Si quieren le cambiamos el nombre, pero a mí me parece ridículo querer hacer una revolución y tenerle miedo a una palabra. Revolución no significa guerra, significa cambio. Revolcar, revolver, volver a dar una vuelta. Revolución no es el proceso sangriento en búsqueda de algo, sino la efectiva volcadura de la realidad.
Una revolución pacífica porque, contrario a lo que comúnmente se entiende por revolución, ésta no es el proceso del levantamiento armado, sino sus resultados. Diremos que ha habido una revolución cuando la política funcione de verdad y los ciudadanos tengan en verdad poder sobre sus circunstancias. Sólo entonces se podrá decir “ha habido una revolución”. Hacer una revolución significa construir esa política. Del mismo modo que no se dice que se ha hecho una mesa cuando apenas se empiezan a juntar las maderas, sino cuando está terminada.
Bien, supongamos que es del todo necesario el levantamiento armado para comenzar el proceso revolucionario. Aún así la revolución no consiste en el levantamiento armado, sino en la construcción de una organización política que vendría después del levantamiento armado. Pues lo que deseamos es revolucionar la organización política, no el levantamiento armado. Éste se entiende sólo como un medio necesario para alcanzar aquélla. Se supone que el levantamiento armado es necesario para una revolución cuando se ve imposible la construcción de una organización política tal como están las cosas. Es decir, se concluye primeramente que es necesario revolucionar las circunstancias políticas porque las actuales no funcionan a las personas que existimos aquí y ahora, pero para construir otros procesos de administración y comunicación es necesario levantarnos en armas porque nos sabotean, nos roban, nos desaparecen, nos matan a nosotros, a nuestras familias y a nuestros amigos llamándonos traidores y criminales si intentamos con la libertad que tenemos otro modo de organización. Entonces la revolución aparece como levantamiento armado. Pero es sólo una apariencia. Entendámonos desde el principio: la revolución no es ésa. Si nos matamos entre todos y después no construimos una organización que funcione, no habremos hecho una revolución. Es en ese sentido que se cuestiona si la revolución mexicana de 1910 fue en verdad una revolución.
Ahora no hablaré sobre las razones para hacer una revolución, daré por hecho que la necesitamos. Ahora hablaré específicamente sobre la necesidad de que los medios para alcanzar una revolución sean pacíficos.
Para hacer una revolución hay que organizarnos. Pero en primer lugar hay que organizarnos para funcionar en paz pues la revolución se busca para funcionar a largo plazo y tener la posibilidad de buscar nuestra felicidad. El levantamiento armado debe ser sólo transitorio para alcanzar una organización funcional pacífica. Si no se pone atención en la organización pacífica, la organización para la guerra está destinada a prolongarse indefinidamente a falta de una meta o naufragar hasta volver a la misma situación de abuso de poder que existía antes de la revolución y de la que pretendíamos zafarnos. Y la organización para la paz es distinta a la organización para la guerra.
Es iluso creer que una vez que nos hayamos levantado en armas alguien encontrará la manera de organizarnos para la paz. No hay ninguna razón para creer que la organización para la paz sobrevendrá después del levantamiento armado. Es tan difícil organizarnos para la paz ahora como lo sería después de atrincherarnos. No es un asunto que debamos postergar, es un asunto que debe ocupar desde el principio nuestro tiempo puesto que la organización pacífica es la verdadera portería y las armas, de ser necesarias, son sólo los jugadores de medio campo.
En 1910 la situación política mexicana era aún demasiado joven: las leyes eran todavía nuevas y parecía que había que tomar las armas para alcanzar el lugar de mando desde el cual dictaminar que se restableciera la justicia. Los revolucionarios de 1910 ignoraban que las relaciones de poder no emanan de la silla presidencial. Pero ahora más que nunca sabemos que el verdadero poder está en otra parte, oculto tras relaciones personales blindadas detrás de una clase social impenetrable para la población en general. Antes se pensaba tomar las armas para tomar la presidencia. ¿Qué vamos a hacer ahora? ¿Vamos a volver a equivocar la portería o vamos a tomar las armas para arremeter contra miles de personas a quienes subjetivamente consideremos culpables de detentar esa clase social que sirve de blindaje para los verdaderamente poderosos? ¡¿Qué somos, revolucionarios o estúpidos homicidas?!
Muy bien, repasemos: (1) Sí, hagamos una revolución. (2) No, la revolución no consiste en tomar las armas sino en la construcción de una política funcional. (3) Y de tomar las armas, ¿dónde pues está la bandera de la que tenemos que apoderarnos?
Esperen, aún hay más razones para inclinarnos por la vía pacífica.
Uno de los grandes errores cometidos por nuestros antepasados revolucionarios de las décadas de los sesenta y los setenta fue dar la vida de pechito por la justicia. Los mataron, los desaparecieron, los exiliaron, los empobrecieron, se robaron a sus hijos y se los dieron a magnates del totalitarismo, ¿y qué tenemos? Tenemos este mundo, muchachitos. Más facho que la Conchinchina de 1950. Ahora ser libres es mucho más difícil que en ese entonces. Ahora estamos obligados a consumirles a todos esos ladrones. Hasta los periódicos de izquierda anuncian en primera plana las violencias de la mariguana. La izquierda está en crisis mundial. Los trabajos disponibles son de espía, policía, mentiroso, cómplice o contaminador. Y la juventud niega toda esta prisión diciendo que antes estábamos muchísimo peor porque directamente nos mataban. Ése es el resultado de los asesinatos, desapariciones y exilios de la oposición. Hay una lección de todo ello: mantenernos con vida. No es una cuestión de egoísmo o cobardía, es por el bien de este planeta. Seriamente.
Además es una de las más grandes estupideces del romanticismo creer que todo nuestro sentido de la justicia y buena educación puede con un ejército nacional sostenido con miles de millones de me vale un pito la denominación monetaria porque de todas formas yo sólo tengo 50 pesos. Ellos tienen ametralladoras, rifles de alta precisión, tanques, aviones, helicópteros, bombas, radares, ratas, cuchillos, perros, picanas, el control de las comunicaciones, el apoyo de EE.UU. y el switch de la energía eléctrica. N o M a m e n. No dedicaré mucho a este párrafo: nos matarán a todos los necesarios para amedrentar al resto. Lo hemos intentado millones de veces, por favor deja de darte contra la pared. ¿Tienes el valor de enfrentarlos? Genial: te necesitamos vivo, idiota. Necesitamos ese corazón y esa cabeza para prevalecer.
Hay una razón más para optar por la vía pacífica y ésta es la más importante: sí hay gente capaz de hacerle frente a todo ese aparato sostenido con la riqueza nacional. Lo han hecho una y otra y otra vez. Lo volverán a hacer porque tienen la fortaleza y la sabiduría para hacerlo. Se trata de un pueblo milenario. Son ellos los que harán la revolución y se requiere de un poco de sentido común para no mandarlos al frente: los necesitamos a ellos para organizarnos. La organización que México necesita requiere recuperar las raíces que subyacen sin lenguaje toda nuestra vida. Este ocultamiento es la razón profunda de nuestra incompetencia política. Ninguna revolución servirá si no atendemos lo que nuestra sangre nos dice y para escuchar nuestro propio origen necesitamos atender a este pueblo milenario, necesitamos curarle los pies, necesitamos oírlo, necesitamos comer lo que nos den y regirnos bajo su ley. Necesitamos de una puta vez someternos a nuestra historia. Si los mandamos al frente matamos nuestro futuro. Es nuestra historia la que abriremos por el pecho. Ni una vez más, no, ni una vez más. Ninguna revolución que carezca de esta conciencia puede funcionar en los territorios de México. Tu obligación, mestizo, hijo de caciques, es mantener alejados de las balas a los niños, hombres, mujeres y ancianos que han mantenido el curso de nuestros orígenes por 500 años porque en ellos está la clave de nuestra ansiosa infelicidad. Hay una razón poderosa para no prenderle fuego a todo esto. Escucha antes de pelear.
Y finalmente llegamos a la cuestión central de la revolución. Hay una paradoja en esto de las revoluciones. Resulta que si tuviéramos la capacidad para organizarnos efectivamente y tumbar esta explotación, no necesitaríamos una revolución. Para que la revolución se haga, para que la mesa esté hecha y podamos decir “se hizo una revolución”, necesitamos una sociedad consciente con la fortaleza necesaria para activar efectivamente el poder de los que existimos. Pero, recórcholis, si fuéramos una sociedad consciente y valerosa con los medios necesarios… no necesitaríamos una revolución.
Resulta que para hacer una revolución verdadera y no matarnos a lo pendejo necesitamos estar de acuerdo en hacia dónde vamos, pero para estar de acuerdo necesitamos comunicarnos y para comunicarnos necesitamos una estructura funcional que haga posible oírnos de ida y vuelta. Si tuviéramos la capacidad de oírnos de ida y vuelta, de ponernos de acuerdo y de saber qué es lo que queremos como sociedad, tendríamos poder. Y nada de lo que ocurre hubiera pasado porque no lo hubiéramos permitido porque la neta los mexicanos no somos tan hijos de puta. Ahora bien, no tenemos esta red de comunicación. ¿En nombre de qué idea vamos a hacer una revolución? ¿Esperaremos que cualquiera venga a imponer su propia idea? ¿Qué clase de revolución es una donde me tengo que quedar callada porque es imposible escucharnos?
Ya que parece importante que la revolución sea prevalecientemente pacífica, parecía urgente que la sociedad demostrara su conciencia a través de la palabra, es decir a través del sistema simbólico. Y ello a través de la votación. Hubiera sido un paso significativo para la revolución pacífica que la ciudadanía anulara su voto o se abstuviera de votar. Hemos de decir que la mayoría se abstuvo de votar, pero lo hicimos desorganizadamente. Quienes vendieron su voto, y ello concierne a un gran porcentaje de las huestes del PRI, aunque indefinible, se abstuvieron de votar. 36.86% no fue a las urnas y 1.65% anularon su voto. Según datos oficiales que tampoco son confiables. 36.86 + 1.65 = 38.51. Enrique Peña Nieto, quién ganó fraudulentamente, oficialmente obtuvo 38.21% de los votos. Es decir que aún en términos oficiales ganó la declaración simbólica de un rechazo a esta organización. Legalmente la abstención y los votos nulos no tienen ninguna significación, pero si hubiéramos hecho correr una significación popular de la abstención, ésta hubiera sido aún mayor. La ley se fundamenta en la significación popular. Este desplazamiento pudo haber estado en manos del 132, pero los integrantes del movimiento pertenecientes a la Ibero, al menos, opinaron que no era correcto promover la abstención o nulificación del voto por temor a que ganara Enrique Peña Nieto. A pesar de que su lema era que la verdad los haría libres, prefirieron mentir. Aún a pesar de la importancia que tenía esa declaración simbólica para la revolución pacífica, que también era uno de sus paradigmas, prefirieron mentir. Y aunque al principio se decidió no apoyar a López Obrador, buena parte de sus acciones se dirigieron hacia ese objetivo sin declararlo abiertamente. Un desastre. No he acabado con ese tema, por cierto.
Un cambio pacífico se lleva a cabo por el dominio de lo simbólico en oposición al dominio del cuerpo. El dominio de lo simbólico es el lenguaje, que prevalece más allá de nosotros mismos, dura lo mismo hoy que mañana, es paciente, es calmado, se caracteriza por tener un significado repetible. Ninguna palabra significa sólo una vez, para que signifique tiene que poder repetirse ese significado. Si yo digo AUHGFTS y AUHGFTS representa sólo el significado que le doy en este momento, irrepetible, eso no es una palabra. El grito corresponde al cuerpo. El orgasmo corresponde al cuerpo. Lo simbólico es un universo opuesto al del cuerpo que es mudo, que pertenece al aquí y al ahora, que muere, que duele, que sufre el goce y la violencia. A lo simbólico pertenece el deseo, el futuro, la imaginación, lo postergable, la historia y el desplazamiento. Al cuerpo corresponde la vida inmediata. Es la palabra la que nombra la vida inmediata, extendiendo su significado más allá de este momento, universalizando el significado de vida inmediata, haciéndolo abstracto e incomprensible; es la palabra la que nombra orgasmo y grito. Es el cuerpo el que comprende instante a instante lo inmediato. La violencia en acto corresponde al cuerpo. Las balas corresponden al cuerpo. Un cambio pacífico, planear a futuro, ponernos de acuerdo y trabajar deseando algo en conjunto, eso corresponde al universo simbólico. Era importante hacer una declaración simbólica.
Era una movida importante, pero esto no es un tablero de ajedrez, es la vida misma y está siempre abierta.
Ahora surge la pregunta de cómo hacer una revolución pacífica. Ello requiere una exposición mucho más larga que la necesaria para justificar su necesidad y sin embargo se implica con su la necesidad, el pez se muerde la cola.
Si pudiéramos ponernos de acuerdo todos los mexicanos sobre el proyecto de nación que deseamos para ponernos a trabajar en ello, no necesitaríamos una revolución. Hemos de considerar que no es posible en este momento ponernos de acuerdo todos sobre lo que deseamos, pero no por ello dejamos de necesitar una revolución.
La verdad es que no sabemos lo que cada uno desea. Estamos alienados con nuestros trabajos para el sistema y no tenemos cabeza para discernir nuestro propio deseo. Para hacer una revolución necesitamos saber lo que deseamos. Para saber lo que deseamos necesitamos trabajar honestamente. Necesitamos hacer algo que consideremos importante. Más que tomar las armas, lo que necesitamos es darnos a nosotros mismos el trabajo que necesitamos. El trabajo no es individual, está inserto en una red social. Nos daremos cuenta que el trabajo clarifica la comunicación que tenemos con nuestra sociedad y que nuestra sociedad es mucho más pequeña que la nación entera. Quizá sólo sea de unas cuantas decenas de personas. 131, por poner un número. Trabajar con 130 personas es mucho más fácil. La cosa deja de funcionar cuando más de 131 significan millones de personas; la pelota se roba muy fácilmente en ese desorden. El trabajo honesto en comunidades pequeñas fortalece cosas necesarias para vivir, como la obtención de leche, huevos, queso y cereales. Quizá restablecer las redes de comercio honesto sea lo que nos defienda mejor que levantarnos en armas y quizá entonces las armas sirvan específicamente para defender el trabajo honesto.
Una revolución pacífica está basada en la idea de que ellos tienen el poder porque nosotros se los reconocemos. Lo primero que debemos hacer es dejar de darles la importancia falsa y comenzar nosotros por valorar, o revalorar por nosotros mismos la vida.
Una revolución pacífica no carece de violencia. Habrá muertos y enfrentamientos, pero hay que evitar las balas y evitárselas a aquellos que trabajan. Habrá enfrentamientos, sí, pero mínimos. No es el levantamiento armado la meta, la portería. Es volver a poner a las armas en su lugar: son métodos de defensa. Por debajo de esa línea de fuego huidiza hay toda una red de periódicos y comercio que hay que restablecer para hacer un revolcón efectivo.
Una revolución pacífica. Una revolución que empiece por el trabajo. Necesitamos pan de verdad. Necesitamos palabras de verdad, precios de verdad, periódicos de verdad, ferias de verdad de libros de verdad. No se trata de salir a la calle con panfletos a vociferar la paz porque es políticamente correcto. Se trata de establecer redes de comunicación que posibiliten una verdadera organización, se trata de trabajar, de hacer pan, leche, crema, gallineros; de trabajar para saber qué leyes de verdad necesitamos, para saber en qué estamos de acuerdo; de recuperar el conocimiento de la resistencia de este mundo; se trata de una conciencia profunda sobre lo que necesitamos y deseamos. Simbólica y por lo tanto pacífica.
2 comentarios:
Honestamente y con toda la ingenuidad del mundo te hago esta pregunta, ¿quién puede hacer esta revolución? Lo que yo veo es que nadie que esté mediana o superiormente establecido quiere perder un solo privilegio para que los millones que están de rodillas puedan estar de pie. De verdad, o quizá no miro correctamente. Concuerdo contigo en cuanto a que una revolución no implica sangre y yo no quiero derramar la mía o perder a quien quiero, ¿quién puede?
Perdona que te conteste hasta ahora, mi correo no me avisó que alguien había comentado en mi blog aunque lo tengo configurado para eso.
Bien. Qué difícil pregunta. *Se regresa a ver la pregunta*.
Es cierto, la abrumadora mayoría que está medianamente establecida, y ni hablar de los que están del todo establecidos, no quiere perder lo que ha ganado y, para decir la neta, tampoco quieren dejar de consumir plastiquitos. Y no quieres dejar de consumir plástico no sólo porque en verdad encuentran que es más fácil hacer la sopa así después de trabajar, sino que además están muy íntimamente convencidos de que consumir plastiquitos es fashion.
Vamos, ni siquiera están dispuestos a oler a rancho y se preguntan cómo se van a perfumar con esta revolución que proponemos.
La revolución la hará la mayoría o no habrá revolución. Así que el primer paso es encontrar el marketing necesario para convencer a esas perfumadas personas de que no vamos contra ellas. Porque en realidad no vamos contra ellas. Para ello nosotros tenemos que investigar sus deseos y ellos tienen que revisar sus deseos. Y perder el miedo. Pienso que la comunicación es fundamental, pero esto es sólo un comentario hecho a las 3 de la mañana. Me quedaré pensando esto así como lo formulas. Y usted también quédese pensándolo. Porque la revolución no se hace con lo que dice sólo una o dos o cien personas a las que les reconocemos un falo imaginario, si hay revolución es porque todos se han imaginado con poder a sí mismos.
Leía por ahí: "el día que el pobre crea en el pobre, ese día tendremos una posibilidad".
Por el otro lado realmente pienso que la gente medianamente establecida tiene más posibilidades de ayudar que la gente pobre. Suena raro. ¿No sería injusto dejar que sean los pobres los que hagan la revolución? Pero a la vez, ¿que no son los pobres los que hacen las revoluciones? La verdad es que a la mayoría de los pobres les desequilibraría mucho hacerse cargo del análisis de las noticias del país y del mundo. Son los no tan pobres los que tienen tiempo e internet. Pero ésos no quieren saber nada de las noticias porque "como no pueden hacer nada" y de todas formas las noticias mienten, se sienten autorizados para desenchufarse de los 20 mil ó 40 mil desparecidos y los 100 mil o 180 mil muertos y los "no tenemos criterios para contarlos" torturados.
Déjeme finalizar diciéndole que a mí me llenó de esperanza ver que algunos hijos de los más millonarios empresarios querían de verdad servir de escudos humanos entre la policía y los indígenas. Ése parecía un camino prometedor. Aunque ya no sé qué creer.
Escribiré algo sobre esto. Gracias por estos comentarios.
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