y una señora que imploraba Manuel no te vayas, Manuel quédate, un hombre: ¡joder quédate! no sabes lo qué pasa allá, y la mujer ¿no escuchas los gritos? Se escuchaban gritos, cada vez más insoportables. Me imaginé que por el edificio habría otros grupitos como nosotros, apañados alrededor de una ventana minúscula, escuchando como nosotros. Lo que no sabía era qué sucedía allá de donde venían los gritos. Se escuchaban ventanas rotas.

La ventana a donde nos habíamos pegado era apenas un recodo que entroncaba con otro pasillo, un pasillo negro de donde venían los gritos. Como me había quedado en la cola del tumulto, era la que más cerca estaba de ese pasillo, y empecé a preguntarme qué ocurriría si viera salir fuego, si empezara a ver paredes iluminadas. A dónde correría. No despegaba los ojos del pasillo, pero tampoco podía ponerme frente a él porque una ola de calor y humo me golpeaban. Así que me pegué lo más cerca que pude del entronque, y no lo perdí de vista. Un señor desde el tumulto volteó a verme, como si creyera que yo iba a echar a andar por el pasillo oscuro. Pero me detuve ahí. Había decido echar a correr hacia mi departamento, hacia el incendio, si veía que el pasillo se empezaba a iluminar. Había decidido recluirme en mi balcón, aunque me quedara sola. Había decidido saltar dos pisos.

Poco después escuchamos una sirena. La gente empezó a repetir como merolicos, unos a otros, ya vienen, ya vienen. Me volteé con la anciana y le dije “ya vienen”. La señora no se sentía bien. No me contestó. Un señor la agarró en sus brazos y empezó a pedir que dejaran pasar a la anciana hasta la ventana. Él se fue con ella.

Ya venían, nos pedían calma desde un altavoz pero no los veíamos. Se escuchó el chorro de agua, golpes, rejas que se caían, algunos gritaron. En donde estábamos se recobró la calma quince minutos, después de los cuales la gente empezó a preguntarse qué pasaba. No sé después cuánto tiempo pasó.

La anciana me había preguntado qué iba a pasar. Me daban ganas de preguntárselo yo a ella, de preguntárselo a alguien a mi alrededor. Me dejé caer resbalándome por la pared, en cuclillas, mirando la oscuridad que me rodeaba, tocando con la palma de la mano el suelo, intentando medir su temperatura, sin saber ya dónde estaban las paredes. Durante todo ese tiempo había estado alerta, lucubrando escapatorias, posibilidades, recordando cada doblez de los pasillos, tratando inútilmente de recrear situaciones verosímiles que explicaran los gritos. Sin darme cuenta, sin pensarlo, la adrenalina me había mantenido rígida, serena, pensando a futuro, llamando a los bomberos. Y en ese momento, en el momento en que decidí sentarme sobre el suelo, me di cuenta de que no sabía qué iba a pasar.

Me di cuenta como nunca de que estaba en este mundo. De que medía un metro y cacho, a penas 1.60, de que pesaba 50 kilogramos, de que las paredes que me rodeaban no eran mías ni de nadie porque pesaban mucho más que nosotros, eran más altas, impenetrables, porque me excedían, limitaban todas mis posibilidades. De que mi mundo no era ése, mi mundo acababa donde acababa mi piel. De que eso era en resumidas cuentas con lo que contaba.

Me acordé de mis padres. Traté de contar las horas que serían por allá, pero no pude. No pude. No pude restar 7. No dejaba de pensar en el fuego, no dejaba de latirme el corazón, no pude restar 7.

3.
Una hora después trataba de quitarme el frío con una manta térmica que me había dado la Cruz Roja, parada como piedra en la banqueta de enfrente, a las puertas de la primaria, miraba cómo le echaban agua a mi edifico del que caían cenizas y trozos. Habían acordonado la zona. La gente alrededor se abrazaba, se organizaban en un acento extraño, en una clave extraña unos a otros se pasaban las noticias. Fulano está bien, escuché. No he sabido nada de Perengano. Está por allá, le decían. Yo me apretaba más la cobija y sentía los miles de kilómetros atlánticos que me separaban de esa gente tanto como el par de grados sobre cero, y yo en mangas de camisa. Hacía una semana me había acongojado por un entierro que a fin de cuentas era ajeno. Prendí un cigarro y me di cuenta de que aún tenía en las manos el teléfono inalámbrico.

No sé cuánto tiempo tardó en realidad el seguro en reparar los daños del edificio. Como mi estudio quedaba en una esquina, no le pasó nada. Mi computadora, mi ropa, mis libros, mis paredes… todo estaba perfecto. Después pude ver que las paredes del recodo donde habíamos estado esperando, estaban negras. No hubo gas, ni calefacción, ni agua caliente, ni luz durante el tiempo que me quedé. Compré muchas velas, pagué algunos hostales, me resigné a no estudiar y al fin, después de un mes de vivir como okupa en mi propia casa, decidí comprar varios boletos de aviones y trenes, irme porque ahí no se podía vivir. Estuve una semana en París, unos diez días en Berlín… el último boleto era para el DF. ¿Ida y vuelta? Me preguntó amablemente la señorita que tecleaba en la agencia de viajes. No, sólo ida.

Dos días después ganaron los Pumas.



El otro día, después de cuatro años, Ale me preguntó qué me llevaría si de repente se quemara el edificio. Los cigarros, le dije.

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