El otro día escuchaba en los pasillos historias extrañas acerca del insomnio. El insomnio es un tema del que no habría mucho qué decir. Imposible, además, en estos días, hablar de él coherentemente. Yo en lo personal lo he tenido —días más, días menos— toda mi vida. Confieso desde ahora que a los 21 que mi madre me consiguió el teléfono de una clínica, le confesé, a su vez, que no la necesitaba. Admito de todas formas que sí, llega un punto en que se pide a gritos un remedio.
Los hay de lo más ingeniosos. Una vertiente de ellos consiste en mentalizarse —puede ser de distintas maneras. Hace años practiqué durante un tiempo el método del saco de vestir: "Imagínese que es un saco", había leído en una revista. La verdad es que llegaba a funcionar, aunque a veces con efectos secundarios. Hasta hace poco lo que me tranquilizaba era pensar que el cuerpo siempre, sin excepción, acaba por dormir. Ahora bien, eso de mentalizar también, pero por otra parte, acaba siempre por producir efectos extraños. Baste pensar (y/o penar) en los múltiples significados de la palabra "dormir" para que a una se le vaya por completo ese efecto adormecedor.
He empezado a sospechar que el insomnio tiene un método propio para escabullirse a los métodos: de alguna manera el insomnio es su propio método. Es, un poco, sí, como una enfermedad que se alimenta de sus errores: aprende a escabullirse (sin querer por ello insinuar, de ninguna manera, que sea una enfermedad constituida por células inteligentes).
Dejando eso, que no hace más que producir trabalenguas, he de decir que hace dos noches encontré un método genial. Tan, sin embargo, cuestionable (y a la vez tan tranquilizador), que me parece apropiado darlo a conocer.
Se trata de un ataque frontal a la zona de origen del desastre: el cuerpo. Yo no soy —lo admito— fan de los remedios corporales. Ni baños de lechuga ni pastillas para dormir; unos porque no funcionan y otros porque me las han desaconsejado (por no decir brutalmente "amenazado con las peores historias"). Además hay que tomar en cuenta que los remedios corporales también tienen su —propiamente llamada— resistencia. (Un poco, sí, pero tal vez no exactamente, como las mentalizaciones mántricas). Parece increíble, pero seis vasos de whisky eventualmente le quitarán el sueño. Si usted ya ha llegado al séptimo, desista de inmediato; especialmente si hay posibilidades de llegar hasta el tercer anocher, es recomendable —desde el principio— evitarse los dolores de cabeza: un encadenamiento de dos o tres insomnios puede lograr que su cabeza le ande explotando toda la semana.
(No, no: a mí hace mucho que no me duele la cabeza de esa manera, y también hace mucho que no compro whisky. Mi remedio había estado consistiendo en dejarme llevar, con todo y dolor de cabeza [que por el método adoptado no duraba mucho], hasta donde ya no pudiera más. De ser necesario tampoco comía: el hambre cansa. Dormía, después, todo el tiempo que fuera necesario.
De hecho si torturo, extendiendo, un poco a la memoria, puede ser que haya sido desde la adolescencia que empecé a acostumbrarme a la dinámica, sin por ello haber sentido, en ese entonces, algo así como culpabilidad. Podía pasar días escribiendo, en un cuarto sobre el que pegaba el sol, en la azotea, y luego bajar con un hambre atroz a comer y dormir. Solía ocupar los domingos en eso.)
Llega un punto —y en esto consiste todo— en que las palabras se confunden con aquel ataque frontal al cuerpo. Es, por llamarlo así, la anudación del significante (es una broma, Lacan hablaba de la anudación del significado, no del significante; pero el cuerpo es más un significante). He pasado los últimos meses ensayando esta nueva vertiente a tal grado que desarrollé algo parecido a un ritual. Incluso bailo (en el ritual). Todo empezó la madrugada en que me arrodillé. Había pasado la noche dibujando (me pregunto si puede ser posible que eso haya influido en mis cambios de método) y al mismo tiempo pensando en aquello de "no es metáfora". Pascal una vez dijo —me parece que ya lo he dicho aquí— que la creencia estaba en el acto mismo de arrodillarse, en ese doblez. Aquella madrugada yo me arrodillé. Y además con premura porque,... Llevaba ya un buen rato recostada en el respaldo de mi cama (la pared), leyendo, dibujando y escribiendo. Pensaba en esa "persecución del significante" (no en el desplazamiento del significado) y, ya entrados el tema sobre si arrodillarse o no, a mí lo que aquella noche me perseguía era el tema de la noche y la locura que se detiene al amanecer como los animales salvajes.
Eran las seis de la mañana de un lunes. Me levanté y me quedé de pie —pensaba arrodillarme y, se sabe, lo que cuenta es el acto. Después de pensarlo un momento y de sonreír, prendí el radio. Empezaban las noticias. Con las noticias empezó a disminuir la persecución de la locura y me di cuenta de que tendría que arrodillarme rápido si no quería dejar de hacerlo: si no quería dejar de arrodillarme honestamente, animalmente.
Me quedé así, a la musulmana, una hora.
Pocos días después, en otro ipso acto, jalé de un tirón mi cama, descubrí la pared y saqué del clóset antiguas y aplastadas pinturas. Óleo. Con los tubos, un pincel casi desgastado, una bata de laboratorio llena de colores, un montón de estopa seca y un bote amarillo de aguarrás evaporado. Fue un experimento, durante toda la noche, dejar que el significante me persiguiera sin defensa sobre la pared de mi cama. Sobre la que ya antes había escrito un par de cosas, algunas de las cuales me cobraban tarifa de arrepentimiento.
Rayas más, rayas menos, acabé pintando un campanario en plena destrucción, una montaña, una mujer acostada, una iglesia con un árbol... Bien entrada la noche me entraron unas ganas irresistibles de experimentar: la verdad sea dicha, nunca había pintado con óleo en una pared así, tan resbalosa. Así que experimenté en el área baja de la pared, debajo del borde imaginario de la altura de mi cama, y —aunque era sólo un ejercicio— le llamé de antemano, a esa parte, "lo inconsciente" —porque quedaba debajo de la cama.
El toque final fue haber decidido, en un capricho, que el rosario que compré en Catemaco quedaba mucho mejor colgado en el mapa de Egipto e Israel que en la pared contraria.
Que el mapa de Egipto e Israel tuviera su lugar en la cabecera de mi cama, era previsible. Lo inaudito fue registrar que cada que pintaba tenía, físicamente, que arrodillarme frente a aquella cruz. Después de darme cuenta de lo que había hecho, me arrodillé aunque no creyera (fue una traición tremenda). Porque no quería electrocutarme, apagué la luz del buró. Me quedé con la del cuarto.
Desde hace un tiempo me acosan los significantes. Los «hechos puros», las cruces de madera, yo arrodillada. Sé que podría no darles importancia, pero el experimento consiste en dárselas. En dejar que el significante, que el mundo, que los objetos, que su significado palpable, delineable, expresable, imaginable, sensible, crudo, puro, se encadene. Algunos encadenamientos me han funcionado, otros no. La otra noche —el sábado— eran las cinco de la mañana. Me había peleado con Ale, mi novia. Me regresé sola a la casa y —después de hablar con ella en el teléfono una hora— me dediqué a escribir —que era lo que originalmente quería hacer.
Casi a las seis, furiosa, me toqué los labios y pensé: necesito un curativo (no debido más que al hecho de tener los labios destrozados de tanto mordérmelos).
Inmediatamente después de pensarlo fui al botiquín: pomada de la campana, una gasa y una venda. Me tapé la boca, y dormí como bendita.
Pintura de Fernándo Luis, pintor cubano, tomada de http://www.cernudaarte.com/cgi-local/artists.cgi?status=2&aid=122. Mujer amordazada.
1 comentario:
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