8 ago 2009

Gold

Es una maravilla. Hoy por la tarde comí una bola grande de carne tártara y después de estrenar la hermosa pipa que compré en San Cristóbal (acabo de regresar de Chiapas) me pareció que lo que había acabado de comerme era una bola de cerebro, glutinoso, suavecito y crudo. Para vomitar. La abstención de la marihuana había sido de un par de semanas y el sentimiento de las arcadas, una hora después de ingerido el cerebro, fue claro y contundente, acompañado de una revelación, de un acontecimiento en todo el sentido de la palabra: «Lo que me preocupa —sí, es el verbo correcto— es qué se puede escribir en el inter de preguntarse si es posible una historia de los perversos, o de la perversidad, y si estas dos son cosas distintas. Me preocupa qué decir cuando se está en aquello de preguntarse por la esencia o por la imposibilidad de la literatura, si consiste en la deformación o en la conservación, o si a la literatura no le van las esencias, o si ni siquiera le va la historia; acabando siempre con los pies hundidos en algo así como una ciénaga de cemento. Me preocupa cómo usar las palabras entonces, cuando la posibilidad de que la literatura esté vacía sea, por decirlo así, una posibilidad real. Presente, al menos. Decadencia de la que Cortázar dijo que se precipita irremisiblemente. [...] La palabra es correcta y no me parece que sea en absoluto moderada: tengo la preocupación en entremedios de mis ideas como un mordisqueo constante que por no hallar cimas, no halla fin a su desesperación. Tengo una preocupación insomne, habituada a mi cuerpo, casi insensible, casi inerte, una preocupación-zombie, inacabable». Hoy al atardecer esta preocupación-zombie cobró las fuerzas perdidas desde hace meses con la fuerza de arcadas y espasmos del estómago: supe que había comido algo maravilloso, que me había comido un bulto de carne cruda del que no tenía idea de su procedencia, pues me lo comí en el Mosaico Bistrot del aeropuerto. Me pudieron haber dado un cadáver humano hecho puré, irreconocible. Ya se me había ocurrido eso poco después de la comida, pero aún antes de que me percatara de la simulitud entre mi plato y un cerebro. Es difícil explicar, así, abruptamente, que en horas de ocio acuden a mi mente con tremenda facilidad imágenes de homicidios y cadáveres humanos —no sin cierta perturbación. Sueño con la dureza de cráneos y la resistencia de los músculos y ligamentos, con el sonido de cabezas ametralladas a unos pasos a mis pies, con el amasijo en mis manos de caras machacadas por piedras empuñadas con desesperación. Me inquieta el problema de deshacerme de un cadáver. Puede parecer sencillo, pero tal parecer sólo denunciará que su creador, que su causante jamás ha tenido en sus manos la pesadez del cuerpo, como quien entra a un edificio sin darse cuenta de sus nulas posibilidades si el techo se desplomara. No debe de ser sencillo ocuparse de la desaparición de un cadáver, como en los últimos momentos del asesinato, cuando la víctima aún vive sin saberlo (o sabiéndolo, quizás) convulsionándose o temblando apenas bajo el masacote de sangre coagulando, el futuro se echa encima, chirriante, empuñando al homicida en un encaro directo con la sustancia tiempo. Del momento preciso en que se tira de un matonazo una botella abierta de tinta negra: ahí está, en la persona que por una fracción de segundo se da cuenta de la tinta esparciéndose, el registro del tiempo. Los asesinatos recién cometidos cuentan con este factor peligroso; si no es un narcotráficante o un psicópata con influencias, más valdría hacerse cargo minuciosamente de la desaparición de cuerpo si se quiere continuar con una vida normal. Es por eso que el problema, por su altísimo grado de dificultad, suele mantenerme ocupada calculando estrategias.

Hoy por la tarde, fatigada por la ingesta excesiva, echada en mi cama, vino a mí súbitamente la solución: cocerlo. No negaré que la imagen de un humano dispuesto en el estante de mi cocina es violenta; con todo, comer el cadáver me parece la solución más adecuada. Deshacerse luego de los huesos y algunos órganos poco alimenticios, como los pulmones, sería más fácil. Incluso se lo podría dar de comer a los perros o a alguna persona a plena luz del día.

Poco después, ya repuesta, me levanté de la cama, abrí la compuadora y encendí la pipa. Los eventos del día, la imagen de la carne cruda, molida en mi plato, así como la excepcional visita a la librería del aeropuerto, los dos libros que decidí comprar, En las cimas de la desesperación, de Cioran, y una historia de los perversos de Elisabeth Roudinesco, se concatenaron unos a otros ocasionando un acontecimiento que a estas horas, después de tantas palabras y descripciones inútiles, ha desaparecido casi del todo. Por una parte al abrir el refrigerador tuve conciencia clara del impasse del que y desde el que me preocupa hablar. No soy ninguna psicótica, simplemente me acosan imágenes que a lo más me provocan sensaciones y pensamientos, el resto del día soy una persona normal que mientras abre el refri en busca de coca-cola piensa, se preocupa intersticiamente, de la posibilidad de una historia de los perversos. Pero, ¿es posible una historia de los perversos?, no he abierto el libro, el sólo título me provocó una serie de ideas que me llevaron justamente a la meseta de mi tesis. Hoy en la mañana, antes de acompañar a mi papá al aeropuerto, leía algunos apuntes, míos, sobre Teoría crítica, teoría del túnel, de Cortázar. Me pareció, me sorprendió que hubiera sido tan inteligente al apuntar que una historia de la destrucción connotaría que la destrucción no es esencial a la escritura. Me quedé con esa idea. Luego por la tarde me atrapé a mí misma pensando si era posible una historia de la perversidad, habida cuenta de que la historia presupone un centro que está siempre dislocado en los perversos. Me sentí iluminada y regresé rápido a mi escritorio, mascullando de camino, y de paso, que era un problema abrir la computadora primero y después tener ideas, porque entonces me predispongo y ya cualquier cosa me parece una idea suficientemente buena para trabajarla. Habría que hacerlo al revés: primero tener ideas y después abrir la computadora.

Cioran, en cambio, me sorprendió desde el principio. Le quité el plástico apenas salí de la librería, y caminando por ese pasillo abrí el libro de golpe. Hace exactamente un año que había querido leer a Cioran. Había oído hablar de él antes, pero se confundía entre tantos otros malditos. En cambio, la noticia de sus razonamientos sobre el suicidio, hace, lo sé con total exactitud, un año (el primer martes de clase de agosto del 2008), me interesó especialmente. Que el suicidio no es en absoluto una afirmación de la vida y que en los momentos precisos del suicidio hasta la muerte es un sinsenitido desesperante, es una de mis opiniones más claras. Más viejas, al menos. No recuerdo si había buscado a fondo a Cioran en las librerías de Gandhi y el Fondo, pero recuerdo que pregunté por su bibliografía a algunas personas y que a últimas fechas ya no lo buscaba al entrar a la librería. Pero hace apenas unos días conocí a un tipo, en Chiapas, que me habló de Cioran y de Rimbaud. A Cioran lo descarté, porque no tenía nada de él, pero me hice el propósito de releer a Rimbaud, que en su momento no me pareció tan genial. Casualidades del destino, que a veces pone en las manos, frente al mostrador de la aerolínea por la que viajó mi padre, cruzando el pasillo, estaba la librería del aeropuerto, de la que nunca me había percatado. Entre los pocos libros de filosofía que tenían, tenían el primer libro de Cioran. Lo compré y lo desenvolví apenas salí de ahí, lo abrí de golpe en el ensayo titulado "El sentido del suicidio": «¡Qué cobardes son quienes piensan que el suicidio es una afirmación de la vida!» en el preciso momento en que mi padre venía de vuelta de hacer el check-in.

Cioran es carne cruda, he pasado la tarde leyéndolo. Mi padre, por su parte, o su figura, aludida en el prefacio de En las cimas de la desesperación, («Escribí este libro en 1933, a los veintidós años, en una ciudad que amaba, Sibiu, en Transilvania. Había acabado mis estudios de filosofía y, para engañar a mis padres y engañarme también a mí mismo, fingí trabajar en una tesis sobre Bergson») también se concatenó en la cadena de eventos desvelados por la ingesta de cerebro. Por un lado, y tan sólo porque estaría bien aclararlo, yo no consagro las casualidades que puedan presentarse en esta vida, sino la cabeza solipsista que las une. Por otro lado fue la risa de mi padre, su ironía soberbia frente a la filosofía, y el hecho de haber convivido con él y con un equipo de matemáticos durante la última semana. Me senté a escribir mi tesis, por fin, las palabras brotaron como si la función de la negatividad, su dislocamiento, se tratara de un asunto familiar, y en mi propia pedantería, influenciada indudablemente por Cioran que es un Nietzsche, y avivada por la ingesta de cerebro y la imagen temible de un cuerpo humano en la estantería de mi cocina, encontré lo que será, sin lugar a dudas, el título de mi tesis:
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3 comentarios:

Anónimo dijo...

http://todomilenio3.blogspot.com/2009/02/141-los-devoradores-de-hombres.html

Igual y con esto se le van las ganas de tanta excentricidad en gastronomías...

Salud!

Fatalia dijo...

Hola.
Interesante, como siempre.
Me gusta el título de tu tésis. Espero que te encuentres bien.
Te mando un beso.
Ojalá nos reunamos pronto.

Rodrigo Hernández dijo...

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