Nací un domingo en octubre de 1982, en la colonia Roma de la Ciudad de México. El 3.
Mis padres eran dos estudiantes hippies, comunistas, alpinistas, pobres, exiliados, a su manera, con nada en común más que ser listos y guapos y padecer males similares.
Mi madre viene de un matrimonio del DF. Mi padre de un matrimonio español en el exilio. Mi madre vivía en Clavería, mi padre en la Industrial. Se conocieron en un club de alpinismo. No se casaron, compraron juntos una cabaña en el bosque, pero cerca de la ciudad. Cuando nací me quedaba con mis abuelas, porque mi mamá aún no acababa la carrera de psicología (social, en la UAM) y trabajaba, y porque mi padre trabajaba todo el día. Él nunca acabó la propia, aunque se tardó 8 años estudiando física y matemáticas en el Politécnico.
Para imaginarse a mi madre cuando me tuvo, a los 24, no hay más que verme a mí, que tengo 28, sólo que con mucha menos confianza en el mundo. La historia de mi madre es muy dura. Mi padre al contrario era parecido a mi hermano, pero en rubio. Su historia no la conocemos tan bien pero sabemos que era mucho más pobre que mi madre: mis abuelos, que habían llegado sin nada, tuvieron 12 hijos, de los cuales se murieron 4. Mi padre fue el penúltimo de ellos. A los 16 trabajaba como mecánico. Una vez conocimos a la tía Julia de Málaga, hermana de mi abuelo Camilo, el padre de mi padre, y nos dio toda una exposición de las diferencias entre mi padre y mi hermano. Mi hermano, nos aseguró, es idéntico a Camilo. Mi papá en cambio tiene mucho de mi abuela. De mí no supo decir nada, me dijo sonriendo que probablemente soy idéntica a mi madre. Lo firmo donde quieran, palmo a palmo. Al mismo tiempo soy el delirio de mi padre. Pero por alguna estúpida razón mis padres no pueden entenderse entre sí, es como un designio fatal.
Mi madre tenía dos hermanas 8 años más chicas que ella: Lety y Susana. Tenían 16 y 17 cuando yo nací. En la otra casa estaba Clotilde, que tenía también 16. Esas tres mujeres, todas hermosas, se los puedo asegurar, todas diferentes, junto a mis dos abuelas me cuidaron mis primeros meses. En ambas casas me llenaban de atenciones y me procuraban todo tipo de fortunas porque había demasiado (lo comprendí después, claro) demasiado de todo en ambas partes.
Al principio mis padres vivieron en un departamento de interés social al norte de la ciudad de México. Luego, a mis dos años, la hermana de mi papá, mi tía P., nos regaló una casa en Arboledas. Era una casa construida hacia abajo, con un jardín enorme. Amé esa casa. Si me lo preguntan, es estúpido que nos hayamos mudado de ahí en primer lugar alguna vez. Estaban poblando los cerros alrededor del Lago de Guadalupe. Mi papá tenía 30 años, mi mamá veintitantos. Él trabajaba en el Centro Nuclear en Toluca, mi mamá era maestra de la SEP.
Sus mejores amigos eran, en el caso de mi mamá, amigas de la carrera y alguna anterior; y en el caso de mi papá de todas las épocas, algunas amistades importantes y estratégicas, todas un poco estrambóticas e inteligente, algunas verdaderamente increíbles y en términos generales pocas honestas. El principal amigo de mis papás era Antonio. Antonio es el hermano de mi papá, exactamente como él sólo que chapado a mi abuela. Nunca le dijimos tío, es el único hermano menor de mi padre y en esas épocas estaba estudiando filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Se había casado poco antes de que yo naciera con Lilí, una exiliada argentina que tenía dos niños, Brisa y Pedro, que fueron mis mejores amigos en la infancia. Mi papá y Antonio se veían —nos veíamos todos— con relativa mucha frecuencia. Ellos vivían en la Del Valle, Lilí también era filósofa y Brisa, que tenía sólo 2 años más que yo, era especialmente lista, divertida y bonita. —Brisa fue mi primer amor. Mi primer amor fue un brote de la dictadura argentina.
Ellos eran más exiliados que nosotros, pero eran una maravilla. Las cosas se me confundían mucho en aquella época. En realidad no entendía nada. Tenía 2 años, recuerdo que una vez me caí con un balón de fútbol. Tengo una foto así en mi pasaporte. Me llevaron a Disneylandia con mi prima Verónica, que era parecida a Brisa pero mucho más grande que nosotras. Vero es una de mis mejores primas, es veracruzana, hija de Pololo, hermano mayo de mi papá y Antonio. Es increíble e impresionante. La otra prima con la que crecí fue Caro. Caro y yo teníamos mucho de almas gemelas. Hasta vivíamos en el mismo lugar (su familia de hecho sigue viviendo allá). Yo soy sólo un año (un año de hecho casi exactamente) más grande que ella.
Mi hermano nació después del terremoto.
3 comentarios:
Todo un placer de leer :)
jajaja! está genial. Concuerdo con Rancilyo: un verdadero placer leeros.
abrazo ombligüiento (oiga, ¿ya péleme tantito no?)
la esponjita rogona (pero aún si con frío desdén me ignora, ejem... sigue siendo un placer leerla)
Hola Esponjita :)
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