30 sept 2014

sobre narcocorridos y tolerancia a la violencia

Los narcocorridos (canciones que exaltan las virtudes de los narcotraficantes) no siempre fueron resultado de sobornos del narco a los músicos. No soy para nada experta en narcocorridos, pero tengo en algún lugar de mi memoria que no siempre fueron pagados. Los hubo auténticos. Y eso porque el narcotráfico, allá a mediados del siglo 20, no tenía exactamente los mismos tonos que tiene ahora. (Tonos de ahora: los grupos de narcos parecen ser en realidad grupos de paramilitares al servicio del Estado.) Estamos hablando de pequeñas poblaciones perdidas en el desierto del norte de México a mediados del siglo 20, no de ciudadanos europeos que alguna vez han vivido como ciudadanos empoderados de una democracia. Tenían que escoger entre un rey (el capo) u otro rey (el gobierno). El narco, empoderado con el dinero, empezó poniendo justicia donde antes no había y terminó poniendo calles, drenaje, luz, escuelas, iglesias y centros sanitarios en pueblos de los que el gobierno nunca se ocupó. Hubo una época en la que exaltar al rey pequeño en contraste con el gran rey era algo así como rebelde, como de oposición política. Obvio tampoco era tan justo y siempre hubo quienes han condenado este tipo de relaciones de poder. El capo de 1950 mataba también. Pero no mataba como el narco del 2014. Existía un margen de lealtad implícita, no estipulada por ninguna ley escrita. (Y tampoco del todo confiable). Entre que el narco se encargara del supuesto ladrón o del violador de la comunidad (que lo matara) o que se encargara la policía (que no se encargaba), mucha gente prefería lo primero. Lo correcto hubiera sido meter a la cárcel al ladrón después de un juicio, pero en los hechos esa opción no ha existido en México. Una gran razón que explica el nivel de tolerancia que han tenido los mexicanos: la posibilidad correcta aún no existe. Que la gente prefiriera al pequeño rey que era de ellos (el líder del barrio, por ejemplo, o el compadre) en vez de al gran rey que no era menos hijo de puta, generó una “brecha de violencia” durante décadas. O también una “brecha de poder”.

1940, 1950, 1960, 1970, 1980, 1990... En algún punto entre 2000 y 2006 esta brecha se ensanchó incontroladamente: empezaron a matar también a ciudadanos y los narcocorridos empezaron también a ser pagados, no auténticos. Y en ese momento la población, nosotros los mexicanos, que a cambio de cierta estabilidad habíamos tolerado una brecha de poder que de todas formas no podíamos llenar con el sistema político de hecho, no supimos cómo cambiar aquello, aquello que se puso en nuestra contra fue lo mismo que toleramos 50 años por lo menos.

Con qué idea vas a dejar de hacer lo que has hecho y a cambio de qué porque hasta la fecha no se ha planteado seriamente ninguna alternativa a nuestro proyecto de nación o de vida.

Si ya de por si en 1950 se acepaba todo esto porque no se encontraba otra.

La psique interpreta eso como “es mi culpa” (porque al menos este pequeño lado del poliedro nosotros lo aceptamos, lo pusimos) y el trauma (cuántas muertes y de qué manera) es tal que no se explicita en la conciencia, como para darte cuenta de “ah carajo no es mi culpa”. El nivel de violencia, la pobreza simbólica cultivada por siglos resultado de una negación constante de la cultura mexicana, las (inexistentes) alternativas políticas, la perversión en los medios masivos de comunicación, la podredumbre en la comunicación familiar, la cantidad de abusos sexuales solapados, mételo todo a la calculadora y dale enter: ya de por sí desde 1950 habíamos aceptado muertes: nunca se verbaliza.

¿Nunca? En algún lado hay que empezar a empedrar el camino para que se ande y para eso hay que preguntarse con toda seriedad qué le está pasando a los mexicanos. No quiero saber si han hecho bien o mal, no me importa. Lo que más me importa ahora es hacer este psicoanálisis masivo.

No es para nada una explicación completa. Esto no sucedió en todos los pueblos de México. No a todos los mexicanos les pasa esto.

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