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Aunque a los 14 me movía mucho en metro, nunca pasé de la Condesa, Coyoacán y dos que tres veces Tlatelolco. Del centro conocía las calles principales y —sí— por cuestiones familiares también conocía bastante de la Industrial y Calzada de los Misterios, lares por donde están los mejores tacos al pastor, recuérdenme que un día los lleve. Fuera de ahí nunca salí de Polanco.
El caso era tan grave que el día que fui por primera vez a la UNAM —el primer día de clases, en agosto del 04— agarré el coche y descubrí, ya subida en Periférico, que no tenía ni puta idea de cómo llegar. Afortunadamente, y por enormes casualidades de esta vida, el asunto se vio resuelto en llegando a la glorieta de san Jerónimo; pero ésa es otra historia.
Hay cierta tensión moral en esta confesión. Cierta culpa. En México las divisiones sociales —entre hombres, mujeres, estratos económicos, rasgos faciales y hasta acentos— son o están ardorosamente delicadas. Es por esa razón que mis padres —especialmente mi madre— me "desaconsejaba" internarme por barrios desconocidos, especialmente si eran pobres. Lo que eventualmente me ha mantenido toda la vida al margen, es decir sobre las avenidas principales.
Sirva esto como introducción porque, bien, la única vez que yo había ido a Garibaldi no nos bajamos del coche: lo vi desde la ventana. Creo que fue en esas épocas (hace diez años) que Garibaldi empezó a ponerse peligroso. Sí, verán, Tepito, la Lagu y Garibaldi no fueron siempre exactamente así. Las leyendas sobre "el barrio bravo" empezaron a fraguarse después del terremoto de 1985.
Después del desplome de los edificios, la gente se fue. La zona se despobló a grandes trazos, se abarató y, finalmente, le llegó la inmigración y el exilio como a pocas zonas de la ciudad de México. Si bien el DF se caracteriza, precisamente, por la inmigración y el exilio desde épocas inmemorables (y para inmemorables no hace falta más que ver lo que le están haciendo a la plaza de Garibaldi), hay en específico ciertas zonas de tradicional desarraigo; una de ellas es, por ejemplo, el mismo Polanco. Otra muy característica es Tepito.
Fue así que Tepito se convirtió en el fervoroso centro cultural que hoy, 20 años después, es.
Nada de esto me lo estoy inventando: salió en Letras Libres hace como medio año. Si alguien me pide la fuente, la doy
2.
Desde que empecé a salir con Ale, empecé a ir a Garibaldi y a todos esos lugares tenebrosos y exhuberantes de la ciudad. Aunque Ale me molesta diciéndome que soy una pinche burguesita, yo en esos lugares me siento con ojos para ver y me emociona hasta lo indecible no estar ni acostumbrada ni hacerme la acostumbrada. Estudiar filosofía, y cierta debilidad por el delirio, me ayuda muchísimo; además de que ella es mucho más burguesita que yo: ni siquiera sabe usar la lavadora, por no decir que los vasos los ponía a secar boca arriba.
Hay mucho que decir con respecto a esta emoción. Intento —cada vez— explicarla contando la historia que en específico —esa vez— la motivó, pero en el fondo siempre es la misma historia. Si la alargamos un poco, podría decir que empezó a los 16 y que se solidificó a los 19; pero, por no alargarla, estalló a los veintitantos, sentada de copiloto en el coche de Horacio.
No sé por qué se me ocurrió fumarme un porro antes de salir con él. Nunca lo hacía. Quiero decir, nunca antes de salir a la calle con alguien. Pero esa vez iba con él, él iba a manejar y yo realmente tenía antojo. Íbamos al cine, por aquí cerca.
Yo no llevaba mucho tiempo en México. No tendría un año. Sentada ahí, de copiloto, las cosas empezaron a explotarme en los ojos: la calle, el amarillo de la banqueta, los hoyos de los pasos a desnivel, los pasos peatonales, el asfalto, la noche. Era todo. Sentía que tenía que escribirlo y a la vez sabía que no iba a poder. Por eso me dolían los ojos.
La situación se ha repetido incontables veces desde entonces. Siempre me mortifica no poder contarlo nunca, pero de hace un tiempo para acá me angustia también la posibilidad de acostumbrarme.
Por eso no me molesta que los demás se burlen de mí llamándome «burguesita», aunque me desespera, a veces, que no pueda darme a entender.
3.
—La verdad es que no salgo mucho. Me la paso de la escuela a mi casa. Por eso a veces no entiendo a la gente, ¿entiendes?
—Sí, tú te ves otro pedo —me dijo.
Anoche fuimos a Garibaldi. He olvidado el nombre del sujeto con el que mantuve esta conversación, pero me parece que se llamaba Ricardo. A decir verdad, nunca puse atención. Cada que me decía su nombre me distraía un gesto, una actitud, cierta transferencia. Creo que le molestaba que no recordara su nombre. Sin embargo platicábamos muy bien, excepto cuando volvía a preguntarle su nombre. No lo hice más que un par de veces.
Bien, yo anoche —como siempre— no quería salir, pero Ale hizo sus trámites y me convenció diciéndome que todo mundo estaba tranqui en casa de Papa tomándose unas chelas, que nadie quería enfiestar y que era sólo un rato. Desde la ventana se podía ver que la ciudad estaba vacía y me latió la idea. Le pregunté si había mois. Le pareció gracioso, me dijo que todo mundo quería mois pero que nadie traía. Fuimos de todas formas.
Ya allá la cosa no parecía tan interesante. Cuando llegamos se estaba llevando a cabo una discusión acerca de las playas de Marcelo Ebrard. Yo no tenía nada que decir, me dediqué a leer el periódico que habíamos comprado en el Oxxo de enfrente. Luego llegó más gente que no conocía, una chica y un chico. Y llegó Caimán. Vivs y Gaby estaban acostabas en el sofá grande, Ale y yo nos apañamos el sofá pequeño, Papa precedía la sesión, al fondo, sentada en el míticamente nombrado «love seat», y Natalia se había agenciado un colchón rojo y estaba sentada a nuestro lado, frente a la chimenea.
Fue Vivs la que empezó a poner el desorden diciendo que era sábado y que había que salir. Como si por ser sábado hubiera que salir.
Yo tenía hambre y mentalmente planeaba la huida. Hice unos pocos esfuerzos por promover un plan alimenticio y, viendo que no entusiasmaba a nadie más que a Papa, decidí quedarme callada y actuar conforme se resolviera la situación.
Sin embargo todo dio un giro inesperado cuando Ale —la Chif, que le dicen— se apareció por el pasillo y le espetó al desconocido:
—Se rumorea que traes mota.
—Sí, traigo. ¿Quieres?
Y fue en el momento en que vi su cara, sonriendo y sacando el pipazo, que supe que este cuerpecito acabaría en alguna fiesta inhóspita. Rápidamente se alzó, en voces, todo aquel que no tuviera baro y yo me uní a la confesión. Vivs acabó llevándonos a todos a Garibaldi. Incluidos, por supuesto, los dos desconocidos; aunque para ese entonces yo ya sabía que ella estudiaba en la Esmeralda y que él también había sido mesero en la Condesa. Retesimpáticos los dos.
Casualidades del destino, anoche llevaba puesta mi playera del zinco y una chamarra de los pumas. Tampoco me había puesto calcetines.
4.
Yo ya iba pacheca desde que salimos de la casa de Papa. Dícese, iba sensible.
Es cosa de toparse, en pleno DF, con una plaza entera construida probablemente a finales del virreinato, justo al borde del Eje Central; con la iglesia a un lado, la plaza del otro y alrededor edificios y árboles igual de antiguos. Un asalto histórico. Fue así que conocí a Huesos, horas después.
Llegando a la plaza nos encontramos con que la estaban remodelando, de modo que casi toda la gente estaba apretujada en el espacio que quedaba. De hecho había muchísima gente, tal vez por ser sábado de gloria. Nuestro pequeño comité se detuvo bruscamente, después de sortear algunas piernas, justo al lado de un poste meado.
—¿Qué pasa? —pregunté
—Que está cerrado.
Esta última información, añadida al poste meado y al borracho que, junto a nosotras, se balanceaba sobre él, realmente me asombró. Es decir, me asombraba que se creyera que una plaza pública se puede cerrar; de modo que me adelanté hasta el fondo porque por allá se veía que vendían cerveza y además podíamos averiguar qué demonios estaban haciendo en la plaza.
Entonces, adentrándonos en la muchedumbre, empezaron esas miradas que iban de intensidad media a alta. En particular la de una chava muy bonita que, sentada en las escaleras, miró con desencubierto odio a mi novia —esto último me tranquilizó: que una vieja te mire de arriba a abajo es síntoma inconfundible de aceptación social. Por supuesto, ni sospechaban que éramos lesbianas.
Otra cosa que me sorprendió fue que a nadie le sorprendiera la desaparición del kiosko. Llegamos al borde de la reja y como si nada. Tuve que empezar mi encuesta pacheca y finalmente Papa me tranquilizó diciéndome que probablemente lo podrían después. Yo de todas formas me enojé porque este pinche gobierno legitimado por sus huevos no tiene derecho a levantar una plaza que —bajita la mano, como diría mi compañero— es patrimonio de la humanidad.
5.
Al fin, tarde que temprano se reunió toda la banda al fondo de la plaza a escuchar el mariachi pagado por alguien más y a bailar. Yo en mi pachequez observadora me daba cuenta —siempre con ánimo antropológico— del grupito de chavos que nos miraban y planeaban entre ellos (pero qué bonitos, parados en círculo) la estrategia de ataque.
He de decir también que anoche descubrí en mí misma habilidades videntes que no sabía que tenía. Porque atrás de nosotras teníamos al segundo frente. Lo que es de mí, logré evitar la confrontación justo antes de que abriera la boca. Miré a mi espalda y viendo que se acercaba di dos pasos hacia el frente. Así como que casualmente me uní al grupo de Papa. Apenas me di vuelta se me unieron las otras tres.
La que se quedó pa batear fue la Chif, chiveada y toda la onda.
Ya de regreso le pedí a la Chif los pormenores de la estrategia. Me dijo que simplemente había llegado y les había ofrecido un chupe. Detrás de él —eso se podía ver— había otros tres. No se veían mal pedo, la neta. Lo que es de Vivs y Caimán, se dieron media vuelta sin decir palabra. A Ale le dio pena y se quedó un momento para decirles que «no, muchas gracias». Y mientras todo ello sucedía, en el grupo llamado segundo frente se festejaba el fracaso.
No obstante, yo empecé a sentirme un poquito mal.
Fue por eso que cuando exactamente dos segundos y medio después se apareció a mitad del grupo de chicas un malandrín chaco y tatuado, flaco, ojeroso y rapado, yo fui la única que se quedó a contestar su pregunta. Fue así, de pronto ese guey y su cómplice se habían colado entre Papa y los dos desconocidos (que ya no eran desconocidos), y aprovechando el desconcierto
—¿De dónde son, chicas?
Me parece que la banda desapareció en el momento en que yo, triunfal y sonriente de encontrar a un lugareño, le contesté
—De aquí.
Entonces se emocionó, abrió mucho los ojos y fue ése el momento en que yo en primer lugar me enamoré y en segundo lugar descubrí que el guey andaba hasta el copete de vaya Dios a saber qué.
—¿De aquí de la tierra? —juro que lo dijo exactamente así.
—Sí —le dije, y entonces se me salió la primera estupidez regresando la pregunta— ¿...y tú? —pero qué estupidez, el guey ni me contestó.
6.
No me lo van a creer, pero El Huesos sabía más de filosofía que mis compañeritas. Es decir, no sabía mucho, pero algo sí. Me sorprendió muchísimo que me preguntara qué autor me gustaba, y como le agarrara confianza, al momento en que él hizo una mueca por mis gustos yo me burlé diciéndole ¿qué?, ¿a ti te gusta Marx?
Era un tipo muy flaco, con una camiseta negra, no me acuerdo de qué grupo. Rapado, ojeroso, con el rostro permanentemente desencajado, los ojos pequeños, casi quemados. Se me antoja pensar que es de ésos que llegaron después del temblor. No así su amigo —Ricardo—, ése se veía que era de ahí. Es decir, de familia de ahí.
Se me acercaba mucho a la cara. Platicamos un rato. Compartimos entre los tres una cerveza y yo me acordé de Freud y los beduinos. Luego Ale se acercó, me dijo que ya todos se habían movido y me despedí del Huesos y de Ricardo.
También conocí a Enrique, que es un tipo que vende cigarros y que ya la otra vez me había confundido con una amiga de Nayeli. Así que le dije:
—Yo no conozco a ninguna Nayeli y ya la otra vez me habías confundido.
Hablamos unos minutos y nos presentamos. Tengo confianza en que la próxima vez ya no me confunda con la amiga de Nayeli.
Y luego, ya casi para irnos conocí a unos tipos que se acercaron al guey con el que estaba hablando, buscando mois. Super raros los tipos, chaparritos, morenos y como nerviosos, mirando a todas partes.
Pues resultó... vayan ustedes a saber ¡eran immigrants que llevaban TRES HORAS en el DF! Acababan de llegar, venían de Juárez na' más pa' ver el partido de Indios contra América, y un concierto de no sé quién.
Yo estaba emocionadísima de conocer a un inmigrante de verdad. El tipo era casi como yo, na' más que norteño. Su familia era de Kentuky y tenía una historia geográfica laberíntica que mi delicada y ya demasiado pacheca cabecita no pudo retener. Hablamos un buen rato y yo casi que quería tomarle una foto o, no sé, abrazarlo y levantarlo de los brazos porque era tan chiquito... Pero macizo, que ni qué.
Compartimos información respecto al movimiento de la mois e hicimos un análisis comparativo. Al parecer por allá se consigue mucho más fácil que aquí y le llaman "weed".
Por cierto, no sé por qué los norteños de Kentuky se agarran tanto los huevos. Él no, pero su compañero que andaba pajareando por ahí, sí.
Ya al final me lo volví a topar saliendo de los baños. Me llamó a gritos por mi nombre, su banda ya se había ambientado. Ni me acuerdo qué me dijo, sólo nos sonreímos felices y nos dejamos en paz.
Para cerrar con broche de oro, Ale y yo hicimos a pie buena parte del trayecto de regreso.
Lo más curioso es que yo misma me hubiera prometido que si esa noche fumaba no iba a delirar con mi tesis, sino que —si fumaba— me iba a dedicar por completo a relaciones transferencísticas.
8 comentarios:
espero próximas reseñas de nuevos sitios.
ahhh estas crónicas tuyas son las mejores...
a sus órdenes, guapas =)
Qué historia tan fresa. =P
Batman, ¿eres tú?
...Y si eres tú, ¿cómo demonios es que no aguantas vara? Porque tengo peores.
Bueno, no sé qué sea. No sé si es fresa, malvado, elitista, racista, homofóbico, mamón o ingenuo, pero eso que me molesta de mis relaciones tranferencísticas es TODO EL PEDO.
O sea, Ale, no te hagas y ya págame la tanda. =)
¿Cuál tanda?
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