
Escribir no es tan malo. Tiene toda una connotación, pero no es tan malo. No es como pintar. Casi ningún adulto pinta. La mayoría, sin embargo, escribimos todo el tiempo.
Ya entrados todos en un pensamiento "de la escritura", hay miles de diferencias:
No es lo mismo escribir en un blog, que escribir un twitter, que escribir un mensajito, que escribir informes, que apuntar teléfonos. Y, por supuesto, no es lo mismo «escribir», que saber leer y escribir.
La escritura debería ser solipsista o democrática. Tajantemente democrática. (Lo que se dice: tajantemente sin cabezas).
Es decir: debería de ser absolutamente arbitraria, o absolutamente atea.
II.
Al poco después de empezar a escribir, dejé de hacerlo. A «escribir», digo. Como me diera cuenta de que 'no era mala', pero tampoco había punto de comparación, decidí estudiar filosofía, y no letras (ni artes plásticas).
De hecho, nunca más he vuelto a escribir, lo que se dice escribir. Es decir, a hacer una historia. No sé si alguna vez realmente hice una historia. (Una, creo). Siempre me frustraba tratando de hacer un cuento. Me salían otras cosas (descripciones, ensayos, ideas). Y me decía: «Tengo que encontrar un verbo... Sólo un verbo...»
Filosofía era lo mío, sí.
Después de dejar de escribir un tiempo (una tragedia), empecé a escribir en libretas. El motivo fueron las libretas de un amigo: dibujaba lo que escribía, pegaba recortes, mapas, escribía unas letras más grandes que otras, escribía en distintos géneros, anotaba traducciones... tan perfectamente cuidadas, que se antojaba.
Después de varias libretas, volví a escribir en word —a pesar de los enormes mails que enviaba, yo no usaba la computadora para «escribir». En verdad fue un acontecimiento que me pasara noches enteras escribiendo. Lo único que me salvaba era saber que lo que escribía era sólo para mí. De modo que escribía cualquier cosa, sin fijarme en la historia.
Al mismo tiempo, empecé a enloquecer.
(Ya estudiaba filosofía. Leía a Heidegger).
Perdí muchas cosas, se me olvidó casi todo. Pero escribía, porque después de todo escribir no es tan malo. Ni siquiera escribir sobre una misma.
III.
Odiaba la competencia —y odiaba perder.
Regresé a México en la etapa en que seguía sellada como por flashazo. Aún no sabría qué decir al respecto. Lo que sí sé es que pocas semanas antes de regresar a México, yo aún escribía. Lo sé porque existe un último texto, fechado después del incedio. Aunque claro, pocas semanas antes yo no sabía que me iba a regresar.
Lo decidí un día que caminaba rumbo al super. Imposible saber cuál (no guardé la nota).
Durante los siguientes dos años no escribí. No me sentaba a escribir. A veces corregía. Había dos textos en especial que me gustaban, aunque siempre era imposible acordarse de ellos porque todos tenían nombres de fechas. Además de eso, me tardaba las horas haciendo los ensayos finales y era adicta al messenger.
La culpa se la eché a mi ex novio, aunque era cierto que yo había vuelto a escribir, aunque fuera de mí y sin género, (literario), un año antes de que oficialmente termináramos. Así consta en los textos.
No obtante (argüía yo), él (mi ex novio) me restringía. Es decir que era difícil escribir después de hablar por teléfono con él. De modo que decidí dejarlo a él.
Cuasualmente, los blogs y yo nos conocimos en la misma época. O bien, ya nos habían presentado antes, y siempre había querido tener uno, pero nunca nos habíamos tomado en serio. No sólo conocí los blogs, también conocí a Derrida y a mi ex novia.
Derrida es un argelino que estudió filosofía porque no se atrevió a estudiar literatura.
Con mi ex novia nunca tuve problemas para escribir. De hecho escribía demasiado. En muchos sentidos fue diametralmente opuesta a mi ex novio. Tanto que en las últimas fechas hablaba 'más de la cuenta' con él: necesitaba una alta dosis de chinitos.
Mi ex novio tenía la cabeza llena de chinitos, rojos a contra luz, y pecas en el pecho. Me encantaba verlo.
Mi ex novia tenía el pelo negro. A veces por las mañanas se le hacían chinitos en la nuca. Me gustaba verla porque era perfecta (pero a ella no le gustaba que la viera, de modo que con el tiempo dejé de hacerlo). Era tan perfecta que parecía pájaro.
Luego usaba un saco negro con el que parecía que iba a volar.
No sólo me enamoré, enloquecí por ella. Seguí enloqueciendo incluso después de saber por qué íbamos a terminar. Nunca pude decir qué era, me gustaba una manera suya de tratarse a sí misma y de no tratar a los demás. Me volvía loca su perfume. Los ojos, la nariz, las manos. Su voz. Su historia. Sus versiones de la vida. Realmente los problemas que tuve (en la vida, con ella frente a mí) no se los puedo achacar a ella; basta decir que ella no sabía qué hacer con los míos tanto como yo no podía con los suyos.
Era imposible vivir así principalmente porque yo exijo para mí, o porque yo prefiero una vida con alguien que me entienda. Por ejemplo, me encantaría andar con alguien que de la vuelta en el pasillo del pan al mismo tiempo que yo, no porque ella sea adivina (versión de ex novio) ni porque yo sea Hitler (versión de ex novia), sino porque mientras me platica lo que le contestó el taxista recuerda que íbamos por pan. O por chelas, cosa que todavía es más difícil de olvidar.
Sí, soy exigente. La próxima vez, antes de andar con alguien le haré un examen de uso de electrodomésticos. Si no sabe poner una lavadora, ciao sin trámites.
En todo caso, con ella escribí, y dejé de escribir, y volví a escribir. Finalmente, después de la persona está la vida, y «es la vida la que traiciona la escritura».
Mis problemas con la redacción no se deben nunca a los demás, sobre todo porque la escritura es inevitablemente autoreferencial. Si bien la posición que tomo (y en el amor eso puede significar la diferencia de vida) es de todo lo que se trata.
Un día le dije a una amiga que tengo, que es pintora y parece tener los mismos problemas que yo, que la crítica debería ser siempre autocrítica. Que no hay más. Que no hay otro campo de experimento, si una se miente a sí misma, ahí acaba la historia.
La propia, la mísera opinión propia, si además coincide con la opinión de los demás, ; pero en algún momento la opinión de los demás tiene que se más anticipable que la propia. Es decir: el autor debe ser el primero en experimentar el jaloneo que tiene una obra.
A nadie le gusta perder. En este mundo hay dos tipos de personas: los perdedores y los que decidieron no jugar. Y millones de justificaciones para todas las posibilidades. Y millones de traiciones. Todos los días uno escoge la carrera de cien metros. El que no pueda jugar a todas, que las elija. Que deje las propias sin jugar. Que crea que su ego es incuestionable. Que sea un solipsista.
El que no, que intente poner orden.
Yo me arrepiento siempre de decir cómo deberían de ser las cosas y me arrepiento todos los días de quién soy. No siempre soy feliz, pero intento decirme a mí que eso no importa, porque no siempre me arrepiento de lo que realmente escogí.
Y me pregunto si me durará para siempre, porque ya sólo me queda un huevo en la canasta. (Tuve que romper el otro para asegurarme).
A veces soy una persona detestable, y al menos casi siempre soy una persona parcialmente detestable; todo depende quién se sea (si hombre o ateo). Existen personas que guardan siempre algo. Yo estoy segura de que tengo algo así como un "yo", porque sueño, fantaseo, pierdo el tiempo y siento culpas. Sé lo que es nunca alcanzar. A veces me emociona estar a punto de volverme solipsista, y a veces, raras veces.
3 comentarios:
muy interesante escrito... sobre todo esta frase... "Y me pregunto si me durará para siempre, porque ya sólo me queda un huevo en la canasta. (Tuve que romper el otro para asegurarme)"... verdadera en ocasiones que me pregunto si vivimos quebrando huevos para asegurarnos y al final debemos contentarnos que el desastre que hemos dejado a nuestro paso... en fin... ¿y si lo que rompimos era lo bueno? eso ya no lo sabremos...
Muchas gracias Xinik.
En realidad creo que una no debe darle muchas vueltas a los huevos.
Al leerte hablar sobre las libretas, me recordaste aquellos tiempos en que creé mis primeras cosas... y cómo una libreta sin importancia para otros, uno la veía como estar cargando un diamante.
Vaya tiempos.
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