8 jul 2013

SOBRE LA INEXISTENCIA DEL BOTE DE BASURA EN REFERENCIA AL VOTO NULO

Apenas terminé de escribir el último tuit mi esposa entró al cuarto de la computadora y de un latigazo me hizo saber que ya eran las 4 de la tarde. En realidad fui yo la que declaró la hora, del puritito miedo que me inspiró su presencia en la puerta e inmediatamente salí a vender el pan.

Fue cosa de empezar a pedalear para arrepentirme de uno de los últimos tuits que había escrito a propósito del voto nulo: “No hay repetición en vano. Creer que uno puede actuar mal y mantenerse limpio por dentro es como creer en Dios o la verdadera identidad.”

No quise decir que Dios no existiera. Dios es incognoscible. Quise decir que las personas que creen que Dios existe y, peor, que lo conocen, denotan la misma ontología que se necesita para creer que trabajar en Tv Azteca, o en cualquier otro trabajo indebido, no deforma tu moral porque uno es sólo un laburante que tiene que comer de algún lado y que los que hacen verdadero mal son los dueños de la empresa o sus directivos. O la misma ontología que se necesita para creer que dos horas de tráfico, o cuatro, o media, o ir en coche en vez de caminar, no modifica tu discernimiento. Son las mismas que creen que pueden pasarse la vida falsificando ante los demás sus opiniones sobre este mundo (sobre el sexo, sobre su marido, sobre el marido de alguien más, sobre los insectos repugnantes) y aún así mantener dentro de ellas sus opiniones auténticas. Esas personas que te sonríen cuando sabes perfectamente que les cagas son las mismas que confirman leyendo en sus revistas faranduleras de mierda 25 modos de meditar, vestir y comer para encontrar tu verdadera identidad. Creer que podemos decir constantemente cosas contrarias a las que pensamos, como votar cada tres años por el candidato menos peor, y aún así conservar nuestros pensamientos derechos es como creer que la manera en que hagamos las cosas es a fin de cuentas intrascendente para los fines. No importa cómo se haga, lo importante es que el trabajo se haga, dicen. Más allá de que ese proceder del pensamiento sea bueno o malo, quiero referirme ahora a la estructura mental que se necesita para andar por el mundo creyendo ese tipo de cosas. Las personas que creen que las mentiras dichas de dientes para afuera no alteran lo que sucede de dientes para adentro son las mismas que en algún lugar de su cabeza se imaginan que cuando tiran la basura, desaparece.

Se necesita de cierta fantasía para creer que con tirar la basura nos hemos deshecho del problema. Y sin embargo es de lo más habitual permitirnos esta fantasía debido al hecho aplastante e irrefutable de que el planeta excede siempre descomunalmente nuestro conocimiento. Suceden tantas cosas que nosotros no controlamos a nuestro alrededor que estamos ya acostumbrados a ser sólo una parte de lo que suponemos es ―más allá de nosotros― algo así como una línea de ensamblaje social. Por ejemplo, compramos naranjas y aunque no sabemos quién las cosechó ni dónde las plantaron, nos sentimos con toda la confianza de asegurar que alguien debió haberlo hecho. Lo característico de esta línea de ensamblaje social es que nunca podemos percibir sus finales ni sus principios. Es en realidad una línea imaginaria porque incluso la forma atribuida de línea es tan sólo una ayuda para nuestra comprensión. Tiramos la cáscara de naranja y sabemos que a algún lugar irá a dar, pero de hecho ignoramos a cuál y cómo, pues aunque se nos informe de su destino en realidad nunca estamos efectivamente seguros de que así sea e incluso las posibilidades están dadas para que, fuera de nuestras manos, las cosas sean de cualquier otra manera. Así es como nos habituamos a convivir con un mundo que siempre nos excede y con nuestra ignorancia sobre él. Sabemos que no sabemos nada del mundo que nos rodea más allá de los metros cuadrados a nuestra redonda que hayamos conocido en nuestras vidas. Y de algún modo vivimos tranquilos con ello.

La cosa es que nos habituamos tanto a no conocer qué es lo que sucede con las vidas de los objetos que por coyunturas entran en nuestros metros a la redonda, que no nos preocupamos por justificar las fantasías que nuestra cabeza produce sobre ese mundo excesivo. Es decir, porque estamos acostumbrados a no saber de dónde viene y a dónde va nuestra basura, no nos sentimos nunca en condiciones de criticar lo que nuestra cabeza involuntaria imagina de hecho e incluso ni siquiera nos damos cuenta de lo que subrepticiamente suponemos sobre lo desconocido. Nos dedicamos a criticar lo que conocemos, no lo que no conocemos. Y así nuestra fantasía tiene libre tránsito en cuanto al destino de nuestra línea de ensamblaje se refiere.

Por supuesto cualquier persona convendrá con nosotros en que, ya que lo mencionamos, la basura tiene que ir a parar a algún sitio. Con mucha probabilidad a un hoyo en la tierra.

Pero eso no significa que cualquier persona realmente esté pensando que la basura tiene que ir a parar a algún sitio cada vez que tira una botella de plástico al bote de basura. A menos que en el planeta todos estemos perfectamente conscientes de que estamos pavimentando con plástico la tierra cada vez que tiramos una botella al bote de basura, hemos de suponer que hay una suma importante de gente que no piensa nada cuando tira una botella de plástico o que, mientras lo hace, elabora en su imaginación alguna clase de fantasía. A mí en lo particular me resulta difícil creer que la mente humana se detiene del todo al momento de levantar la tapa del bote de basura y reinicia súbitamente al volver a dejarla en su lugar. Claro que cada quién es libre de pensar lo que guste respecto a este punto. Yo me pregunto, mientras el cuerpo dirige todos los movimientos necesarios para levantar la tapa del bote de la basura y echar coordinadamente una botella de plástico a su interior, ¿qué está maquinando la mente si es que, como atrevidamente supongo, no se detiene entretanto?

Para creer que la basura desaparece al meterla en el bote de basura es necesario tener algunas creencias ontológicas y no otras. Las suficientes para merecer que te recuerden que no existe un espacio positivo para la negatividad.

En mi opinión, y en la de otras personas por supuesto, todos necesitamos recordar que no existe un espacio positivo de la negatividad porque todos fantaseamos sobre el mundo que a todos nos excede. Veamos, es por una parte una cuestión que nos atañe a todos, que podría ser incluso la naturaleza de la conciencia, y por otra parte es una deformidad humana que tenemos que corregir. Las personas que creen que cuando uno tira la basura a un bote, la desaparece, son personas que tienen una gran libertad para corregir las discordias de esta existencia. Estoy hablando en serio, se trata de un chingo de personas ¡y de un chingo de botellitas!

No existe la verdadera identidad. Dios no es más que una tremenda ausencia. No tenemos fundamento seguro para nuestros conocimientos. No existe el amor como las tiendas de ropa nos lo hacen creer. Las estadísticas políticas están tomadas de un sistema político que no funciona y, lo que es peor, no podemos prescindir simplemente de nuestra historia, que es política absolutamente desde el 2,000 antes de Cristo. Aunque claro, la palabra política no existió hasta el 400 antes de Cristo y ya para su nacimiento las plazas públicas estaban grandemente establecidas incluso entre los teotihuacanos, que nada sabían de los griegos. Quiero decir que no hay manera de deshacernos de nuestra historia del mismo modo que no hay fuera de juego ni lugar donde bajar el pie de la bicicleta y descansar. Si Dios existe, no tendríamos manera de saber que es bueno y, si lo sabe todo todo absolutamente todo, entonces tendría que seguir todos los pensamientos de todos y todos los movimientos de todo el mundo. Y eso es primeramente incomprensible para la mente humana. Lo primero que hay que notar, al imaginarnos una entidad así, es que es inimaginable. Ni siquiera podemos comprender la totalidad de nuestros propios pensamientos. Tendría que ser una inteligencia tal que comprendiera todos los caminos y ramificaciones infinitas de cada mente humana. Si Dios existe, no es inteligente. Y todas nuestras comprensiones sobre lo bueno y lo malo derivan de nuestra inteligencia, nuestra experiencia, nuestra vida parcial y tonta. Por lo tanto al menos lo que entendemos de lo bueno y lo malo no tiene nada que ver con Dios, si existe. Así que no podemos suponer que es bueno y ni siquiera malo. No pretendo con esto dar una prueba más de Dios, o de no Dios, sino denotar que, en los hechos, en la realidad, no atendemos la palabra Dios más que con nuestra ceguera, ignorancia y falta de valentía para enfrentar nuestras críticas. Si Dios existe, no merece más que nuestro enfrentamiento con la moral propia. O sea nuestro enfrentamiento con el encíclico camino hacia lo que en serio nos parece que está bien o mal, entendiendo o dándonos cuenta en ese momento de nuestra parcialidad y pequeñez no respecto a Dios, sino respecto al mundo y lo que nosotros pensamos de él. Por mucho que estemos equivocados. Dios no merece más que ese camino infinito hacia la locura. Y si es poco, bah. Cada quién que haga la suya. Quiero decir que si Dios existe, permanece fuera de nuestra área de interés como no sea eso: un punto incognoscible. Todo lo que nos interesa es lo que sucede con nosotros. Y quizá nuestro ordenamiento deidificado de las cosas que suceden, un punto importante, sin duda, tenga más que ver con nuestros recovecos infinitos de nuestro pensamiento que con la existencia de una inteligencia incomprensible. Y siempre caemos en la tentación de discutir con otros la posibilidad de esa inteligencia incomprensible, siempre y cuando sea contemplando este problema de la magnitud infinita de los pensamientos y el ordenamiento de todo lo que sucede.

Respecto a quienes prefieren omitir la capacidad de su pensamiento y creer en Dios como infinitamente bueno e inteligente, en tanto que es parte de la naturaleza humana, es como la democracia. Derrida decía que la democracia es inalcanzable pero deseable. Quizá se haya equivocado, porque la democracia es asunto de la tierra y al final del día somos todos contables, y además es tan sólo una interpretación apresurada, pero, respecto a lo que decía Derrida, hay que notar que ―aunque nunca vamos a dejar de plastificar nuestra falta― hay que corregir ciertas disneylandializaciones en nuestra sociedad y fantasear, por decirlo de una vez, a lo alto.

Para creer que lo que nos molesta de este mundo se encuentra del otro lado de la frontera, que los indígenas están atrasados, que hay que comprar para ser una buena persona, que existe un lado de mí misma que es el verdadero; tenemos, como sociedad, que tener una ontología de plastilina porque aunque la naturaleza humana tienda a desplazar el punto incognoscible, estas personas desplazan verídicamente todos los metros cuadrados que les exceden y los suplantan con una fantasía promovida por la economía internacional que beneficia sólo a unos pocos, entre ellos todo el continente Europeo y principalmente a EE.UU.

Aunque estas personas sepan en conciencia explícita que no conocen todo el mundo, inmediatamente, en los hechos, se hunden en una fantasía preconcebida acerca de él. Es normal, estoy diciendo que es normal, pero en vez de empujar cada vez más esta frontera hacia la crítica de nuestras propias creencias y ahondar en el camino personal hacia lo que nos parece bueno o malo o correcto o incorrecto aunque sea infinito, con el consecuente trabajo corporal que ello implica, indudablemente nos hundimos cada vez más en fantasías estúpidas, del todo estúpidas, con la cómoda suposición de que el conocimiento verdadero es siempre inaccesible y no menor la ayuda de una ontología que nos dice constantemente que existe un lado de nosotros que permanece intacto mientras otro lado de nosotros cumple con nuestra obligación de esclavitud. Por ejemplo, la de pagar un recibo telefónico lleno de excesos, mentiras y malos servicios. O la de votar por el menos peor. O de comprar comida envenenada. O la de soportar que tus hijos mueran camino a la escuela por un estúpido sistema de mercado y corrupción.

Estaba diciendo que “No hay repetición en vano. Creer que uno puede actuar mal y mantenerse limpio por dentro es como creer en Dios o la verdadera identidad.” Porque hay muchos que creen que hay que votar por el menos peor para evitar males mayores. Pero eso sólo bajo el sistema de recompensas y castigos impuesto por esta organización de esclavitud de la que muchos dicen que es imposible zafar. Pero no hay repetición en vano. Es imposible actuar todos los días una historieta y aún así conservar en nuestro interior el guión completo. El cuerpo modela a la mente con su conducta diaria y con sus afirmaciones, también con las afirmaciones políticas. Aunque hemos llegado a un momento culminante de nuestra crisis, podemos (porque podemos, porque está en nuestras posibilidades) no enderezar la situación hacia una sociedad que deseemos sino preservar la torcedura sólo hasta circunstancias más tolerables y perpetuar con ello el sufrimiento. Pienso que habrá que fortalecer las instituciones políticas, sobre todo si la alternativa es una sociedad basada en el golpe seco y no en la palabra. Entendiendo por supuesto que la alternativa política es la alternativa en la que predomina la palabra y la argumentación. Y para fortalecer las instituciones políticas habría primero que fortalecer la imagen pública de las opiniones personales, y ello es imposible con mentiras a menos que se sostenga que existe una verdad más allá de nuestra faceta e impermeable a ella.

Que es como creer tan plásticamente que existe un lugar que succiona todos nuestros escombros. No existe un fuera de juego donde podamos bajar el pie para respirar. No existe el bote de basura último, toda nuestra basura está aquí con nosotros. No existe la verdadera política detrás de nuestro voto falso ni la verdadera conciencia detrás del trabajo en vano. No hay lugar de resguardo, la conciencia política vive de la discusión pública sobre problemas públicos. Hay problemas públicos pero no hay discusiones públicas. Si el problema está mal enfocado para desviar una discusión que de todas formas es aparente y concertada, entonces no hay política. No hay política mientras no se estén discutiendo los auténticos problemas que nos inquietan ni mientras en tal discusión no se hallen implicados los necesarios para resolverlos. Y hasta que no se abran otros espacios en donde los ciudadanos puedan inmiscuirse en el trayecto de su economía, no habrá conciencia política. Hay, en su lugar, una conciencia de la sobrevivencia inmediata, la urgencia de votar por el que no sea narcotraficante.

5 comentarios:

Alejandro Vázquez Ortiz dijo...

Muchas cosas que decir, seré todo lo sintético que pueda... (que no es mucho, me temo). :(

1. En el fondo seguimos en desacuerdo en lo fundamental, aunque sus razonamientos siempre me han gustado. Sus conclusiones no tanto. Arranca desde el alma. Y yo al alma procuro arrinconarla hasta lo más hondo, porque es lo más falso que creo que tenemos. Hacer lo que se cree... esto es, por cierto, el mismo mandato que hay en todo el sistema que padecemos. Lo que hay que hacer, por el contrario es esta poniendo en jaque constantemente cada una de las creencias y con ello al alma.

2. Por ello no comparto ese llamamiento a anular los votos que usted tanto proclama. Sobre todo porque es un llamamiento en nada diferente a las cruzadas políticas de la democracia de tal o cual partido. Es decir, un llamiento a usar el voto bajo la premisa de las creencias particulares del alma de cada uno. Si usted no cree en esto, no vote. Si usted cree en esto, vote. Tampoco haré, por cierto, una defensa del voto útil. No hay, ni habrá votos útiles. Hablar de que la democracia pueda servir para algo es una pérdida de tiempo. La democracia solo sirve para disimular la mentira. Nada más. Mentira que se consuma tanto en el voto como en la abstención tan conciente que usted promulga.

3. No hay salidas prácticas, claro. El sistema lo prohíbe, si no no sería tal sistema.

4. No se trata de limpiar las almas. Se trata de perderlas. No se trata de simplemente, como decía el evangelio: "Que no se entere tu mano izquierda lo que hace la derecha", sino de otra cosa. De reconocer una rotura original, una rotura ontológica que impide tener una identidad y por tanto, creencias e integridad.

5. Lo que se tiene, sí, es hartazgo. Más o menos, de unas maneras o de otras. Como entender ese hartazgo es lo importante. Votar o no votar es lo de menos. Más nos valdría andar razonando porque es importante no nacer, no casarse, no trabajar, no drogarse, no contaminar; sabiendo que estamos vivos, amamos y algo hacemos para sobrevivir. ¿Cómo caza una cosa con la otra? Eso es lo que no sé y se intenta hacer el menos daño en la obligación impuesta por esta identidad (que al fin, la padecemos y no padecerla sería morir) a la vez que reconocemos que en todo lo que se hace desde el Individuo (pieza clave, por cierto, en esa ontología de los muros del desconocimiento público en aras del triunfo de la privacidad) no puede ser nada más y nada menos que mierda. Mierda personal, claro.

Alejandro Vázquez Ortiz dijo...

6. Un refrán lo dice más simple: "Cada uno en su casa y Dios en la de todos". Pocas frases más áridas y desesperanzadoras que esto. (Desesperanzadora de que a alguno de los Individuos de los que componen el Régimen le pase algo así como razonar).

7. La razón no se puede utilizar de forma íntegra ni forma no íntegra. La razón, si se le deja, hace pedazos todas y cada una de las ideas y creencias. Con más o menos piedad. Con amor o con odio. Pero hace pedazos la fe. Desvencija las almas.

8. Nada se mueve sin fe. Ese es el motor de Dios. Decía mi maestro que preguntarse por la existencia de Dios es el error fundamental. ¡Él es la existencia! Él es el ser. Basta con suponer que hay algo que "existe" (aunque sólo sea ese verbo culterano de "existir") para ver a Dios ahí.

9. Si seguimos también aquí es porque seguimos teniendo fe, claro. Fe y miedo. Fe en el futuro y por tanto miedo de él. Por eso seguimos trabajando. No hay trabajo limpio ni trabajo sucio. Cuando el trabajo es "bueno y limpio" deja de ser trabajo y se convierte en otra cosa. Que uno se gane unos centavillos por eso es lo de menos. Si hay algo limpio y bueno, no cuesta trabajo. Por ejemplo, amar, hablar o una fuente de agua fresca que sale de entre dos peñas. Es verdad que el trabajo a venido a producido fromas inucitadas y horribles, pero eso no es su perversión sino su forma última y más perfecta. Trabajos para nada, para mover vacío. Trabajos que solo sirven para trabajar y pulir las cifras de empleo del Estado y Capital.

10. El probelma de la basura es gravísimo. Principalmente porque el problema de la basura no empieza cuando uno la agarra y la lleva al bote, sino mucho antes. El problema de la basura empieza en la cabeza de un diseñador industrial. La basura sale directo de las fábricas oliendo a plástico nuevo. Eso es lo terrible de la basura. Al fin y al cabo, ese era el destino del trabajo dedicarse únicamente a producir basura que fuera vendible. Basura que se pudiera convertir en dinero para producir más y más basura.

11. Desmentir el valor del trabajo. Desmentir el valor de las almas. Desmentir el valor del voto (o del no-voto, que es su hermano del espejo). Es lo razonable.

O por lo menos así me lo parece.
Un gran placer volver a leerla.

¡Salud!

ix dijo...

Salud, Oooolon.

Una vez más estamos de acuerdo y usted me dice que no lo estamos.

Bueno bueno, no del todo de acuerdo. Yo sí creo que el trabajo es necesario para procesar esta vida. En el bosque donde vivo, por ejemplo, salgo a recolectar palitos. Eso ya es un trabajo porque es una sierra y todo son subidas y bajadas. Además hay muchos animalitos y animalotes debajo de los palitos. Después de que recolecto los palitos y los llevo a mi cabaña, los limpio, los pulo lo menos indispensable y los amarro con hilo de yute para hacer muebles. He hecho repisas, revisteros, guías para la huerta... Si hace falta un mueble, salgo a buscar palitos. También salgo a buscar cosas a los basureros. Anteayer alguien tiró una decena de cajas de cartón en el basurero de la esquina y yo anoche hice una tapa de cartón para un bote que no tenía tapa y que usamos para poner a secar el pan duro para hacer budín de pan o pan rallado con el que luego hacemos milanesas. También hacemos milanesas falsas, hechas de puro pan rallado, huevo y condimentos.

Este mundo sin trabajo no sería más que vida a la interperie. Y escúcheme, todo está bien con eso hasta que llueve, o llega el invierno y las heladas y la nieve cae dos metros.

El trabajo es necesario. No sólo eso, también creo que trabajar modifica la conciencia.

Además de eso también creo que no sería posible vivir son otros humanos porque una sola no puede hacerlo todo. El hilo de yute, por ejemplo, lo compré.

De esta convivencia necesaria se deriva que algún orden, del tipo que sea, tiene que existir entre humanos. Y entonces llámele como quiera, pero algo así como un voto o una opinión pública llegará inevitablemente algún día, y entonces yo diré esto que dije ayer.

Por lo de que la basura sale directamente de las fábricas, estoy completamente de acuerdo.

Salud!

Alejandro Vázquez Ortiz dijo...

Salud, Ixcolai.

Sí, supongo que en la forma estamos de acuerdo en muchas cosas. Pero es el fondo lo que me hace ruido. Y mucho ruido. Es el tema de la apelación al individuo y las creencias particulares la que no me gusta nada. (Que es, repito, la misma a ala que apela la democracia o la sociedad de consumo, a las elecciones personales).

De acuerdo estoy con todo su brillante análisis del deliberado desconocimiento de los procesos. Sus inicios y sus fines. Que también, otra forma de verlo sería la sustitución de los inicios y los fines en el individuo mismo. Que a mi no me importa más que la comida que compro hasta el momento en que la desecho.

Recuerdo mucho discuciones con gente que dice que no le gusta comer carne cuando ésta tiene reminicencias de su forma animal. Bastante revelador, ¿no cree?

En cuanto al trabajo, es verdad que es necesario... pero eso no significa que sea bueno. Ya los antiguos cuando redactaron el viejo testamento de la Biblia supieron ver en el trabajo una murga insufrible y un castigo divino y pestilente que nos lanzó Tatá Jehová por desobedecerlo.

Pero bueno, sí, es necesario, ¿qué se le va a hacer? Ni siquiera creo que es deseable eso de vivir a la interperie... con los fríos o calores que hacen en ciertos lugares eso no es tan bueno, ¿verdad? Y también es verdad que hay un trabajo modificador y transformador, que, en cierto modo, hace cosas buenas. Aunque sea un gorro hacerlas. Mesas, sillas, macetas, huertos, cosas palpables y vivas. Cosas para sentarse, para leer, para oler o comer. Hacer pan, por ejemplo.

Y aunque sí, sea un engorro y uno quisiera quedarse aquí echando un café y arrascárse el ombligo mirando el cielo pensando en qué se yo de Dios o del mundo o leyendo entre los vilanos de la primavera que nos deja caer como lluviecilla de amor... Ah, pero no, ya sabemos, que hay que levantarse a hacer de comer, a ganarse el pan, a sudar, a limpiar aquello, a recoger esto... o peor aún, a fichar tarjeta, a pagar el infonavit, a cumplir el horario, a crear y producir basura...

Esas formas menos desarrolladas del trabajo (que por cierto, al Régimen le molestan y tiende a desaparecerlos o arrinconarlos al tercer mundo y sus orillas): desde el sector primario (agricultura), al secundario (transformación)... son trabajos más o menos imperfectos. Sobre todo cuando se hacen a pequeña escala, al modo de artesanos. Pero el sector terciario: (servicios, banca, turismo, etc.) ese es el que realmente ha venido desarrollándose de forma estrepitosa en los últimos años y es el que ha venido a perfeccionar la peste espantosa del trabajo. Convertirla en nada más que un trabajo vacío y sin sentido. Hecho, no para transformar el mundo ni hacerlo más cómodo (aunque sea acosta del sacrificio del presente) sino de mover vacío de numerario a cambio de numerario vacío. De ahí que el bueno de Santiago Alba Rico dijera, no sin cierta sorna e ironía, que el neolítico se terminó apenas en los años 70 del pasado siglo.

Aunque también uno puede seguir soñando con el paraíso. Ese paraíso que sobrevendría del derrumbe de la fe que sostiene la producción de basura y drogas (televisivas o de las que se inyectan, que para el caso es lo mismo) y viniera a descubrir el olor, el palpo, el peso, el sentir de las cosas hechas más o menos de verdad contra el sustituto que es puro dinero. O soñar inclusive con la vuelta al Paraíso de la mano de un montón de máquinas públicas que hicieran todos los trabajos engorrosos para nosotros y cantar aquel poema del mundo imposible:

Más limpio que agua de oro
es el mundo que yo no viva:
no hay naves de arar espumas
ni arado para las viñas;
el gran árbol le da su fruto
al que el nombre del fruto diga.
Ay de mi vida.

Alejandro Vázquez Ortiz dijo...

Ante eso, ¿qué otra cosa nos queda sino estar partidos? Con la herida abierta de no poder hacer lo que queremos, pero a la vez no tener más remedio que hacer lo que nos mandan. Claro que... se puede hacer eso que nos mandan un poquito mal... o por lo menos, si acaso se muriera la fe y esa necesidad de amor que sustituyen, tan descarada y claramente, por la satisfacción del dinero.

¿Y el orden? Ah, sí, claro que tiene que haber orden. Orden y buen hacer entre gente razonable... que es la cosa más sencilla de hacer. Tan sencilla como hablar, que al fin, la lengua (espacio público por excelencia) es la máquina de orden más perfecta a la que se pueda aspirar y, después de todo, ella misma tiene un orden bastante bueno. Pero lo importante de ese orden es que está dado desde abajo. El orden es desde abajo. Cuando la cosa se le intenta gobernar desde arriba con decretos más o menos cegatos y desconectados de las cosas palpables entonces ya la cosa va mal. La regularización y orden de las lenguas (lo mismo que entre las personas) debería hacerse según se necesite y se deba. Solo se ocupa algo de sentido común.

Claro que, como decía aquel, va a ser que el sentido común es de lo más escazo que hay. Pero eso es por la fe en los individuos y la creencia (idiota por demás) de que la opinión de uno es todo lo que importa.

Échele un ojo a estos textos:
Pekka Himanen - La ética del hacker y el espírtu de la era de la información
http://es.scribd.com/doc/3108865/La-etica-del-hacker-y-el-espiritu-de-la-era-de-la-informacion-

Y este otro de mi queridísimo maestro:
Agustín García Calvo - Análisis de la sociedad del bienestar
http://es.scribd.com/doc/57351650/Analisis-de-La-Sociedad-Del-Bienestar-Agustin-Garcia-Calvo

También "La ciudad intangible" de Alba Rico, pero ese no lo encontré en PDF.

La cuestión fundamental es la dialéctica del individuo y la razón. Y es ahí donde no acabamos de estar de acuerdo, al fin.

De hecho y sobre esa frase de Kant que usa de lema... me quedé pensando en si era posible "usar" la razón. Si esa Gran Máquina se puede usar. Si acaso alguna máquina se puede usar o pasa como aquella canción de Megadeth "Use the man", que cuando el hombre usa a un muñequito de vudú, éste a su vez lo usa a él.

Y yum-yum con lo de las milanesas. Suena rico, suena bueno. Y si hay que trabajar por ello qué remedio. Dicen por ahí que no hay cosa más rica que la que cocina cualquier otro. ¿Será verdad? Porque si la comida, sea la que sea, viene aderezada con el postre del no-trabajo. Uy, qué pecado más gordo y más dulce, ¿verda?

¡Salud y abrazos, amiga!
(Ironía que todo esto lo escriba desde el trabajo... ¿verdad? Pero bueno, todo sea escaparme de él un rato... pero ya llega la triste hora de callar y volver a su Realidad).