Sospecho que en la cama sucede todo lo contrario que en la vida. Ha de ser algo así como el punto de fuga donde los que cogen quieren ser cogidos y los que son cogidos quieren coger. A mí siempre me cojen. Por corroborar mis sospechas, normalmente soy de las que hablo, opino, corrijo y expongo (¿he hablado ya de exposiciones?) las (únicas, admitámoslo) posibilidades. Soy de ésas que dicen: «no tienes más que esto». (Fálica). Por ponerme mitológica: Atenea, inmortal que nació armada de la cabeza del jefe inmortal, era virgen (Atenea Parthenos, en honor de quien se construyó el Parthenon). Los dioses no desean...
Tampoco lloro. Me quemé (mal, mal) hace poco los dedos con aceite hirviendo en la cocina (sobre los dedos y lo fálico). Tengo dos pedazos de carne cocida y echándose a perder adheridos a mis dedos. Si por equivocación los rozo con mis uñas, mis uñas se hunden en la carne como si fuera papel mojado y no me duele. Me dolió mucho dos segundos después de quemarme y hasta bastante entrada la tarde. Estuve saltando todo ese tiempo.
Me parece que no lloré en toda mi infancia.
Una vez lloré en Madrid. De ida me había tocado un tráfico de cuatro horas en la carretera (M-30) (por un anuncio de bomba de ETA). Ese mismo viernes me robaron la cartera en la calle. El domingo que me regresaba me robaron el celular en el metro. El policía frente al que levanté la denuncia me pidió mi identificación, que venía en mi cartera. Como no podía dársela me sugirió que regresara a Salamanca a levantarla allá. En rigor, me dijo, no debería haberme dejado ir. Me di a la fuga y ya en la estación de autobuses me di cuenta de que tenía exactamente uno euro y diez centavos.
Mi mejor inversión fue comprar un boleto de metro, llegar al departamento de una amiga del hermano de mi padre, pedirle prestados veinte euros a las diez de la noche y, por qué no, echarme a llorar por no contarle todo lo otro que me había pasado. Me prestó 50 y en la puerta me dijo «llorar no sirve de nada». Toda la razón.
Cuando terminé con mi ex, fue él el que lloró. Fue una cosa tremenda. Llevábamos tres años juntos, no lo suficiente para dejar ahí un cadáver. Digamos que lo que teníamos era carne convaleciente, fase terminal sin posibilidades de recuperación; pero un enfermo, eso sí, bonito. Rosado, mimoso. Yo, que estaba completamente enajenada girando sobre él, me desgarraba, le llamaba por teléfono, me echaba a llorar, le pedía, le rogaba, me arrodillaba y él, sádico como era, me decía "No quiero hablar contigo ahora. Tal vez el lunes. Llámame."
El miércoles que le llamé traía el cuchillo.
Él era el cirujano. Al final lloró. No entendía el favor que nos hice. Él, que no encontraba respiro ni en la esquina más oscura. El día que llegó borracho a las cinco de la mañana y se arrodilló en mi sala —¡NO LO ENTENDERÁ!— yo, que juraba que se lo merecía tanto, no quería ni tocarlo. Por supuesto que me dolía.
Mareada de mí me pregunté quién era yo antes de que ese guey llegara a hacerme creer cosas de mí que nunca me hubiera imaginado. Me parece que me hice la pregunta en el preciso momento en que sacaba el cuchillo ―nunca le hago ascos a la última copa ni al próximo bar. Yo lloré antes, mucho. Después no.
Hace poco me escribió: se murió un paciente suyo. Me preguntó qué tenía la filosofía que decir al respecto. Le respondí que el procedimiento era humano y falible, que la filosofía no tenía nada qué decir.
¿Qué tanto te vas a arrodillar?, me pregunto.
Anoche tuvimos una cena sin comida. Una orgía con palabras. Porque platicar a veces es como coger: y uno, si es honesto, es exactamente lo que nunca es. En el piso de una sala se sentaba una psicóloga y un traficante de pornografía; la Chif, con un pie en la sala y otro en la luna, diseñadora a la que le van mejor los óleos; y yo, una fálica nihilista. Se sentaba, aparte, una mercader del arte que en algún momento le pronunció al traficante:
—¿Qué no es obvio que estoy pidiendo que alguien se siente a mi lado?— estaba sentada en el sillón más angosto.
—Es un loveseat —le espetó el traficante. Y acto seguido se sentó en unos cojines rojos tirados en el piso.
La única artista estaba dormida. La mesa estaba puesta. Al centro, los platos fuertes: yo empecé. Ya venía acelerada, una noche sin dormir y... ¿he dicho ya que cojo fuerzas? todo el puto día con la locura. ¿Tú qué haces?, le pregunté. Trafico pornografía, me dijo. Una sex shop en Santa Fe.
Ocupaciones extrañas.
Salieron tantas que en algún momento de la noche, ya para cuando Lacan había abandonado el respaldo de su asiento, me recosté pensando que era cierto: todos estábamos locos y revolcados por una gran verga. Y yo, ¿para qué oponerme a mis propios demonios? Las cosas son así. Lacan se había puesto ella solita en el centro y se angustiaba por su locura mientras yo, reforzada por el porro, me reía irremediablemente. El traficante de porno se exponía sin contemplaciones, la mercader del arte apuntaba de vez en cuando y la Chif de pronto desgajaba a todo mundo con su ausencia. Respeto total pero yo le apoyaba: "tú eres lo real", le decía.
Al final de la noche senté a mi lado a Lacan, después de que ésta hubiera pedido dos veces a los asistentes que tomara cuerpo nuestra conversación, y le dije: ansiedad y angustia. Define.
Lo definió. Fui a esconderme al loveseat con mi cerveza. El traficante gozaba, Lacan bendecía a diestra y siniestra, la Chif optaba por poner los dos pies en la luna, la artista roncaba y la mercader había huido. Aproveché un silencio para espetarle: "filósofo es aquel que tiene miedo".
Bah, me dijo.
Mallarmé, le dije.
Hum, me contestó.
Fui al baño. Al regresar la abracé por el cuello y le dije: "Un filósofo es un escritor que no sabe mentir, ¿y sabes qué es un psicólogo? Un psicólogo, a diferencia de estos dos, es alguien que cree."
Ansiedad es repetición, y como la repetición, la angustia no tiene fin ni objeto de deseo.
Pascal dicen que decía que antes de creer para arrodillarse, habría que arrodillarse y así creer. El cuerpo manda.
Filósofo es alguien que se queda de pie con las ganas de arrodillarse: ama a su deseo. Filósofo es el que en una reunión opina que el paxil te hace huevón para la crítica del mismo modo que la aspirina te hace más sensible a cualquier escupitajo. Psicólogo el que se arrodilla, y escritor el que ya está del otro lado pintándole bigotes a Dios.
Si eso, ¿quién está al borde de la razón? El psicólogo mira hacia arriba y, consternado, dice "eso está mal, arrodíllate: está mal." Te matará con tal de que arrodilles, te recetará y vivirá de tu dolor. El filósofo lo mira y atraviesa: él no quiere consuelo (lo desea tanto!). El escritor los ve a los dos y escribe: «es necesario no confundir el pie con el pie», y todos lo leemos pero nunca le hacemos caso.
Tampoco lloro. Me quemé (mal, mal) hace poco los dedos con aceite hirviendo en la cocina (sobre los dedos y lo fálico). Tengo dos pedazos de carne cocida y echándose a perder adheridos a mis dedos. Si por equivocación los rozo con mis uñas, mis uñas se hunden en la carne como si fuera papel mojado y no me duele. Me dolió mucho dos segundos después de quemarme y hasta bastante entrada la tarde. Estuve saltando todo ese tiempo.
Me parece que no lloré en toda mi infancia.
Una vez lloré en Madrid. De ida me había tocado un tráfico de cuatro horas en la carretera (M-30) (por un anuncio de bomba de ETA). Ese mismo viernes me robaron la cartera en la calle. El domingo que me regresaba me robaron el celular en el metro. El policía frente al que levanté la denuncia me pidió mi identificación, que venía en mi cartera. Como no podía dársela me sugirió que regresara a Salamanca a levantarla allá. En rigor, me dijo, no debería haberme dejado ir. Me di a la fuga y ya en la estación de autobuses me di cuenta de que tenía exactamente uno euro y diez centavos.
Mi mejor inversión fue comprar un boleto de metro, llegar al departamento de una amiga del hermano de mi padre, pedirle prestados veinte euros a las diez de la noche y, por qué no, echarme a llorar por no contarle todo lo otro que me había pasado. Me prestó 50 y en la puerta me dijo «llorar no sirve de nada». Toda la razón.
Cuando terminé con mi ex, fue él el que lloró. Fue una cosa tremenda. Llevábamos tres años juntos, no lo suficiente para dejar ahí un cadáver. Digamos que lo que teníamos era carne convaleciente, fase terminal sin posibilidades de recuperación; pero un enfermo, eso sí, bonito. Rosado, mimoso. Yo, que estaba completamente enajenada girando sobre él, me desgarraba, le llamaba por teléfono, me echaba a llorar, le pedía, le rogaba, me arrodillaba y él, sádico como era, me decía "No quiero hablar contigo ahora. Tal vez el lunes. Llámame."
El miércoles que le llamé traía el cuchillo.
Él era el cirujano. Al final lloró. No entendía el favor que nos hice. Él, que no encontraba respiro ni en la esquina más oscura. El día que llegó borracho a las cinco de la mañana y se arrodilló en mi sala —¡NO LO ENTENDERÁ!— yo, que juraba que se lo merecía tanto, no quería ni tocarlo. Por supuesto que me dolía.
Mareada de mí me pregunté quién era yo antes de que ese guey llegara a hacerme creer cosas de mí que nunca me hubiera imaginado. Me parece que me hice la pregunta en el preciso momento en que sacaba el cuchillo ―nunca le hago ascos a la última copa ni al próximo bar. Yo lloré antes, mucho. Después no.
Hace poco me escribió: se murió un paciente suyo. Me preguntó qué tenía la filosofía que decir al respecto. Le respondí que el procedimiento era humano y falible, que la filosofía no tenía nada qué decir.
Opino con Sade
que al deseo los frenos
le sientan fatal.
que al deseo los frenos
le sientan fatal.
¿Qué tanto te vas a arrodillar?, me pregunto.
Anoche tuvimos una cena sin comida. Una orgía con palabras. Porque platicar a veces es como coger: y uno, si es honesto, es exactamente lo que nunca es. En el piso de una sala se sentaba una psicóloga y un traficante de pornografía; la Chif, con un pie en la sala y otro en la luna, diseñadora a la que le van mejor los óleos; y yo, una fálica nihilista. Se sentaba, aparte, una mercader del arte que en algún momento le pronunció al traficante:
—¿Qué no es obvio que estoy pidiendo que alguien se siente a mi lado?— estaba sentada en el sillón más angosto.
—Es un loveseat —le espetó el traficante. Y acto seguido se sentó en unos cojines rojos tirados en el piso.
La única artista estaba dormida. La mesa estaba puesta. Al centro, los platos fuertes: yo empecé. Ya venía acelerada, una noche sin dormir y... ¿he dicho ya que cojo fuerzas? todo el puto día con la locura. ¿Tú qué haces?, le pregunté. Trafico pornografía, me dijo. Una sex shop en Santa Fe.
Ocupaciones extrañas.
Salieron tantas que en algún momento de la noche, ya para cuando Lacan había abandonado el respaldo de su asiento, me recosté pensando que era cierto: todos estábamos locos y revolcados por una gran verga. Y yo, ¿para qué oponerme a mis propios demonios? Las cosas son así. Lacan se había puesto ella solita en el centro y se angustiaba por su locura mientras yo, reforzada por el porro, me reía irremediablemente. El traficante de porno se exponía sin contemplaciones, la mercader del arte apuntaba de vez en cuando y la Chif de pronto desgajaba a todo mundo con su ausencia. Respeto total pero yo le apoyaba: "tú eres lo real", le decía.
Al final de la noche senté a mi lado a Lacan, después de que ésta hubiera pedido dos veces a los asistentes que tomara cuerpo nuestra conversación, y le dije: ansiedad y angustia. Define.
Lo definió. Fui a esconderme al loveseat con mi cerveza. El traficante gozaba, Lacan bendecía a diestra y siniestra, la Chif optaba por poner los dos pies en la luna, la artista roncaba y la mercader había huido. Aproveché un silencio para espetarle: "filósofo es aquel que tiene miedo".
Bah, me dijo.
Mallarmé, le dije.
Hum, me contestó.
Fui al baño. Al regresar la abracé por el cuello y le dije: "Un filósofo es un escritor que no sabe mentir, ¿y sabes qué es un psicólogo? Un psicólogo, a diferencia de estos dos, es alguien que cree."
Ansiedad es repetición, y como la repetición, la angustia no tiene fin ni objeto de deseo.
Pascal dicen que decía que antes de creer para arrodillarse, habría que arrodillarse y así creer. El cuerpo manda.
Filósofo es alguien que se queda de pie con las ganas de arrodillarse: ama a su deseo. Filósofo es el que en una reunión opina que el paxil te hace huevón para la crítica del mismo modo que la aspirina te hace más sensible a cualquier escupitajo. Psicólogo el que se arrodilla, y escritor el que ya está del otro lado pintándole bigotes a Dios.
Si eso, ¿quién está al borde de la razón? El psicólogo mira hacia arriba y, consternado, dice "eso está mal, arrodíllate: está mal." Te matará con tal de que arrodilles, te recetará y vivirá de tu dolor. El filósofo lo mira y atraviesa: él no quiere consuelo (lo desea tanto!). El escritor los ve a los dos y escribe: «es necesario no confundir el pie con el pie», y todos lo leemos pero nunca le hacemos caso.

12 comentarios:
ésta es la mejor entrada que te he leído.
y mira que ya me arrepentí.
Besos
muy buen escrito... ya sabes que te visito... pero nunca dejo comentario pero esta vez te lo mereces...
Que pase por falta de respeto, pues con su pan se lo coman, pero no puedo callarme.
¿Cómo es eso de que se leea un testo y se diga: ¡me gusta!, ¡no me gusta!?
Por más bonito que sea, anden, échenle ganas, hijos y digan lo que les ha hecho... porque si es bueno es que 'hace' no que 'gusta'.
Dicho sea de paso sin afán de ofender, o no... si tengo ganas de ofender... aunque poquito.
Mi estimada filósofa, la creyente que me crees escribe y se lee gustosa en tu blog...tus palabras hacen ahora de esa noche algo digno de una memorabilia viernesina....lakn.
Wow Xinik! gracias... pero ¿por qué?
Sonozo: ¿y a ti?
Fukin You: ¿viste que los papeles se inviertieron en el preciso momento en que yo te abracé y te dije? ¿Se estarán volviendo a invertir ahora? Esto es como una dialéctica equizofrénica. Besos!
Si no había dicho lo propio era porque no lo había leído del todo...
La verdad es que no puedo estar de acuerdo con tu taxonomía. Para mí, indiferentemente los filósofos, los escritores y los psicólogos, cumplen, junto con los proxenetas y los políticos la útil práctica de mantener entretenido al personal.
Los unos más que los otros, cooperando con sus granitos de arena, para acabar de hacer a la gente personas... para hacer del pueblo masas, de lo vivo muerto...
Por más que se resista a creer el filósofo, ya se sabe, anhela arrojarse a los bracitos escuentos de la verdad y retratarla con su pluma... Capturarla.
El único que puede que se salve, y que evidentemente usted no trata, es el GRAMÁTICO, que es el que dice lo que todo el mundo sabe, sin darse cuenta.
La filosofía, en la medida en que imite a la GRAMÁTICA -que por cierto, ni por error, va ser nunca ciencia, ni verdad- puede que diga algo sensato. De otra manera namás le estará haciendo la puñeta al personal... con todo lo que ello conlleva, citas en tertulias de bohemios, fotos con la mano en la barbilla -como imitando el pleno trabajo intelectual-, entrevistas escuetas en rotativos de más o menos ciruclación...
Alguna triste cátedra, posiblemente. Y nada más.
Hace tiempo que estoy pensando en las relaciones de POESíA/Filosofía... Hablemos, si les interesa...
Sonozo: si tu crítica va diciendo "nadie dice verdad", pues no. ¿En algún momento dije que alguien decía verdad?
Si tu crítica va diciendo que el personal o la gente debería de prestar atención a lo importante y no distraerse; pues no, ¿alguna vez dije que había algo que no fuera distracción?, ¿alguna vez dije que los filósofos hacían algo importante y no mera distracción?, Dios mío, ¿alguna vez dije que había algo importante?
"para acabar de hacer a la gente personas"
Aquí hay un sentido que presupone que "gente" y "personas" son palabras con significado distinto, casi se diría, por la intención con la que lo dices, CON IMPORTANCIAS DISTINTAS.
¿Qué es lo importante?, ¿cuál es ese lugar al que tenemos que llevar a las ovejas, Moisés?
"El único que puede que se salve es el grámatico". ¿Salvarse de qué? Por la manera en que dices que el filósofo ansia arrojarse a la verdad y capturarla, infiero que el gramático de lo que se salva es de tales ansias de verdad.
Entonces, ¿en qué quedamos Moisés? ¿Sacaremos a la gente de la DISTRACCIÓN para llevarla a la VERDADERA ATENCIÓN? ¿llevarás a la gente de lo "muerto" a lo "vivo"? ¿las sacarás de su estatuto de "personas"? ¿Y todo ello con nada menos que con las tablas de la inexistencia de la verdad, con los gramáticos que SE SALVAN?
Tú dices "por cierto, ni por error, va ser nunca ciencia, ni verdad", tú dices: "no no, verdad no" ¡Pero Sonozo! ¡Usas los sinónimos de error-falsedad-imitación! Tú desacreditas la verdad diciendo: "la verdad está mal, la verdad es una equivocación, LOS PREDICADORES DE LA VERDAD SON UNOS... (jeje)... ¡SON UNOS FALSIFICADORES!"
Distraerlos... ¿de qué?
(lo he suprimido por hacer una corrección)
No, ciertamente no lo dice, pero ya en la pura taxonomía se huele un poco, si quiere esa trampa. De que el escritor se aquello, o el psicólogo esto y el filósofo hace aquello. Y por lo menos lo que quiere decir es que se diferencian, sea por la manera de tomarse las cosas de la realidad o no. En cualquier caso, a fuerza de querer abrir discusión –que también me pude decantar con lo del amor o del llorar, aunque por ser entrar en terreno demasiado personal, y sin saber como se lo tome usted hablar de lo personal, mezclandolo con lo público que así es como es, no quise entrar por esos derroteros.
Pero bueno, haya dicho lo que usted haya dicho y me haya yo equivocado en lo que me haya equivocado, la discusión ya está armada… ¿o no?
Sobre lo de ‘gente’ y ‘personas’. Que esto viene a que la ‘gente’ así indeterminada, como la que se haya en una fiesta, que no sabemos ni quienes son y ya poco nos importa… y que su nota fundamental es no estar determinada… ¿cómo no va a ser diferente de la ‘persona’? Que ya viene de suyo bien diferenciada, bien rehecha, con sus gustos, convicciones e ideas personales. Esto que han querido hacernos pasar lo uno con lo otro, es lo que hace que funcione tan bien el régimen democrático (que ya quisiera que funcionara aunque sea mal)… que en tanto la gente esta viva, es buena y es un descanso para cualquiera… la persona es reaccionaria, idiota y repulsiva. Y en tanto que el capitalismo-tecnodemocrático basa, con seguridad su régimen en la gente, que ya se sabe que siempre hará, cual rebaño, lo que estuviese mandado. ¿Qué eso es la gente? ¡Na! El pueblo o gente –que no se sabe que sea, pero que está inevitablemente ahí- es lo suficientemente sabia para cagarse en todos los muertos de la política… mientras que el individuo (la persona) está siempre construyendo la política vacía y la regeneración de las sociedades.
Bueno, si te da la impresión de que me quiero vestir de pastor, o es por falta de comprensión –que es lo más probable- o quizá por envidia –que no creo-. Pues, sí, yo declaro la falsedad de las cosas… Y sí, por ansias de LO verdadero –que no LA verdad, que lo uno es LO que pasa y la otra es IDEA- de sentir de veras el regustillo de estar alegre y sacudirme esa desesperación a la que usted tanto le ve la gracia –¿no querrá ver que esa desesperación es puro cuento, o por lo menos pura arma política, que algunos filósofos, torpemente –cristianamente, más bien- dirán que es constitutivo de la vida?
¿Ve uste? Si yo digo NO, uste me encasqueta un SÍ. No, morena, no… Deja que ese NO se vaya por ahí a ver que hace, que regustillo nos da, o a ver a quien le da por culo y nos delate su respectivo plumero. No se trata de reconstruir nada, ni de dirigir al rebaño, Dios me libre de ese transe, que gobierno sea el que sea, ya es muerte…
Le digo por última vez que esto que le cuento no tiene nada que ver con filosofías. Que éstas son productos de la muerte y que por supuesto no se pueden entender aplicando, como siempre el principio de no-contradicción aquí y allá, el de tercio exluso por acá, y a ver que nos sale… No…, querida. Es un método de discriminación puramente política, amiga, no racional, ni conceptual, ni ideativo. Porque si fuera coherente con eso de que NO HAY VERDAD, y me quedara callado… ya ve, que la gran mayoría (imbécil, que para eso es mayoría) sí cree en todas las verdades a pies juntillas y sería como abandonar el campo –el campo de lo que se deja pasar- al ejercito de la CIENCIA y ESTADO y CAPITAL; que es lo único que ha venido a hacer el posmodernismo, abandonando la metafísica –que se tiene que seguir atacando hasta el final- dejando el campo abierto a nuestros amigazos los filósofos analíticos.
¿Distraerlos de qué? ¡Pues es evidente! De los pagos de hipotecas, de la carne viva del sufrimiento del trabajo y de todo lo demás... Que pal caso da igual, pincharse heroína, pasarse 4 horas frente a la TV o leerse un trocho filosófico. El caso es no ver lo evidente de la falsedad… lo evidente y triste de lo que existe.
Sí, decía que se diferencian.
(Soñé contigo, por cierto. Pero no recuerdo si lo hice cuando aún estaba dormida.)
Decía: el filósofo esto, el psicólogo aquello y siempre los dos de este lado porque del otro los bigotes. Eso decía. Pero también intenté decir que cuando se es honesto sucede todo lo contrario, que el filósofo se arrodilla y el psicólogo atraviesa. O que son los bigotes los que atraviesan, o que los filósofos tienen bigotes, o que estamos uno y otro deseando al psicólogo.
Eso decía, en un segundo plano.
Y en un tercer plano, decía que uno folla en el momento en que se lo follan y se coge cuando coge.
Hay: 1. Una "taxonomía"; 2. Una dialéctica en los personajes y 3. Una inversión en cada uno de los personajes.
Hay tres. Como hay tres personajes.
Y se cambian en la historia.
Ciertamente, no se entendió. Pero de menos tienes que reconocerme que me alargo las expectativas dejando entrever mi ausencia.
Ahora déjame acabar de leer tu comentario...
ah, el "mi niña" me gustaba, pero el "morena" me gusta más.
Hoy me levanté de buen humor.
He decidido ser taoísta-deleuziana.
-¿Profesión?
-Estudiante profesional, señorita.
-¿Edad?
-18, que diga! 21. ¡No, no! ¡26! bueno... 25, pues.
-¿Religión?
-Taoísta-deleuziana.
Además tengo una idea nueva. Me atormenta un poco darme cuenta que me digo a mí misma "tengo una idea nueva", pero... ¡a mí no se me había ocurrido!
La idea nueva dice: la filosofía se divide en 1. Filosofía monolítica. Mayores exponentes en la modernidá: Hume y Berkeley. (ah ah, los griegos y los medievales, con su pan se lo coman) 2. Filosofía de la diferencia: Kant, gozne mayor. Hegel, mayor exponente. Derrida, último exponente. 3. Filosofía ezquizofrénica: Deleuze, único exponente.
Mi buen humor de hoy, en cambio, dice: estoy dispuesta a correr detrás de ti, libreta en mano, en tu cruzada de la vida.
Aunque sea, sólo, pa' registrarnos la caída.
Besos
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