1 abr 2008

In. 9

Ya son cuatro horas con insomnio. Cuatro horas no es mucho, pero se vuelve complicado. En especial para ir a clase mañana. En unas tres horas más tendría que estar levantándome ―mmm no, not gonna happen. Tantos insomnios acumulativos se vuelven como una capa de maquillaje encima de otra y otra que no te has quitado. Grotesco, estúpido y loco. Además, cuestión biológica: el cerebro después de mucho no dormir empieza a decir que esto, que el otro, que no es productivo, que cómo le voy a hacer, que ya duerma bien. Lo raro no es que piense cómo le voy a hacer para levantarme, lo raro es que me lo digo. No pienso las cosas, no se me ocurren las cosas, no cruzan por mi cabeza recuerdos más o menos aleatorios: me hablo y me escucho.

Lo aburrido es que al poco tiempo empiezo a decirme lo mismo de hace rato. Lo grotesco, que me lo digo masticado de maneras diferentes.

No todos los insomnios se parecen. Hay toda una tipología. Éste es uno de ésos donde no dejo de darle cuerda al cerebro sin que sea importante ya por donde van girando tantas vueltas. En cambio, tener un insomnio inteligente o coherente o al menos ilustrativo no es tan malo. Después de esos insomnios uno se levanta sí, son ojeras, pero también con la íntima y ridícula sensación de haber descubierto la senda del bien en este mundo medio deshilachado y reconstruido a bachoco, aunque nos apriete. Lo dicho, los hay de todo tipo. Éste es uno tipo estúpido.

O si lo pienso mejor, tal vez todos los insomnios sean estúpidos y los únicos momentos inteligentes son aquellos creados por gente que tiene la conciencia lo suficientemente tranquila para dejar salir a pasear a la inconciencia por las noches. Tengo un amigo muy formal (y muy inteligente) que un día me comentó que él en las noches, antes de dormir, recuerda todo lo que hizo ese día haciendo un recuento de las complicaciones: que si fulano sacó las copias equivocadas, que si el lunes es el último día para pagar la tenencia… y las ordena, las peina y las resuelve,

Hace años que no lo veo. Ahora que lo recuerdo (o que más bien recuerdo esos dos segundos de conversación) imaginé a alguien rezando todas las noches antes de dormir. Decir «imaginar» ya es mucho, porque para ser honesta nunca he visto a nadie rezar. Vi a Jennifer Aniston rezando en Todo Poderoso, pero no creo que cuente.

Ya. No puedo menos que ponerle la cara de un chico bastante extraño con el que estuve saliendo un tiempo hace muchos años. En realidad, casi todas las personas con las que he salido acaban siendo muy extrañas, pero éste se había volado la barda. Cuando digo “un chico con el que estuve saliendo un tiempo hace muchos años” me refiero a un chico con el que fui al cine una tarde hace muchos años. Llevaba una cruz en el pecho que me regaló cuando me despedí de él, y absolutamente para cualquier comentario o en referencia a cualquier tema (sus padres por ejemplo), sacaba algo que tenía que ver con religión. Tal vez por eso el paralelismo entre mi amigo y él me sobresaltó, pero terminé por asumirlo: la gente necesita normas morales.

Uno necesita normas morales para poder vivir. O al menos parámetros. O al menos para poder dormir, si saber cómo vivir ya es pedir olmos, peras y toda la botánica. Uno necesita un ritual antes de dormir. Pero no sólo un ritual, digamos, un lavado a conciencia de nuestra visión de civilización. Y ahora que menciono esto justo estoy recordando la costumbre de mirar la televisión antes de ir a la cama. Se llega al sofá y al control remoto como si se entrara a un templo: nos quitamos los zapatos y escuchamos con una concentración tan sublime, que en dos segundos nos hemos olvidado de este mundo. De las cuentas de banco, de los malentendidos, de rectificaciones absurdas, de cuadernos, bolsas del super a punto de romperse, uñas rotas, libros que faltan en la biblioteca desde hace dos semanas, papelitos con sellos que tienen que ser resellados, con dolor de cabeza, de ego, de dignidad política, de tiempo libre, ... Como si uno llegara a ese santuario y fuera dejando con los zapatos, el super, la bolsa, el periódico y las fotocopias de la clase de mañana, toda la psicosis del mundo exterior, dispuesto felizmente a sentarse y lavarse bien el cerebro para poder ir a poder dormirse con tranquilidad.

Llevo ya cinco horas de insomnio. Estoy convencida del hecho. Me preocupa porque yo no tengo ningún ritual antes de dormir. Cuando mi amigo con tan buena fe me confesó aquella manía, creo que jamás se imaginó que lo compararía con López Doriga. Si bien es cierto que yo tengo problemas especiales para simplemente ligar dos acciones cotidianas: cerrar los ojos y dormir, también es cierto que solía tener modos de facilitarme la existencia (o la no existencia, en este caso). Durante un tiempo, por ejemplo, me acostumbré a escuchar música antes de dormir. Casualidades aparatosas de esta vida, mi gusto por la música se orienta más bien hacia las canciones cuya letra me importa. Después de algunos años de mantener esta sana costumbre, sin más altibajos que alguna que otra noche excesiva, empecé por descubrirle a las letras de aquellos guitarristas, sentidos políticos un poco confusos, a veces enfermizos y siempre muy interesantes, pero en nada auxiliadores. Por el bien de mis neuronas somnolientas que se levantaban una y otra vez a poner “1968” de Joaquín Sabina, o Comfortably Numb, lo dejé.

En otra etapa, me dio por hacer la típica lista de cosas-que-hacer-mañana. Y yo enlistaba y enlistaba como quien cuenta y cuenta borreguitos. Francamente, acababa agobiada. Agobiada, angustiada y con dos enviados sicóticos del Super Yo y del Ello en mis hombros, como un Silvestre sin saber si comerse otra vez a Piolín, o no. Horrorizada de ver en mí a una caricatura siniestra, dejé la técnica de las listas de pendientes.

También, como el resto del planeta, a lo largo de mi vida he descubierto placebos prácticos, lucrativos y muy rentables. Inclúyase aquí la televisión, los best sellers, La crítica de la razón pura, el sexo y las drogas. Puedo decir, casi con seguridad, que para un insomne de corazón y vocación como soy yo misma, todas ésas son ilusiones fugitivas de tratamientos anti-insomnio con fecha de caducidad en el borde del envase dignas de publicitarlas en comerciales de media hora a las dos de la mañana, excepto Kant y el sexo. El problema con Kant y el sexo, son Kant y la gente. A ésta jamás de los jamases la entenderás, con lo que es sólo cuestión de tiempo para desgastar tan magistral solución. A Kant sin embargo, si uno agarra la costumbre de leerlo mucho por las noches, acabará en el grave riesgo de entenderlo, lo que reducirá por mucho no sólo la capacidad de conciliar el sueño, sino también la capacidad de conciliar todo lo demás: la televisión, los best sellers, el sexo, las drogas, la felicidad, el amor, las ilusiones, la libertad, los pasteles de chocolate, las pérdidas de tiempo, la literatura, la política, los chismes, las sobre mesas, los medios enfermizos de la comunicación, el dadaísmo de mis mejores amigos, la globalización, los cronopios, los pájaros que vuelan al psiquiatra, las ciudades imposibles, las peleas con tendencias moralistas, los discursos presidenciales y todo eso que uno difícilmente concilia con lo que entendemos por razón y a priori sintéticos.

Con lo que me quedo sin tele, ni divisiones del mundo en buenos y malos antes de sentarme a rezar a alguien que, por otra parte, estoy convencida de que no puede existir en este mundo terrorista; y si empiezo a hacer recuento de mi día probablemente acabe por rendirme ante sentimientos sicóticos de culpabilidad y persecución, y nunca por dormirme.

Si es que hay que ser un poco cínicos para recordar el mundo en que vivimos y poder dormir al mismo tiempo, la verdad.

Tal vez sea eso lo que yo llamo inteligencia: poder compaginarse con el mundo sin volverse una revista porno o un recetario de cocina. Aunque, es doloroso admitirlo, este tipo de compaginaciones duermen perfectamente.

Acaso lo que me mantiene el humor sea que en el fondo sé que todos acabamos por tener insomnio alguna noche (sobretodo de día), miremos o no la televisión.

Y luego, bendita sea esta sociedad y los pensamientos de países avanzados y democráticos, finalmente puedo dormir tranquila.

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