Hay tantas cosas que explicar sobre esto.
Veamos, toda la idea gira alrededor de la idea de que no hay sustancia, sino sujeto. La idea fue de Hegel. Las consecuencias aún no hemos acabado de desentrañarlas y ocupan todo el siglo 20.
Creemos que las palabras no importan. Pero creemos que las palabras no importan porque aún no nos ha quedado claro que no hay sustancia sino sujetos. Entonces decimos “ese guey se cree superior” y a la gente no le importa que estés haciendo una apelación al fascismo porque la gente entiende que lo que tú quisiste decir fue que ese guey no te cae bien.
En el fondo no creemos que giramos alrededor de las palabras y que determinamos nuestro mundo con ellas. Porque venimos arrastrando un cambio de pensamiento desde hace muchas décadas pero aún no acabamos de asimilar ese cambio. Aún buscamos la sustancia en donde debiéramos buscar al sujeto, pero esta creencia en la sustancia no es lo mismo que en 1807 porque ahora además de creer en la sustancia estamos del todo rodeados de un vocabulario que se refiere al sujeto y no a la sustancia, pero seguimos creyendo en la sustancia, seguimos aplicándole al sujeto las características de una sustancia, entonces las consecuencias son muy distintas de lo que sucedía alrededor del año de 1807.
Por ejemplo creemos que sabemos lo que cree otra persona y decimos que esa persona se cree superior moralmente. Andando el razonamiento uno se da cuenta de que es inevitable creer cosas de los otros, a pesar de saber muy bien que no sabemos del otro. Este tipo de contradicciones se dan todo el tiempo. Racionalmente sabemos que no podemos saber que este mundo existe, sin embargo tampoco podemos dudar de él permanentemente.
Ahora bien, en efecto hay personas que se creen superiores a otros. Los nazis por ejemplo, es lo primero que asocio con la idea de una persona que se cree superior a otros. El fascismo. Por mucho que entendamos que el otro es inevitablemente otro ajeno a nosotros, no podemos dejar de preocuparnos del fascismo. Quizás justamente, precisamente, para hacer valer el convencimiento de que el otro es otro. Entonces a pesar de ello es importante identificar a los fascistas. Y es importante que sepamos también cuando alguien no es fascista. Porque la acusación de fascismo no es baladí, es en un cierto momento de la vida la línea que divide una acción armada o no. Es decir la identificación correcta del fascismo es una línea decisiva de la violencia.
El ejercicio del debate es consistente con esta idea de que no existe sustancia sino sujeto. Se espera que la persona que acusa a otra de creerse superior sepa explicar por qué. Las personas que creen que no necesitan explicar lo que dicen han de creer —es mi idea— que las cosas son como son independientemente de la red de relaciones que rodea a la cosa de la que hablan.
El resultado puede ser que una persona acuse a otra de creerse superior, que no se sienta obligado desde ningún punto de vista a dar una explicación al respecto y que además crea que su aseveración no tiene ninguna relación con el fascismo.
Y como esta persona no cree que el mundo se organiza alrededor del lenguaje, cree que no pasa nada.
Estamos metiéndonos muy a la ligera en un tema escabroso que es acusarse unos a otros "de creerse superiores", o sea fascistas. En un contexto armado, crítico y doloroso que es un polvorín. En una situación donde “se inventan historias, crean manipulaciones y ponen a personas en contra”. Una situación resbalosa.
Al gobierno le conviene mucho que empecemos a acusarnos de fascistas unos a otros.
En una sociedad donde la mayoría vivimos oprimidos y donde lo que somos es constantemente devaluado, todos queremos saber quién es el hijo de puta que se cree superior. Y oh sorpresa, resulta que son justamente los activistas los que se creen superiores.
Me pueden decir que eso no es lo que quisieron decir. Sin duda es importante aclarar qué fue lo que sí quisieron decir y también sin duda se dicen mal las cosas, muchas veces. Pero en la medida en que se cree en la sustancia y no en el sujeto, se pierde la importancia de esta articulación de cosas. La manera en la que se está organizando el lenguaje es ésta. Se podrían usar otras palabras y otros sentidos para decir, básicamente, que te saca de onda que otro te diga que estás siendo egoísta. Si lo dices así entonces tienes la posibilidad abierta de entender qué es lo que te saca de onda de esa demanda. Pero justamente se quiere evitar esa introspección, lo que se hace es creer que se sabe lo que el otro es y no sólo eso, porque al otro le podríamos llamar arrogante, le podríamos llamar iluso o le podríamos llamar pendejo, pero decidimos decir “que se cree superior”. No es poca cosa acusar a otro de creerse superior y se vea por dónde se vea, ésta es la manera en la efectivamente se está organizando el lenguaje.
Una de las ideas que se desprenden del pensamiento que pone la palabra sujeto donde antes se decía sustancia es la idea de especulación. No podemos saber nunca lo que los otros piensan pero inevitablemente especulamos sobre ello. Especular viene de espejo.
Lacan hablaba sobre la construcción de la identidad a partir de la creencia en algo que no conocemos y de hecho usó el espejo como referencia fundamental para su idea sobre cómo construimos nuestra identidad. Algo que no conocemos, por ejemplo: nuestra espalda y nuestro rostro. Tenemos imágenes de nuestro rostro y nuestra espalda pero en rigor nunca los hemos visto. Nosotros suponemos que son así como nos los imaginamos, nosotros suponemos que estamos completos aunque nunca nos hayamos visto completos. Nos hemos visto a través de un espejo, pero el espejo es una imagen.
Yendo mucho más allá: creemos en un “nosotros”, pero esto es completamente una ilusión. Creemos que sabemos cómo piensan otros y nos conducimos por la vida seguros de esta creencia, pero esto es tanto como tener una imagen completa de nosotros aunque nunca nos hayamos visto completos. Esta imagen que tenemos de nosotros, más allá de que sea cierta o falsa, es especular. La idea que tenemos de los otros es especulación, la idea que tenemos de nosotros mismos y del lugar que ocupamos en el mundo es especulación. La especulación es inevitable.
Yo nunca he visto mi rostro, pero veo otros rostros y me imagino que yo soy como ellos. Un bebé de 6 meses no tiene manera de saber que el espejo es una cosa que se explica científicamente, ¿por qué cree en el espejo entonces?, ¿por qué sabe que el espejo refleja su imagen? Porque sus papás lo ponen frente al espejo, le sonríen a través del espejo, porque ve sus propios movimientos en el espejo, de alguna manera anticipados pero los ve en el momento exacto en el que suceden. Se forma una imagen de él mismo, pero es una imagen basada en la confianza y en su propia experiencia disociada y a la vez asociada, pero asimila esa imagen, la hace propia, la cree. Se trata sólo de una imagen especular, pero la incorpora como algo que él sabe de él mismo, no como una imagen.
Así nosotros nos conducimos por la vida creyendo que sabemos qué onda con los demás, confiando en nuestros amigos y en nuestra familia, suponiendo que los otros entienden tal o cual cosa cuando les hablamos, pero todo esto es especulación.
Así como nosotros nos imaginamos a nosotros mismos completos, tal cual vemos a otras personas, aunque la realidad que tenemos en nuestras narices es otra imagen de nosotros mismos.
Lo que tenemos son nuestros ojos y lo que vemos de nosotros mismos es la nariz, las manos, las piernas y el pecho. Ésa y no otra es la visión que tenemos de nosotros mismos. Pero nos imaginamos completos.
Cuando le pides a un niño que se dibuje, no se dibuja como él mismo se ve, sino como supone que nosotros lo vemos. En un extremo: él se ve a sí mismo como nosotros lo vemos. Antepone una imagen especular a la visión empírica que tiene de sí mismo.
Así, de la misma manera, lo único que tenemos es nuestra visión, nuestro punto de vista, nuestra cabeza. Nunca hemos visto el mundo con otros más que los nuestros. Pero con la misma convicción con la que el niño se dibuja a sí mismo completo, con esa convicción nosotros nos conducimos por el mundo suponiendo cómo ven el mundo los demás.
El hecho de que ese conocimiento sea especular no le quita su validez. La gente dice “tiene que haber algo más allá de eso” porque a lo que le siguen dando importancia es a la sustancia y no al sujeto.
Ni la posibilidad de actuación política se anula en este pensamiento (aunque es un tema, es un tema hay que decirlo).
Pero bien, quien cree en la sustancia y no en el sujeto, quien cree que la manera de decir las cosas no afecta en nada a cómo son las cosas, quien cree que no le debe explicaciones a sus iguales, tampoco cree que está especulando y realmente cree que el otro se cree superior.
Cuando el otro se cree superior a nosotros, se activan toda una serie de defensas. Lo he dicho, en un extremo es el fascismo el que activa un nivel de violencia que de otro modo reprimiríamos.
Pero sucede que nosotros no sabemos en realidad lo que piensa el otro. Lo que sabemos es lo que pensamos nosotros. Y lo proyectamos sobre el otro. Y creemos que así es como verdaderamente son las cosas aunque empíricamente sucede otra cosa.
¿A qué le llaman “superioridad moral”? Dicen que el otro se cree superior moralmente cuando, básicamente, te hace sentir mierda porque tú no separas la basura ni rescatas perritos de la calle ni vas a las manifestaciones por la aparición con vida de los desaparecidos, por ejemplo. El que se molesta por la "superioridad moral" de otro en este caso está dejándose llevar por su propia especulación. La trae por delante, no se da cuenta ni de que existe porque para él las cosas son como son y no depende de cómo se las mire, y no tiene dudas en acusar al otro de sentirse superior.
En realidad eres tú el que se siente inferior.
Pero ojo, no estoy diciendo que seas inferior, sino que te sientes inferior.
Pasa que en esta sociedad apretada por una ideología que no acaba de hacer propia, una sociedad que arrastra desde hace tiempo un cambio que no termina de darse y que antepone conceptos de otras épocas a circunstancias que ya no son las mismas, esta sociedad está al mismo tiempo arrojada a la diversidad, al caos de la diversidad, y, al mismo tiempo, negada a usar el lenguaje.
Entonces por un lado publicamos y publicamos y publicamos cosas, pero por el otro lado no se leen textos largos y aun cuando se leen, no se creen o se toman en serio y aun cuando se toman en serio y se analizan a profundidad siempre queda la sensación de “para qué”.
Somos una sociedad que por un lado va obsesivamente al psicólogo y por el otro lado nos mentimos y le mentimos al psicólogo de una manera muy obvia.
Por supuesto que esto es consistente con la teoría y es parte de cómo son las cosas y sería fálico de mi parte creer que no se miente de ninguna manera cuando se va al psicólogo. Pero también es signo de nuestra época. Una época que arrastra dos maneras de ver el mundo. (De cuya clausura no decimos su fin).
Podríamos encarar mucho mejor las cosas y ello no significa que se deba tener la expectativa de eliminar de nuestra episteme las mentiras o tergiversaciones.
Si encaráramos mejor las cosas y admitiéramos que del hecho que la otra persona te haga sentir mierda por no separar la basura no se sigue que la otra persona se cree superior, nos preguntaríamos ¿por qué esta persona me hace sentir inferior?
Y la respuesta es muy importante, es una respuesta que pasa desapercibida yo diría casi obsesionadamente desapercibida.
La gente cree que si quisiéramos hacer bien las cosas, las haríamos. Cuando alguien dice que no se puede, siempre hay otro que lo reprime. Entonces por ejemplo si para ir a trabajar tenemos que hacer dos horas de camino y nos quejamos de eso, es normal que alguien más nos haga sentir culpables y huevones por quejarnos de las dos horas de camino. Lo que pasa es que no quieres trabajar, dicen. ¡Y oh pecado no querer trabajar!
El caso es que hay una negación para admitir que es realmente difícil hacer bien las cosas. Y esta negación es bastante funcional para el status quo.
Si uno quisiera hacer TODO BIEN, si uno quisiera consumir los productos que cuidan a sus trabajadores, si uno quisiera evitar el plástico y los transgénicos, si uno quisiera trabajar en un lugar que no haga daño, si uno quisiera cuidarse a sí mismo, si uno quisiera actuar conforme a la idea de que lo que le hacemos al cuerpo se lo hacemos a nuestra inteligencia, si uno quisiera renegar de su clase burguesa y hacerlo TODO TODO TODO bien, sería imposible.
El verdadero drama de nuestra época es que estamos obligados a hacer las cosas mal. Obligados a ser los resortes de esta máquina injusta.
Lo que hace corto circuito en la cabeza cuando otro nos hace sentir mierda porque no separamos la basura ni andamos en bici ni reciclamos plásticos ni comemos sanamente ni vamos a las manifestaciones ni etc. etc. etc., lo que hace corto circuito es la sospecha en algún lugar de nuestra cabeza de que por un lado reconocemos que estamos actuando mal y por el otro nos sentimos obligados a actuar mal.
Entonces no podemos cambiarlo.
Y como en algún lugar de nuestra cabeza sabemos que no podemos cambiarlo, decidimos que el otro se cree superior a nosotros. Que el problema es del otro.
El problema es que esto lo sospechamos en algún lugar de nuestra cabeza pero no llegamos al grado de decirlo conscientemente. Y como no enunciamos el problema, no podemos resolverlo. Permanece latente.
Si todos o la mayoría nos diéramos cuenta de que vivimos una situación así, quizá pararíamos de hacer lo que estamos haciendo, quizá habría un cambio. Quizá no aceptaríamos seguir viviendo así. Si aceptamos seguir trabajando así es porque tenemos la fantasía de que la situación no es tan grave.
Esta fantasía se va cayendo, porque en algún lugar de nuestra cabeza todos intuimos que efectivamente estamos atrapados, siendo los resortes de una injusticia tremenda. Poco a poco salen los cadáveres de animales con la panza llena de plástico, poco a poco nos damos cuenta de que trabajamos y trabajamos y no tenemos ni una casa; de que publicamos y publicamos pero nadie lee nuestros libros.
Dicen que el lenguaje no es importante, pero lo que nos ha mantenido en la fantasía son enunciados. Cada vez que alguien dice que no se puede hacer las cosas bien, alguien más contesta que sí se puede pero lo que pasa es que no quieres.
Y se transmite de esa manera la idea de que el problema somos nosotros, nosotros somos los malditos que no queremos vivir correctamente. Es la sociedad la que es mala, es el género humano el problema.
Sucede como cuando el gobierno te desaparece y te echa la culpa.
Efectivamente nosotros somos los resortes de esta injusticia, pero no porque eso sea lo que deseamos. Se traslada, a través del lenguaje, el problema que es del sistema a nuestra naturaleza.
Tampoco digo que seamos naturalmente buenos. Sólo digo que se traslada engañosamente el problema y así es imposible resolverlo.
Para mí el problema es de lenguaje y fundamentalmente se trata de un problema filosófico, que tiene que ver con este cambio de pensamiento que hace mucho que se está llevando a cabo.
Por un lado estamos llenos por todas partes de enunciados que tienen que ver con ubicar al sujeto donde antes se ubicaba a la sustancia: nada es verdad, no existe la verdad, nunca habrá auténtica comunicación, los estados ideales son imposibles de alcanzar, la democracia perfecta es imposible de alcanzar… Todo esto es verdad, pero al mismo tiempo se dicen cosas como que el egocentrismo es terrible y que es posible no juzgar lo que hacen otros.
Cuando se dice que el egocentrismo es despreciable lo que se quiere decir es que es despreciable alguien que no tiene consciencia de que somos todos, que sólo piensa en su propio beneficio incluso aunque ello signifique provocar un daño a los demás. El otro sigue siendo importante aunque sólo especulemos sobre él, pero habría que notar que el mundo gira siempre alrededor del yo. Que no existe el altruismo, que todo se hace por egoísmo. Justamente porque no podemos entender la importancia de las cosas más que entendiendo lo que a nosotros nos parece que es importante. Es decir, habría que entender que sólo existe el ego. Y que el ego es el centro de las cosas.
Pero así como se dice que no es que no se pueda, es que no quieres, así, de la misma manera, se desprecia al ego, al yo, que es lo único que tenemos; y a través del lenguaje se reafirma la ilusión de que lo que especulamos no lo especulamos, sino que es real.
El desprecio al yo es paralelo al desprecio al cuerpo, ambas cosas son cosas que arrastramos en el cambio (eteeeerno) que va de la sustancia al sujeto.
Se reprime el orgullo por la misma razón. No hay que ser orgullosos, hay que ser humildes, dicen.
Y donde debieran levantarse las dignidades para hacer valer nuestra voluntad y poner en juego nuestra inteligencia, se reprime uno por uno el orgullo que cada quién debiera sentir por sí mismo. Tú no eres más bello que Dios, se nos dice en misa. Tú eres pequeño. Sé humilde. Y nos tienen trabajando a todos para esta injusticia y encima nos hacen creer que es así porque queremos y por encima por encima de todo nos dicen que las palabras no importan.
Es todo parte de lo mismo.
Es como creer que se puede vivir sin juzgar lo que hacen otros. Esto es fácticamente imposible. Es cierto que en la medida en que sabemos que el otro es incognoscible, en esa misma medida debemos moderar nuestros juicios respecto a otros; pero justamente en la medida que sabemos esto, sabemos también que dejar de especular sobre el otro es imposible.
No podemos dejar de hacer juicios sobre el otro porque no podemos dejar de ser sociables. Nuestro lenguaje es de otros. Todos nuestros juicios y nuestra identidad es de otros. No hay nada que sea nuestro. Aunque el mundo gira alrededor de nosotros, aunque en ningún momento podemos dejar de ser egoístas y egocéntricos, tampoco en ningún momento, y por las mismas razones, no por casualidad, podemos dejar de estar orientados hacia el otro.
No podemos suspender nuestra demanda hacia el otro. A menos que nos creamos mónadas, a menos que creamos que hablar no sirve de nada y que las cosas son como son independientemente de cómo elaboramos discursivamente sobre ellas.
Consistente con esto, lo que existe en el “argumento de superioridad moral” que se ha puesto tan de moda es la demanda, hecha a través del lenguaje, de callarse.
Dirigida, por supuesto, al activismo.
A mí no me gusta la palabra activismo. ¿Qué pasaría si todos fuéramos activistas? Reinventaríamos la ciudadanía, Sócrates. Se le llama activistas a los activistas para separarlos del deber ciudadano. Se considera a los activistas como personas a parte: lo normal, lo propio del ciudadano común, es ser pasivo, no activo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario