Quisiera contarlo todo, incluyendo mi por qué querer contarlo todo. Quisiera escuchar las opiniones cambiantes de una persona mientras mira un cuadro, por ejemplo. No después. Quisiera saber qué es lo que realmente está pensando mientras formula su opinión. Quiero saber lo que las personas están pensando cuando piensan. Quiero escuchar eso. Quiero saber por dónde van.
Este no saber nunca por dónde empezar, ni qué decir. Hoy en la tarde, en mi camino al baño vi a un tipo sentado en el piso, exiliado de todos, dibujando con una pluma bic en un cuaderno. Ni siquiera volteó a mirar quién lo miraba. Siguió en lo suyo. Apenas alzó un poco la vista para ver mis zapatos, para ver que alguien venía. Tenía el cuaderno en sus piernas, de cara a cualquiera que mirara desde arriba. Había pasado mucho tiempo rayando sombras en un dibujo que era casi todo oscuro. Pura pluma en la libreta. Dos ojos gigantes, distorsionados, en un paisaje negro: 70% de la hoja entintada. Pensé que no era la única, que todos nos sentimos un poco abandonados. Cinco pasos después pensé que el pedo era saber cómo decirlo, cómo ¿pensarlo?; de sentirlo, todos. Hoy en clase tuve ganas de llorar. Tuve una clase excelente. Dos, de hecho. Apenas dos. No supe muy bien por qué quería llorar, me daba cuenta en el momento. El profesor iba y venía, se detenía a veces para pensar bien qué es lo que iba a decir, cómo lo iba a definir. Empezó la clase con dos chistes. Acerca de querer irse y no querer equivocarse. “Bueno, yo soy Fulano y —dijo sentado en la mesa, después de alargar un poco la “y”, —finalizó: y ya me voy. No levantó muchas risas, apenas unas cuantas. La mía, entre ellas. He pasado el verano perdiéndome a mí misma. No sé bien cómo y no sé qué tanto. No sé bien por qué. Por cosa de qué. He saltado de un tema a otro, de un motivo a otro. He tratado, al mismo tiempo, de llevar mi vida bien, de relegar la perdición al espacio de los entretenimientos. Aprovechando que era verano. De repente me siento muda. Todavía me sucedió de camino de regreso, entre luces de coches y tráfico, cuando aún se recuerda la clase, (nunca he sabido cómo tomar apuntes de la carrera). (He decidido hacer síntesis: anotar los puntos más importantes. Eso, por supuesto, es imposible hacerlo correctamente en clase: hay que pensar varias veces las cosas, hay que pensar bien las cosas de regreso a casa, darles más vueltas en la noche, al día siguiente, incluso darles tiempo para hacer las síntesis correctas. Y para ello, por supuesto, hay que tener buenos apuntes). (Hay tantas cosas que se pueden ver en los apuntes de otro. No sólo lo que escribe, sino la manera de hacerlo mientras lo hace. Por ejemplo: hoy una chica a mi lado escribía, en una libreta azul muy bonita, absolutamente todo lo que decía la maestra. Yo estaba impactada, hasta escribió “nuestra extraña comida, nuestro alimento de pan”. Me cae: no le perdía ojo a sus apuntes. Impactada). Se siente una mudez. Unas ganas de decir algo, como se dice: un nudo en la garganta. —Una pelota atorada en la garganta—. Es como cuando uno se come algo y, sin masticarlo bien, intenta tragarlo. Sentimos que se nos va chueco pero en realidad se va por la misma tráquea, lastimándola. Es así exactamente, pero al revés. El profesor explicó muchas cosas. Trataba de no perderme una sola palabra o concepto o idea. Habló de conceptos, por cierto. De “la filosofía es tratar de llevar al concepto la vida del momento, la vida actual”, Hegel citado por mi profesor, según recuerdo, porque no lo apunté. “Conceptos muy abstractos”, agregó. No estuve muy de acuerdo con lo de abstractos; me pregunté si eso implicaba al propio pensador, y me pregunté si a eso se refería la sonrisa irónica que esbozó segundos después, cuando dijo que a eso se debía la complejidad de la modernidad: ¿pensar al observante? No lo sé. También recordé aquello que decía Bertrand Russell: la filosofía, si dice algo cierto, debe poder explicarse sencillamente. Me imaginé que tenía algún tipo de pequeña y analítica malformación. Tampoco lo sé: la filosofía está enfrentada en bandos, y yo apenas puedo ver la diferencia. “La Ilustración, en el más amplio sentido del pensamiento en continuo progreso, ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores.” Mi profesor citó de memoria, advirtiendo que “era algo así como” y yo en este momento no puedo recordar cómo exactamente recordó él. Lo que está fatal porque mencionó algo del mito y la magia, no recuerdo si antes o después de acabar de citar. Hubiera dicho bastante, y ahora no lo recuerdo. Lo que sí es que después se tiró toda la clase hablando de mitos, de la fe, de la razón, de la confianza en la razón, de lo sacro, de la razón instrumental, de la filosofía ¿cómo la llamó? “englobadora”, de lo desencantado. La Ilustración: el ancla de la racionalidad. La desembocadura de la pregunta por el “yo”, de Descartes, Locke, Berkeley, pasando por Leibniz, Hume: la pregunta por el yo hasta llegar a Kant: la Ilustración. “La humanidad está en continuo proceso de Ilustración”, algo así. La verbalización de la tarea del presente, la minuta de la historia Europea (y, por extensión, gringa y, aún más extendido, América) desde mil setecientos a la fecha. Los Derechos Humanos, Marx, Cuba, el bloqueo, los pozos petroleros, las revoluciones agrarias, los movimientos estudiantiles, Moscú, la Unión Soviética, Laika, los cohetes, las jeringas, la aspirina y Chuck Palahniuk. La minuta de Occidente, la razón. Conozco a alguien que una vez se quedó un par de semanas en… ¿cómo llamarlo? «Es la razón», me decía. «Es la razón, ¿ves? Es la razón». Me señalaba esa precisión que tenían los rieles de Auschwitz para terminar justo a un lado de las cámaras de gas. «Es la lógica», me decía. «Es la puta lógica la que hizo eso, ¿me entiendes?» No. La lógica ―le decía―, es formal. No tiene contenido. El contenido lo da otra cosa que no se deja ajustar a la lógica, nos lo enseñan desde primer semestre, ¿recuerdas? En fin. No lo juzgo ahora. Yo entonces no sabía de qué me estaba hablando y ahora, en cambio, soy capaz de pasar dos días mirando a una pared porque he entendido algo que me decían desde chiquita: Dios no existe, llámele como quiera. Unidad, importancia, significado escondido en el trabajo, esencialidad que subyace bajo un desbarajuste que tal vez nadie pueda nunca arreglar, verdad en la intención, profundidad, inteligencia, corazón de la lucha: no existe. Dos días. No sé lo que he hecho desde entonces. Supongo que creer en las letras. Y manejar. Manejar mucho por carreteras hasta que me duelan las nalgas. Escuchar el mejor disco de la historia. Encontrar la repetición en todo. Rendirme ante mi imposibilidad de hacer unidades. Callarme. Hablar de otra cosa. Reírme porque no sé quién soy, hasta llorar. Leer con pegamento en los ojos. Con una capa transparente de Uhu sobre la retina. Borrar las letras, pegarlas sobre otras, despegarlas llevándome la hoja mientras el pegamento se seca. Pegar una tras otra, manchar los márgenes con tinta negra deshaciéndose. No poder diferenciar absolutamente nada. Hacer diferencias falsas. Hablar con mi madre como si no importara que todo sea lo mismo, que me escuche por dos horas. Tres en la tarde. Ninguna al día siguiente. Mil más después. Hacerla reír, verla llorar, enojarme, callarme, no poder callarme. “La Ilustración, en el más amplio sentido del pensamiento en continuo progreso, ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores.” Dominar el miedo. Al respecto había tomado otra clase, un par de horas antes: matar la muerte. Eso es una lápida, eso es un sepulcro: matar a la muerte. “Matarla”. Se cree, todos lo creemos. Matarla: sacarla del olvido. Pegamento Uhu: Matar la muerte. O “matar” la muerte. O matar “la muerte”. Decía otro: “una vez que empezamos, no sabremos dónde detenernos…” Y la sensación: el nudo, las ganas de llorar, el echarme y no querer echarme a, ¿otro pegamento?, “la nada”. Uno más, para el futuro: responsabilidad es entender que estamos abandonados “a la libertad”. Condenadamente abandonados. “Una vez que empezamos, no sabremos dónde detenernos”. De momento puede significar ¿Qué es lo que todos creemos?, ¿creemos que las comillas van en el verbo o en el objeto?, ¿en ningún sitio, en todos? “Matar a la muerte”… cito. Luego terminó la clase. Ese tipo que se paró a decir que había escuchado que no recuerdo quién (¿El coordinador?, ¿el jefe de la facultad?), (¿quién demonios es el jefe de la facultad, a todo esto?), en fin, que de ahora en adelante se había dado la orden de no permitir fotocopias de libros completos en la biblioteca Samuel Ramos. Ese tipo me recuerda a algo cercano. Algo que no veo frecuentemente, algo que es mío, de mi infancia. Algo que (se sabe tan bien) es raro, exclusivo de entre los que nos entendemos. Un desparpajo, o no sé, la manera de no peinarse, de dejarse las barbas, la manera de descuidar lo que no tiene importancia, de reírse, de hacer bromas, de cacharlas. Me recuerda a los amigos de mis padres. Y con él mantengo la misma distancia “cercana” que tenía con esos amigos, cuando yo era muy niña para deber entender de qué hablaban. Nunca me prohibieron andar cerca de ellos mientras cheleaban o hacían la sobremesa. Y a mí me gustaba quedarme cerca. Siempre hablaban de política. A veces se peleaban. Hacían chistes que yo no entendía y hablaban, horas, en un lenguaje que yo entendía ―by heart. Luego las cosas se volvieron muy extrañas y yo dejé de quedarme a sobremesas que, por demás, se hicieron cada vez más escasas. Es raro que este tipo me recuerde mi infancia, pero lo hace. Tendrá, yo me imagino, la edad de mis padres; pero él no es el que recuerda mi infancia. Me habla como a uno de esos tipos que en los veintitantos les dio por… Yo qué sé: discutir de política, agarrar pancartas… A veces me agarra en curva y a veces le entiendo ―by heart. Hoy, por ejemplo, me lo topé frente a las listas de clases, horarios. ―¿Buscando tu clase?, ¿a cuáles te vas a meter? ―Guey ―le dije―, tengo un problema: no sé a qué clases me inscribí. Se río y me dijo que “¡…Bueno!, ¿pero te habrás escrito a alguna, no? Una, por lo menos”, dijo, señalando con un dedo. Una. Y yo sonreí y le dije que sí. Me dijo que él tenía el mismo problema: aún no decidía en cuál meterse. Aquella se veía buena, “con Freud”, me dijo. ―¿Lo conoces? ―me preguntó― No, pero creo que ésa es una a las que me inscribí. ―Cuando se inspira, arrasa. Luego aclaró ―El problema es que se inspire, claro… ―y, mirándome, me preguntó si sí me había inscrito a una o cómo estaba el pedo con mi inscripción. ―No sé si él lo sepa, pero las inscripciones son todo un capítulo de mi vida… ―No ―le dije. Me inscribí a las 4, pero hoy salí con prisas de la casa y no me traje el papelito donde las tenía apuntadas. Ahora ―le dije parada frente a las listas, mirándolas―, ahora no sé a cuáles me inscribí. Me tomó del brazo, riéndose a carcajadas, y me dijo: Ahora sí, Calderón, ahora sí me rebasaste por la izquierda. …En fin. Me reí mucho y terminé de convencerme: esta semana entraría a clase by heart. Fue él mismo el que se levantó a decir que algo tendríamos que decir al respecto. Fue una intervención, diríamos, con precisión cirujana: el profesor justo acaba de decirnos que Dialéctica de la Ilustración está publicado en ¿Editorial sudamericana? Y Trotta. La de Trotta es mejor, pero sólo los narcotraficantes pueden comprarla. Dijo. A mí no me hizo mucha gracia el calificativo, pero de todos modos llegué a casa a verificar qué tan buena memoria había tenido el profesor al citar el primer enunciado del libro. Y no, no lo he leído. ―Hablando de narcotraficantes, ―dijo mi estimado colega―, ¿ha escuchado que [Sigo-sin -recordar] giró la orden de no sacar fotocopias [shalala], de libros completos? ―hizo una pausa y miró fijo al profesor―: No podemos quedarnos callados. No recuerdo exactamente qué le respondió el profesor. Yo, que estaba sentada a su lado, le dije casi en un murmullo que tenía toda la razón. Alguien más dijo que eso no era ningún problema: nos formaríamos varias veces en la fila de la fotocopiadora y, además, sólo teníamos que leer los primeros tres capítulos. Fue un alivio (para ambos, supongo) cerciorarnos, ya saliendo de la facultad, de que aquello que acabábamos de escuchar era realmente una pendejada impactante y no una alucinación a deshoras. (Si bien, ambas; pero ese detalle preferí no discutirlo). Lo que sí le conté fue mi idea de hacer una editorial 100% pirata; libros al costo de impresión, pasándonos por los huevos el Copy Right: que dijera en grande COPY LEFT. ―Ubica tu mente en los próximos cinco minutos, ―me dijo―, y dime, ¿qué hacemos ahora? Porque yo no quiero pararme enfrente de nadie, ¿sabes cómo nos van a tomar? ―Escribir un texto y pegarlo en toda la facultad, anónimo. Entre tú y yo. Te doy mi mail, lo escribimos entre los dos. Lo importante es que la gente se entere. Es lo único importante. Lo importante es que la gente decidida: es lo único. Los nombres no son nada. Los nombres incluso desaparecen cuando la gente se entera. Los nombres, si acaso, y las fechas, sirven para ponerle la fecha de caducidad, el sí pero no, la distancia crítica desde la que nos paramos porque “filosofía es llevar al concepto el momento”. ¿Viste cómo lo negaron?, me dijo. Usó esas palabras. Negación total. Me consta que no ha leído eso de la negación porque en el camino me pidió que le explicara esos dos modos de hacer filosofía: una es razón instrumental, me dijo. Ésa me queda clara, pero a la otra no le agarré muy bien la onda. Yo le solté una hegeliana del en sí y el para sí. La razón para algo, le dije, convencidísima de lo que le decía, es sólo el objeto del observante, ¿ves? Falta este lado. La razón instrumental no cuestiona al observante. ―No, no lo veo. ―Tengo ganas de discutir este libro con ustedes ―nos dijo el profesor. Una hora después nos daba por pormenores del menú alimenticio de citas a pie de página que podemos encontrar en la edición para narcotraficantes, porque ―Lo bueno de Trotta es que te apunta a pie de página algunas palabras que cambiaron en la segunda edición y que le dieron un giro mucho menos subversivo a la obra. ―Claro que yo no les recomiendo clavarse mucho en eso. O sea, es necesario pero al final uno se enferma, ¿saben? Por eso aquí seremos un poco críticos y trataremos de distanciarnos un poco de la obra. Como si dejara de existir un yo que de todas formas es mentira; la enfermedad es así. Por eso es necesario recurrir a otros que ―parece, parece, hay que tomar distancia― han podido explicarlo sin ir armando en el camino un ahorcado con sus propios argumentos. Olé. Que es como los muertos: emborronamos las lápidas para desdibujar o meter a las sombras la plenitud, insoportable por supuesto, IN-soportable, de la ausencia. En ese término medio de matar la muerte, de afiliarnos a la estrategia sin comprenderla ni entregarnos nunca a ella. De ser críticos porque no hay nada. De tomar partido, pararse en algún sitio, self-standing: independizarse. Por eso yo al final de la clase pensaba que no puedo. Me estaban hablando de dos cosas distintas, y yo no encontraba diferencia. Lo miraba ir y venir con ganas de llorar, no porque mi inexistencia haya últimamente echado a perder mi vida, mi novia, mis ganas… Era lo que estaba escuchando. No sé cómo: era lo que estaba escuchando. Que por otro lado no tiene mucha diferencia con mi vida personal. Con el tráfico, la radio o llegar a mi casa y encontrar que Wini se ha escapado de nuevo, y que de nuevo hay un silencio mortal pero esta vez no porque nadie se haya ido a China, sino porque yo y mi estupidez nos hemos encontrado con un callejón sin salida: el silencio o nada. Es imposible explicarlo. Lo he querido explicar con mil palabras distintas. Incluso me he auxiliado del incomparable The Wall, de palabras simples y llanas como “yo no soy nada y tú me pides presencia”, de consejos abandonados en puertas que de pronto se cierran, rendidas: busca un trabajo, renta un departamento. Párate en algún sitio: self stand. Out or in. Tal vez creyó que me refería a algún estúpido trabajo para madurar en esta estúpida vida. Tal vez creyó que estaba devaluando el
free lance diciendo búscate un trabajo serio, donde te paguen bien. Tal vez, seguro, por primera vez en muchos meses sonrió sin pedirme explicaciones y cerró la puerta llevándose, no sé, mal entendidos.
y yo no podía detener la puerta, o volverla a abrir para explicarme, para explicarme. y ella no podía dejar de entrar a su casa, sin pedir explicarse.
O tal vez entendió que los mal entendidos había que llevárselos a otra parte, y había que cerrar la puerta para decir “Esto es mío.”; y tal vez, por primera vez, me entendió. Con ese corazón enorme que tiene: me entendió así queriendo escucharme. Ahora corre escondido por la casa, y yo no sé. No sé qué quiero, no sé cómo encontrarlo, no sé si dejar correr en mi casa un Al gato y al ratón. Porque eso es lo que pasa con los hámsters y aquello que se deja porque no tiene dónde ponerse. Son como hijos, vástagos, re-minders. La indeterminación total.
12 comentarios:
Sigo masticando tu post. Cuando entre a tu blog venía buscando la respuesta al comentario anterior. O algo así. Recordé una clase pésima que tuve el lunes, de epistemología, donde me quedaba pensando si en rebatir al profesor en cada barrabasada que decía. Recuerdo que me convencía de que no fuera tan prejuiciosa y escuchara en vez de ver como lo que decía podía ser refutado facilmente. Le observaba y mientras más la cagaba su imagen tambien me iba pareciendo repugnante. En algun momento hasta pensé que era de esos tipos muy libidinosos que van a bares a ver qué pescan. En fin, luego me quedé pensando si mis alumnos se preguntarán cosas parecidas, je.
Ayer tuve otra clase y de algun modo te recordé cuando comentaba que uno siempre se sitúa en lados y que se establecen bordes. Eso era respecto a la pregunta de si la filosofía es capaz de transmitir conocimiento. Y hubo ahí ciertas respuestas positivistas y otras donde se decía que tambien lo que no se puede comprobar genera conocimiento.
No sé, a mí me mueve cuando escribes así porque de alguna manera me estimula y tambien me dan ganas de escribir. Pero luego me autocensuro o me distraigo y me pierdo en la vorágine de la cotidianidad. Y así.
Un abrazo pues, chica disciplinada. =P
Yo quisiera acabar de leer tu post... pero no dispongo de tanto tiempo... Gracias por el enlace a nuestro blog. Te debo un correo, que espero no tarde más de dos meses. Habrán pasado muchos 59 minutos para entonces.
Besos "colgá"
Chido! no había caído en la cuenta de lo del cartel de "Stop Bolonia". Un beso enorme guapa
Hablando de lo de Bolonia y ya que los de por aquí apestamos a universitarios... (tufillo no del todo tragable a veces, vale decirlo)... Aquí le cuelgo un textillo de un camarada, a propósito de BOLONIA y LAS UNIS... y que puede traspasarse, espero... a toda la pedagogía de los mil demonios:
CONTRA BOLONIA, CONTRA LA UNIVERSIDAD.
Don Anónimo
Desde que ha empezado esto del “No a Bolonia” se han empezado a hacer
reivindicaciones a diestra y siniestra que valdría la pena aclarar, comentar
y desarrollar.
Antes de cualquier cosa, debo señalar mi absoluta simpatía con el movimiento
en lineas generales: cualquier cosa que diga “No” a lo que se nos quiere
imponer desde arriba es bienvenido y agradecido me sumo al corro de voces.
Sin embargo, no puedo evitar darme cuenta que por cada “No” que decimos al
poder, tenemos que decir un “Sí”. Me explico: Una cosa esestar contra
Bolonia y otra muy distinta ‘defender’ la Universidad. No sin tristeza
descubro que al lado del reclamo contra Bolonia se alzan reivindicaciones,
apologías y “a favores” de la Universidad… (llenas, por otro lado, de
buenas intenciones, pero) que no logro casar la una con la otra de manera
alguna:
Sinceramente creo que estar contra Bolonia es estar contra la Universidad…
Me explico: No me refiero a la Universidad en tanto ‘espacio público’, sino
creo entender que la Universidad es más Universidad en la medida en que se
va suprimiendo, justamente, este espacio público. ¿Cómo va a ser ‘pública’
si hay que matricularse? ¿Cómo va a ser ‘pública’ si se nos dan notas,
papelitos, circulares, licenciaturas, masters, CAPS y demás parafernalia que
sólo puede tener su estamento último en la formación de individuos, de
personas funcionales, de trabajadores, profesores, etc.? La verdad no es un
tema simple, ni pretendo despacharlo aquí, así como así, y la verdad estaría
bien que se debatiera un poco más sobre el asunto… ¿Qué hay de salvable en
la Universidad? ¿Qué se pretende con estas ‘defensas’ que no son sino meras
reformas de algo que en su ‘esencia’ busca erradicar de todas las maneras
posibles el ‘espacio público’?
No se me malentienda: repito que es buena, necesaria e impostergable esa
lucha contra Bolonia (reforma educativa que más o menos viene a dar la razón
a que la Educación es justamente la erradicación progresiva de todo ‘espacio
público’, donde la Universidad se convertiría en su forma más refinada), sin
embargo sus prontas reivindicaciones de la Academia, del trabajo como
profesor, del estudiante como mero sujeto de matrícula, la verdad me
preocupa y me desanima… Me desanima por ver que al fin y al cabo, que el
hecho de que los estudiantes sólo se preocupen de sí mismos (de la defensa
de estos rescoldos del ‘espacio público’) vienen a confirmar la idea de que
lo único que se viene a hacer aquí es a preocuparse por el futuro de ‘uno’,
en tanto que tenga una ‘buena formación’, ‘facilidades de pago’, ‘empleo
accesible’, etc., y no se oye, ni por casualidad algún reclamo contra la
forma estructurada de la propia sociedad… Reclamo del todo justo y
necesario para realmente combatir Bolonia y su significado…
Bolonia, en resúmen, viene justamente con esas mismas ‘buenas intenciones’
que quienes reclaman la ‘defensa de la Universidad’, Bolonia viene a hacer
más Universidad de lo que la Universidad es… Ya que si hay algo salvable
en este edificio, en sus organizaciones, en el encuentro común y libre de lo
que sucede en este extraño espacio abierto (que nos empeñamos en llamar
Universidad) no sucede en tanto que es Universidad, sino en tanto que es
otra cosa… ¿Qué cosa sea?, no lo sé muy bien, simple y llano espacio
público que las licenciaturas, masters, academia y demas basca están
perpetuamente aniquilando…
Espero abrir un debate… ¿Qué es Universidad? Hablen… digan, ¿qué
piensan?
Salud.
Sonozo, espero que no te importe que copie y pegue tus impresiones en nuestro blog, al que enlaza el "stop bolonia" de la página principal de nuestra querida Ale. Son ciertas las dudas que comentas, y las comparto en gran medida. Sin embargo, valga un poco como excusa el que se ha debido comenzar muy rápidamente a informarse, a informar y a llamar la atención sobre la movida que se nos viene encima, y para colmo bajo el paraguas de supuesta democracia en la que todos participan. Pero creo, contigo, que ya es hora de dejar de defenderse y pasar al ataque. Siempre y cuando no se vaya a perder la queja entre las ramas. Un abrazo y gracias por no comentar lo mismo de siempre.
Pues si ya me di una vuelta por la STOP BOLONIA... y ta bien... Hasta puse un anexillo, para ver si pico a alguien y desembucha... que el primer enemigo de todo esto es la sordera general en la que se sume toda la mayoría...
Aunque ya lo decía la suma simplicidad de la matemática: la mayoría no son todos. Y es que ya vez, tanta tristeza me llena el alma cuando veo que los estudiantes, tan guerreosos y tan rebeldes, como la sangre nueva que entra, o le niño que se niega a obedecer al padre por las buenas... todo se acaba cuando cada cual toma el camino que le corresponde y los más y los menos, las mayorías y las minorías, se encarrilan en "su vida particular", dejando lo público de lado.
Por eso hay que sospechar de todo... Hasta de los movimientos tipo Mayo '68, que por muy bello que fuera, al recordarlo lo matamos, lo hacemos historia y como tal creemos que 'ya ha pasado' -como a todos 'se les pasa' eso de rebelarse- como si fuese una etapa necesaria y hasta perdonable y excusable de la vida... antes de dar el gran cambiazo y pasar a los que opirmen.
¡Nunca! Por más que se tenga que trabajar y sobrevivir... ¡no se tiene por qué hacer de eso una creencia, una fe! Todo lo contrario, seguir en la medida de las posibilidades en la guerra.
Un abrazo.
Jajajajaja, no me hables de rememorar neutralizando los acontecimientos del pasado, que acabo de poner colofón a un trabajo sobre Benjamin, Nietzsche y Camus en torno a la historia, al sentimiento de culpa y al conformismo...
Mmm... tampoco hablo de tener una carga de conciencia... Ni hacer rememoraciones del pasado con rabia o no... No nos hace falta la historia para darnos cuenta que lo que el tiempo que nos pasa aquí no es sino una parodia del tiempo: una eternidad que nos quiere hacer pensar que algo pasa, cuando en realidad no esta pasando nada... salvo eso sí, aniversarios.
Es hora de dejar que se mueran los muertos, y que por ende estén aquí entre los vivos, pero no como historia y como búsqueda de justicia... sino así, hablando con ellos...
Porque parece que el hecho de que los muertos esté muertos, y los vivos vivos,hace que los muertos estén vivos y los vivos muertos. ¿O no? ¿No han visto todas esas camisolas con fotillos de muertos? Desde el Ché, hasta el Morrison, pasando por Marlirlyn Monroe y hasta Jesus mismo y las estampas de sus santos.
Ah... ese recuerdo de que están muertos, que ya no pueden ser sino estampas... esa es la mentira... porque si de pronto nos pusieramos a hablar con ellos, la de cosas que de verdad pueden estar diciendo... y de paso, quizá nosotros digamos más cosas, que no sea lo que ya está dicho -lo que se cree que dijeron esos muertos-. Como Nietzsche, Camus y todos los que le siguen.
Ande y valga par lo que valga.
Sonozo!
Justo estaba pensando que la historia es necesaria. O sea, asi, necesaria.
Hegel, por ejemplo. Pero ademas Hegel decia, o dime por que no, que aquello con lo que hacemos necesaria a la historia, los conceptos, eran, a lo mucho, suposiciones. A lo mas, ficciones.
No tengo acentos, disculpa.
Ese si y no. Si con acento.
Esa necesidad de referirse a la critica, y esa necesidad, despues, de creer.
Pero, pregunta, crees en la verdad? Por que desde eso de Heidegger, desde ese que hay detras...
Atras no hay nada. Atras, en el suelo, esta uno, si se quiere vivir. U otros, los que se equivocan.
No hay mas, si se quiere vivir.
O sea, la historia es necesaria. Las ficciones son necesarias.
O los dioses, los que estan del otro lado.
...eres raro.
¿Me dice a mi que soy raro?
Amanda, pequeña mía. ¿Cómo que la historia es necesaria? ¿Necesaria para qué, para quién?
¿Para uste? No creo... ¿Para esa falsa abstracción de la sociedad? Pues será... ¿y la sociedad? ¿Es necesaria?
Lo que creeo que es necesario es que los muertos estén por aquí, pululando, no que sean personajes históricos. Imaginése, pasar una noche con mi adorado Marqués de Sade... pegándole besos y charlando de la naturaleza. Ah, eso sí que es necesario, para poner de cabeza este mundo que se mantiene con la amenaza de la muerte.
Hegel era un infeliz. Heidegger un inegnuo. Yo... un poco de ambas. Pero siento algo por abajo de mí, que no es mío -ni es mi pishula morena, tampoco- que me dice que no puede ser esto todo lo que hay.
jajaja...
Sonozo dijo: "¿Me dice a mi que soy raro?"
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