Otra vez es domingo y otra vez no sé quién soy. Es domingo para escribir, pero hay demasiadas cosas. Demasiadas.
En teoría no se debería escribir en estos estados. Al respecto, pienso dos cosas. La primera es que son esos estados exactamente los precisos para escribir.
Los monjes budistas, por ejemplo, o taoístas... Taoístas, creo. No importa. Hay unos monjes en la otra parte del mundo que consideran que el mejor estado para pensar es el de vacíamiento total. Yo lo entiendo así: en el momento en que el cuerpo está deshecho, en que el cerebro empieza a adelgazar sus conexiones sin... oh demonios. ¿Axiomáticas? ¿No verdad?, pero son axones. Eh, bueno, tampoco eso importa. A lo que voy es que cuando el cerebro está... Cuando el cuerpo demanda el cerebro funciona, reacciona, y deja de hacerse pendejo con... Bien, no sé con qué se haga pendejo el cerebro en circunstancias normales, pero para escribir hay que estar deshecho. Entiéndase: las 9 de la mañana de un sábado o, de preferencia, domingo, con cervezas y tragos aún en la mesa y aún la última vachita, es el mejor momento para sentarse a escribir lo que en cualquier otro día se callaría.
La segunda cosa que pienso es que precisamente por eso, mi buen, precisamente...
Por eso hoy (se acaba de ir el sol) voy a limitarme a escribir sobre mis sueños. Los dos sueños que había creído que estaría bien, y que no los puse. No los he puesto.
Al respecto, pienso algo. Cuando tenía 16 mi imaginación era... ustedes juzgarán qué adjetivo califica; la cosa es que a los 16 para mí mi conciencia era una oficina en la que se perdía, al fondo, una mesa de reuniones.
Simbólica, mi imaginación era simbólica.
Alguna vez, entonces, concluí que eran mis padres los que estaban sentados al fondo discutiendo con ¿el director? mi juicio final. La frase era mucho más bonita, ahora no la recuerdo bien pero la buscaré. Pertenecía a la saga titulada, brillantemente sin duda, "Guturama". Guturama era un compendio de situaciones, pequeños textos, donde simbólicamente describía la ciudad de México. El tema principal era que la ciudad no era otra más que yo. El subtítulo de la saga era "ciudades perdidas", un subtítulo que, pese a su originalidad, decidí conservar porque hacía alusión a una idea que sí me lo parecía: yo era un montón de desconocidas.
El proyecto no ha muerto pero agoniza. Ya no pienso igual que a los 16. De todos modos, hace fácil unos cinco años que no escribo nada sobre Guturama.
No viene al caso.
Pero es mi blog.
Al respecto pienso que yo no sé lo que es un blog, pero yo sé: los sueños, los dos sueños. Porque vienen en pareja.
El primero lo tuve quedándome dormida sin querer. El segundo fue mucho más largo y he olvidado casi todo de él, lo tuve en la mañana, después de apagar el despertador. Sé, por eso, que al menos me llevó una hora.
1.
Me quedé dormida cabeceando. Soñé que estaba en la última esquina derecha del jardín de mi casa, que tenía la alberca al borde, y que daba vueltas incontrolablemente. Todo el sueño fue ése.
Estaba ahí. Mi cuerpo me pesaba, el suelo ejercía una atracción hacia mí, me empujaba hacia abajo. Yo me resisitía. Giraba, daba vueltas y no podía parar. Intentaba incorporarme pero... claro, inútil. Cada vez estaba más cerca del suelo, con la cara más cerca al suelo. Giraba cada vez más rápido. Me daba miedo pegarme contra el borde blanco de la alberca. El jardín era verde, pero era de noche. El agua no la veía, pero sabía que estaba ahí.
Finalmente mi cara rozaba el suelo. Mi mejilla derecha. Me pegaba, sentía el polvo, sentía que me despellejaba porque la velocidad era mucha. Lo único que me tranquilizaba era que con la resistencia giraba cada vez más lento. Ya no veía el borde de la alberca, sólo había tierra.
Cuando me detuve del todo me dije, sin decírmelo por supuesto, que ahora podía intentar incorporarme.
Y me desperté. Me incorporé. Mi gato volteó a mirarme de súbito y yo advertí todo el desorden de mi cama. Hice todo a un lado, apague las luces, cerré la puerta con llave, me fumé un cigarro, le di un par de tragos a mi café frío, pensé mucho, mucho en el sueño, y finalmente me metí a dormir.
Por recomendaciones de mi chica, de mi ex chica, que me ha llamado para aconsejarme que dormir con brasier provoca cáncer de mama, me quité la ropa. Al menos el brasier. Y los aretes.
2.
En la mañana sonó el despertador. Lo tengo arriba de un librero, tengo que levantarme para apagarlo. Me levanté, medí el horario del día y me regresé a dormir.
No tenía clases temprano.
Estábamos en Palestina. O mejor dicho, en Israel y tenía que ir a Palestina. ¿O era al revés?
La frontera era angosta: cien, doscientos metros.
Corría. Me perseguía un soldado israelí. Corríamos los dos. Ya recuerdo: yo iba a Israel. La línea de meta estaba cerca: era un círculo blanco, de varios metros de diámetro, construido como unas puertas giratorias derruidas. De plástico. O unisel, no podría decirlo con exactitud.
Era noche. Era una noche muy fría. La carrera, aunque desesperada, no duró mucho: me disparó cinco veces en la espalda. Seguí corriendo, me volvió a disparar, falló, llegué a la barricada de unisel, me barrí, me escondí.
¿Unisel se dice?
Me dolía la espalda. Sentía los cinco disparos en curva, de arriba a abajo. Me alcanzaba a ver el que estaba detrás del hombro. La sangré era espesa, casi quemada.
Al parecer tenía compañeros en ese lado de la frontera, me acostaron en una camilla sucia.
Luego había que regresar a Palestina.
Corría, también. Esta vez llevaba coche: un coche pequeño, casi de juguete, donde apenas cabía. Mi papá era mi copiloto.
Para llegar a Palestina había que bajar unas escaleras perpendiculares a la vía que comunicaba un flanco con otro.
Yo sabía que lo que había que hacer era evitar las escaleras, seguirse derecho, llevar el coche por lo que hubiera después: una bajada en ángulo recto, un hoyo, una sala de asfalto metros abajo, de paredes lisas.
Me dolía muchísimo la espalda. Cinco veces, o cinco hoyos, los sentía cada uno.
Me desperté al momento de tomar la bajada, a salvo de soldados.
LA INTERPRETACIÓN.
Ah, qué fea palabrilla.
La última esquina derecha del jardín de mi casa, era, efectivamente, alberca. Era la casa de Cuernavaca donde vivíamos cuando yo tenía 12 años. 10, 12. En mi sueño, sin embargo, no era exactamente el mismo lugar, y eso me llamó mucho la atención cuano me levanté.
Mi jardín tenía, al último y pegada a la pared derecha, una alberca. Todo el lado izquierdo era jardín plano donde mi hermano y yo jugábamos "gol-para". La pared era la portería y nos turnábamos los guantes. Mi hermano prefería ser portero, sin embargo la cosa no funcionaba porque yo era muy buena delantera y más pronto que tarde acababa siendo yo la portera =)
En mi sueño todo el fondo era una alberca con exactamente el mismo borde blanco que mi hermano y yo cuidábamos, no fuéramos a descalabrarnos con la orilla, que quedaba un poquitín más alta que el jardín.
La esquina donde yo estaba no era la última esquina del jardín, sino la última esquina del jardín verde. Es curioso que exactamente en ese punto no hubiera pasto en mi jardín-jardín: lo que había era una terraza pequeña, blanca, que casi nunca usábamos de terraza y que servía para dar pie a la alberca. Debajo de ella estaban las máquinas. Nunca jugábamos ahí, aunque alguna vez que fueron unos niños de visita, mi hermano y yo, con ese cuarto de máquinas, inventamos un nuevo juego: el calabozo.
Por supuesto que no los dejamos ahí mucho tiempo, ¿qué nos creen?
La terraza, de cualquier manera, no figuraba en mi sueño que era, poco más o menos, un jardín verde de noche que acababa en una alberca azul oscura.
Y me pareció muy cagado que yo diera vueltas en el lugar exacto que no había en mi sueño.
Por otro lado, la imagen de la alberca hasta el fondo era muy similar al jardín de una amiga mía: su jardín era verde pero los últimos metros, todos los últimos metros eran, imagínense qué: no una alberca sino una terraza.
¿Qué hacíamos mi amiga y yo en esa terraza enorme? Uy, ni se imaginan, pero entre otras cosas, a los seis años, levantábamos los brazos y dábamos vueltas mirando el cielo hasta que nos cayéramos.
Del otro sueño, miren: estoy hasta la puta madre de soñar con hoyos.
Lo único rescatable de aquí es el hecho de que yo hace como 10 años que no soñaba que me balaceaban. Los últimos años he soñado, al revés, que soy yo la que balaceo, entierro cuchillos, rompo cráneos con piedras, descuartizo, escondo cuerpos...
De la saga "sueños", próximamente, "entierros".
Mientras tanto me voy porque aún es domingo y aún quedan muchas vachitas. Además en la mañana dejé lo que queda de una botella de whisky en casa de P, y no porque se me olvidara.
Bonitos sueños.
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