21 sept 2008

Hacía mucho que no salía pacheca a la calle y en domingo.

Tengo mucho frío. Ha sido un día enorme. La calle fría, los árboles, los ojos fríos.

Ale, sentada en el coche.

Ayer estuve todo el día pensando en estupideces, tratando de encontrar goznes. Nos peleamos en la mañana.

Luego desayunamos. O terminamos de desayunar. Yo me puse a leer no recuerdo qué en la mesa. Pensé que se iba a quedar un rato más, pero terminó, se despidió y se fue. Se le hacía tarde.

Yo prendí la compu. Me iba a poner a escribir lo que pensaba. Escribí 4 cuartillas. Los albañiles que están arreglando la fachada comían en la sala. Yo escribía derecho, pasaba de un tema a otro, trataba de argumentar, de hacer links. Salí por más café.

Me saludaron.

Muy amables, todos.

No les ofrecí café porque me daba hueva ponerme a hacer más. Me tomaba la última taza.

Terminé de tomarme la taza releyendo. Treinta veces, como dice Papa. De arriba a abajo.

Me gustó mucho cómo lo dijo, y no se lo dije: "y ves que ya no cabe", o algo así. Bah. Cuando terminé la taza estaba convencida de que no había entendido nada, así que me bañé decidida a ir a buscar Espectros.

Salir, comprar, ver a la gente, pensar: historia-otros-el yo, yo yo, y mi propia ceguera.

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Desperté muy temprano. Estaba en una casa que no conocía. Un departamento de paredes de madera y sofá de los años 50. Había abrazado a Ale toda la noche. Dormimos en el sofá. Ella se durmió en la orilla para que yo no me cayera. Yo la abracé muy fuerte toda la noche, sintiendo los huesos de su cadena en mi brazo. Pensando, soñando, queriendo, durmiendo.

Soñé con el nombre del padre. Lo dije cuando me levanté; dije: "Yo soñé con el nombre del padre. Soñé que eran cosas que uno se comía."

Preferible no dar detalles...

Lo interesante del sueño es que como eran cosas que se tragaban, luego uno no podía saber si efectivamente había entrado o no.

No sé cuánto tiempo pasó después de que me desperté. No sé si Ale estaba despierta. A veces la abrazaba más y la jalaba hacia mí. Dos personas se fueron en la mañana. Creo que Ale se despidió de ellos. La chica dijo algo.

Desayuné un taco de cecina enchilada, una quesadilla de hongos y un consomé en un mercado en un parque en Cuauhtémoc.

El jugo de mandarina se lo pedimos al señor de enfrente, que iba con su bicicleta.

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Antes de salir le di un toque a un porro. Ibamos a estar no sé cuántas horas, ellas patinando. Yo llevaba un libro que acababa de comprar, y había querido anoche quedarme en mi casa leyéndolo, pa saber o pensar si el yo-yo era pendejada mía, o si más bien la imposibilidad del otro sí daba para escuchar a los otros desde su propio yo-yo...

Que si el mundo existía. O "que sí, el mundo, sí, pero cómo".

También quería ver a Ale, así que le pregunté si ella quería salir y pasé por ella.

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El yo-yo.

Caminando hasta Reforma, ellas se perdieron atrás. Creo que se fueron por otras calles. Ale iba esquivando baches, banquetas y grietas. Yo la miraba pasos atrás, sin patines, y pensaba, con tantas definiciones de Ale que me imagino y que luego nunca escribo...

Por ejemplo, ésa de la bruja: "Ale llega a la cafetería. Llueve, o va a llover, o ha llovido. Trae un saco negro. Cierra el paraguas y se sienta frente a mí. Echa su sillón hacia atrás. Me mira.

Me pregunta para qué demonios quiero verla si voy a estar leyendo. Le digo que quiero estar con ella, que pensé que ella quería estar conmigo, que me tomo el café y que vamos a la casa, que la esperé ahí para irnos juntas, que sí, que quería un café y que me gustaba la idea de esperarla leyendo y tomándome un café, en ese lugar amarilloso que hasta ese momento empeazaba a llenarse de gente. Que si no quiere ella un café, y que por qué no lee algo y después nos vamos.

No quiere leer nada. Se pone a dibujar. Yo la miro. Ella me mira. Me doy cuenta que me está dibujando a mí. Me dice que no me mueva. Sigo leyendo. Me río, hago una broma estúpida, no sé, sigo leyendo.

Está parada afuera. Creo que yo he pedido un café para llevar y le pido que espere un momento en lo que acomodo unas cosas de mi bolsa. O es ella la que se detiene, no sé.

Trae un sombrero enorme y negro arriba de ella. Un paraguas. El pelo negro y despeinado, largo, suelo por el aire. Su cara blanca. Los ojos negros. Alargada, trae un abrigo negro de una marca carísima. Se le ve muy bien. Está abotonado. Por debajo del abrigo, unos pants azules, pintados, manchados de óleo. Y de leche. O granola. O ¿qué es eso, mancha de qué? Leche, me dice.

Parece acuarela azul claro, le digo.

Pantuflas de pana.

La boca roja.

Con la mano derecha está sacando de su saco un puño de dulces.

Yo pienso: "El auténtico mal trae dulces en los bolsillos."

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Ale: mujer que sabe patinar. Ale es una espiga de pantalones negros apretados y capucha hasta la cabeza. Con su figura, su cintura, sus piernas.

A punto de rendirme, estaba
a punto de quemar las naves


Patina de un lado a otro, mueve las piernas como remando por la calle, se adelanta, da media vuelta, me mira. Inclina la cabeza con su capucha, sus chinos negros saliendo por su cara, por sus ojos; inclina la cabeza y me mira. Me sonríe con media sonrisa. Es enorme.

Con los patines se ve aún más alta.

Ella me dice lo mismo, me dice: "con los patines te ves todavía más pequeña".

Yo sonrío. Le digo que sí, y me río. Pronto llegamos a Reforma. Me preguntó dónde estaban ésas chicas. Le aseguré que venían atrás y le dije que las veía luego, ya entrando a la calle cerrada, cruzando la Diana.

Me sentí en una pista. Ya me había pegado el toque.

La primera vez que manejé sola en la carretera sentí, cruzando la caseta a Cuernavaca, que me subía a una pista enorme.

Luego le dije a mi papá que yo creía que la autopista era algo así como la continuación del Periférico, pero que ahí había pensando que eso era un periférico enorme.

Se rió.

La calle se hizo más dura en las llantas. Los carriles se abrieron.

Me sentí en una pista de juguete. Las cosas se hicieron más rápidas.


No había vuelto a sentir esa sensación. Reforma era una pista de patines, una pista enorme de a infancia.

Entrando le dije: "yo las espero, voy por un café" y me sentí mi padre cuando me llevaba a patinar al Naucalli, a los 6 años.

Eran unos patines de cuatro ruedas, blancos.

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