Habría que empezar por decir que el mar es la madre. No he leído la Interpretación de los sueños de Freud, pero justo voy a leer ese libro en los próximos días/semanas, junto con El delirio y los sueños... (que debería estar leyendo en estos momentos en vez de estar escribiendo estas cosas); de modo que el experimento no puede resultar mejor: empezaré la interpretación de mis sueños en el preciso momento en que mi cabeza empezará a dar vueltas alrededor de los sueños. En el preciso momento: en el momento anterior.
Porque el blog es, o debe ser, fundamentalmente eso: experimentos con palabras, experimentos de simbolización. El blog es un género que, en su estilo, en su simbolización, es profundamente real. Buena parte de los blogs, en consecuencia, están dedicados a hablar de la vida cotidiana. Pero ocurre un desajuste: al hablar de la vida se pierde el estilo. No hablo de un buen estilo, que bien no podría tenerse nunca, sino de estilo a secas. De sistematización: lo simbólico adquiere su capacidad de desplazamiento, su movilidad, en el momento en que se le aprehende. Lo negativo surge en el momento en que el estilo se completa, en el momento en que la articulación pone en evidencia su motivo. Pero al escribir la vida ese orden se pierde, y se pierde con ello su vínculo con lo real, su capacidad de desplazar. Los blogs se convierten entonces en un conjunto vomitivo y complaciente que reemplaza a las telenovelas de Televisa. O bien, conservan el estilo, pero pierden su vínculo con lo cotidiano y desechable y se vuelven lugares accesibles de publicación, sustituyendo a las publicaciones-libro.
Es una paradoja. En el momento en que un autor decide sistematizar su blog, lo encuadra y pierde con ello la multiplicidad. Por el contrario, si decide dejar vivir a la multiplicidad, pierde el encuadre y con ello la capacidad de movimiento. En el primer caso no hay nada que mover y en el segundo no hay cómo moverse.
Mis conflictos con el gadget de etiquetas responden en buena parte a esta paradoja.
Pero bien, los sueños son también aquí un escape. Los sueños, o al menos el recuerdo que tenemos de ellos, son en sí mismos un encuadre de la vida. Es, sin embargo, una delimitación hecha por el inconsciente o un discurso plagado de largos espacios. En otras palabras: es un estilo estrechamente vinculado con lo real.
Voilà.
SUEÑO #1
Hora: en la mañana.
Nos habíamos ido a vivir a África, mi familia y yo. Habíamos decidido comprar una casa junto al mar. Nos encontrábamos ahí tres familias: la mía, la de los africanos que nos vendían la casa y ...otra. La casa era un pequeño cubil de unos cuantos metros cuadrados más parecido a una taberna que a una casa propiamente dicha. Había mesas viejas de madera, muchas botellas y todo tenía una luz intensamente amarilla. Estaba ubicada en una pequeña planicie entre dos montañas, detrás de una montaña estaba África y detrás de la otra estaba el mar. La puerta de la casa daba a África y la espalda daba hacia el mar. Yo, sin embargo, estaba al revés: mi espalda daba hacia la puerta y de frente tenía la pared de la casa que a su vez daba a la pared de la montaña que a su vez daba al mar.
Una cosa chistosa, la casa a veces tenía paredes y a veces no.
Estábamos las tres familias adentro, todos apretados y todo mundo hablando al mismo tiempo. Hablaban de Ale. Me reclamaban, se quejaban, protestaban, todo en amarillo hasta que yo me hartaba y me iba de ahí. Ale no estaba.
La casa estaba rodeada de agua. Del lado que iba a África, entre las dos montañas, había una laguna; del otro lado llegaba un brazo del mar.
El agua de la laguna era completamente turbia, café. No era muy profunda y tenía muchos mangles que formaban laberintos oscuros. Por los africanos me enteré de que era una laguna inmensa, aunque por los árboles no se pudiera ver la extensión. Yo no me adentré mucho, y de hecho no me adentré: en mi sueño regresaba de uno de esos mangles hasta la casa. El agua me llegaba hasta las rodillas y me parecía en extremo asqueroso todo lo que no podía ver que estaba pisando. Me alegré de llevar tenis. A lo lejos, perdidos entre mangles, veía a mi papá jugando con un niño pequeño. Se veían muy divertidos y no parecía que les diera asco.
Me emocionaba mucho más el mar, que era, a fin de cuentas, por lo que nos habíamos mudado a África: era mar para surfers, las mejores olas estaban ahí. El hecho de que entre las olas descomunales hubiera tiburones blancos era, por extraño que parezca, un atractivo más. Dos africanos me miraron caminar sobre el brazo de mar hasta las olas. Yo sabía, desde antes, que era tan peligroso que había que seguir el riachuelo de agua roja que llevaba hasta las olas. Era una advertencia milenaria, mítica. Por muy atractivo que pareciera meterse en el agua azul (intensamente azul), había que seguir el riachuelo rojo. Un rojo que se desvanecía en el agua y que, no obstante (me asombraba en el sueño) permanecía siendo rojo. Los africanos le llamaban "el camino de la sangre". Yo, que había hecho mis investigaciones previas, me adentré en el camino rojo segura de que mientras me mantuviera dentro de él no pasaría nada.
La imagen, en el sueño, era imponente: los dos africanos negros parados al pie de dos montañas entre las cuales aparecía el mar completamente agitado, bramando, y azul, el camino rojo hundiéndose hasta llegar a las olas, la espuma blanca por todas partes y los tiburones, blancos y enormes, nadando adentro.
Seguí el camino rojo. Pasó a mi lado una pierna despedazada y entendí por qué le llamaban "el camino de la sangre": la corriente traía la sangre de los surfers que habían sido atacados por los tiburones. Seguí esa corriente hasta que no la vi más. De repente desapareció entre mis piernas y yo ya estaba demasiado lejos de la orilla. Supe que había que tomar la ola, y que había que mantenerse en el centro de la ola, dirigiéndome siempre hacia un centro infinito si no quería terminar en la boca de algún tiburón blanco.
El mar me arrastró con la cara sobre las piedras mientras yo recordaba otro sueño en el que, a la vez, me había acordado de Ale. Tal vez no me dolió porque sabía que eso de arrastrar la cara en las rocas del mar me lo había fusilado de mi exnovia y que, precisamente, estaba soñando.
Entonces reaparecí del otro lado: estaba entre mangles y me parecía asqueroso lo que pisaba en el suelo lodoso. Mi padre jugaba en traje de baño con un niño pequeño a lo lejos. Yo me alegré de llevar tenis. Los dos africanos estaban parados al borde de la laguna y comentaban entre ellos que no sobreviviríamos. Entonces pensé que el suelo de la laguna estaba lleno de serpientes y los africanos me dijeron que ése no era el verdadero peligro ...
En este punto de la historia me estoy arrepintiendo de que mis sueños tengan una trama argumentativa tan de lugar de común.
No lo dijeron, dieron por hecho que el verdadero peligro era el mar, pero sólo yo lo entendía y me angustiaba que los demás no.
Por supuesto, si era mi sueño no debería de haberme angustiado por los demás, bastaba con que yo lo supiera.
Ahí acabó. Me desperté, vi que estaba en mi cuarto y me alivié de que no estuviéramos en África.
Demonios... qué hueva, no volveré a contar un sueño.
Porque el blog es, o debe ser, fundamentalmente eso: experimentos con palabras, experimentos de simbolización. El blog es un género que, en su estilo, en su simbolización, es profundamente real. Buena parte de los blogs, en consecuencia, están dedicados a hablar de la vida cotidiana. Pero ocurre un desajuste: al hablar de la vida se pierde el estilo. No hablo de un buen estilo, que bien no podría tenerse nunca, sino de estilo a secas. De sistematización: lo simbólico adquiere su capacidad de desplazamiento, su movilidad, en el momento en que se le aprehende. Lo negativo surge en el momento en que el estilo se completa, en el momento en que la articulación pone en evidencia su motivo. Pero al escribir la vida ese orden se pierde, y se pierde con ello su vínculo con lo real, su capacidad de desplazar. Los blogs se convierten entonces en un conjunto vomitivo y complaciente que reemplaza a las telenovelas de Televisa. O bien, conservan el estilo, pero pierden su vínculo con lo cotidiano y desechable y se vuelven lugares accesibles de publicación, sustituyendo a las publicaciones-libro.
Es una paradoja. En el momento en que un autor decide sistematizar su blog, lo encuadra y pierde con ello la multiplicidad. Por el contrario, si decide dejar vivir a la multiplicidad, pierde el encuadre y con ello la capacidad de movimiento. En el primer caso no hay nada que mover y en el segundo no hay cómo moverse.
Mis conflictos con el gadget de etiquetas responden en buena parte a esta paradoja.
Pero bien, los sueños son también aquí un escape. Los sueños, o al menos el recuerdo que tenemos de ellos, son en sí mismos un encuadre de la vida. Es, sin embargo, una delimitación hecha por el inconsciente o un discurso plagado de largos espacios. En otras palabras: es un estilo estrechamente vinculado con lo real.
Voilà.
SUEÑO #1
Hora: en la mañana.
Nos habíamos ido a vivir a África, mi familia y yo. Habíamos decidido comprar una casa junto al mar. Nos encontrábamos ahí tres familias: la mía, la de los africanos que nos vendían la casa y ...otra. La casa era un pequeño cubil de unos cuantos metros cuadrados más parecido a una taberna que a una casa propiamente dicha. Había mesas viejas de madera, muchas botellas y todo tenía una luz intensamente amarilla. Estaba ubicada en una pequeña planicie entre dos montañas, detrás de una montaña estaba África y detrás de la otra estaba el mar. La puerta de la casa daba a África y la espalda daba hacia el mar. Yo, sin embargo, estaba al revés: mi espalda daba hacia la puerta y de frente tenía la pared de la casa que a su vez daba a la pared de la montaña que a su vez daba al mar.
Una cosa chistosa, la casa a veces tenía paredes y a veces no.
Estábamos las tres familias adentro, todos apretados y todo mundo hablando al mismo tiempo. Hablaban de Ale. Me reclamaban, se quejaban, protestaban, todo en amarillo hasta que yo me hartaba y me iba de ahí. Ale no estaba.
La casa estaba rodeada de agua. Del lado que iba a África, entre las dos montañas, había una laguna; del otro lado llegaba un brazo del mar.
El agua de la laguna era completamente turbia, café. No era muy profunda y tenía muchos mangles que formaban laberintos oscuros. Por los africanos me enteré de que era una laguna inmensa, aunque por los árboles no se pudiera ver la extensión. Yo no me adentré mucho, y de hecho no me adentré: en mi sueño regresaba de uno de esos mangles hasta la casa. El agua me llegaba hasta las rodillas y me parecía en extremo asqueroso todo lo que no podía ver que estaba pisando. Me alegré de llevar tenis. A lo lejos, perdidos entre mangles, veía a mi papá jugando con un niño pequeño. Se veían muy divertidos y no parecía que les diera asco.
Me emocionaba mucho más el mar, que era, a fin de cuentas, por lo que nos habíamos mudado a África: era mar para surfers, las mejores olas estaban ahí. El hecho de que entre las olas descomunales hubiera tiburones blancos era, por extraño que parezca, un atractivo más. Dos africanos me miraron caminar sobre el brazo de mar hasta las olas. Yo sabía, desde antes, que era tan peligroso que había que seguir el riachuelo de agua roja que llevaba hasta las olas. Era una advertencia milenaria, mítica. Por muy atractivo que pareciera meterse en el agua azul (intensamente azul), había que seguir el riachuelo rojo. Un rojo que se desvanecía en el agua y que, no obstante (me asombraba en el sueño) permanecía siendo rojo. Los africanos le llamaban "el camino de la sangre". Yo, que había hecho mis investigaciones previas, me adentré en el camino rojo segura de que mientras me mantuviera dentro de él no pasaría nada.
La imagen, en el sueño, era imponente: los dos africanos negros parados al pie de dos montañas entre las cuales aparecía el mar completamente agitado, bramando, y azul, el camino rojo hundiéndose hasta llegar a las olas, la espuma blanca por todas partes y los tiburones, blancos y enormes, nadando adentro.
Seguí el camino rojo. Pasó a mi lado una pierna despedazada y entendí por qué le llamaban "el camino de la sangre": la corriente traía la sangre de los surfers que habían sido atacados por los tiburones. Seguí esa corriente hasta que no la vi más. De repente desapareció entre mis piernas y yo ya estaba demasiado lejos de la orilla. Supe que había que tomar la ola, y que había que mantenerse en el centro de la ola, dirigiéndome siempre hacia un centro infinito si no quería terminar en la boca de algún tiburón blanco.
El mar me arrastró con la cara sobre las piedras mientras yo recordaba otro sueño en el que, a la vez, me había acordado de Ale. Tal vez no me dolió porque sabía que eso de arrastrar la cara en las rocas del mar me lo había fusilado de mi exnovia y que, precisamente, estaba soñando.
Entonces reaparecí del otro lado: estaba entre mangles y me parecía asqueroso lo que pisaba en el suelo lodoso. Mi padre jugaba en traje de baño con un niño pequeño a lo lejos. Yo me alegré de llevar tenis. Los dos africanos estaban parados al borde de la laguna y comentaban entre ellos que no sobreviviríamos. Entonces pensé que el suelo de la laguna estaba lleno de serpientes y los africanos me dijeron que ése no era el verdadero peligro ...
En este punto de la historia me estoy arrepintiendo de que mis sueños tengan una trama argumentativa tan de lugar de común.
No lo dijeron, dieron por hecho que el verdadero peligro era el mar, pero sólo yo lo entendía y me angustiaba que los demás no.
Por supuesto, si era mi sueño no debería de haberme angustiado por los demás, bastaba con que yo lo supiera.
Ahí acabó. Me desperté, vi que estaba en mi cuarto y me alivié de que no estuviéramos en África.
Demonios... qué hueva, no volveré a contar un sueño.
2 comentarios:
Qué hueva!!?? no! sí cuéntalos
...muy bonito, simbolismos y arquetipos a diestra y siniestra....
Ya es fin de semana...qué haremos? sueños? cuentos? contar sueños? soñar cuentos?
Jugar billar. Besabrazo.
Mi querida Fats, Nats, ...mi querido Freud.
¿Segura?
...jajaja.
Ay, no puedo. O sí. Sí y no.
...:
Todo es todo. Yo me pierdo. No podría contarlo.
...Es verdad!
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