Cierto uso deslegitimador que existe en el calificativo «historias mías», puede, loca y subversivamente, invertir el sentido que tan buenamente es necesario para las relaciones amorosas.
Tenía un amigo que cuando yo no lo entendía alzaba las manos y me decía "nada, nada; historias mías". Como si por eso no hubiera que explicar nada. Acerca de la propiedad de las historias se puede decir que no importa, aunque lo correcto sea señalar la autoría. Lo que sí importa, hablando con propiedad, es que la historia sea historia.
Por ejemplo, tenía otro amigo que me contaba cuentos de regreso de la escuela. Alguna vez llegó a contarme un cuento antes de dormir e incluso una vez me leyó —COMPLETO— El espejo en el espejo, de Michael Ende. Cuando digo que Daniel me contaba cuentos, no exagero.
El primero que me contó —y tal vez el único con el que me hiló durante calles— trataba de un lugar donde todas las casas eran absolutamente blancas. Bastaba que alguien saliera de su casa por, digamos, leche, para resituar constantemente aquella visión y contrastar con la ciudad entera.
Otra vez me dijo que había que ir a sentarnos a la estatua de Agustín Lara. Hacíamos ese tipo de cosas por la tarde: íbamos a sentarnos a lugares y él me contaba cuentos. La estatua de Agustín Lara, sin embargo, no parecía tener nada de especial y en aquel momento yo apenas lo conocía. (A Daniel). Entonces citó:
—A las estatuas hay que ir a visitarlas porque ellas nunca se molestan.
Y estuvimos esa tarde ahí, sentados en el piso en medio de los coches de Rubén Darío y Campos Elíseos, mientras anochecía.
Tenía una voz hipnótica que a mí me parecía perfectamente explicable a causa de su ascendencia árabe. Por otro lado por aquella época a mí me parecía explicable casi todo por causas ahora inverosímiles. Con el tiempo me aprendí de memoria su manera de indicar, de sonreír, de insultar y hasta ese gesto que hacía con la mano, que precedía el momento en que se reía. A veces me acostaba para escucharlo. Puedo recordar su voz sin esfuerzo.
Siempre era posible empezar a contar una historia y tan sólo importaba la adecuada distribución de sus intensidades, su propia economía.
Íbamos caminando en la Condesa, al borde de la Roma. Poco antes de llegar a Chapultepec. Habíamos decidido después un bar regresarnos caminando a la casa. Éramos cuatro mujeres, pero Karen y Natalia se atrasaban normalmente. Cuando volteaba a buscarlas las veía abrazadas y besándose en el fondo de la calle, subidas en la banca de un parque, jugando en un anuncio iluminado.
La Chif y yo habíamos discutido. De alguna manera a mí me parecía insoportable que ella no supiera lo que significaba «mezquino». Eso y un comentario elitista que hizo a propósito de un gimnasio por el que pasamos me hicieron dejar de dirigirle la palabra. Hasta que me arrepentí, lo que es lo mismo que decir que no le hablé en toda la esquina del parque México.
Llegando al parque España ya nos hablábamos.
Ahí tomamos una diagonal y mientras la Chif y yo esperábamos a las otras, nos topamos con un callejón oscuro que tenía esculpido en una de sus paredes, probablemente con un desarmador, una cara con la boca especialmente profunda. Yo llegué primero y me senté a fumarme un porro frente al callejón. Cuando la Chif llegó hizo una expresión de admiración y esperamos ahí.
Un par de calles después me preguntó qué eran aquellos postes pequeños en la esquina. Como la sentí un poco resentida conmigo me empeñé en darle la mejor de las explicaciones. Miré fijamente los tubos y dije que eran los dientes de un dinosaurio.
—¿De un dinosaurio?
Sí. Esta calle —le dije mirando de esquina a esquina— es el fósil de un dinosaurio enorme. Esos tubos extraños que ves ahí —le dije— eran sus dientes frontales. Mientras ella me miraba extrañada, llegaron las otras.
—¿Ustedes saben qué son esos tubos de la esquina?
Eran un montón de tubos que nos llegaban a la cintura hundidos en el cemento sin razón descifrable. A Karen la agarré desprevenida y Natalia miró lo tubos con cara de No y no tengo el más mínimo interés.
—Son dientes de dinosaurio —dije triunfal.
Y bien, sucedió que en aquella esquina había muerto hace millones de años un dinosaurio que se había quedado con las mandíbulas abiertas hacia el cielo. Había sido enterrado en posición vertical. El resto de su cuerpo estaba abajo de nosotros. Ahora sólo contábamos con esos dientes y esos molares para comprobar su existencia. Algunos de esos molares estaban un poco desgastados, pero conforme fuimos avanzando por la calle la evidencia quedó muchísimo más clara.
Después de los agudos dientes frontales se podía descubrir sobre aquel fósil que caminábamos la hilera de molares. Los primeros habían sido pintados de verde por órdenes de Marcelo Ebrard, gobernante que desconoce por completo los estudios sobre arqueología más recientes. Luego la segunda especie de molares era en realidad de la misma especie que los primeros, sólo que esos fósiles estaban un poco desgastados y presentaban formas circulares, contrario a los primeros molares que conservaban su forma cuadrada original. Que en ambos tipos de molares hubiera plantas y árboles confirmaba que el dinosaurio del que hablábamos era herbívoro.
Finalmente, llegando a los molares últimos se podía confirmar la teoría: tres grandes muelas del tamaño de tres puestos de tacos, blancos como los dientes, confirmaban que nos encontrábamos ahora muy cerca del ángulo de la quijada. Enseguida emprenderíamos el camino contrario —pues nuestro ejemplar habíase muerto de pie y con la boca abierta hacia el cielo— y al final de éste, exactamente dos cuadras después, encontramos la prueba irrefutable: varios dientes afilados del tamaño de postes de luz confirmaban que hablábamos de un animal realmente grande.
Pero la Chif no me creyó. Le aseguré que todo ello no me lo había inventado: lo había leído en un libro de Joseph Moore de 1945. Estaba en mi casa, por si quería comprobarlo.
Y para que supiera que no mentía, me dediqué a calcular el tamaño aproximado de aquel dinosaurio del que sólo conocíamos sus mandíbulas. Dos kilómetros, más o menos.
Siguió sin creerme, lo cual a esas alturas ya era imperdonable.
Cubo de Gregor Schneider.
Tenía un amigo que cuando yo no lo entendía alzaba las manos y me decía "nada, nada; historias mías". Como si por eso no hubiera que explicar nada. Acerca de la propiedad de las historias se puede decir que no importa, aunque lo correcto sea señalar la autoría. Lo que sí importa, hablando con propiedad, es que la historia sea historia.
Por ejemplo, tenía otro amigo que me contaba cuentos de regreso de la escuela. Alguna vez llegó a contarme un cuento antes de dormir e incluso una vez me leyó —COMPLETO— El espejo en el espejo, de Michael Ende. Cuando digo que Daniel me contaba cuentos, no exagero.
El primero que me contó —y tal vez el único con el que me hiló durante calles— trataba de un lugar donde todas las casas eran absolutamente blancas. Bastaba que alguien saliera de su casa por, digamos, leche, para resituar constantemente aquella visión y contrastar con la ciudad entera.
Otra vez me dijo que había que ir a sentarnos a la estatua de Agustín Lara. Hacíamos ese tipo de cosas por la tarde: íbamos a sentarnos a lugares y él me contaba cuentos. La estatua de Agustín Lara, sin embargo, no parecía tener nada de especial y en aquel momento yo apenas lo conocía. (A Daniel). Entonces citó:
—A las estatuas hay que ir a visitarlas porque ellas nunca se molestan.
Y estuvimos esa tarde ahí, sentados en el piso en medio de los coches de Rubén Darío y Campos Elíseos, mientras anochecía.
Tenía una voz hipnótica que a mí me parecía perfectamente explicable a causa de su ascendencia árabe. Por otro lado por aquella época a mí me parecía explicable casi todo por causas ahora inverosímiles. Con el tiempo me aprendí de memoria su manera de indicar, de sonreír, de insultar y hasta ese gesto que hacía con la mano, que precedía el momento en que se reía. A veces me acostaba para escucharlo. Puedo recordar su voz sin esfuerzo.
Siempre era posible empezar a contar una historia y tan sólo importaba la adecuada distribución de sus intensidades, su propia economía.
Íbamos caminando en la Condesa, al borde de la Roma. Poco antes de llegar a Chapultepec. Habíamos decidido después un bar regresarnos caminando a la casa. Éramos cuatro mujeres, pero Karen y Natalia se atrasaban normalmente. Cuando volteaba a buscarlas las veía abrazadas y besándose en el fondo de la calle, subidas en la banca de un parque, jugando en un anuncio iluminado.
La Chif y yo habíamos discutido. De alguna manera a mí me parecía insoportable que ella no supiera lo que significaba «mezquino». Eso y un comentario elitista que hizo a propósito de un gimnasio por el que pasamos me hicieron dejar de dirigirle la palabra. Hasta que me arrepentí, lo que es lo mismo que decir que no le hablé en toda la esquina del parque México.
Llegando al parque España ya nos hablábamos.
Ahí tomamos una diagonal y mientras la Chif y yo esperábamos a las otras, nos topamos con un callejón oscuro que tenía esculpido en una de sus paredes, probablemente con un desarmador, una cara con la boca especialmente profunda. Yo llegué primero y me senté a fumarme un porro frente al callejón. Cuando la Chif llegó hizo una expresión de admiración y esperamos ahí.
Un par de calles después me preguntó qué eran aquellos postes pequeños en la esquina. Como la sentí un poco resentida conmigo me empeñé en darle la mejor de las explicaciones. Miré fijamente los tubos y dije que eran los dientes de un dinosaurio.
—¿De un dinosaurio?
Sí. Esta calle —le dije mirando de esquina a esquina— es el fósil de un dinosaurio enorme. Esos tubos extraños que ves ahí —le dije— eran sus dientes frontales. Mientras ella me miraba extrañada, llegaron las otras.
—¿Ustedes saben qué son esos tubos de la esquina?
Eran un montón de tubos que nos llegaban a la cintura hundidos en el cemento sin razón descifrable. A Karen la agarré desprevenida y Natalia miró lo tubos con cara de No y no tengo el más mínimo interés.
—Son dientes de dinosaurio —dije triunfal.
Y bien, sucedió que en aquella esquina había muerto hace millones de años un dinosaurio que se había quedado con las mandíbulas abiertas hacia el cielo. Había sido enterrado en posición vertical. El resto de su cuerpo estaba abajo de nosotros. Ahora sólo contábamos con esos dientes y esos molares para comprobar su existencia. Algunos de esos molares estaban un poco desgastados, pero conforme fuimos avanzando por la calle la evidencia quedó muchísimo más clara.
Después de los agudos dientes frontales se podía descubrir sobre aquel fósil que caminábamos la hilera de molares. Los primeros habían sido pintados de verde por órdenes de Marcelo Ebrard, gobernante que desconoce por completo los estudios sobre arqueología más recientes. Luego la segunda especie de molares era en realidad de la misma especie que los primeros, sólo que esos fósiles estaban un poco desgastados y presentaban formas circulares, contrario a los primeros molares que conservaban su forma cuadrada original. Que en ambos tipos de molares hubiera plantas y árboles confirmaba que el dinosaurio del que hablábamos era herbívoro.
Finalmente, llegando a los molares últimos se podía confirmar la teoría: tres grandes muelas del tamaño de tres puestos de tacos, blancos como los dientes, confirmaban que nos encontrábamos ahora muy cerca del ángulo de la quijada. Enseguida emprenderíamos el camino contrario —pues nuestro ejemplar habíase muerto de pie y con la boca abierta hacia el cielo— y al final de éste, exactamente dos cuadras después, encontramos la prueba irrefutable: varios dientes afilados del tamaño de postes de luz confirmaban que hablábamos de un animal realmente grande.
Pero la Chif no me creyó. Le aseguré que todo ello no me lo había inventado: lo había leído en un libro de Joseph Moore de 1945. Estaba en mi casa, por si quería comprobarlo.
Y para que supiera que no mentía, me dediqué a calcular el tamaño aproximado de aquel dinosaurio del que sólo conocíamos sus mandíbulas. Dos kilómetros, más o menos.
Siguió sin creerme, lo cual a esas alturas ya era imperdonable.
Cubo de Gregor Schneider.
3 comentarios:
Te leo y me gusta lo que leo..."no y no me importa" ¡Ja!.
Como sea, creo, un beso.
Natalia.
Que buenos escritos.. definitivamente tu bloqueo de escritura ha terminado, ve lo que nos has traído... solo tengo una duda... ¿que tipo de dinosaurio era?
Era grande
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