Me desperté hoy antes del mediodía. Y eso que los dos días anteriores me he ido a dormir a las 6 de la mañana. El otro día me quedé escuchando música y fumando marihuana, nomás. Yo escogía la música. Sentada, no tenía nada más abierto en la compu que la música.
Me desperté antes del mediodía con un sabor asqueroso en la boca y en la respiración, y la urgencia imperiosa de satisfacer las siguientes necesidades:
1. Lavarme los dientes, las manos y la cara.
2. Hacer pipí.
3. Hacer pasar mucha agua caliente por la garganta (mate).
4. Quitarme el frío.
Miren que nunca me despierto antes del mediodía con la urgencia de lavarme los dientes.
Ya me ha pasado otras veces: siento como si la cerveza que tomé el día anterior hubiera dejado un rastro pegajoso y rancio encima de toda mi piel, la piel que tengo adentro del cuerpo también.
Como los caracoles cuando dejan un rastro brillante. Una especie de capa que me deja la cerveza en la boca, en el estómago, en las manos. Un rastro que al principio es un poco dulce y que pronto se va arranciando hasta volverse pegajoso y amargo, y vomitivo. Un rastro que no identifico al principio. Al principio la cerveza está fría, muy rica no está pero no es tan importante. Al principio ocurren otras muchas cosas más importantes: fíjate que no te bolseen, no pierdas el abrigo cuando te lo quites, fíjate en la gente que hay en la fiesta, fíjate si hay mucho lío para conseguir algo de tomar, al principio te importa mucho más que te cobren 300 mililitros de cerveza por $80, te importa saber cuándo van a abrir el piso de arriba donde van a tocar los músicos que viniste a ver Y, finalmente, nos importa mucho más fijarnos con quién vamos a compartir una cerveza, y fijarnos en COMPARTIR la cerveza, que la cerveza.
QUE LO MALA QUE ESTÁ LA CERVEZA.
Y digo cerveza porque yo obviamente ya no consumo nada más en esos bellos antros oscuros como el que fuimos anoche. No se me ocurriría pagar cien pesos por un vaso de un mal whisky con agua con gas. Ni mucho menos por un vaso de ron o vodka con jugo de algo. Lo que pasa es que un trago en esos lugares primero te cuesta 100 mangos cada uno, y luego por supuesto no te van a poner uno bueno, pero es que además usted no sabe, no conoce el nivel de mala calidad de los alcoholes que este tipo de lugares compra en grandes cantidades. Usted no conoce el nivel de esa mala calidad porque esas marcas no las venden en las tiendas a las que nosotros vamos, son marcas reservadas para grandes compras, el tipo de compras que hace un bar o un restaurante. Ron que no es ron, tequila que no es tequila, vodka que no es vodka, whisky que no es whisky. Para compensar le ponen muchísima azúcar a todo lo que puedan ponerle azúcar. Y aún no pasamos a la parte de los hielos.
Es una costumbre tomar cerveza en la calle/antro y que los momentos para tomar whisky sean en casas particulares.
Dicen que la cerveza de ahora la hacen de arroz. Cierto es que yo nunca había probado una cerveza tan mala como en Argentina. También es cierto que no nos parecería raro que la calidad de las cosas que tomamos hoy en día sea menor que la calidad de las cosas que tomábamos hace unos años. Por ejemplo es lo que todos temimos cuando vendieron la cervecería Modelo a belgas u holandeses. Pero lo que es más cierto de todo, respecto a esta oscuridad que se siente cuando te dicen que la cerveza ya no es cerveza tampoco, dado que son cosas que parece imposible saber, no porque sea un dato por sí mismo incognoscible sino por el armazón burocrático y poderoso que lo rodea, y que nos afecta mucho porque la cerveza es algo con lo que tenemos una relación muy compleja, emocional y psiquíca, además del daño fisiológico y cultural, y el atropello al derecho ajeno, lo que es más cierto de todo es que nos pusimos a hacer cerveza nosotras y no sabe igual que la que nos venden.
Pero para nada sabe igual a la que nos venden. Algunas de las que hemos hecho me recuerdan las cervezas alemanas. Ésas sí son buenas.
Hacer la cerveza nos permite hacernos una idea menos equivocada de cuánto cuesta en realidad una botella individual de cerveza o, cuando hicimos pan, una barra de pan.
Sin el trabajo, únicamente contando la materia prima, pero con la dificultad de que la materia prima ya tiene un trabajo (y no es prima, como la harina o las botellas de vidrio), cosas que no pienso explicar aquí, una barra de pan cuesta sin duda menos de 2 pesos y una botella de cerveza alrededor de $10 para una manufactura artesanal.
Una vez trabajando en un restaurante hice la cuenta de cuánto costaba una taza de café, contando el precio de la bolsa por kilo al mayoreo y la cantidad de tazas que pueden salir de un kilo, y el resultado fue algo así como 30 centavos. Siendo que la vendían entre $20 y $30.
Esta clase de cosas me llevan a muy largos pensamientos.
La cerveza Quilmes, la Brahma, y todas las otras de medio pelo que te venden, Schneider y todas las que hay hasta llegar a la Stella Artois, la Stella Artois incluida, son una cosa diferente.
Saben dulces.
Se supone que una cerveza debe ser amarga EN LA BOCA y sentar refrescante al cuerpo. Estas cervezas que están en el mercado oficial de cervezas sólo son refrescantes por que están muy frías. Saben dulces en la boca y el amargor empieza a sentirse DESPUÉS de haber tomado la cerveza pero no se siente tanto en la boca como en el cuerpo.
Esta cerveza falsa le sienta amarga al cuerpo.
Apenas tomarla deja un rastro pegajoso en la boca y en la garganta. E irá dejando todo ese rastro en su trayecto. Pero pronto la cerveza empieza a ser procesada por el metabolismo y es como si ese rastro fuera siendo más finito, en hilillos de rastros de nuestra cerveza-caracol, por todo mi cuerpo, mis glándulas, mis poros: mi propio sudor, mi saliva y mis mocos transportan la cerveza y van dejando rastros por todo mi cuerpo.
A la mañana siguiente estoy empapada en sudor. Es decir: en mi propia cerveza.
El amargor de la fermentación del ¿arroz? ha ido progresando hasta niveles repulsivos, ahora puede sentirse el amargor de la cerveza, sí, oh sí, siento el amargor de la cerveza en las axilas. Un poco tarde pero lo siento. En el pecho, en las piernas, en los pies, en las manos, en los pómulos, en el cuello de la nuca. El amargor de una plantita o semilla pudriéndose está ahí.
En la boca tengo un aliento de borracha que ni yo misma tolero. Es más: me despierta mi propio aliento.
Me fumé dos cigarros. Me pude haber fumado tres pero cuando abrí la bolsita para armarme el tercero me dio asco. Y eso que fumo tabaco orgánico sin aditivos nacional de empaque reciclable y todo eso. Realmente prefiero no prender un Marlboro nunca jamás en mi vida.
Yo los veo a todos fumando Marlboro y cosas peores y no sé cómo le hacen.
Luego fui a comer algo porque ya lo necesitaba (yo) y lo único que había era hotdogs en la tiendita de enfrente. Que estaba prácticamente del todo vacía, yo pedí unas papitas y no tenían. Ya es la segunda vez que no encuentro papitas en un kiosko, es rarísimo. Por el otro lado están muy caras, muy caras las papas, ese intento de papas fritas que te venden empaquetadas, $30 un paquetito. También ya me ha pasado que las pido y no me las llevo por lo caras. Pero ayer después del hotdog pude haberlas pagado. Qué cosa más horrible ese hotdog.
Qué cosa más horrible ese hotdog.
Solamente seguía comiéndolo porque era necesario contrarrestar el efecto gastroenterítico y sudorípado de la cerveza.
No pagué ni una cerveza. Las primeras dos nos las invitaron. Luego Fer compró una jarrita de dos vasos grandes y feria. Me acuerdo que me tomé lo último de jalón antes de salir a fumar porque no sé por qué no me dejaban salir con un vaso de plástico con cerveza a la calle.
Y después, pero esto ya en la calle, lo recuerdo porque estábamos acomodando una bolsa de papel que habíamos encontrado entre unas rejas de una ventana, frente a un tiradero de basura, porque la bolsa tenía un pingüino y queríamos que se viera entre las rejas, cuando conocimos a un chico de Bariloche que traía una lata de Schneider de medio litro. Cachamos onda inmediatamente cuando nos contó un trauma de su infancia que lo había hecho vegetariano por muchos años (ya no). En medio llegó alguien más con otra de las mismas latas y finalmente nos cruzamos la calle a la banqueta de enfrente y conocimos a otros tipos, como 4 ó 5, pero sobre todo eran dos con los que estábamos, más los amigos anteriores, y no sé si rolaron una o dos caguamas, litronas, que es la medida estándar para tomar cerveza en este país antártico del fin del mundo (Argentina, no Chile).
Yo quise pagar quince pesos por una de ellas (el 50% de su costo particular) y me lo denegaron.
Nos fuimos pronto porque somos gente grande.
Llegando comimos sincronizadas con tortillas de maíz y un té de manzanilla. Lo último que recuerdo fue que abracé a Fernanda y que pegué almohada a la cabeza.
Cuando abrí los ojos estaba nublado el día. No tenía sed, sino asco.
Me paré inmediatamente de la cama, cosa que nunca hago.
Estaba toda sudada, cosa que siempre me pasa en Buenos Aires. O porque hay mucho calor, o porque hace mucho frío y dormimos tapadas. Y la humedad y estamos tapadas y sudamos. Y nuestra última cobija es un sleeping bag que es de plástico en la última capa.
Porque: siglo
Bajé directamente a prender el calentador eléctrico de la sala. Luego me lavé la cara y las manos y busqué mis pantuflas, no sé qué hice primero. Después hice pipí inmediatamente y respiré aliviada. Después volví al cuarto por una frazada y me tapé y volví al baño a lavarme los dientes DOS VECES. Y finalmente pude poner la pava a calentar y en lo que se calentaba fui a sentarme al lado del calentador con una toalla-tubo-director-de-aire-caliente en las piernas.
Los primeros mates fueron horribles. Fueron muy amargos. De alguna manera fue amargor sobre amargor. Fernanda estaba dormida del todo atravesada en la cama con la boca abierta y los ojos perdidos. Recalqué la importancia de compartir el mate, pero tuve que tomármelos todos yo.
Más o menos cuando ya estaba rico el mate, Fer se despertó. Y como por supuesto no pensaba levantarse de la cama (nos leemos la mente) volví a calentar la pava y se lo subí todo. Y se lo dejé porque tenía cosas que hacer.
Porque yo a veces me preocupo por esta juventud.
Pienso que pobrecitos, que están creciendo en una época en donde ya parece normal que ocurran tantas atrocidades, donde ya está instalada una crisis pero para ellos es normal y nadie les explica porque tienen unos padres, la mayoría de ellos, casi del todo desobligados, padres que parece que no saben para nada o que no les importa para nada ciertas cosas de educación y comportamiento que, más bien todas las cosas de educación y comportamiento. Su táctica parece no tener táctica. Parece una ausencia de la ley.
Pero no una ausencia de la ley policial, la del sheriff, la del Estado. Al contrario, esta juventud vive un momento de estricto control policial y un momento en donde la ley es aplicada muy fuerte, laxa y oscuramente. Sino ausencia de una ley interiorizada. Parece que sus padres nunca les dijeron nada acerca de lo que está bien y está mal. Nada. ¿Una mínima noción? Silencio por respuesta.
El silencio es la respuesta para muchos de ellos.
A mí mis papás me enseñaron a contestar, y además a contestar pensando y usando algunos criterios importantes.
Cuando una persona decide no contestar y cree que está bien lo que hace, pues yo tengo que confesar que no me alcanza la cabeza para entender bajo qué horizonte especulativo esa conducta podría estar bien, porque al contrario en los horizontes especulativos que yo alcanzo a manejar esa conducta es contraria a la libertad por la que... Esa conducta es bastante facha, para decirlo pronto.
Entonces me preocupa.
Sobre todo me preocupa que se le haya enseñado a una generación que el silencio, que es cómodo y curativo a veces, sea una respuesta aceptable ante la angustia existencial.
Porque esta gente no es culpable de que les hayan enseñado eso, es como si se les hubiera dejado acceder a un vicio. Y ahora ya no saben cómo quitárselo. Es injusto para ellos.
Y además peligroso porque es muy probable que se instale una negación colectiva al respecto no sólo de esa conducta, sino de muchas otras y de ideas que se dicen o que están implícitas.
Me preocupa de una manera muy confusa porque además no sé bien qué ocurre entre los adolescentes de ahora. Ni quiero saberlo, por el otro lado. No es un asunto contra ellos. Es que veo cómo está la educación, veo cómo está la política, veo que crecen entre guerras y terrorismos de Estado, veo las series que ven y no mames, veo un montón de cosas mal entre las que está creciendo una generación de personas y me preocupa.
Entre ello, tantos jóvenes que están heredando poderes de mafias creyendo que así es lo laboral.
Claro que una cosa son los jóvenes que van a los antros como el de anoche y otra los que están siendo jefes de grandes empresas creyendo que así de madura es su onda genocida y explotadora.
Porque pues hay que ser maduros y saber que así son las cosas.
Hay que ser hombres y no nenas y saber que así son las cosas.
Haciendo un recuento de todo lo que hicimos anoche, lo más sano fue fumar ese cigarro de marihuana. Incluido el hotdog.
Y por un momento creí, pero evidentemente estoy equivocada, que si así es como vive esta juventud, en verdad no tenemos que preocuparnos porque todos ellos morirán de cáncer en 40 años.
Desde el smog de camino, las luces neón, el edificio blindado, los policías privados que te revisan (no nos revisaron mucho esta vez, copados), la música, la concentración de señales de teléfono, la fila de la barra, las bebidas, el área de fumadores, los embotellamientos adentro del edificio, las borracheras de algunos, los trips de otros.
Luego la comida.
El tabaco que ya no es como antes, ahora es mil veces más tóxico.
El gasto de dinero.
La policía de caminos que te revisa de regreso.
Lo digo porque yo siento que todo lo que hago en esas noches "de diversión" es meterme venenos. No porque el alcohol sea un veneno por sí mismo, por ejemplo, sino porque esas cervezas, que finalmente son las cervezas que la mayoría consume, y esos tabacos, y esos precios y esos hotdogs y todo, todo, es muy chafa.
Cuando sales y conoces a alguien que te alegra haber conocido, ahí eso lo vale todo. Hacer amigos pues. Y a veces otras veces la gente que uno conoce no va a ser tu amiga pero te la pasas bien, realmente bien.
Siempre y cuando estés afuera de este lugar, en la calle, en una casa... Los antros en sí mismos, aunque pueden ser muy divertidos, cuando están en decadencia son simplemente lugares horribles en donde gastas dinero y no conoces a nadie porque no puedes hablar con nadie, solamente verlos.
Por el ruido.
Recalco que en su esplendor los antros son muy divertidos. Pero creo también que es un estado de euforia al que yo ahora ni quiero llegar ni tengo energías. Y la música tiene que ser buena y coincidir con mi estado de ánimo y la gente y la brecha económica, en fin.
Y no puede ser tarde porque a mí me da sueño.
Pero independientemente de si a mí me da sueño o no, una cosa es salir y que te de sueño y que al día siguiente duermas todo lo que necesites, y otra es salir y que te de sueño igual, pero que además destruyas tu cuerpo para el día siguiente y no puedas dormir del todo solamente por tomar cerveza y fumar dos tabacos.
Del todo significa ese cachito de sueño que no dormí, ques importante.
Es triste pensar que ésta es la manera de fumigar a la parte de la juventud que quiere salir de noche.
Mucho más triste si pensamos que los otros que se quedan con los trabajos hipsters son los nerds que no salen en la noche o que ganan veinte mil pesos al mes y van a tomar a un bar aburrido pero con alcoholes de vedad. Algunos ni son aburridos. Y otros mejor ni pensarlo.
En el de ayer no cobraban la entrada. No estaba mal el lugar, ni la gente, es otra cosa. El ánimo quizá. Nuestros tiempos. Una coincidencia económica, espacial, de media semana. No sé, estaba aburrido, pero a la vez era normal que estuviera aburrido.
Nada fuera de lo común, nada para llamar la atención.
Simplemente una pregunta, quizá demasiado simple, pasa sin que se le admita realmente, pero muy básica: ¿a qué va la gente a esos lugares?
¿a qué va la gente a esos lugares?
No hablan. Toman malas bebidas. Carísimas. Ven a otros bailar pero la gente en el centro no está bailando. Alguno baila. La mayoría sólo están ahí, bebiendo. Yo lo miro de lejos pegada al barandal de la escalera principal. Al pie de la escalera otro guey hace lo mismo, mira hacia el centro donde está la gente que no baila. Bueno alguno baila, ya dijimos, alguna baila. El tipo enfrente de mí al pie de la escalera tiene también un vaso con alguna bebida.
Todos o casi todos traen los mismos vasos con bebidas diferentes.
¿Tú qué estás tomando?, es una pregunta de entrada, por ejemplo.
La gente habla a gritos. Normalmente lo hacen para sentir al otro, para acercarse a su rostro y olerlo, oler su boca, su pelo, su ropa, y saber si nos gusta o no. La conversación no puede durar mucho porque es a gritos y tiene que ser con las cabezas muy cerca. De modo que, como se trata de dos que recién se conocen, se acercan para hablarse y se separan para mirarse los gestos continuamente, en un movimiento que es nauseabundo si uno lo practica y lo repite mucho, con un vaso en la mano y hablando con un desconocido que huele a alcohol, azúcar y tabaco. A gritos tratando de entender un chiste o de hacer entender un chiste que por supuesto no viene nada al caso y fue una pérdida de saliva que uno no calculó por estar acostumbrado neciamente a soltar lo que le viene a uno a la cabeza si nos parece gracioso --y no sabemos quién ese tipo ni de dónde salió de repente.
Es tarado insistir en conversar adentro de un antro. Ya casi nadie lo hace, parece.
Y sin embargo, bueno, sería tan triste que se acabara la vida de noche, los centros nocturnos.
El otro día vi una construcción que decía: CENTRO DIURNO.
Es un trabajo loable y necesario el que algunos hacen para resistir la vida nocturna, mucho más laborioso y arriesgado ahora que por lo menos ayer parecía tan en decadencia. Y solo, solitario.
A mí que me disculpen, no es mi rollo. Lo admiro y a lo mejor quisiera vestirme de lentejuelas y tener esa alegría, pero no la tengo y estoy muy cómoda con lo que hago y con mi vida. Por lo menos, claro, con la parte de poder dedicar las noches a leer y a trabajar.
Indudablemente esta alegría mía por la fumigación a la que son sometidos fue una estupidez provocada claramente por los efectos tóxicos de todo lo que consumí anoche. Incluida la horrorosa salchicha.
Tuve que pedir más catsup y ni así pude acabármela. Me ayudaron.
Discúlpenme y me retiro. Gracias y volveré.
Buen día.
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