26 jul 2014

Por qué me fui de México

Me fui de México porque tenía miedo. Verbalizaba que era miedo a un terremoto. Era verdad. En mi casa tenía muy bien pensado qué haría si el terremoto me encontraba en el baño o en la cocina o dormida. Y así a casi cada lugar a donde iba me imaginaba una escapatoria, advertía los peligros: grandes paredes, grandes columnas, puentes, encharcamientos. En el tráfico debajo del segundo piso tenía que trabajar un poquito para contener mi ansiedad: cientos, quizá miles de coches estacionados debajo de un puente de cemento que mide kilómetros, avanzando despacio, sin tener ni la más remota chance de escapar. Me tranquilizaba diciéndome que morir no es ninguna cosa de otro mundo y que era bastante injusto de mi parte tratar de privilegiar mi futuro entre tanta gente que todos los días se atasca debajo del mismo puente. De todas formas prefería tomar otras rutas.

No era sólo eso. La idea de aceptación de la muerte rondaba las cabezas de muchas personas. La gente se estaba muriendo de las cosas más estúpidas, como de balas y atropellados y mal atendidos en el hospital, y caían de a montones. Los periódicos anunciaban muertos y fosas comunes todos los días. En todas partes escuchabas historias. A veces de jóvenes, a veces de chicas, a veces de viejos. Ni siquiera era que murieran todos a manos del narco ni morían todos de una puta vez. Una vez escuché la historia de un tipo que le quitaron los brazos y las piernas y lo aventaron vivo al mar. No era ningún capo, sólo se había acostado con quien no debía y quizá ni siquiera tenía 20 años. Otra vez mataron a dos amigos de un amigo de mi hermano, se habían topado con un narco retén y asustados (asumo que no sólo por sus pertenencias sino por su propia vida) decidieron no parar y meter el acelerador. El narco los alcanzó y les pegó unos tiros por la espalda. A la mamá de una amiga la asaltaron en la noche, tenía un almacén. Entraron dos tipos con bats a robarle el almacén y le rompieron todos los huesos. Fueron 4 años de operaciones y no era como que la familia tenía dinero para pagarlas. Así, con la normalidad de una sociedad que ha asimilado una política de muerte, se sucedían las noticias. Cuando me di cuenta, ni mi hermano ni ninguno de mis mejores amigos vivía ya en México.

Decir que empezó en 2006 con la presidencia de Felipe Calderón y su guerra contra el narcotráfico es sólo una manera de entendernos.

El primer recuerdo que tengo del narco fue una noticia en Chihuahua, aparentemente el padre tenía algún tipo de deuda y la mafia los fusiló a todos. No recuerdo si eran 7 ó 5, recuerdo que había un bebé de brazos entre los muertos y que fue justamente eso lo que motivó que mi padre me explicara: la mafia es así, lo hacen así de feo para que nadie más se atreva a hacerlo, te metes con el narco y es para toda la vida. Era el principio de la década de los 90.

Tiempo después, yo ya no era tan niña, fueron los años del Mochaorejas. En el estado donde yo vivía (Morelos, al sur de la Ciudad de México, casi un suburbio de descanso para los capitalinos) se habían disparado los secuestros. Yo tenía 12 ó 13 años. Te secuestraban por todo, hasta por salir del super con bolsas en la mano, te secuestraban y te quitaban el super. Te secuestraban por 2 mil pesos. También te secuestraban por mucho más. Dos chicas de mi escuela fueron secuestradas algunos meses, después las soltaron vivas y completas, recuerdo sus caras cuando regresaron a la escuela. Uno creería que iban a llorar, que tenían miedo, que estarían asustadas. Nada de eso. Tenían cara de zombies y estaban un poquito agradecidas de estar vivas. Después, con las semanas, lloraron. En esas épocas existió el Mochaorejas, dentro de la moda de los secuestros (moda que empezó definir sus modalidades, a veces te secuestraban dos horas para sacar dinero del banco y a veces meses para sacarte millones), el Mochaorejas tenía un estilo único: su banda secuestraba niños, en su mayoría, y enviaba una oreja como prueba del secuestro. Los padres pagaban. El niño era regresado. Se dieron casos en que el mismo niño fue levantado más de una vez. Yo tenía miedo del Mochaorejas no porque tuviera miedo de que me secuestraran (mi familia nunca tuvo mucho dinero, aunque, ya se ha visto, ésa no era precisamente una condición necesaria) sino que era un miedo difuso, una angustia difusa originada más en los métodos que incendiaban la imaginación que en particularizar de algún modo el miedo en mí. Le hacía preguntas a mis papás y pensaba para mí en silencio que eso se acabaría algún día. No era que lo planteara así a mis padres, era algo que asumía en silencio: eso se acabaría. Así como se acabaría el SIDA. Atraparían al Mochaorejas. De hecho lo atraparon, aún recuerdo el momento de felicidad que tuve al enterarme.

Bien, han pasado más de 15 años de eso. No han encontrado la cura para el SIDA, por cierto. De hecho dicen que algunos investigadores de la enfermedad murieron en el avión que fue derribado en Ucrania hace poco. Y aunque no supe qué pasó después con el Mochaorejas, nada de lo que él hacía paró. Fue cuestión de semanas para que saliera otra banda de secuestros. Le pregunté a mis padres por qué y cómo resolverlo, y recuerdo que admitieron que no podían contestarme, como si les estuviera preguntando de Dios, y entendí que nadie podía hacerlo. Uno tiene 12 ó 13 años y le entra por la garganta el país en el que se vive.

Después empezó eso de cortar dedos de los secuestrados y mandarlos a la familia, en vez de orejas.

Hace poco recordé esos años. Ese primer contacto con la mutilación como ejercicio económico. Recuerdo muy bien el sentimiento de que las cosas se arreglarían. Nunca me imaginé lo que iba a pasar.

De hecho mientras se sucedían los daños colaterales de Calderón, veía que la gente no se daba cuenta de lo que pasaba. O sea, la portada del periódico estaba ahí, frente a nosotros, y decía 6 muertos, ó 12, ó 40, pero nadie estaba enchufando muy bien lo que leía en la portada del periódico con su realidad.

Al principio, es decir al principio del sexenio de Felipe Calderón, todos creíamos que los muertos eran como esa familia de Chihuahua. Si los mataban era porque algún negocio turbio tenían. Así que al principio dejábamos que los muertos murieran en silencio. Y seguíamos nuestra vida con alegría. No teníamos miedo.

Fue apenas dos años después del comienzo de ese gobierno que empezamos a ver, los que leíamos el periódico con lupa, que algunos de los decapitados no eran policías involucrados con el narco, sino justamente policías que se habían negado a colaborar con el narco. Ahí empezó esta piel de gallina en el corazón, ahora insoportable, al principio indistinguible. No todos sabían que algunos de los que mataban eran buenos. A la mayoría no le interesaban los pormenores de las noticias. Acostumbrados a que los periódicos nos mientan y nos escamoteen la información, sólo los maratonistas de la lectura seguíamos la historia.

Después también los maratonistas de la lectura dejamos de seguir la historia. Habían pasado ya casi 6 años del gobierno de Calderón cuando me di cuenta que había dejado de leer las notas. Leía sólo los encabezados. Las notas eran siempre las mismas. Después dejé de leer el periódico, dejé de abrir esas páginas con fotos de descuartizados, gente colgada de puentes con los genitales masacrados, paredes de fusilamiento, bultos irreconocibles. Dejé de leer el periódico, empecé a leer más tuiter. En tuiter me enteraba de las cifras, sin fotos, sin mentiras desarrolladas, sin lavado de cerebro. Sólo los números, las palabras clave, el nombre de los lugares, el nombre de los cárteles. 140 caracteres.

A los 12 años vivía en Cuernavaca, Morelos; a los 14 me fui a vivir al DF, a los 19 me fui a vivir España, a los 22 regresé y empecé a estudiar en la UNAM y en el 2006, año en que Calderón entró a la presidencia, tenía 24 años, un novio bonito de familia acomodada que estudiaba medicina, un trabajo de mesera en un restaurante y estudiaba filosofía.

Después dejé al novio.

Un día mataron a una persona en la Facultad de Filosofía y Letras de Ciudad Universitaria. Lo hicieron mientras yo estaba en clase. Cuando salí había un revuelo en los pasillos. “Una cuestión de drogas”, dijeron. Se trataba de la persona que atendía la tiendita de afuera. Ni siquiera era un almacén, eran dos mesas que se ponían todas las mañanas y se cubrían con productos empacados y tortas de queso de puerco. Si el que lo atendía estaba relacionado con el narco, se ve que el narco no deja mucho dinero gueys. El que lo mató se escapó. Helicópteros de TV Azteca miraban desde el cielo el territorio autónomo. Se levantaba en los pasillos otra vez si la policía podía entrar o no a la UNAM. El consenso siempre es mayoritario: NO. Yo también digo que no. Como si vinieran a poner orden esos putos. No. Vayan a hacer pendejos a cualquier otra persona. Eran los últimos días de clase antes de las vacaciones, una o dos semanas después ya no había nadie en la UNAM. En esos días Mancera, el actual jefe de gobierno de la Ciudad de México, era el jefe de la policía y salió en La Jornada dando explicaciones de lo que pasó con enunciados que ni siquiera tenían coherencia entre el sujeto y el predicado. Quise guardar la nota de periódico para hacerle un ensayito de filosofía del lenguaje al Mancera ese, pero… ¿soy yo o la nota desapreció de la hemeroteca online de La Jornada? No fui a buscarla a La Hemeroteca del centro cultural, anyways. Luego resultó que Mancera quedó como jefe de gobierno y me arrepentí de no haberlo hecho. En todo caso, te estoy viendo desde el 2009, Mancera, y por lo menos a mí no me engañas jamás. No hay persona honesta que explique un asesinato con pseudo enunciados. O es un tonto o tiene las manos metidas en gente muerta. Y no es un tonto.

Clases de lógica, pim pum pam.

http://sunblotted.blogspot.mx/2009/06/2-afeitado-con-machete-en-cu.html

Y Marcelo Ebrard, que apoyó a Mancera, tampoco. No sé cómo ustedes no lo ven claro. Estamos hablando de votar por asesinos para que no gane otra vez el PRI. Me atrofié la voz antes de las elecciones del 2012 tratando de encontrar todos los argumentos posibles para quitarles el velo que tenían en los ojos, ¿o es que en serio estaba hablando con gente que quería asesinos en el gobierno? Nada funcionó. Era más fácil creer que yo había enloquecido definitivamente que creer que porque alguien hace pseudo enunciados para explicar un asesinato es mala persona. Supongo que están convencidos de que la mediocridad nos rodea irremisiblemente y que eso no significa que seamos malas personas.

Los productos patito mexicanos, las revistas patito, la televisión patito, los señalamientos patito, la tecnología patito, todo eso nos convence de que es inevitable que nuestro gobierno también sea patito. Pobrecitos no dan más frente a las cámaras.

Al regresar a clases aquel año de 2009 nos encontramos una sorpresa: los vendedores de libros y discos habían sido desalojados, se habían puesto macetones en los pasillos, estaban por construirse cajas de cemento destinadas al comercio ordenado y el jardín de la Biblioteca Central había desaparecido, en su lugar habían puesto rocas volcánicas con los picos hacia arriba.

Las razones para oponerse a aquello eran muchas. Primero, las decisiones se habían tomado a) sin informar, b) sin preguntar, c) en vacaciones, d) después de un asesinato. Segundo, esto contravenía de un semestre a otro la política consuetudinaria que la propia rectoría había aceptado tantos años. Tercero, se culpaba de todo esto a quienes consumían alcohol y drogas en el jardín como si por casualidad aquello fuera un argumento en la polis en la que estábamos. Cuarto, el problema del ruido en la biblioteca (sí, todo esto se hizo porque había ruido en la biblioteca, el asesinato anterior pasó al limbo) se podía solucionar de otra manera. Quinto, los vendedores de libros y discos tenían cosas que no podían conseguirse en otro lugar, aquello debía de valorarse culturalmente. Sexto, no estaban desorganizados. Séptimo, no podían cortar el trabajo. Octavo, no podían modificar la arquitectura del espacio porque la UNAM es patrimonio de la humanidad.

Y NOVENOS: SON TODOS PUTOS: A los indígenas que vendían comida y tejidos los sacó la policía a gritos e insultos. Yo fui testigo de un caso, encaré al policía (policía de la UNAM) y le dije que así no se trataba a nadie y menos a ellos, el policía me dio la vuelta y siguió gritándole a la señora, una señora anciana llena de arrugas claramente indígena, me le paré enfrente al policía y le dije “basta”. Le dije “alto”. Le dije “detente”. Le dije QUÉ COÑO TE PASA. Me miró con una cara de odio que con el tiempo vería en otros muchos funcionarios del gobierno, incluido el propio Mancera. Me intimidó, sí, pero no me dijo nada. Le dije ¿no me vas a decir nada, no tienes explicaciones GUEY? Pero no me dijo nada. Me miró, me lo decía con la mirada. Me decía “tú no sabes nada, burguesita” con la mirada. Me decía “te voy a coger”, con la mirada. Me decía “ya verás si te agarro”, con la mirada. Y me miraba con la rabia con la que se mira al conquistador de hace 500 años. Porque sí: él es más indo que yo. Y si yo me paré con esa facilidad enfrente de él fue porque esa mañana saqué mi coche del garaje de Polanco. (No que si no tienes coche no puedas levantarte así del pasto con esa agilidad, ash gente por qué tengo que explicar siempre las cosas más idiotas, I’m trying to make a point: cuántas paradojas hay en esto). La señora se fue a mis espaldas hacia el túnel del estadio, caminando con prisa, el policía se fue hacia la biblioteca, caminando pesado con pasos largos, yo me quedé ahí en medio del jardín con la rabia encendida.

Alguien se organizó. Para cuando regresamos de vacaciones y vimos lo que le habían hecho a nuestra universidad, ya había una mesa recabando firmas en la puerta de la facultad. No recuerdo si juntaron 1,500 ó 2,000. Muy bien, ésta no se me escapaba. Pregunté cómo podía ayudar. Me asignaron algunas tareas, intercambiamos nuestros mails, etc, bien, esto es importante porque se trata de la primera organización política con la que tuve un contacto más allá de “hola ya vi que son un asco”. Era una organización muy sencilla, aparentemente espontánea, organizada sí por gente que anteriormente había estado organizada con otros asuntos, pero no se trata de ningún clásico tipo presos políticos, sindicatos ni recursos energéticos, se trataba sencillamente de las piedras de la facultad.

Es difícil hacer un recuento exacto de lo que sucede mientras trabajas con “gente organizada”. La información es siempre parcial y es mucha, nunca entiendes del todo cuál es la estrategia y nadie parece preguntarlo, la mayoría de la gente no opina públicamente, si te atreves a hacerlo te linchan con argumentos como “tú no sabes nada, burguesita” y otros del tipo “yo la tengo más grande que tú”, los dirigentes, o la gente que organiza, nunca te cuenta todo lo que necesitas saber y parece que siempre uno les está quitando el tiempo, además de que prevalece un ambiente de secretos y paranoia: nunca des nombres, no hables por teléfono, fíjate quién te busca, no preguntes de más. De pronto gente que en teoría estudia contigo sabe mucho más del reglamento de la UNAM y de los métodos para lograr cosas, y tus argumentos burgueses de publicidad y democracia se hunden porque tú no sabes el reglamento de la UNAM ni cómo mover papeles. Con todo y todo seguí y me metí hasta donde pude. Las pláticas con la gente de rectoría eran hipnóticas y laberínticas, los condicionales de la ecuación se me escapaban, los argumentos no hacían sentido, eran más reglas que argumentos, las reuniones con los de rectoría eran mortíferas, duraban horas, perdía clases, nos hacían entrar de un pasillo a otro en sótanos de edificios en los que nunca había estado y, a todo esto muchachones, los dirigentes del movimiento, excepto una, habían cambiado: una o dos semanas después de que comenzó esta organización no volví a ver a los que estaban recabando firmas, excepto a una. En su lugar había dos tipos, uno grande de unos 35 años que decía que había estudiado en la UNAM y otro joven de veintitantos que decía que estudiaba letras clásicas. Ellos manejaban el megáfono y los argumentos y yo estaba sentada a su lado, gente créanme, porque era el mejor lugar para entender qué estaba sucediendo.

Epílogo:
La chica, que estuvo desde el principio y en la que yo confiaba instintivamente, estuvo hasta el final. Al final me dijo que se iba a apoyar a los del SME y yo le dije claramente que no confiaba en esa organización. Asintió con la cabeza, quedamos tablas. Volví a ver su cara años después: fue una de las chicas golpeadas el 1° de diciembre del 2012, su foto circuló en redes. Tenía la nariz rota.
El chico de treinta y tantos fue encontrado muerto de 16 balazos años después. Nadie dijo nunca la verdad de quién era, se dijo que era un estudiante de la UNAM. Falso.
El chico de veintitantos lo volví a ver en organizaciones con megáfono en la misma facultad. Me miró un segundo desde su megáfono y después volteó la mirada. No sabía nada de etimologías, por cierto.
¿Los papeles del acuerdo con Rectoría en los que se compromete a quitar las piedras? Me los quedé yo. Le prometí a la chica que los escanearía y no lo he hecho, eso lo lamento. De verdad. Mi vida también es muy complicada y está llena siempre de prisas y desorganización e indisciplina. Pero no lamento tenerlos yo.

Tiempo después tuvimos un problema familiar. Mi tío fue acusado de algo que no había hecho y su foto apareció en un periódico como “prófugo” de la justicia. Entonces mi tío fue aquella misma mañana a la policía a decir que qué onda y que él estaba ahí y que no estaba huyendo a ninguna parte, y en ese mismo momento le pusieron las esposas y lo metieron al reclusorio. Dos años después, o tres, mi familia, después de haber gastado una fortuna en abogados y de ciento una noches de desvelos, se demostró que mi tío era inocente y salió del bote. Entre tanto aquellos años tuvimos intervenidos los teléfonos, entraron a la casa una noche a revolver papeles y entraron a mi coche también a buscar algo que yo nunca he sabido qué era. Por el espejo del retrovisor veía a una patrulla que había estado en el mismo tráfico que yo desde San Jerónimo hasta Las Lomas, POR PERIFÉRICO, y recordaba eso de que cuando una está embarazada ve a todas embarazadas. No sé si ustedes ven patrullas en el Periférico seguido, yo hay cosas en las que ya de plano suspendo cualquier juicio. De mi tío puedo decir que es una buena persona, aunque claramente no estoy al tanto de los pormenores de su vida. Mientras tanto recuperé mi trabajo de mesera en el restaurante ése porque para ser narcotraficantes nos hacía falta dinero y tuve que abandonar mi trabajo recién estrenado en una editorial independiente porque las reuniones eran de noche y ya no podía andar en la noche por la ciudad. Durante ese tiempo a partir de las 9 pm siempre se me pudo encontrar en casa.

De hecho, perdón, tuve que revisar fechas: el asunto de mi tío fue en el 2005 y el asunto de las piedras en la facultad fue en el 2009.

¿Podemos continuar con mi verbalización de los terremotos?

Terminé los créditos en la facultad, trabajé un año en el Instituto de Investigaciones Filosóficas como asistente de un investigador, después no pude renovar el contrato porque necesitaba tener la tesis terminada. (Las condiciones exactas eran que necesitaba estar inscrita en algún curso, yo ya había terminado los créditos, necesitaba presentar la tesis para volver a inscribirme y no quería terminar apresuradamente la tesis. De hecho aún la estoy haciendo.) Así que desde enero de 2011 empecé a buscar otros trabajos, rolé por 7 u 8 trabajos, todos un asco, incluso recibí una oferta de trabajo de parte de La Jornada, que después fue retirada, y en diciembre de 2011 me fui a la playa a trabajar en mi tesis, también un fucking caos, y a finales de abril de 2012 regresé al DF porque se me acabó el dinero y el lugar donde vivir.

Fue una casualidad (¿me está leyendo con atención?) que una conocida mía con la que había empezado cierta amistad por Twitter, hija de un alto-alto-alto funcionario del gobierno, me invitara a una reunión del 132.

Tengo la obligación de contarle lo que sucedió en el 132 mientras yo estuve ahí. Pero, primero, no me parece que hacerlo dentro de mi historia personal con los terremotos sea lo correcto y, segundo, …aún no tengo claro qué fue lo que pasó. Pero entre la multitud de cosas que tengo que hacer, sé muy bien que tengo que ordenar esas ideas más bien pronto.

Estuve ahí desde esa reunión que empezó en El Péndulo y que terminó en una casa privada, hasta el día del debate entre candidatos presidenciales. Intenté, como en ocasiones anteriores, meter mi nariz todo lo que pudiera. Acá también se trata de una organización con demasiados secretos para ser una organización desarmada. Acá también los organizadores nunca te hablaban abiertamente. Acá también la mayoría de la gente escuchaba sin opinar. Y aquí más que en la organización de la UNAM fui desplazada como embajador a países al otro lado del mundo. Y acá también hubo muertos y desaparecidos.

Hay una cosa que no pude evitar que me llamara la atención, los estudiantes de la Ibero, con todo lo que ignoraban de sociología, de la realidad de su país y de política, sabían mucho de dos temas: Peña Nieto y Atenco. Perdón que lo diga, pero lo sabían como si alguien los hubiera aleccionado. Si hubieran sabido de sociología, realidad mexicana y política, no hubiera sospechado. Pero me llamaba la atención que eso que sabían de Peña y Atenco no fuera consistente con el resto de su conocimiento de este mundo.

Yo no hacía preguntas de esos temas, pero dejaba que me hablaran. Y los chicos nunca me hablaron de la importancia de la palabra, de la justicia, de democracia, de presos políticos o de asesinato de indígenas. Ni me hablaban de proyectos de gobierno, ni de AMLO, ni de neoliberalismo, ni de qué cosa había que hacer con el petróleo. Pero en los momentos de descanso en las reuniones fumando afuera, me hablaban de Peña. Me decían que ellos sabían que Peña era muy malo, que había desaparecido a muchas personas, que la gente no sabía qué tan asesino podía ser Peña. Y no me hablaban de Atenco, lo de Atenco era un tema que se hablaba en las reuniones entre todos. Hablaré más de esto después. Por ahora me llama la atención el miedo que le tenían a Peña.

Por esos días fue a visitarme un trabajador de CFE (Comisión Federal de Electricidad, los que tomaron la estafeta de los arbitrariamente desmantelados Sindicato Mexicano de Electricistas, SME) a la casa. Aparentemente quería revisar mi conexión de luz. Me llamó el portero del edificio a mi departamento para avisarme que había un joven que quería revisar mi conexión de luz y que si le daba permiso, bajé personalmente a atender tan distinguida visita y le pedí una identificación. No traía. Le pedí una orden de CFE. No traía. Le pregunté por qué la camioneta en la que venía tenía vidrios polarizados, placas de un ciudadano común y nada que dijera CFE. Me miró con esa cara de odio tantas veces repetida y le pedí amablemente que volviera en nombre de CFE cuando tuviera identificación de CFE, orden de CFE y/o camioneta de CFE. El portero se quedó O.O

Así mismo se me había informado por otras fuentes que mi teléfono estaba otra vez intervenido.

La chica que me invitó a participar me preguntó un día si no tenía miedo de lo que hacía. Le contesté que yo no iba a estar en México para cuando Peña llegara a la presidencia. Se rió. Creo que no supo si creerme o no. Lo cierto es que mi propio padre me había preguntado días antes si no quería pasar una temporada lejos de México. No que mencionara nada sobre seguridad, sino simplemente para descansar de toda esta realidad.

En los últimos días de todo esto acudí con mis archiultraenemigos del Comité Cerezo (http://www.comitecerezo.org/spip.php?article25), a los que siempre les compré café y quienes siempre me miraron con la bajeza que mi clase social merecía.

Acudí a ellos por dos razones, la primera era que un maestro de la Ibero que se había involucrado con la organización del 132 nos dijo que él se había puesto en contacto con los hermanos Cerezo para que todos los que tuviéramos dudas sobre nuestra seguridad acudiéramos a ellos. La segunda razón es que yo sí tenía curiosidad de saber cuál era mi situación de riesgo. Para sorpresa mía, y de ellos, el profesor de la Ibero había mentido.

Después de cumplir cabalmente el ritual que mi clase social merece, los buenos compañeros del Comité Cerezo me explicaron que no podían hacer nada por mi situación porque tenían como tres toneladas de casos más urgentes, que no veían nada raro en que intervinieran mi teléfono si tenía esos amigos, que si no me involucraba con la revolución de verdad no iba a estar en una situación de riesgo que mereciera más atención que otros que sí estaban haciendo la revolución y me aconsejaron que llevara un registro de todo lo que había sucedido en caso de que en el futuro, lejano o no, lo necesitara.

Ya involucrados en la charla recuerdo que le dije, desde el corazón, “pero es que así es imposible cambiar algo”. El tipo me sonrío condescendiente, como merece mi clase social. Efectivamente, en este país es casi imposible hacer algo. Te matarán. Desde ahí adentro es imposible. Si uno realmente empieza a andar camino, te agarrarán. Y eso si uno encuentra el camino entre tantos caminos falsos. Y aún así si te ven muy enjundioso por un camino falso, te van a agarrar. Te pueden asaltar en cualquier esquina de la Ciudad de México, robarte la cartera, pegarte un tiro y hacerlo pasar como otra de las tantas víctimas de la “inseguridad”. Jamás nadie sabrá que te mataron porque estabas tratando de hacer algo para cambiar este puto país de asesinatos, desapariciones, torturas y secuestros.

La charla con el Comité Cerezo coincidía con lo que había estado pensando (a pesar de pertenecer a clase social opresora).

Teóricamente me fui de México porque sé que quedándote allá hay de dos sopas:

O trabajas para el régimen, algunos ganan mejor que otros, y les das lo que te piden, es decir tu tiempo, tus lecturas y hasta el control de tus creencias, y te sometes a esa ley de precariedad constante para poder vivir (vivir es fundamental para hacer la revolución, no los estoy juzgando mal bonitos).
O trabajas para cambiar la situación. Si es así más te vale estar bien organizado porque si te organizas con chapuceros como yo un día acabarás debajo del ferrocarril.

Bien. Hay gente a la que no le queda de otra, gente que ya está encarrilada, gente que aún trabaja por cambiar las cosas desde su lugar dentro del régimen. Pero yo tenía la oportunidad de no pagarles a esos putos lo que estaba en mí para continuar con esto. Y además no quiero trabajar para el régimen, quiero hacer la revolución. Quiero que hagamos la revolución. Quiero la revolución. Quiero que empecemos a resolver de una puta vez todo esto que arrastramos.

Que es muerte y saqueo a expensas de nuestra cobardía e ignorancia.

Yo nunca he estado organizada políticamente, soy una persona normal. No estoy en contra de organizarse, pero esas organizaciones que manejan son un asco de corrupción, desinformación y verticalidad, y además ni siquiera tienen dos dedos de frente para identificar el blanco al que hay que tirar: mestizos sobre mestizos sobre mestizos. Les confunden la portería todo el tiempo. Y además los hacen creer que tienen que hacerlo a escondidas y luego los matan y nadie se entera, ustedes que son buenas personas y que realmente quieren cambiar algo, tontos.

Es insoportable pensar en cuántas personas que necesitamos para cambiar este planeta han muerto. Por eso hay que mantenerse vivos, aunque no metas un gol ahora. Te juro que no vas a meter un gol si te roban el reloj. Te juro que así no es. Carajo, ni siquiera nos enteramos.

La razón existencial por la que me fui del país era el miedo constante. Miedo que se traducía conscientemente a miedo a los terremotos. Cada noche en mi cuarto sentía como si la tierra me hablara y me pidiera que me fuera. Yo sé que es loco y que la tierra no te habla. De hecho no la escuché físicamente, por si pregunta alguien. Era simplemente una sensación que no podía ignorar. Desde hace no sé cuánto tiempo le hablo a la tierra, le hablo al bosque de Chapultepec, me tiro en la tierra y la abrazo y me quedo imaginando una conexión ancestral con ese territorio. Y sentía que el bosque me abrazaba también cuando lo atravesaba en bicicleta. Y cada vez más sentía que me decía VETE. Lo sentía cada noche. Sentía que me estaba tardando, no quería hacerle caso a una sensación loca. Finalmente le hice caso y sentí que hacía lo correcto. Quizá solamente me hice caso a mí misma.

Es tan cabrón esto que ni siquiera puedes decir abiertamente que en tu país hay una dictadura, que están desapareciendo gente, que la policía tortura con picanas y que estás aquí exiliada. No puedes decir que estás aquí exiliada, porque nadie te ha dicho, como a tus abuelos, que si no te vas, te matan. Nadie te lo ha dicho. Es más, ¡ni siquiera estás organizada como tus pinches abuelos! Y te matarán sin decírtelo, tanto como tienen una dictadura sin decirlo. Y nadie cree que eso sea una dictadura.

Y encima no hay organización confiable con la cual sí organizarse, la puta que los parió.

Hasta mis mejores amigos me dicen que no saben ya con quién estoy yo. ¡Gente no estoy con nadie! Qué maldita paranoia vivimos.

Pero sí sé que tengo una obligación, como humano en este planeta. Aunque no sé bien cómo hacer eso a lo que estoy obligada ni en qué consiste exactamente.

Y sé que desde aquí puedo hacer más de lo que puedo hacer allá. Aunque suene paradójico porque estoy en medio de un puto bosque en el fin del mundo y no sé qué hacer para ayudar.

Esta maldita sensación de que quizá no deba publicarlo y de que quizá debería escribir menos y hacer posts cortitos y de que eso se va a hundir en un montón de textos publicados esta misma noche.

3 comentarios:

Unknown dijo...

Fenomenal.
Tu texto va saltando entre lo que ocurre afuera y lo que ocurre adentro llevándonos de la mano a ese lugar en que la confidencia se funde con la literatura

.Lin. dijo...

También tengo miedo, pero parece que la tierra me mandó a la alta torre para que no se derrumbara. Tengo que estar aquí. ¡Espalda con espalda ix!

ix dijo...

Estamos, sin ninguna exageración, viviendo un momento crucial. Algunos piensan que "hagan lo que hagan" el resultado será el mismo e inevitable. Es falso. Para creer esto es necesario creer que, por ejemplo, las acciones personales son tan diminutas que son despreciables. Y de la misma manera las acciones de todos los demás. Es decir, es necesario creer que el poder está arriba y le pertenece únicamente a la clase dominante. Es decir, es necesario creer en algo así como una monarquía. Y asumirla. Y decirnos "nosotros no podemos hacer nada ni tenemos derecho de hacer nada." Mientras tanto el trabajo que cada uno de estos pequeños puntitos hace (creyendo que su trabajo es despreciable), visto en gran escala, es el trabajo que mantiene a esa organización en el poder.

Tenemos las dos opciones. Lo que suceda en el futuro va a depender de las decisiones que cada persona tome. Es un momento crucial.

Para combatir el terrorismo de Estado se necesitan, según un acuerdo mayoritario en filosofía política, dos cosas: fuerza pública y solidaridad internacional.

México no cuenta ahora con una fuerza pública. Ésta necesita estar organizada y responsabilizarse de sí misma. Al contrario en estos momentos mucha gente "organizada" está simplemente siguiendo órdenes que vienen de un arriba desconocido. Con la razón de que es la única organización a la que pueden adherirse. Eso no es organización auténtica. México necesita politizarse, necesitamos hacer correr entre la población los enunciados correctos, hablar constantemente de este tema, enriquecerlo, pelotearlo entre todos. Actualmente en el interior de las familias, en la mesa familiar, no se está hablando de esto. Tampoco los medios de comunicación están tomando el discurso correcto que ayude a un análisis social sobre lo que ocurre y que por lo tanto plantee las circunstancias donde sea posible la fuerza pública. Ni siquiera las ONG's están tomando el discurso necesario. Ahora no es el momento.

Pero para que alguna vez sea el momento es necesario empezar a hablar entre nosotros. No estoy hablando de hacer planes sediciosos. Estoy hablando de hablar sobre qué es terrorismo de Estado, en qué otros lugares y momentos de la historia ha sucedido, a qué objetivo sirve el discurso que manejan los medios de comunicación y, en fin, lo que yo llamo definir las líneas de la cancha.

No basta con hablarlo una vez y ya, listo, encontramos la verdad, tú y yo la sabemos y ya. No. Hay que enriquecer el discurso, pensarlo, digerirlo, plantearlo desde otras perspectivas. El discurso no es estático, se avanza en él.

Así que ahora lo que hay que hacer es fomentar la comunicación, no lanzarse al frente.

E insistir en la solidaridad internacional. El nivel telenovelesco y perverso de lo que ocurre en México está dificultando que la situación se entienda en otros países. Y mientras sigamos creyendo que "en todas partes es igual" no ayudamos a resolver el problema.

Es necesario dejar muy claras nuestras intenciones pacíficas y políticas.

Pero que quede claro que apoyar al EZLN no significa apoyar la violencia. Si alguna organización nacional ha mantenido las ideas que son necesarias para la paz, como la defensa de que cada uno de nosotros es un agente político y el ejercicio del diálogo, es el EZLN.