No puedo dejar de ver al Estado Mexicano como un Estado totalitario. Tenía miedo de todo, de un terremoto, de un atentado, de un asalto a mano armada, de un accidente de tráfico, de confusiones trágicas con el Ejército, de alacranes en los tenis, de tropezar fatalmente al borde de la banqueta justo cuando pasa un pesero, o un tráiler, o una señora de las Lomas, de no encontrar un trabajo bueno, de nunca poder escribir, de que mataran a gente querida, de que robaran a mi tía, de que abusaran sexualmente de los niños, de los créditos que le ofrecen a mi mamá, de pasarme de la parada del camión, de pasarme la salida de Periférico, de las carreteras, de los servicios públicos y privados que tuviera que necesitar, de que la red de celulares no funcionara y de que atropellaran a Ninja, el perro de Ximena.
No es tan cierto que eso pasa en todos lados. La mayoría de la gente que opina así no conoce seriamente que hay lugares en el mundo donde los niños pasan corriendo los pasos peatonales y ni están acostumbrados a que el Ejército revise sus cosas ni tienen una ley que faculta a la policía a entrar a tu casa cuando quieran. De acuerdo, habría que excluir de este conjunto por lo menos a África completa, la aplastante mayoría de Latinoamérica, buena parte del sudeste de Asia y un poquito más allá del Medio Oriente. Con lo que nos queda un porcentaje mínimo de la superficie poblada de la Tierra, cierto. Además quienes se salvan de temer las calles y su policía, no se salvan de los tsunamis, de los tornados, de los incendios, de las inundaciones, de los ataques terroristas, de las explosiones nucleares, de la comida transgénica, de arranques fascistas ni de los créditos que les ofrecen a sus mamás ni de celulares que no funcionan ni de que los espíe el FBI. Además con una potencia mundial que gasta en armamento militar la mitad de lo que gasta el resto del mundo y la amenaza de armas de destrucción masiva nadie podría sentirse a salvo, está claro.
En la estación de Metro Tacubaya en uno de los pasillos de transborde veía casi todos los días la portada de un periódico amarillista de la ciudad. Era como un aleccionamiento. La imagen se sumaba a las cifras de muertos nacionales que había escuchado, o escucharía en el transcurso del día. Se sumaba como incorporándose encima de esos números informes, dándoles algo que había evitado intencionalmente leyendo las noticias por internet o escuchando la radio. Nunca antes en mi vida hasta el sexenio de Felipe Calderón había trabajado tanto vértigo por la vida humana. La capacidad de conmoverse por la vida humana no es algo que en una vida normal, como tengo memoria, tengamos oportunidad de trabajar diariamente. Nos conmovemos por cosas más mundanas, como las preguntas filosóficas o los avances científicos. Más comúnmente por películas o cuentos. Por las ocurrencias de los niños, por el dolor o la alegría de otros, por la fragilidad de la vejez, incluso por la fragilidad instantánea en un accidente; pero en una vida lo convencional es no conmoverse diario por la vida misma. Durante los últimos 7 años nos han recetado palo a palo 80 mil muertes y 20 mil desapariciones. Quién no recuerda las 50 cabezas encontradas en una ciudad. Así, 8, 13, 20, 40, 50. Cada uno de nosotros hemos ido sumando día a día. Yo recuerdo a 5 jóvenes de 16 años que jugaban fútbol en una cancha en las afueras de Ciudad Juárez. A 4 los arrodillaron y al otro lo dejaron ir. Los recuerdo, por supuesto, por la nota en el periódico. No sé en qué momento dejé de leer cómo había sucedido, me limitaba a cuántos y dónde. ¿Tienes idea de lo que eso te enloquece después de 6 años?
No era lo único. En el DF casi todo puesto de trabajo es cuestionable. Son una mierda, buscan dinero solamente, son ignorantes incluso de lo que es moralmente correcto, no es que sean solamente cínicos, también son haraganes que se acomodan. Casi no hay nadie en el DF que trabaje feliz. Incluso salir a vender naranjas es una afrenta al tráfico.
Hace tiempo que quería irme. Había intentado vivir fuera del DF, y advertí que la violencia y el desorden existían lo mismo en el Sur que según contaban las noticias sucedía en el Norte. Llegué hasta la playa de Zipolite, en Oaxaca. Manejé de ida por Acapulco y de regreso por Puebla. Por lo que hasta entonces sabía más oliéndolas que certeramente, y gracias a mensajes con amigos, la península maya estaba llena de policías y ladrones.
Al regresar a la ciudad sabía que era imposible encontrar un modo de vida deseable. Si nadie hubiera sacado los fósforos, no sé en qué clase de crimen habría ocupado mi tiempo.
Decidí irme de ahí porque no puedo mantener mi vida trabajando en grilletes. Tampoco se deben pagar impuestos si el gobierno usa tu dinero para matar a la gente con la que has crecido.
Cuando no puedes trabajar en nada más, hay que trabajar en la revolución. Pero trabajar en la revolución es un suicidio. Cualquiera puede matarte en cualquier esquina y robarte el dinero, una víctima más de la delincuencia en la ciudad. O atropellarte, una víctima más del tránsito. Por supuesto, primero intentarán vías más civilizadas como sabotear o pervertir tu supuesta revolución. Y si nadie te persigue, entonces man, no estás haciendo una revolución. Y si lo intentas de verdad, aunque nunca la armes, entonces como dije, a nadie le cuesta quitarte el reloj la próxima vez que te alejes dos cuadras de Miguel Ángel de Quevedo. Nunca tuve miedo de que me robaran el reloj a mí porque no lo consideraba posible. Sería un escándalo. Espero. Sí tuve miedo de que le quitaran el reloj a la persona que amaba.
Me vine acá para trabajar mejor. Si podremos o no podremos, eso se verá.
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