Mi máxima epistemológica es: si no vas a matar a nadie, equivócate. Sí, dije epistemológica. No moral.
Intento escribir lo más vergonzoso porque incluso la explicación de eso la tienen los demás. No importa cuál sea la reacción, ahí siempre está escondida mi propia reacción. Cuando tenía 25 estaba segura, segurísima, de que también el silencio era una forma de respuesta, por eso me tomaba con calma que nadie me contestara nada. Siquiera alguna vez un comentario en mi blog, por ejemplo. Ahora el problema es que estoy desesperada por no encontrar y temer no encontrar nunca una respuesta que sea así como un espejo de mi enredosa manera de entender. Soy una persona más insoportable, más intolerante y más amargada. Me doy cuenta. Últimamente ni siquiera me importa ser grosera. Lo dejo ir todo tranquila porque al final, ya verán, no va a contar de nada. En este pinche mundo de analfabetas nadie va a contar jamás mis cuentas incomprensibles. A pesar de eso me comporto. Al menos en lo mínimo: no mato a nadie, saludo a la gente, respeto a los peatones y no tiro las colillas de mis cigarros en la calle.
Tengo un desmadre en la cabeza. Normalmente me hago responsable en términos generales de todo lo que tenga que ver conmigo. Intento hacer siempre lo que creo que está bien e intento encontrar correctamente las excepciones. A veces, si no se va a matar a nadie y es por el bien del conocimiento, conviene decir lo inconveniente. Yo tengo un problema de adaptación porque tengo un desmadre en la cabeza, de modo que me resulta muy fácil decir de repente esas cosas. Se lo recomiendo a todos. Lo que sí es que me tardé en aprender a usar ese defecto a mi favor: hasta hace bien poquito todos mis exabruptos se debían a mero afán epistemológico. Me tardé en tener motivos para hacerme pendeja sólo por molestar.
A veces lo que escribo está mal. La soledad es para hablar con el demonio y cuando escribo normalmente estoy sola. Twitter incluido. Los demás no tienen la culpa, pero en algún lado hay que hablar con el demonio en público. Sólo vivimos una vez. A mí me gustaría intentar explicarme por todos los medios algunas cosas de esta vida antes de morirme. Máxime que no me había dado cuenta de que pasaré un porcentaje importante viva sin poder intentar mucho, tal vez con más ideas o tal vez ni eso. O sea, la juventud no es para siempre. La diferencia ahora es que los absolutos empiezan a tener un sentido más corto. (Se lo achaco a la edad y a las drogas, que en mi caso son cosas en buena parte entrelazadas). Es de hecho algo bueno ver las cosas más pequeñas, o mejor dicho lo suficientemente ampliadas como para sentir que se aprehenden con las manos. La vida, por ejemplo. El mapa de vuelos internacionales. Las listas comparativas de precios. La ciudad natal.
Escribir me ayuda. La escritura es una forma sólida de memoria. A veces voy manejando y uso una palabra que sorprendentemente me recuerda lo que escribí el día anterior. Sorprendentemente porque no me lo esperaba aunque entonces que lo noto me hace sentido. Escribir es muy peligroso para manejar. Aunque a cualquiera le ayuda a pensar, a recordar cosas importantes. Es una técnica que como las fórmulas de las drogas se puede usar fuera de su ámbito moralmente deseable: podemos usar esa solidez de la memoria para recordar fórmulas químicas (de metanfetaminas, por ejemplo), para escribir una ecuación algebraica (lo que sea que se necesite para escribir su principio y su fin), para documentar una técnica de cirugía (Manual de medicina), para obligar a los senadores y diputados (la Constitución y las leyes), para chantajear a artistas populares (el TVnotas, por ejemplo), para crearle una fantasía a la persona que amamos (los tuits, las postales, las cartas largas y emotivas) o para perseguir al inconsciente (libretas de dibujo y blogs incluidos aunque ya entrados hasta este punto hasta el manual de cirugía puede resultar revelador).
Escribir y amar escribir, son dos cosas distintas. Escribir para recordar y escribir para olvidar. Escribir altera las percepciones porque altera el conocimiento. Me ayuda para pensar, también para darme cuenta de cosas de mí. Escribir hace cada vez más sutiles los caminos. Muchas veces me he dado cuenta de que me equivoco, incluso en cosas muy personales, por releer tantas veces lo que escribo como un mantra y luego sorprenderme a mí misma apuntándole derechito al significante que salta de repente como conejo entre la maleza de calles, semáforos, edificios, macetas, locales de pizzas, bancos, vueltas, gente, señales, animales vivos, animales muertos, peseros, taxis, vendedores en bicileta, el niño que lava los parabrisas, el significante encendido que se me cayó al suelo. Lo que ya no sé, y eso me lo pregunto pero nótese que hasta ahora puedo decirlo, aunque no sería la primera vez que me encontrara repitiendo —mis fracasos y por si fuera poco todavía con ilusiones—, lo que ya no sé es sí la escritura me sirve para engañar mis represiones o si cada vez me reprimo más hábilmente.
Quizás ni siquiera me reprimo hábilmente, sino torpemente y cada vez más lejos de alguna vez aceptar aquello que miento. Lo que me lleva a la fantasía que escribo siempre acerca de mí en este blog: escribo para crearme una imagen de mí ante los otros que me funcione el resto del día. Tengo una fantasía acerca de mí que quiero hacerle creer a otros imaginarios. Del mismo modo que tengo fantasías con las cosas: les pongo voces, humores, estados de ánimo, familia, significados y a veces (purrumpunpas) intenciones.
No creo en Dios, no creo en los espíritus, no creo en los iluminados, no creo en la mano que mueve al mercado, no creo en el espíritu de la historia, (geshightesait, se dice), no creo que la llegada a la Luna haya tenido lugar en un set de grabación y por supuesto tampoco creo que cosas como las licuadoras o las bicicletas puedan siquiera una vez hablar o tener estados de ánimo. La que tiene el ánimo de tirar las pelotas cuando se le ocurre creer que este mundo puede estar lleno de fantasmas soy yo y la mano de las fantasías, mi inconsciente.
Ahora bien, el inconsciente es por un lado la única explicación posible al fondo inexplicable de algunas intenciones y, por otro, algo que no está en ningún lugar. Piénsenlo, es algo realmente extraño. Para prueba basta quedarse semidormida, tan profundamente dormida como para olvidar el lugar en el que se está y lo suficientemente despierta para asegurar que todo ese rato, por ejemplo, se ha estado sola. Hoy me quedé dormida en el jardín. Cuando me desperté recordaba todo lo que había estado pensando, que era completamente falso porque —lo comprendí de súbito— estaba soñando. Tenía esa conciencia ahí, a la mano. La conciencia del inconsciente, el recuerdo de que algo estaba sucediendo ahí unos momentos antes. Una conciencia deforme que encajaba como un cubo rubik desalineado. La inconciencia, esa gran desconocida.
La fantasía importante, aquella que quiero hacerme creer, está toda cruzada. No sé exactamente de qué maneras pero, por ejemplo, siempre quiero tener la razón. Con todo y que lo único que busco es algo que me pruebe mal con tal claridad que hasta me sienta reconfortada de estar ahora en el camino correcto.
A veces me burlo de lo que me doy cuenta que estoy aparentando ser, otras lo aparento sin escándalo y las menos, pero las más, sin darme cuenta. Sin pasarme la cuenta. Me da pena, por supuesto, y sólo pocas veces lo admito. Hay cosas que por más que escriba nunca admito. Ni siquiera sé ya cómo acercarme, al contrario me siento irremisiblemente lejos. Pienso cada palabra que hago pública y al mismo tiempo conservo (literalmente) mis errores, del mismo modo que hay quien guarda cosas por si algún día pierden el estatus de inútiles. Mnemotécnica. Intento hacerme responsable sólo después de escribirlo. Todo debe ser roto, en algún momento. Todo lo que respetamos. Sólo poniéndolo todo a rodar podemos distinguir lo que rueda de lo que cojea. Es la manera en que las cosas toman cuerpo.
La cuestión no es si soy o no soy mamona, grosera, insoportable o pobrecita cuando contesto. Ésa nunca fue la cuestión para mí, fue la cuestión de otros. Lo que me importa a mí es que he sido honesta. De lo que se trata es de estar a la altura, a la medida de las circunstancias. Poner el listón donde yo quiero deber, hasta donde yo puedo pagar. Hubo un tiempo en mi vida en que creí que había que darle oportunidad a todo aunque no tuviera la apariencia de ser lo que buscaba, luego lamenté haber perdido así mi tiempo en lugar de buscar lo que sí tenía apariencia de gustarme. Fue una estupidez. El resultado es que nunca he puesto en práctica lo que me gusta. Nunca he tenido una novia que ruede. No sé qué me gusta.
Es cierto que de todo se aprende. Pasarla bien en cualquier lugar y con quien sea es una virtud humana: en todos lados aprendemos algo. Pero paso de conformarme con eso. He visto otro mundo, chicos. Y no va a funcionar que nos vayamos todos a vivir a él. De hecho jamás me será posible dudar de que podemos hacernos un mundo deseable sin necesidad de mudarnos. Puedo entender sin embargo que nunca suceda. Lo estoy viendo no suceder y me veo a mí envejeciendo en todas estas reglas hechas para atrapar siempre aire y recordarnos que la perfección es imposible. A priori.
En realidad sí lamento que las respuestas que he dado a algunos comentarios les parezcan, si aún me leen siquiera, feas. A mí me parecieron geniales y me sentí orgullosa de ellas. Al menos intentaron estar a la altura.
Hablando de alturas, porque evidentemente es la altura lo que molesta, para bien o para mal (tan sólo pronunciarla), el reconocimiento de la medida, hoy tuve dos experiencias ejemplares de nuestra (#cofcof) interpretación del espacio público: en ambas le cedí el paso al peatón. La primera vez, de ida, le cedí el paso a una mujer en un paso peatonal en CU. Quiero decir que detuve mi coche. Nadie más lo hizo, cosa para la que hay que esperar siempre unos minutos. Pero lo tremendamente bajo y sorprendente fue que la mujer prefirió mirar al cielo. Algo en todo eso le molestaba, algo que tenía que ver con esperar de frente a que todos se detuvieran o a que todos acabaran de pasar. Como tengo muy mal genio odié a la mujer de inmediato. Yo estaba haciendo algo (por ella también, de paso) que no podía ser respaldado (ni siquiera por ella que era la única que no traía armadura, o sea coche). Ni le preocupó: miró al cielo y en un girar de talones me dio la espalda, al pie del tope y las líneas amarillas, hasta dar del todo la impresión de que no pretendía cruzar la calle. Los coches siguieron pasando, por supuesto, y ya no tenía ningún sentido que yo hubiera frenado ahí.
La segunda vez fue de regreso. Acababa de arrancar el coche y al final de la calle, que es muy larga, vi de lejos a dos que venían caminando por la banqueta y que habían llegado a la esquina, así que bajé la velocidad. Iba realmente muy lento. Tan lento que cuando llegué a la esquina (las personas aún estaban detenidas, mirándome) no fue casi nada detenerme por completo. Las dos personas continuaron inmóviles. Era un camellón así que claramente iban a terminar de cruzar la calle. Uno de ellos me cedió el paso con la mano. Yo no me moví, no di las gracias, no dije ni sí ni no ni nada, no hice ningún gesto. Miré al albañil con profundo odio y pensando claramente por gente como tú, sin orgullo. No dejé de mirarlo hasta que lo vi cruzar al frente y por mí nos hubiéramos quedado horas hasta que enderezara sus putos derechos y dejara de invitarme a que me lo cogiera, una vez más, pasando yo primero encima de él.
Porque lo que hacemos cuando no respetamos los pasos peatonales es reafirmar, como si pasáramos otra vez por encima de, remarcándolo, un sistema acéfalo de espíritus de reglas que se aparecen y desaparecen en un campo abierto por la falta de escritura de sus verdaderas reglas, juego en donde queda siempre como por descuido, ignorancia o incapacidad un espacio oscuro que no puede más que aprovecharse para la apropiación arbitraria del poder.
Cada que nos pasamos un paso peatonal, despojamos a la gente de su territorio. Ya no es más su territorio, los confundimos, los despistamos, los cansamos. Desisten de apropiárselo. Se nulifica la posibilidad de responsabilizarse después. Perdemos por default. La desterritorialización, he insistido en ello desde el principio, debe ser practicada sí con frecuencia, pero abiertamente y siempre sin matar a nadie.
6 comentarios:
Infiere inferencias que nosotros no damos.
Nos etiqueta (a ti, a mí, a nosotros), clasifica y guarda en un cajón en el que, muy probablemente, no merecemos estar (¿Acaso clasificar nos es intrínseco?).
Nos habla del inconsciente como la única explicación sin explicación. ¿No será que al final del día terminamos viendo al inconsciente como alma?
Bueno, creo que de lo que se trata es de dar respuestas a partir de usted y no a partir de mí, por eso, al ver mi incapacidad para lograrlo, mejor me voy.
Oh, cierto, lo olvidaba: No creo que decir "por gente como tú, sin orgullo" sea la respuesta. En todo caso diría, para encontrar la respuesta: "por gente como tú, que hasta el orgullo".
Buena noche.
Sí creo que clasificar es intrínseco, que el inconsciente y el alma tienen algo de común, pero no todo, y que "hasta el orgullo" lo dice mejor.
No me hables de usted.
Pues deberías creer en la mano que mece la cuna, igual y así despiertas de tú sueño eterno, crees tener conciencia pero solamente leo a un Robot programado para cuestionar...Vive! y deja a un lado el soliloquio..No eres mamona, no eres grosera, ni nada, no te ofendas...eres solo palabras..Contemos..inviertes taaaanto tiempo en pensarlo todo...luego otro tanto para escribirlo y luego para seguir premeditando la siguiente acción?? a que Hora endemoniada vives??..porque´no vives ahora?? no has visto el mundo aunque te vayas a otro lado no lo has vivido lo has pensado y nada más...pareciera que no te gusta la Vida, haces una Tesis para Todo??..Yo cedo el paso y no espero que me miren, por eso te molestas cuándo no reaccionan cómo esperas..porqué no hay autenticidad en ese acto..yo no Fumo siquiera y no espero nada sólo no lo hago y punto..cedo el asiento y me he encontrado con gente que no lo quiere aunque a leguas se ve que lo necesita vgr..estando embarazadas o con niños en brazos y si no lo quiere no es mi responsabilidad no hay más no tengo porque enojarme..Yo vivo no hablo..Tú cerebro está apunto de hacer "corto circuito" y a la única que estás matando es a tí..podrás tener la templanza de mirar al horizonte y permanecer en silencio?? y cuando digo silencio incluye a la mente también!!..podrás?? acabo de encontrar éste Blog y me gustó por la pulcritud en la forma...pero veo que te justificas de todo..no eres tan especial cómo crees..no al menos en ese sentido..y respecto a tus experimentos...todos lo hacemos no hay novedad, la cuestión es que probablemente tú seas el experimento de alguien más...
Por supuesto que no hay por qué enojarse, si la señora embarazada o con un bebé en la manos prefiere quedarse de pie en nuestro seguro transporte público, no hay nada de qué molestarnos. Ultimadamente no nos concierne.
Es Mas, dijamósle a las gentes que se Molestan que Debieran Vivir más y mirar el horizonte sin pensar.
Gracias por tu comentario. Iluminador sin duda.
Qué molesto que no te moleste que no sirva para nada lo que tú ¿crees? que está bien.
Yo he visto a señoras embarazadas que no quieren molestar a los señores sentados en los asientos reservados para señoras embarazadas. Piensan como tú: que vivir y pensar son cosas opuestas.
Soy feliz, por si te lo preguntabas. A veces incomprensiblemente. Procura nunca ser feliz injustamente.
La onda es que no puedo hacer a un lado esto que me molesta sólo porque molesta.
Si cruzáramos con más tranquilidad las calles (todas las calles que cruzamos todos los días) tendríamos el temple de molestarnos por las condiciones en que viajan muchas mujeres embarazadas y con niños pequeños. Cierto que a veces ellas mismas prefieren hacerlo así. Eso no hace que me moleste menos, al contrario.
Qué mal que tengamos perdida de nacimiento esa molestia. Qué mal que ni siquiera sepamos qué es lo que estamos perdiendo, de cuánto nos perdemos por no saber pedirlo.
Un poco de paz. De salud. De tranquilidad. Como los bebés que son los primeros que se lo merecen.
Con respecto a inferir suposiciones o razonamientos en el otro, yo creo que supongo bien lo que otros suponen y normalmente supongo a la vez que cualquier persona singular con la que trato podría ser la excepción.
Claro que estas excepciones que hacemos diario con desconocidos son totalmente diferentes en el caso de los anónimos que comentan en un blog.
Puede ser todo lo que dices o puede ser que el cajón en el que te clasifico no sea tan malo. O malo en absoluto. A ti en particular (porque todo esto es en respuesta al primer anónimo). No sé qué opino de ti, pero sé que sea lo que sea que opine (y que algo opino) no opino nada malo. O sea, de ti. ¿Qué de malo podría tener gente como tú?
A menos, claro que seas uno de esos que no respeta los pasos peatonales. En ese caso olvídalo: pienso cosas terribles de ti.
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