20 ene 2011

incendio

Eran las 2 y media de la mañana y yo estaba estudiando para un examen. Tenía 22 años. En realidad llevaba como media hora hablándome al espejo en el baño. Como el baño estaba a un lado del pasillo del edificio y eran las 2 de la mañana, escuché que alguien corría tocando puertas. Pensé que era la vecina que pedía ayuda porque su esposo la estaba golpeando otra vez. Como a mí ya me había pegado uno de esos psicópatas primermundistas, no tenía ninguna intención de abrir la puerta. Pero me asomé por la mirilla y vi que era un chavo de mi edad que corría desesperado tocando todas las puertas sin deternerse. Cuando llegó a la mía, que fue dos segundos después, le abrí. Traía una camisa azul. Me dijo "Se está quemando el edificio".

—¿Qué?
—¡Vete, corre, se está quemando el edificio!

Y se fue a seguir tocando puertas. Yo me quedé parada en donde estaba porque creí que el tipo quería que me fuera de mi casa para robarme. Entonces me repitió desesperado que se estaba quemando el edificio y señaló el final del pasillo, que era enorme. Me asomé a donde él señalaba y vi que salía humo negro a borbotones pegado al techo. Me repitió que me fuera. Me gritó que me fuera. Le dije que había que llamar a los bomberos, le pregunté si había llamado a los bomberos, me regresé a llamar a a los bomberos y cuando me contestaron les dije: Se está quemando el edificio. Me dijeron: ¿Qué? Y ya luego me preguntaron la dirección.

El chico siguió tocando puertas. Eran 150 estudios en mi edificio. Yo vivía en el segundo (piso). Le ayudé.

La anciana que vivía casi enfrente mío tardó mucho en abrir la puerta. Cuando la abrió y le dije que había humo en el edificio, me contestó "¿Hay un oso en el edificio?"

Cogí las llaves, los cigarros, el teléfono inalámbrico desde el que había llamado a los bomberos y el celular. Salí con una blusa sin mangas. Era 14 de marzo y afuera estábamos a menos 5 grados, pero adentro había calefacción y, aparentemente, un incendio.

Cogí lo que tenía en la mesa de entrada, me lo metí en las bolsas y salí corriendo cuando ya habíamos avisado a todos; pero cuando llegué al final del pasillo (aún me faltaban dos pasillos para llegar a la escalera), mis vecinos me detuvieron y me dijeron que era muy peligroso. Más allá del pasillo no se veía nada y el humo salía más denso que antes. Las ventanas estaban llenas de gente, era imposible acercarse. Se fue la luz, todo se llenó de humo y no se podía ver nada. No podíamos respirar. Hacía calor. Se escuchaban gritos y vidrios rompiéndose.

—¿Alguien ha llamado a emergencias?
—Yo llamé. Dijeron que ya venían.

Pero no llegaban.

Eran estudios pequeños. Yo rentaba uno por 350 euros al mes. Estábamos al lado del río. Era un lujo, pero podía pagarlo. En la muchedumbre en la que estaba, era la única estudiante. Los demás eran parejas casadas o ancianas. Los hombres protegían a sus mujeres e intentaban llevarlas a donde hubiera aire. Me daban la espalda, me empujaban y me dejaban atrás. Al final me quedé hasta atrás, justo a un lado de donde salía el humo. Me tapé la cara con mi blusa. Ni siquiera pensaba que afuera hacía frío. Toqué las paredes y el piso para ver si estaban calientes. Empecé a imaginarme que de un momento a otro iba empezar a ver, a ver por el fuego. Me acordé de mi familia. Pensé que ellos no sabían nada. Me senté en el piso a vigilar la esquina del pasillo.

Finalmente llegaron los bomberos y nos evacuaron a todos por la escalera del camión. Fue emocionante.

Cuando ya por fin me quedé parada sobre el asfalto sin temblar, me di cuenta que hacía un frío de las mil putas. Un voluntario de la Cruz Roja me prestó una manta térmica de ésas de aluminio de primer mundo. Me quedé ahí viendo cómo echaban chorros de agua al edificio. Me pregunté por mis cosas, por mi computadora, por mis libros. Prendí un cigarro. No sabía qué hacer ni qué iba a seguir después ni cuánto tiempo iba a durar eso. La peletería que estaba abajo sacaba cantidades irrespirables de humo.

Todos estábamos en la banqueta de enfrente, mirando. Todos estaban abrazados o en grupos. Yo no conocía a nadie. Pensé en mi mamá y en mi papá, y pensé que estaba muy lejos. Pensé en mi clase del día siguiente. Sentí los miles de kilómetros que separan a Salamanca del DF. Los sentí. No los imaginé ni los pensé ni los recordé ni los calculé: los sentí, me cayeron todos encima, me sentí completamente sola y no tenía la más puta idea de lo que debía hacer.

Días antes, muy pocos días antes, habían pasado los atentados de Atocha. Unos compañeros y yo habíamos hecho carteles en mi departamento que pedían a la gente que votara por el PSOE y que sacaran a las tropas de Irak, luego habíamos salido a pegarlos por todo Salamanca.

En ese momento, eran ya las 4 de la mañana, me llegó un mensaje de un amigo de la facultad preguntándome si estaba despierta y si quería ir a su casa a coger. Le dije que sí.

2 comentarios:

Esquina Tijuana dijo...

me ha gustado mucho esta historia, lo que narras y cómo lo narras.

Daniel Quintanar dijo...

... mandíbula en el piso

... corazón contento

... guau