28 nov 2011

Vanidosa y ególatra, llora bonita

Sí lo soy, sí soy muy insoportable, vanidosa y ególatra. No para bien. No puedo dejar de darle importancia a cómo me veo. No está chido porque no hay un punto donde me quede en paz al respecto, nunca. Si me veo bien, me veo mal; y si me veo mal, no puedo. No puedo. ¿Creen que es divertido? No. Por eso hablo tanto del tema y por eso me tomo tantas fotos, porque me obsesiona. No porque crea que por eso merezco un trato especial. Sin embargo me lo dan, el trato especial. Para bien y para mal. Entonces tengo que comérmelo, de algún modo. Las personas nunca se ven la cara a ellas mismas (excepto que por eso es posible vernos la cara). Ya no puedo escribir, siquiera. Sí, me obsesiona el tema. Los gordos deberían de tuitear de su gordura y los alcóholicos de su adicción. ¿Por qué el silencio? ¿No saben los problemas que tengo para decir de algo que es? Me han juzgado muchas veces como mamona por no saber reaccionar. Tampoco soy mamona. Si algo me falta en esta vida son límites: no para dejar de tomar, sino para no dejar entrar a las personas a mi vida. Dios, si me he equivocado ha sido dando. Mis pedos y mis obsesiones y lo que me viene a la cabeza que no tengo dónde poner y que sin duda ALGUIEN debería leer, los voy a tuitear. Porque es eso o quedármelo callada y envenanerme yo a costa de su cobardía para leer algo de otra manera. No quiero hacerle daño a nadie cuando escribo o cuando hablo. Antes cuando todas las conversaciones eran habladas, las personas debían cuidarse más. Twitter da otra manera de comunicarse. Otra manera de engañar, también. Sí soy un monstruo, ¿qué esperaban? Llevo años sola mirándole la cara a los demás y preguntándome no qué culpa tengo yo, sino cómo le voy a hacer para quitarme todas las lagañas que no son mías, todos los prejuicios que no son míos, todos los abusos y las apropiaciones de cosas que no les pertenecen.

Sí son mis monstruos y los voy a tuitear si quiero. Y si me siento en confianza, claro. Me hubieran dicho que no lo estaba, y ya.

No me siento culpable de cómo siento las cosas, de cómo me enojan o de cómo reacciono cuando me engañan. No lo estoy. Me siento ridícula, claro. Pero eso, como la vanidad y el ego, son siempre cuestiones que tienen en el otro extremo al otro. Al que quizá quisiéramos aclararle nuestras capacidades cuando reconocemos, respetándolo, que nosotros no sabemos nada sobre él, sino sólo de nosotros. Por eso las decepciones siempre son personales.

«No lo hubieras hecho», bonita justificación. ¿Con eso me voy a ir a la cama? No lo hubiera hecho. Pero lo hice sabiendo lo que hacía. En la medida en que esta historia extraña pueda ser comprensible, claro.

No sé qué hice mal, aparte de ser insoportable. He venido a tuitearles mi opinión sobre opiniones ajenas, no les he dicho la mía. No saben, realmente, qué opino de mi cara o de cómo escribo. Saben que me odio. Saben que digo que me odio:  me odio. Como usted se odia a sí mismo, por las razones que usted tendrá. Pero entre las razones para odiarme, no está nunca jugar con la fragilidad mental de nadie más. Por muchos demonios insoportables que tenga.

Sí, soy muy inteligente y estoy frustrada. Todo esto lleva a situaciones extremas. Debería poder quejarme y decirlo. Tenderlo al sol. Aquí nadie puede decir que se ama. Y yo me amo, mucho.

Los comentarios están abiertos, claro. La historia la dejo pendiente, como casi todo en mi vida, excepto lo importante.

PD: Sé que no estoy tan bonita. Yo soy la primera en saberlo. Pero de lo último que hablamos es realmente de eso, el problema es otro porque, para empezar, no hay modo de decir que tan poco o que tan mucho, sino sólo el efecto, la confusión.

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Sí eres insoportable. Pero yo también soy insoportable y me pregunto si no todos lo somos con nosotros mismos cuando nadie nos mira ni nos critica.

Aunque supongo que mi comentario no tiene sentido si estamos metidas en tu blog, deconstruyendo tus obsesiones, cierto?

Igual te mando un abrazo.

Alejandro Vázquez Ortiz dijo...

Hablar de uno mismo está bien, aunque se presta mucho a malentendidos. O por lo menos eso me parece. ¿No le parece a usted que hablando de usted, habla de mí?

Como decía aquella canción:
"Pero ¿qué?: ¿no eran luto
y tristeza mi faz?,
¿no eran yo misma?"
me dirás "Pues ¿por qué tu tristeza
no cantaba la mía?"
http://todoal59.blogspot.com/2006/11/conjuro-agustn-garca-calvo.html

Creo que es algo que tendría que ver con lo particular y con lo general. Somos meras individuaciones de una misma idea. Y recalco, idea. Hoy somos más personas que nunca en la medida en que se ha conseguido que seamos un avatar.

En fin,
¡salud!
Y abrazo, tocaya.

ix dijo...

Sí, soy insoportable. Oscila entre mi propio gusto y la desesperación de las circunstancias.

--

¿Le parece que hablo de usted?

Alejandro Vázquez Ortiz dijo...

Habla de mí, claro. ¿No soy yo una persona cualquiera con sus vanidades, neurosis y sus egolatrías?

Ahora bien, lo que me viene, cual rayo a la cabeza, es: ¿usted quiere o no quiere ser todas esas cosas que dice?

Quizá sea lo de menos, pero aún así me da qué pensar. Lo importante es hablar siempre. No solo usted llora, bonita. Ni tampoco llora sola, aunque así se lo hagan creer. ¿No sé si me explico? Me acuerdo que cuando estuve en España me sentía muy solo. No tenía ni tele ni computadora ni siquiera a veces radio. Me quedaba viendo por la ventana del piso algo entristecido y viendo como atardecía pensaba: Estoy solo. Y miraba por las ventanas (que daban a otras ventanas) y sólo se veían los televisores resplandeciendo. Me dí cuenta que yo no era un caso especial para nada. Solo acaso, quizá, en mí se notaba un poco más.

Creo que lo mismo pasa con todo esto.

Alejandro Vázquez Ortiz dijo...

Oiga, en plan chisme, y por irle explicando lo anterior, se me ocurrió contarle cómo llegue yo a este blog. Nunca le he contado, ¿verda?

Pues mire, todo se remonta a cuando mi ex y su servidor estaban con un proyecto de andar difundiendo literatura y filosofía gratis. Juntábamos libros y también digitalizamos algunos. Entre otros Rizoma de los compadres Deleuze y Guattari. "El cagadero del diablo", se llamaba -o se llama, porque mutó en Revistucha que va a la deriva y no he tenido chanza de renovarla, aunque es la intención-, después que nos tumbaran los sitios una y otra vez que disque por andar distribuyendo material con copyright, bla, bla, bla.

En fin, el caso es que a veces me daba por montiorear que decían del Cagadero... y así una vez, en alguna entrada mencionaba que usted había leído el ejemplar de Rizoma que digitalizaron estas manos que se han de tragar los gusanos. Y pues por curioso me metí, y anduve curioseando.

Y luego, ¡zas! leí una entrada sobre sus peripecias en el Madrid de los Austrias, con maleta en mano y sin medio euro, que porque la habían robado, no sé qué. Y no sabía a dónde ir... Y pues... Imagínese, leyendo yo eso, que andaba tres cuartos de lo mismo. Se me vinieron como toques eléctricos los recuerdos de andar paseando entre hostales buscando un lugar donde quedarme, entrando a la casa del libro para comprar el Tractatus de Wittgenstein y leerlo como si de un breviario teológico se tratara, nada más para no desesperarme, sentir como el espíritu se me iba deshilachando en cada cuarto blanco, frío, feo e inhóspito en el que me quedaba, o que me rechazaban por no traer equipaje. Y dormir en la calle, y comprar kebaps, y dormir en el metro, y moverme y moverme para no andar levantando las miradas suspicaces de los gachupos, que en temas de inmigración se las traían y como yo iba de indocumentado... Pues ya se imaginará. Y camas ajenas y olores distintos y baños vacíos y luces blancas y un rumor perenne afuera que palpitaba siempre en todos lados, en los pueblitos de la periferia de Madrid era más fácil: Leganés, Fuenlabrada, Loranca... paraísos de hormigón, feos como sólo podía ser un ghetto, llenos de ecuatorianos, peruanos, senegaleses y chinos. ¡Ahí uno podía pasar desapercibido! En la Universidad era más difícil.

Y luego, si encima de todo eso, le agregamos broncas amorosas, intentos de suicidios a navajazos, pastillas y hasta una vez casi salto encuerado de un balcón. Encuerado, fíjese usted, y con esos inviernos de Madrid tan horribles. O tener que evitar que mi ex hiciera lo mismo.

En fin... la ternura que usted me dio con imaginármela vagando por Madrid no era más que una tristeza compartida desde lo más hondo de la experiencia: las ciudades son el diablo. Madrid es horrible. Monterrey también. Y nunca he estado en DF, pero seguramente también.

Por eso me cayó usted muy bien. Y lo sigue haciendo. Por eso cuando habla de usted, si se habla con el sentido que usted da a las cosas que pasan, en realidad habla de cualquiera.

Yo nunca hablo de mí, y he llegado a la conclusión de que es muy cobarde de mi parte no hacerlo, pero bueno.

Entonces, con el ejemplo queda dicho de qué manera hablando de usted, habla, siempre de maneras insospechadas, de todo. Claro siempre que se haga con la candidez que usted muestra la mayor parte del tiempo.

Candidez que yo creo haber perdido en algún momento de mis lecturas o de mis cicatrices.

¡Salud!
Por eso siempre vuelvo a este blog. Porque, en cierta forma, aprendo... en el buen sentido de la palabra.

Anónimo dijo...

Te pregunté en el sitio de fromspring o como se llame, qué canción de amor bonita y melosa te gusta y que me pases el link para que yo también la pueda oír, pero no pasó el comentario porque me piden que me suscriba y todo eso, y no me quiero suscribir a nada, sólo hacer la pregunta. A ver si por aquí sí pasa, si no, pos no y ya.

Loulou dijo...

Yo solo quería decirte que eres una de las muchachas más bonitas que conozco. Y que lo demás, lo hablamos con tequila.

Anónimo dijo...

"Y aquellos que son hermosos, oh, ¿quién los retiene?
Incesantemente la apariencia llega y se va de sus
rostros." Rilke, Segunda elegía.

Anónimo dijo...

(y)