
Estaba ahí, con el cuerpo tirado en la tierra amarilla, sudoroso, adolorido, adormecido; y creía que iba a estar así toda la vida, o lo que le quedara de esa vida, con el sol enllagueciéndole la piel y la sangre coagulada en el polvo.
A su cabeza empezó a sonar la torre del campanario. Con campanadas primero tenues, sin embargo perfectamente claras en contraste con el silencio eterno que había habido antes. Después cada vez más fuertes.
El mundo finalmente se movía. Se levantó tierroso. Le dolían las articulaciones, estiró brazos y piernas extasiado, comprobó que el sonido no se detenía, una tras otra, siempre, cada campanada era insólitamente previsible.
Se enamoró a gritos. Estúpidamente. Cabalmente. Por primera y única vez. Era tan feliz y ahora tenía tanto cuerpo que sentía que no podía detenerse a sí mismo antes de arrancarse la piel.
Las campanadas hubieran dejado de sonar, pero no lo hicieron. Su ansiedad sólo crecía.
Y crecía y crecía y crecía...
Quiso gritar, desesperado, arañándose la piel, agarrándose a sí mismo antes de despellejarse. Hubiera querido un momento para comerse esa felicidad, pero las campanadas no se detenían.
El badajo de la torre golpeaba enloquecido de un lado a otro. La torre se derrumbó y el badajo como un pene tremendo cavó un surco desmoronado en la ciudad. De la iglesia a la oficina del gobernador, de correos al periódico local. Las campanadas seguían retumbando por toda la ciudad. Los edificios se caían a pedazos. Eran inútiles los gritos de este cadáver resucitado, que terminó sus días casi a punto del orgasmo y en el fondo de una pila de desechos industriales.
Tomado de: http://www.interarteonline.com/Justo_Manuel_Mesa.htm#
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3 comentarios:
Ay lo que es el deseo, carajo.
Tsss.. si creo.
Si yo conociera una mujer así..
vah.
dulces y deseos'os saludos preciosa..:D
Grandes saludos, querida.
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