24 oct 2008

Crónica para baño de mujeres

[Escrito en el 2006, cuando todavía tenía ipod, televisión por cable y novios que me abandonaban por poblaciones desérticas a mil kilómetros de distancia]



Aquella noche intenté quedarme dormida desde las 10, porque tenía sueño. A las 2 de la mañana, luego de intentar absolutamente todas las posturas y respiraciones mántricas, me levanté y encendí la computadora. Durante dos horas corregí títulos y autores, agregué álbumes y años de edición de cada una de las 3 mil canciones que tengo en itunes. Todas piratas, por supuesto, de otro modo no habría que corregir nada. Un par de insomnios más y mi ipod pondrá en evidencia mi neurosis obsesiva.

Como yo necesito dormir dieciséis horas fue muy extraño despertarme a las 9:00. Lo hice porque algo me apretaba cruelmente el estómago: un itunes personificado, en mi sueño, parpadeaba sobre mí en la forma de botón rojo, luminoso y rojo, aplastándome. Mi misión onírica: encontrar el archivo en una lista infinita para poder borrarlo antes de que se me fuera mi vida en ello (las cosas a esas horas siempre son muy simples). Durante diez minutos insistí en que el reloj digital y la luz que entraba por la ventana no hacían más que distraerme de lo importante, hasta que intuí la posibilidad de que, al revés, lo importante fuera más bien lo diurno.

Me quité de un jalón la cobija porque el dolor era realmente para levantarse. Pasé por encima del edredón en el suelo, llegué hasta el baño, me senté a hacer pipí y como todavía estaba demasiado dormida no terminé de entender qué era lo que me dolía hasta que vi una mancha roja brillante sobre el papel.

Por las pastillas anticonceptivas hace años que no tengo cólicos, aunque en sustitución tengo dolores de cabeza. Ahora he dejado de tomarlas porque mi novio se fue de misionero al desierto de Baja California. Así que volver a tener uno, después de tanto tiempo, ha sido un shock comparable a levantarse, pasar por encima del edredón, ir al baño y al tratar de jalarle descubrir no sólo que la manija no está donde uno la está buscando sino, de un golpe, que uno está en otro país, que eso no se llama excusado, sino váter, y que no se jala sino que se tira. Exactamente el mismo efecto, sólo que esta vez no me había mudado de país sino de persona. Agréguesele al cólico la melancolía de ya no tener motivo para usar anticonceptivos.

Pasé la mañana enrollada en una cobija con una bolsa de agua caliente que acomodaba mil veces sin lograr aminorar el dolor, a medias dopada por los analgésicos, entre la pesadez del cansancio y la imposibilidad de dormir, mirando un montón de estupideces alternando entre Warner Channel y Sony porque en Animal Planet había una mantis comiéndose a una mariposa a la que le salía una viscosidad amarilla. Refunfuñaba por estar perdiendo así el tiempo en vez de leer lo que debía de leer para la clase de hoy, hasta que me di cuenta de que en el fondo me gustaba tener una buena excusa para no hacerlo. Fue esto último lo que acabó de desalentarme. Le cambié a TVE donde según la programación pasaban el telediario, pero en realidad pasaban un documental de la historia de los peinados españoles (¿y ustedes, idiotas, creen que eso le puede parecer interesante al público internacional?), de todas formas a esas horas no pasaban nada mejor. Cuando se enfrió la bolsa hice verdaderos esfuerzos para levantarme a calentar más agua. Dos minutos después —tiempo que tarda en hervir el agua a la altura de la ciudad de México— regresé al mismo sitio de malas, con frío, doblada del dolor y oliendo a plástico caliente.

A las 12:30 desistí de los peinados españoles y me metí a bañar.

La regadera de mi casa tiene una ventana que da directamente a una importante avenida, sin embargo no me angustio porque no me importa, porque el cristal es biselado y porque vivo en un sexto piso, altura suficiente como para que desde la calle sólo se alcance a ver una mancha difusa. Encuerada, pero difusa. Tenía un cólico terrible.

Abrí las dos llaves, la de la regadera y la de la tina. Mientras la tina terminaba de llenarse, yo me acosté, dejé que el agua caliente me cayera en el estómago y cerré los ojos porque estaba exhausta. Así me encontró, minutos después, el tipo del andamio que lava las ventanas por fuera. Se anunció golpeando con los pies el cristal mientras bajaba hasta mi piso. En aquel momento el tipo, que acababa de lavar las ventanas del piso de arriba, ignoraba completamente mis circunstancias. Sin embargo no le llevó más de medio minuto comprenderlas. Aunque el vidrio es biselado, a medio metro de distancia uno del otro yo podía ver que él sí iba vestido. De hecho vestía jeans azul claro, playera blanca, era moreno y sonreía. Imaginé que otro tanto podía él decir de mí. Sin los jeans, ni la playera, ni la sonrisa, por supuesto. Además una cosa es que automovilistas anónimos vean una mancha encuerada pero difusa a lo lejos, y otra que me vean así los trabajadores de mi edificio. Me apuré a quitarme el jabón del pelo, salí chorreando agua por todas partes y cerré la cortina. Operación que desafortunadamente, debido a la cantidad de pelo que tengo, duró un par de minutos eternos, cara a cara.

A la 1:00 pm, mientras arreglaba mi bolsa, una punzada de media hora volvió a tirarme en la cama con un dolor vertical que atravesaba mi vagina desde el coxis hasta las rodillas. El asunto se iba volviendo personal, tenía que estar mínimo a las 2 en la UNAM. Lo único que me levantó fue la hueva de tener después que andar persiguiendo a compañeritos con los que, de otro modo, nunca hablaría. Me flaqueaban tanto las piernas que después de levantarme pude haberme caído ahí mismo. Fui al espejo del baño a terminar de arreglarme.

Frente al espejo el censo de caídos fue el siguiente: un robusto barro rojo brillante me entumecía parte del labio superior, hinchándolo y haciéndome una deformación pequeñísima pero total; mi tono facial era blanco amarillento; debajo de la nariz, también roja, tenía la cicatriz reciente de lo que ayer era otro barro. Haciendo juego con las ojeras, dos arrugas grises y oblicuas alrededor de la boca me hacían ver como uno de esos perros a los que se les caen los cachetes. Por si no fuera poco, fue imposible peinarme. Uno de esos días en los que el pelo sólo contempla unas cuantas opciones, sucesivas todas: o queda muy aplastado, o se enreda más, o unas partes tiran más que otras o, harto de todo, decide erizarse sin remedio. Después de intentarlo tres veces, me despeiné, frustrada, con la tonta idea de aparentar alguna malévola enfermedad (pretendiendo insinuar, engañar, puras falsedades). Me despiené de distintas maneras y después de cada una me quedaba mirándome por todos lados. Justo después de decidir dejarlo ya, me arrepentí y empecé de nuevo. Me delineé los ojos, me puse unos aretes que creo que no combinaban y me volví a peinar con exactamente los mismos resultados; luego de lo cual me apuré a quitarme del espejo.

En dos minutos logré estar lista para salir de mi casa evadiendo los espejos. Antes de eso, sin embargo, como el dolor era tan insoportable que temía chocar en el coche por un súbito entumecimiento de piernas, decidí utilizar —arriesgada resolución de último momento— uno de los parches que recientemente me trajo una tía de Houston: ThermaCare Heat Wraps. Now more discreet, aseguraba la caja.

Nunca había usado uno. Miré la caja por todos lados antes de abrirla. Según las instrucciones simplemente había que sacarlo del empaque, quitarle el papel adhesivo y colocarlo en el área de dolor. “Tear open pouch when ready to use”, estos gringos, pensé.

Antes de irme salí al patio a recoger la basura, donde me encontré frente a frente con el voyeur lavador de ventanas, quien le hizo señas a su compañero y ambos voltearon a darme los buenos días, alegremente. Como yo soy exhibicionista pero nunca mal educada, les devolví cordialmente el saludo.

Llegué a la UNAM a tiempo, pero me encontré con Lola y ya nunca fui a recoger la bibliografía. Fue conversando con esta chica cuando noté que el parche ése, ThermaCare, pese a asegurar lo contrario, era tan discreto como un pañal blanco que sobresalía de mi ropa por el espacio que dejaban mis jeans y la blusa de aquel día. Fue muy vergonzoso percatarme de ello, pero lo fue todavía más darme cuenta que lo había notado gracias a las miradas de mi amiga. Después de ajustarme la blusa y los jeans, tuve que continuar la conversación lo más tiesa posible porque para ese entonces mi pañal latía como el corazón de Poe.

Apenas terminé de hablar con ella fui a tirar el parche. Un desperdicio. Ya en el bote de basura, por cierto, para cualquiera que no supiera lo que eso era (y aseguraba que en la UNAM pocas lo sabrían) aquello parecía exactamente un pañal con inexplicables manchas verdes a las que de lejos no se les veía lo calorífico. El performance contextual fue involuntario.

A las 4:00 intenté una reconciliación con los espejos. Me quité la liga para volver a peinarme, momento en el que se reventó. No traía otra. Estuve como 10 minutos en el baño, pero el daño era tal que fue imposible arreglarla. En el transcurso de la tarde mi cabeza poco a poco fue adquiriendo dimensiones monumentales, pese a haberme peinado con Hidrocrema Rizos definidos extra cremosa Pantene pro-V. Nada de esas cosas funcionan en el periodo de menstruación.

Con respecto a las idas al baño, racioné el papel higiénico que llevaba, que era muy poco: un cuadrito por vez. En primer lugar porque estaba yendo muchas veces, en segundo lugar porque no quería comprar kleenex para eso, y en tercer lugar porque evidentemente estaba tan alterada que empezaba a perder el buen juicio que tengo acerca de la utilidad de los kleenex.

A las 5:30, no sólo a media clase, sino a mitad de un comentario articulado ipso facto, empecé a sentir entre mis piernas un calorcillo húmedo que me indicaba que la capacidad del tampax estaba siendo sobrepasada. Lo mínimo fue un notorio tartamudeo y un cierre abrupto y sin sentido de mi aportación; luego de lo cual me levanté para ir al baño. Falsa alarma (fatal falsa alarma). En lo personal nunca me sucede que, por no calcular bien las cosas, me acabe manchando. Soy prudente hasta para menstruar. Sé que para una tarde en la UNAM no necesito más que un tampax, y no me lo cambio incluso por higiene... propia, más que nada. Consideré que estaba siendo demasiado paranoica y decidí, a fuerza de voluntad, calmarme, pese a cualquier indicio sospechoso. Por ejemplo el tufillo de sudor personal del que me percaté en medio de una acalorada explicación, de mi parte, acerca de lo fundamental que es para una revista tener un proyecto unificador. Tal explicación se veía interrumpida por silencios de dolor que mi interlocutor aprovechaba para convencerme de que una revista era ante todo un foro abierto al público. Por más que le dije que internet ya había inventado eso, no me lo tomó en serio.

Debido a la discusión llegué 15 minutos tarde a clase de 7, con varias tazas de café encima y sin tiempo de pasar por enésima vez al baño. Me tuve que sentar en el piso porque ya se habían acabado los lugares. Con el suelo frío y en esa posición, en poco tiempo el cólico regresó indómito y las ganas de ir al baño se hicieron insoportables. En los primeros minutos todavía tuve el temple para preguntar algo que tenía que preguntar; 20 minutos después, cuando el profesor retomó mi duda y me miró como esperando una respuesta o una afirmación, yo ya estaba haciendo malabares mentales muy muy lejos de ahí, y no pude más que apretar los labios y mirarlo de regreso, con una mirada de nulidad absoluta. Sudaba frío y tenía las piernas entumecidas. No escuchaba nada de lo que decía el profesor. Lo único que deliberaba mi mente era por qué demonios no me salía en ese momento de clase, pero temía muchísimo levantarme frente a todos con una mancha roja en mis pantalones. Una parte mi cerebro me decía que eso no era posible, que no estaba en control de mis facultades mentales y que me largara de ahí de una puta vez. Otra parte, sin embargo, me decía que sólo faltaba media hora, que lo mejor era empezar a tomármelo con calma porque de todas formas con ese dolor no podía manejar y que además era muy grosero largarse a mitad de una clase a la que había llegado tarde. Logré llegar con vida al momento en que el reloj marcaba las 8 de la noche después de haber agonizado de dolor los últimos 15 minutos de clase. El profesor, empero, se alargó hasta las 8:10 y el tema parecía simplemente no acabar. Me levanté en medio del salón lo más silenciosamente posible y salí de ahí, cosa que no fue posible en primera porque tuve que sortear a todos los que estaban sentados en el piso, y en segunda porque la puerta chirrió cuando la abrí.

Como se me había acabado el papel, salí a comprar kleenex a la tiendita de afuera. Estaba en el 321 así que crucé toda la facultad. Al regresar, el baño del piso de abajo tenía una cola que salía hasta el pasillo, mi opción fue ir hasta el baño del sótano. Volví a cruzar la facultad. Pero el baño del sótano estaba cerrado. Me regresé al principio y volví a empezar.

Cuando me bajé los jeans les vi una mancha enorme. Marítima. Me quedé varios segundos con los pantalones a media pierna mirándolos, tenía la mente completamente en blanco y tuve la sensación de que finalmente, después de tantas horas, el yoga mántrico mental había funcionado. Tácitamente todos mis esquizofrénicos puntos de vista convinieron en dejar las cuestiones de recriminación y culpabilidad para el camino de regreso, y en enfocar las energías disponibles en llegar al coche lo más discretamente. Si eso no era posible, entonces nada más lo haría lo más rápidamente. Lo primero que hice, de todas formas, fue hacer pipí, porque el yoga mántrico tampoco daba para tanto.

Durante mi estancia en el baño entraron tres chicas. No sentí la confianza de salir a mirarme las nalgas al espejo, así que sólo me crucé diagonalmente la bolsa hacia atrás y colgué ahí la chamarra que, por voluminosa, no podía amarrarme a la cintura. Salí, me lavé las manos, me lavé la cara, suspiré, y empecé un recorrido por los pasillos de la UNAM que nunca antes me había parecido tan largo y, sobre todo, tan bien iluminado. Al principio tranquilamente y al final más o menos corriendo, tiesa y despidiéndome de lejos de los que me saludaban por los pasillos, de algún modo logré llegar al estacionamiento y respiré. Ya en el estacionamiento jalé la bolsa para buscar las llaver del coche, cuando vi mi propia sombra alargándose frente a mí y sentí que otro coche me alumbraba el culo con sus dos faros y me tocaba el claxon para que me quitara de su camino.

Por supuesto que podía explicarles a todos los que caminaban a esas horas por los pasillos bellamente iluminados de la facultad que recién dejé de tomar las pastillas anticonceptivas porque mi novio se fue a vivir al desierto, que el desamparo no me dejaba dormir, que para el caso en nada ayudaban los cambios hormonales debidos a una abrupta interrupción de sexo, ni el auto diagnóstico de paranoia, el mantra que me receté, la melancolía sorpresiva, los cambios de nacionalidad del escusado y todo eso.



Pero no lo hice. Al día siguiente simplemente regresé sin dar explicaciones.

2 comentarios:

Rita Ponce de León dijo...

¡siempre me asustan los hombres que limpian las ventanas!

ix dijo...

siempre?