20 jun 2010

nudos de bebé

 
 Empiezo a creer que lo que importa nunca va a tener lugar.

He tenido el sentimiento de que nada importa demasiadas secas veces. Y de que lo que intento es gris como ya todo.

Hace años soñé que mataba a mi novia. La amaba, estaba loca por ella, pero tenía un conflicto enorme porque me imaginaba perfectamente cómo podía amar (a alguien) más. Al mismo tiempo hacía mi tesis y cursaba probablemente 7º semestre. Mis sueños sangrientos habían empezado un año antes. No recuerdo casi nada de ese día, excepto que el cuchillo más grande de la cocina estaba en el cuarto porque habíamos cortado ahí jícamas. De lo cual supongo que habíamos estado juntas en mi cuarto, viendo una película o trabajando cada quién en su computadora. En todo caso habíamos dejado la tabla para picar y el cuchillo en la mesa.

Esa noche soñé que alguien entraba a la casa. No era en términos generales la primera vez que soñaba algo así. Esta vez el ladrón --o quien fuera que sea aquel que entraba así en mis sueños-- había entrado ya al departamento y caminaba hacia nuestra recámara. Mi novia dormía a mi lado. Temí por ella, sobre todo, o pensé por ella y me levanté enseguida por el cuchillo en el escritorio, para defendernos. Pero en el mismo momento que llegué al cuchillo supe, sentí, que el ladrón estaba ya detrás de mí, justo a mis espaldas. De modo que me volteé, en el sueño, para enterrarle el cuchillo directamente en el cuello. Que es donde una tendría que cortar si se quiere deshacer de un tajo de un ladrón peligroso.

Cuando el cuchillo ya había penetrado, en los mismos segundos me di cuenta de que era mi novia que me miraba preocupada y no el ladrón. Entonces supe que tenía que acabar de matarla, porque ya había empezado. Y lo hice.

De modo que cuando me levanté tenía todas las sensaciones mezcladas. Por un lado Ale, mi ex novia, era lo que más me importaba. Tan sólo pensar que algo le podía pasar, porque era muy despistada y no cruzaba con cuidado las calles, me daba ganas de llorar, sentimiento de pérdida y ansiedad que vuelta la dosis de todos los días acabó por sabotear cualquier reacción honesta que yo pudiera tener ante una posible emergencia. Por otro lado había cometido un asesinato con la intención de ocultar mis errores. Entonces la extrañaba en el mismo momento que la mataba, y me sentía profundamente culpable.

Nunca me perdonó del todo que la hubiera soñado así, y yo no le perdoné que no me entendiera. A fin de cuentas lo importante es eso, que te entiendan; pero claro que ni yo misma me entiendo, en parte porque mis otros no me entienden, por supuesto, pero eso no facilita en nada las cosas porque vean que ahí justamente se mueve todo lo que me importa.

Lo que me importa se me escapa, ahora irremisiblemente como mi idea de normalidad o de maquillaje. No sé maquillarme, ni arreglarme, ni hablar con la gente. Para mí hay un medio-nivel social que queda completamente ajeno a mi entendimiento. Eso lo acepto, vale. Me costó trabajo, pero hay que aceptar algo malo en esta vida, ¿no? ¿Yo qué iba a saber que con esa renuncia renunciaba justamente a lo que más me importa? No, no existe la normalidad. Me revuelve el estómago. Además me caga mi anormalidad. Dentro de ella, de mi anormalidad, está mi roña hereditaria hacia la estupidez, especialmente la estupidez de defender la normalidad y sus estrategias. Todos los días escucho comentarios afirmativos de la normalidad. Estoy harta de que me digan que intenseo demasiado, por ejemplo. Harta de la verbalización tener una vida. Harta de oír a queers positivistas. Harta de entrever casi fantasmalmente fascistas en hippies izquierdosos barbudos periodistas viejos gordos que no saben nada, pero ya desde el principio se están agarrando pa' fuera el pito, flojo, pequeño y baboso, para suponerte que tú no sabes nada, pobre idiota, con tan tan la misma actitud de hace 40 años que ni una pophispter de 15 le creería. Estoy harta de ellos y todas sus réplicas.

La niña fresa de veinte años de Polanco que cree que es cul pasarse de verga, por ejemplo, es una repetición del loser de 50 que cree que todavía se acuerda de sus clases de Marx y, peor aún, que cree que entiende algo de Beatriz Preciado.

Quiero honestidad, quiero que alguien se moje, quiero que alguien enloquezca, que se tome en serio las cosas, que me hable en el límite de ella misma.

Pero por eso mismo. Sé honesta!! Todos se restringen más que yo, con algunas excepciones que no me favorecen.

Y por eso nunca voy encontrar eso que es importante. Con cada cabrona indiferente que me topo siento que me mocho un poco más con el corazón, o sea cual sea aquella capacidad para;

¿Y para qué es la capacidad? Para negociar, justamente, entre la verdad y la mentira. Para comerciar. El amor es negociación. Yo estoy completamente fuera de la cancha cuando se trata de entender lo importante, lidiar con ello, maquillarse, mentir lo suficiente.

Y ni idea de cómo empezar a emocionarme como no sea como un vicio.

4 comentarios:

ix dijo...

#errordeneuróticoprincipiante.

Lo que realmente tengo es culpa, producto de mis restricciones, que pueden de hecho exceder lo común.

Anónimo dijo...

Madre mía, tienes unos sueños que me dan escalofríos...porque me acuerdo de los míos. Y siempre es muy sorprendente no sólo lo que tienes adentro, sino tu capacidad para sacarlo. Daphne.

ix dijo...

A mí también me daría escalofríos leer un sueño que me recordara los míos.

ix dijo...

Gracias.