No quería ir a la facultad. Tenía que ir para confirmar con mis maestros la fecha del extraordinario de lógica. Pasé la mañana haciéndome pendeja en la indelimitación del trabajo y la irresponsabilidad. Tenía que estar ahí a las 5, pero antes tenía que ir al Juez Cívico por una cosa y a la oficina para ponerme al tanto con mi jefe.
No fui ni a una ni a otra. Caí a las 5:30 en la facultad. Pacheca.
A coordinar el examen de una materia que me persigue de toda la vida, en un lugar de tantas persecuciones. Temía muchísimo no encontrar al maestro. Estas cosas siempre me ocurren, pero mientras iba para allá, escuchando música, completamente pacheca en el transporte público, sabía, y me reprochaba, que siempre me pongo al borde de la catástrofe.
Esta vez la catástrofe de retrasar UN SEMESTRE MÁS la ejecución, clausura, consumación de los créditos de licenciatura. Ésta debería ser una historia acerca de la culpa. Pero en vez no he podido fijarme más que en su misterio epistemológico.
Yo tenía mi libro de lógica, que es muy viejo, con un post-it en la portada que decía “junio”. Al no encontrar al profesor de lógica que yo buscaba en su salón, la adrenalina empezó a correrme por las piernas, la lengua y el raciocinio. Unos salones después me encontré con el otro profesor de lógica. Le expliqué mi situación. Intenté convencerlo de que él me hiciera el examen diciéndole que era la última materia que me faltaba. Aceptó. Saqué mi libro de lógica y como no quería que viera ese post-it, rápidamente lo despegué y lo volví a pegar en cualquier página de adentro, sin siquiera mirarlo y haciendo malabares con la mochila y el celular.
No importa en qué quedamos el otro profesor y yo, el caso es que cuando había abandonado toda posibilidad apareció de pronto por atrás de mí el profesor que buscaba desde un principio. Me arreglé con él para presentar el examen en dos semanas y entonces pasamos a la parte de delimitar los capítulos de Copi que tenía que estudiar.
Ya había pasado el pájaro volando por enfrente de mí en un pasillo del primer piso. Esta vez, una hora después, el profesor al que había creído no encontrar y que encontré a mis espaldas, buscó en mi libro la última página hasta la que me preguntaría. Para mi sorpresa era justamente la página donde había pegado el post-it. Fin de la teoría del capítulo 5, principio de los últimos ejercicios, página.
Un par de horas después, a las 7 y media, en la cafetería y aún bajo los efectos de la marihuana, me di cuenta perfectamente —mirando la biblioteca y mi reflejo en el vidrio— que esta historia, como tantas otras, me agobia porque se cruza con otras.
A las 9:13 abordé el autobús. Durante el trayecto me di cuenta que lo grave es sentir la necesidad de dar cuenta de cada detalle, y su historia paralela, que da cuenta de lo que quiero decir. Y entiéndanme que mi ansiedad radica justamente en esta constante intención de dar a entender la multiplicidad eterna.
De nada serviría que yo les dijera que hoy a media tarde uno de mis primeros profesores en la UNAM buscó en mi libro de lógica de Copi la última página de lo que estaba considerando preguntarme en el examen extraordinario que presentaré en dos semanas, y que ahí, en esa página, encontró (sin saberlo) el mismo post-it que yo había guardado con prisas y sin fijarme en el libro, diez minutos antes. De nada serviría si yo no cuento lo que viene alrededor de la historia. Mi trauma consiste en no poder acabar esas historias. Lo desesperante de ellas se multiplica de camino a casa. No acaba de multiplicarse mientras la escribo. El ejemplo de hoy tuvo justo ese tamaño. Fue impresionante. And yet, ¿cómo contar qué fue lo impresionante? ¿Cómo hacer que a usted, lector, se le desborde el corazón, y cuando no es el corazón al menos la cabeza, del mismo modo que me sucede a mí con mi locura?
3 comentarios:
Es un grato placer leerte de nuevo. Lindas fotos por cierto.
Lo mismo digo.
Las fotos fueron tomadas con el celular. Un Sony bastante empañado.
buen punto... aunque tienes una prosa rica y eres muy pacheca no das nunca con el clavo... ¿Con la verdad? Digo, con la clave que hace ciñamos el mismo pensamiento cuando tú escribes que cuando yo leo... ¿Seré un mal lector? Pero aun prefiero leerte que fumar contigo...
Saludos, anónimo 4!
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