16 oct 2008

Red flower

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté perdida como entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales.

Jorge Luis Borges, El inmortal.



Las diferencias entre hombres y mujeres son brutales e indecibles.


Los hombres miran y crean rostros. Es la mirada la que cerca mi espacio, la que me hace sentir que hay algo que es mío y con lo que yo tengo que verme, vérmelas. Miro, precisamente, tengo dónde mirar, tengo a qué asir la mirada porque soy yo la que mira de un lado a otro, desde algún sitio. Miran, crean fronteras, interrogan; preguntan todo el tiempo, incluso después del sexo. Incluso después de años del mismo sexo.

No es que algo se escape, es que detrás de mi voz, de mi sonrisa, de mi actuar, de mis respuestas, de mi incidencia en este mundo, hay una voz que dice —mío, mío, mío, qué sentí, qué pensé, qué me dolió, qué perdí, todo eso es mío y es imposible decirlo. Es mío.

En cambio con una mujer cuando digo mío, ya no sé qué «mío» es realmente mío.

Las mujeres son ésas que no necesitan preguntar.




Es a través del último significante, valga decir, de la última palabra, a través de la cual el enunciado enunciado cobra sentido.

Pero yo no voy a hablar del sentido y ni le creo tantito a esa última palabra, la frase aquella de mi abuela, que ha quedado como un fantasma rondando en la posteridad, con la que se refería a mi abuelo para terminar una discusión:

―Será como tú digas, pero sábete que no.
―Pero ―reclamaba mi abuelo.
―Como tú digas. ―(Pero que sepa que no).

Este mundo nos enseña a desaparecer ya desde que estábamos con vida. Mi abuela murió hace muchos años.



Tal vez sería conveniente empezar diciendo, ahora, que esto no oculta ninguna verdad, que esto es completamente personal. Que la verdad que hace de hilo conductor de estas palabras reside meramente en el trayecto que va de mi habitación al estante del clóset. Si acaso alargamos un poco la voz, llegará hasta el espejo del baño. Ahí se da todo, en ese recodo que llega: el espejo, mi clóset, la cama. Las mañanas, cuando una se vestía, otra se delineaba los ojos, yo buscaba por todas partes mis aretes, tú le hablabas al gato, con murmullos, mientras gritaba de un lado a otro del pasillo que ya se nos había hecho tarde y de pronto salías con una taza de café, para llevar. Me acuerdo de ti inclinada hacia el espejo con una mano en la cara, los dedos largos, delineándote los ojos, mirándome de pronto.

Ahora las mañanas también son otras. Es la luz o los muebles. Pareciera que he movido los muebles, que con el movimiento la luz entra distinto, que ya no es el mismo recodo que va de mi habitación al librero, del estante de los aretes al espejo del baño. Pero no es nada. Las mañanas se han mudado por otras. Eso es todo. No sé qué otras.



La ambivalencia perversa, apenas manifiesta, femenina, de las mujeres que acaban con «no» sus declaraciones; nuestro discurso oficial, ése que tú tomas con tu voz para desvirtuarlo de raíz, para cogértelo apropiándote del falo, proclama que por eso a las mujeres no hay que comprenderlas, sino quererlas.

―La ambivalencia,
es nuestra.


Esa risa estúpida que dice no entendernos nunca, confiesa que no se molestará nunca en hacerlo y realiza, con ese mero acto verbal, el "nos reservamos el derecho de admisión" a ese tribunal del intelecto donde las mujeres no tienen, en buena parte de los casos, derecho a juzgar.

Quiero decir que no entramos, aunque estemos vivas, en el ámbito de la presencia, la exposición, la inteligibilidad, visión o juicio. A veces no somos más visibles que un fantasma, a los que se ve con la misma certeza con la que otros nos entienden. Nos desvanecemos en palabras, en ambivalencias. Articulamos lo que queremos con la exactitud de las brujas y las gitanas, giramos en torno a otros, cual almas en pena, y cual almas en pena, nos lloran en cantinas.

Lo sabemos porque luego nos llaman.

Alguna vez escuché a una feminista quejarse de esto. Lo retrotrajo hasta la infancia: se quejaba de no haber recibido atención suficiente, de que en su casa nadie le hubiera explicado nada sobre la menstruación, de que hubiera bastado con mandarla a la escuela, de que no se discutiera nada, de que los granaderos del 68’ pasaran solapados con apenas un rumor. De haber crecido en su casa pero a la intemperie, sin ningún cuidado, como «planta silvestre».

La conjunción de palabras fue explosiva, produjo inmediatamente imágenes en mi cabeza. Filas de macetas negras donde mujeres de tallos marchitos y hojas secas se lamentaban, mudas. Es la habilidad que tienen los espectros de quitarme la voz.



He tenido muchos años —después— para observar a las plantas. Todas me han parecido silvestres. En mi casa, en mi infancia, siempre hubo muchas. Mi madre las ponía todas juntas al sol, en una mesa de madera y en suelo en el centro del estudio. En las paredes de aquel cuarto había libreros, uno de ellos tan alto y pesado que llegaba al techo. A los cuatro años lo escalaba. Desde entonces la luz entraba por la ventana dando de boca en las hojas de las plantas, en la multitud de libros soleados y ordenados uno tras otro, con el olor del polvo levantado por la luz.

Alguna vez, en mitad de una crisis económica, justo después del divorcio de mis padres, mi madre, mi hermano y yo nos mudamos a una casona vieja en un barrio residencial de Cuernavaca. A pesar de que la zona era cara, el alquiler de la casa era barato debido a que la propietaria —una señora vieja venida a menos y un poco amargada— no había tenido dinero para su mantenimiento. Siendo la casa bastante antigua, y dado el clima de Cuernavaca, las paredes y los baños tenían una humedad especial, en absoluto molesta. Mi padre había regresado al Distrito Federal rentando una casa pequeña en una zona de bosques y barrancas. Mi madre pasaba buena parte del día en la UNAM, haciendo una maestría en letras. Mi hermano tenía ocho y yo doce años. Nos acomodamos bastante bien a esa humedad que parecía una perpetua ausencia, como si la casa misma se lamiera desde sus entrañas, como si se alcanzara a ella misma saliendo por las orillas del suelo. Los azulejos eran viejos y bonitos, las paredes eran anchas, las ventanas y las puertas estaban hechas de un metal pesadísimo; los cuartos eran fríos. El jardín, por muchos esfuerzos que le pusiéramos mi madre y yo, tenía voluntad silvestre y nosotros no siempre dinero para contratar un jardinero. De todas formas la vegetación llevaba años invadiendo las tuberías, oxidadas y rotas. Hubo que cambiarlas. Teníamos, además, dos árboles; uno de aguacates y otro de mandarinas. Debajo del de aguacates enterré una vez a un pájaro que se había caído de su nido. A las mandarinas, en cambio, las dejaba pudrirse en la tierra porque me gustaba el olor a tierra dulce. El jardín era precioso, crecía libre; yo lo cuidaba observándolo.

A los veinte años escogía mi camino a la facultad bordeando el río en bicicleta. Del lado oeste el andador estaba rodeado de olmos y de maleza que se inclinaba en ramales sobre el agua, helada. En el lado este el terreno se alzaba, no había andador sino construcciones. En invierno, a muchos grados bajo cero, el viento hacía imposible tomar por el oeste, así que echaba a andar directamente por la avenida hasta llegar al campus universitario, donde laberínticamente seguía de todos modos el cauce del río por caminos olvidados detrás de la facultad de medicina. Los caminos eran tan intransitados que a veces las ramas obstruían el paso, teniendo que bajar de la bicicleta y agacharme para poder pasar. Aquel atajo empezaba con un callejón empinado detrás de un edificio, un poco después había una zona en construcción, luego, llegando a espaldas de la facultad de medicina, el camino se volvía más angosto, apenas un andador peatonal, daba vuelta justo a un lado de una sala mortuoria, de donde salía un olor a cloroformo, y finalmente, después de una zona de arbustos, llegaba a un túnel abandonado y garafiteado que daba entrada al parque que está frente a la facultad de filosofía.



http://www.timeoutsingapore.com/wellandgood/feature/
creative-uses-of-plants-in-apartments
Las plantas empiezan con un tallo frágil, un verde muy pálido. Se adhieren poco a poco a una superficie. Se quedan quietas, no hacen nada, crecen en silencio. Se dice que las plantas son pasivas, aburridas, inactivas; que su naturaleza es inferior, que son delicadas y pacíficas. Logran, sin embargo, lo que un yunque o un hombre, muchísimo más enfático, nunca podría hacer: se cuelan en los intersticios y por años profundizan en el alma hasta no haber fuerza humana que pueda arrancarlas.

Las plantas siempre son silvestres. Y salvajes: las raíces destrozan, desencajan junturas, injertadas entre cimientos, escalones y tejas, engrosan a cada momento.



Basta pensar en una de esas ruinas prehispánicas. En el sureste mexicano la selva devora año tras año las piedras blancas; muchas otras ―ruinas― permanecen adentro, inaccesibles. La selva nos borra la historia. La tacha, la clausura, le pone el índice.

Las lluvias, el agua, la tierra y el lodo son el tormento que, resbalando los pies, incuba la hierba. Es la hierba la que incuba todo esto y todo esto lo que incuba a la hierba. Las hojas frías se cuelan en el pie sorteando las suelas de los zapatos, las espinas se pegan a los calcetines y los insectos muerden las piernas que caminan entre maleza.

En la planicie central, los climas más áridos y la tierra seca no deben provocarnos ilusiones; los cactus espinosos, unos más y otros menos, crecen y se mantienen firmes entre los hierbajos secos, enmarañados, nidos crujientes de polvo, hilos, reptiles y alacranes.

Todas estas, imágenes, deben, tarde o temprano, suscitar una revelación terrible: las plantas son inmortales. En el final de la historia, cuando las ciudades estén abandonadas, resquebrajadas, los edificios caídos, rotos, sin ventanas, expuestos al exterior como cadáveres sin rostro; cuando ―y existimos― no quede un sólo ser humano en la tierra, cuando no quede nada un tallo de planta se arrastrará por el asfalto.

La vegetación es lo irracional por excelencia. Es lo otro incomprensible. Es la mudez anhelada. Es eso que incesantemente está ahí, sin ojos.

Las plantas son lo más cercano que tenemos de la muerte. Son la muerte hecha cuerpo.

«Cada sitio en ruinas se convierte en la India,
tarde o temprano,
en morada de serpientes.»
Kipling




2.
Con el pelo negro, revuelto, el cuerpo húmedo, espeso, hundida entre almohadas. Cierro los ojos como los cerraría si la luz fuera apenas para engañar, un resplandor, un destello. Si los árboles techaran el cielo y entre ellos y yo no hubiera más que plantas de hojas mojadas por su propio sudor, y sordera, aunque abriera los ojos estaría ciega, aturdida, idiota. La sordera de la selva, de un intestino de hojas puntiagudas, tallos y juncos; sordera de tanto escuchar y no entender, de los gritos de pájaros, de insectos, de arriba, de una misma. Es imposible registrar la voz, recordarla, hacerla palabra. Se grita siempre hacia arriba y en el momento en que sucede hay ahí un atolondramiento que hace imposible asirlo en el momento justo en que ha pasado.

Extrañar con esa connotación que tiene el lenguaje: te extraño, te hago una extraña, no te reconozco, te hago otra; te disuelvo, con esa extravagancia tuya de olvidársete la última palabra. Con esa mudez que inauguras en el momento justo en que pierdes la mirada y pasas a otras cosas; de callarte porque se te ha olvidado. Así te haces presente mientras te extraño: no acabo de extrañarte, te quedas como un accidente. De los accidentes se queda el espanto ―mudo, por cierto; o mudo por cierto. La certeza de que ha pasado. El olor de los medicamentos, de la sangre, del cloroformo.

Las estupideces que me quitaste cobrándote lo que nunca hice por ti, caen como un hervidero de hormigas sobre mi cuerpo, desparramándome en el suelo. Queda ahí un montículo de piedritas, de tierra desmoronada, seca, como cuando una planta se desgaja.

Eso tienen las plantas: tras de ellas no queda nada. Detalles, cositas digo, tierra tirada, piedra hecha polvo, nada.



Los elogios sobre las mujeres nunca atinan porque no se atreven a decir: tú me haces nadie. Me borras, me marcas el índice.



Red flower es el nombre que le da Kipling al fuego (red fire) en The Jungle Book, donde la selva es una metáfora de la sociedad. El pueblo de la selva teme tanto al fuego que para nombrarlo lo vuelve planta. Cold Lairs es el nombre de las ruinas, apartadas de la selva, exiliadas de la selva, donde viven los Bandar-log, los robadores de la palabra, la vergüenza de la selva, los espectros.

Red flower in the Cold Lairs of Bandar-log women.

7 comentarios:

Wunderkammer dijo...

Me encanto este post, machin... sobre todo la parte en donde el accidente se hace presente. La fractura.
Cuando leia tu comentario sobre la vinculación o la desvinculación, cuando postulas es como si leyera a un hombre. Cuando te leo aqui no es asi. Aunque al final la vinculación o la desvinculación hayan quedado sin límites establecidos pues mencionas acerca de la negatividad de algunas individualidades -como factor desvinculatorio en lo social-, según tu argumento.
Pensaba cuando postulan que el arte es como la vida. Pensaba tambien en cuando el arte se politiza y se pretende como un factor de transformación de la realidad -social-. Vincula y desvincula. Pienso cuando se hace arte a partir de la intimidad, pero al hacerlo público, se vuelve político.
Mhh...

ix dijo...

Luisa, cuando te escribía yo sentí lo mismo, súper fálica y diciendo "la cosa es así y así", pero me daba hueva corregir y ése era mi ánimo, así que no dejé.

Acerca de lo político y el arte, pienso que en medio se cuela algo importante, que es la legislación, el ánimo de comunidad. Ese factor problematiza el vínculo que intentas hacer entre arte y política.

O sea, es chido decir que el arte tiene interés social, pero es todo un tema que habría que desmenuzar.

Tiene adentro muchas cosas: el inconsciente en tanto que la producción es individual, el arte como negatividad y su problema de la inventiva, de hacer presencia algo (en ese caso ya no es negatividad); la transformación social desde la perspectiva del progreso; y por supuesto, la política como legislación.

4 astillas, por ahora.

Me parece, de todas formas, que no es tema que pueda ser abarcado en comentarios.

Saludos =)

ix dijo...

Ah!! gracias por lo de "me encantó el post, machin"!!

=)

Anónimo dijo...

una lengua húmeda, división e inmortalidad

Rodrigo Hernández dijo...

mi parte favorita es de la anécdota de las mandarinas pudiéndose en cuernavaca a la bicicleta en salamanca.
Me gusta que escribas este tipo de cosas.
te quiero ale!

Rochi El Amargado Alegre dijo...

En respuesta a tu comentario:
la facultad de filosofia y letras de la UNAM, cuenta con biblioteca y librería, a mi me mandaron a comprar un libro. Creo que es obvio que la compra se realiza en una librería.

ix dijo...

En respuesta a qué comentario?

Pues sí, tienes toda la razón. Los libros se compran en librerías.

¿?