10 sept 2008

Ensayo melancólico

Los otros son una verdadera jerga. No se puede pensar sin ellos. Son un filtro de legitimidad, de verbalización.

Hablamos con una pretensión de verdad, con un tino... Aunque nos hablemos a nosotros. Sí. Aún cuando nos hablamos a nosotros mismos en silencio, en Word, pongamos, o en el metro, hay ahí una pretensión de verdad, de coherencia, de sentido.

Ese comentario pusilánime que hace en voz baja el que escucha una clase, por ejemplo. Es el típico alumno que hace de apuntador del profesor en voz baja, o comentarista de la clase. Molesta, por supuesto, que no deje a los demás escuchar al profesor (que es al originalmente teníamos previsto escuchar); pero molesta muchísimo más esa "pusilanimidad", ese insecto arrastrado en el silencio entre las bancas.

Por supuesto: el pusilánime no comenta en voz alta porque no quiere confrontar lo que piensa. Se conforma con hacernos ver a los que estamos a su lado (y que, por cierto, no estamos en posición de responderle porque no es el momento; es decir: se contenta con hablar en el silencio) su pequeño trozo de pastel reciclado.

No. Los otros son esa máquina devoradora que usan los camiones de basura para triturar... la basura.

Y luego ahí vamos los que hablamos en voz alta diciendo a diestra y siniestra que nos han mal interpretado. Insectos pusilánimes también. Alardeamos de una verdad recóndita e inalcanzable, pulcra, que sólo nuestro lenguaje privado puede entender.

No existen lenguajes privados.

Los otros. Hablar para otros que, sin embargo-sin-embargo, nos mal interpretan. Así. Nos trituran con su estructura barata de tres días de vecindad. Con sus sentimentalismos.

Ayer me abrazaron. Uno de esos tipos freudianos con los que siempre hay que medir las palabras. Salíamos de una clase y yo le dije, casi agarrándolo de las solapas, que con ese tipo de clases daban ganas de levantarse de la banca e ir a abrazar al maestro diciéndole "abrázame que voy a llorar".

Y efectivamente, mi compañero me abrazó. ¡Demonios! ¡Ésa ha sido la mayor comprensión que he tenido EN AÑOS!

Pero no era lo que quería. Los abrazos me suenan estúpidos.

Hace meses que me siento así. Atrapada. Pidiendo un abrazo que no pienso tragarme. Pidiendo un lenguaje privado.

Porque los otros, esos otros que son una jerga, no son nada más que mi idea inverificable de legitimidad.

Esos otros por los que hay que pasar... No existen.

Paso la vida maldiciéndolos, fabricándolos, recordándolos, haciéndoles un insoportable copy paste repetitivo de mi historia, soñándolos, hablándoles, frustrándome por ellos, malgastando mi imaginación pa' convencerlos...

No existen. Estuvieron ahí para enseñarme un lenguaje que han abandonado.

Estuvieron ahí para cerrar una puerta que no hubiera existido.

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