Porque seguramente tooodos se estarán preguntando ¿qué demonios hace ish que no nos cuenta?. Pues es que ix estaba haciendo la Revolución y no tenía tiempo para andarse con un pinche blog burgués.
Desde hace años que sospecho que algo no anda bien en este país. Largos y trabajosos han sido los días en que me he dedicado a desmenuzar noticieros, discursos presidenciales, pergaminos y tratados epistemológicos medievales para poder ver a través de las políticas panistas más allá de lo evidente. Pero en vano: la problemática social es un laberinto interminable.
Ello también es una estrategia política.
Todo empezó cuando llegué a la facultad el lunes 10 de agosto. Precisamente en aquel remoto verano yo me había ufanado frente a desconocidos de pertenecer a uno de los mejores lugares de la ciudad de México. Así lo dije: "La Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM es el mejor lugar del DF; si no fuera porque me paso todo el día ahí, yo no podría vivir en esa ciudad". Mis ideas y mis preferencias nunca han sido normales, y ésa fue precisamente la línea de fondo que propició mi fracaso en el frente revolucionario, pero de momento baste decir que a mí me parecía, y me sigue pareciendo, que el mercadillo pulgoso e ilegal que se establecía todos los días en los pasillos exteriores de la facultad, con sus películas y discos piratas, sus libros robados, su menú alimenticio antimperialista e internacional, así como los jardines pachecos y las totziles que hacían fila junto a las universitarias para hacer pipí, constituían lo mejor de lo mejor de la vanguardia tercermundista. Lo digo muy en serio y, dado que a la inmensa mayoría son robots o idiotas, voy a dedicar este post a explicar por qué.
Aquel lunes 10 de agosto nos llevamos la sorpresa (yo y todos los que tuvieron vacaciones) de que ya no había mi mercadillo pulgoso ni totziles ni comida antiimperialista ni jardines pachecos ni nada de nada. En lugar de todo ello habían aparecido de la nada un millón de macetones, ocho locales comerciales construidos sobre el pasillo y, en lugar de los jardines, dos enormes trampas atrapa-marihuanos hechas de piedra volcánica. Por si las flais yo fui a revisar el Che a ver si no nos lo habían cambiado por un Starbucks.
Y ni una sola explicación.
Después del golpe emocional que significó todo ello (sí, emocional) pensé que alguien ya debía estar haciendo algo. Y efectivamente, el lunes a las 12 de la mañana del primer día de clases ya había alguien en la entrada de la fac repartiendo volantes que repudiaban las remodelaciones y convocaban a una asamblea general para el jueves 13. Todavía entré a clase esperando que Ana María, revoltosa como fue, dijera algo al respecto. Hubiera sido de mucha ayuda, pero no dijo nada. Al final de la clase se levantó alguien a convocar a la asamblea y a seguir repartiendo volantes. Lo que es de mí, ese día y el siguiente llegué a la casa triste, decepcionada, frustrada y encabronadísima; tan hasta la madre que por ahí dejé un comentario medio agresivo en un blog que justificaba las remodelaciones preguntando de quién había sido la culpa.
Días después me arrepentí y pedí disculpas por la emoción.
El problema gira en torno al asunto de la propiedad. Ayer dejé mi bicicleta afuera del metro y, por no encontrar otro lugar dónde amarrarla, le pregunté a la señora que vendía chicles al lado del teléfono si le molestaba que dejara mi bici ahí junto a sus cosas, amarrada al poste. Me contestó, literal: "No es mío, es de la señora de allá", es decir, de la del local de la plaza comercial. Tuve que volver a preguntarle si le molestaba a ella, porque ella, y no la idiota dueña del teléfono, era la que estaba ahí y la que se iba a chutar todo el día mi bicicleta. Lo que quiero decir es que el lugar donde estamos interfiere con quiénes somos, con nuestros derechos, con nuestra comodidad, con nuestra dignidad: el lugar donde estamos nos interpela directamente. Ah, ah, ¡el ser ahí!
¿De qué coños sirve repetir como merolicos en la primaria que la tierra es de quien la trabaja si veinte años después vamos a justificar que venga otro a hacer de nuestros espacios lo que le venga en gana? Yo sé que hay una barranca de por medio entre labrar la tierra y sentarse en unos pinches jardines a echarse un toque y tocar el yembé, yo sé, yo sé... Pero el fondo de la premisa es el mismo: implica el reconocimiento.
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