He necesitado mucho tiempo para *no sé*, ordenar cosas. Al principio no era nada claro. Por supuesto hay cosas que se saben, muchas más de las que el mundo parece reconocer en esos momentos. No era así exactamente, pero por ejemplo me levantaba pensando en lo que tenía que hacer y quizá estaba por arrancar pero un montón de cosas me lo impedían: calcetines sucios, por ejemplo. Era imposible la cantidad de cosas. Imposible recordar. Imposible preveerlas. No tenía tolerancia más para esas cosas.
Después del divorció necesité limpiar toda mi casa. Cada cosa. La alacena, el estante del baño. Pero eso fue mucho después. Apenas hoy decidí meter la toalla naranja.
La toalla naranja, por ejemplo, se la compramos a la vecina de enfrente en Villa Ventana, que se dedicaba a las manos, a curar las manos con masajes, especialmente si se había tenido algún accidente. Era fisioterapeuta de manos. Tuvo un problema con su esposo, el vecino, el que dejó la moto estacionada en nuestra casa. Aparcada en nuestra casa porque ahí había sombra. Le compramos dos toallas, una verde más grande, y un juego de sábanas. Nada salió bueno, todo tiene demasiado plástico. Ahí me quedó claro que siempre había que conseguirse las cosas de algodón. Fer se llevó la toalla verde. Me dejó la otra, que supuestamente era buena, que creo que era la de ella de México. Que ahora uso para poner los pies al salir de bañarme, porque la que usábamos para eso, la naranja, no sé cómo diablos llegó a un estante de la terraza, abajo de la escalera de la pared, encima justo del millón de botellas de cerveza que tenemos para cambiar.
Y así con cada cosa.
Fer se fue a mediados de agosto, quizá antes. Yo me fui el 1° de agosto, pero regresé a los tres días o cuatro. Y entonces decidimos que Fer si iría y, bueno, no lo decidimos, fue después de una explosión mía que Fer también dijo le tocaba a ella y yo le reclama más cosas, como siempre, y tampoco se sabe si Fer misma exageraba para bien mío cuando metía tanta presión en la decisión de haberse ido. Bueno. Esas cosas no se saben. Pero, como le digo, no por no saberlas no importan. Ni tampoco por medir bien el daño se queda una con otra cosa que olvide todo lo que nos amamos.
Muchas veces digo cosas que ella no es que no sepa ya, sino que, bueno, no se dicen. No se tienen así plenamente en la conciencia.
Eran muchas las cosas que había que ordenar, acomodar, limpiar, muchas ya las había limpiado hace unos meses. Se encimó además una obra de remodelación completa en la casa de al lado y además de las máquinas trabajando todo el día, se metió todo el polvo.
Al principio, al mero principio, fueron días buenos de sanación propia, pero al mismo tiempo estaba en un momento muy confuso de mi vida, con todas las cosas regadas en la sala de la casa, con un par de martillos extra que una argentina me había empacado en mis cosas, que... en fin, y Fernanda yéndose a casa de un amigo. Y yo después de eso tuve como doce días de recogimiento y sanación porque después del dolor de espalda me lo merecía; pero después fueron días horribles de miedo y de oscuridad. De los que no sé si deshacerme.
Cada cosa que estaba mal en mi vida era un estorbo antes de empezar a hacer lo que tenía que hacer, que no sabía, honestamente; y ya no toleraba, aguantaba, las cosas que estaban mal, y tampoco podía ver todo lo que estaba mal.
Pero lo tenía enfrente de mis ojos. Toda mi casa estaba hecha un desastre. Pero también tenía enfrente de mis ojos, y de mis cosas, que no sólo mis cosas estaban hechas un desastre, sino otras cosas que no tienen extensión material: mi memoria, por ejemplo, mis sentimientos, mi trabajo. Y luego también mi cuerpo. Mi cuerpo estaba hecho un desastre. Ya desde el principio estaba hecho un desastre. Ya desde el principio todo se trató de curarme. Pero en el transcurso de curarme, la calle misma se volvió peligrosa. Un poco la vida misma se volvió peligrosa.
Lo que hice, quedarme en casa tanto tiempo, un poco paralizada, fue sin saber. El tiempo pasó rápido. No entendí nada. Intenté entender muchas cosas. Muchas cosas me pasaron, así, me pasaron en esos dos meses. Sin que yo lo quisiera. Por ejemplo la memoria. Y otras cosas las dejé pasar, en el entendido de que justamente hay que ver los síntomas y dejarse escuchar. Y entremedio pasaba por un lado yo misma, yo misma que me miento y que tengo miedo y que invento más o menos, que atino más o menos a mis propios sentimientos; y del otro lado la realidad de cosas que me afectan, que van desde el trabajo hasta mi vida personal, mi vida con cada quién, con Fernanda, con, en fin; el hecho real de que no nos hablamos profundamente, de que mantenemos relaciones superficiales y apenas suficientes. Por supuesto yo sólo conozco mis relaciones. Me afectaba también la idea que tenemos del otro. Por ejemplo me daba cuenta de que a muchísima gente seguro le ocurre que cree, a niveles preocupantemente profundos, en la idea de otro que vende el imperio del establishment.
No sólo me entristecía pensando en el mundo, al mismo tiempo permanecía en las capas más profundas de lo que me pasaba la angustia de qué tan distorsionada tengo la percepción. Pensando que no existe percepción pura. Pero que sí que existe la locura.
A mí lo que me faltaba era alguien que me escuchara.
Hay cosas que no se pueden decir por twitter ni escribir en el blog.
No a todas las personas, es decir casi a nadie, se les puede pedir que te escuchen profundamente.
No se trataba de que e dijeran si sí o si no, aunque sí, pero se trataba de hablar de todo, incluso de cosas que no importaban, y lo que pedía era imposible, necesitaba que escucharan cosas que eran insoportables y cosas que eran inentendibles y sobre todo muchas cosas. Lo necesitaba.
Ni siquiera entendía lo que me pasaba. Y tuve que escribir muchas cosas, que qué bueno que las escribí, que si hubiera tenido con quién hablarlas... Pues no las hubiera escrito así.
Lo cual me sirvió también para meditar profunda y desordenadamente sobre los límites de twitter y estas nuevas exigencias de estos tiempos.
Todo lo pensaba desordenadamente. Algunas cosas se me repetían, claro.
Mis cosas aparecían y desaparecían entre mis cosas. Mi libreta por ejemplo la tuve a mano muchas veces y luego desapareció. Le pasó así algugnas veces, pero volvió a aparecer, y luego desapareció por un tiempo largo.
Pero tengo un "sujetapapeles". Hardboard, en inglés.
Y puedo escribir en papel cuando quiera.
Lo que pasa es que a veces me pregunto demasiado qué voy a escribir, quizá no demasiado, pero por ejemplo a veces me pregunto si lo que tengo para escribir va en papeles sueltos o en la libreta (pero no encuentro la libreta). Luego tengo la libreta y no lo escribo tampoco. // Y con la compu me pasa también que no siempre hay que empezar un texto ni en Word ni en Blogger acerca de cualquier cosa, que algunas cosas no se pueden tomar tan seriamente y hacerles todo un redondeo, y las pongo en Twitter. Quizá exagero, pero a veces pienso que quizá no exagero, que quizá hago lo correcto haciendo todo eso que otros creen que está mal o que está loco. Todo eso me he preguntado estos meses. Pero no me he quedado aquí para preguntarme eso. Yo he querido salir siempre.
Así como comer. Primero no me di cuenta de todo lo que no estaba comiendo. Llevaba mucho tiempo sin comer bien. Y llevaba mucho tiempo sin trabajo, trabajando en otras cosas, y sin querer salir; y con problemas de convivencia. Cada persona tiene sus dificultades en la vida y a veces coincide que, bueno no coincide pero no importa, que las dos hacen bien en no escuchar a la otra pero no se puede vivir así.
No me di cuenta. Después de un periodo de llevar mal las cosas, vino el hermano de Fernandaa y hubo una explosión en casa y después de eso pasó como una semana o dos semanas y me fui de la casa. Fui a casa de una amiga que se sacó de onda porque le tiré la onda. Todo mal porque yo misma no estaba controlando lo que me pasaba y porque al mismo tiempo realmente me hacía caso a mí misma pero por supuesto nunca dejé de hacerle caso a ella, el caso es que incluso después de todo lo que pasó yo seguía haciéndole mucho caso a esta persona, y era tanto lo que me pasaba que yo me aferraba a eso, confiando en esta persona, que literalmente me había puesto las cosas en la calle, y después de ese principio empezaron a surgir muchas más cosas de mi vida.
Uno sabe que hay tantas cosas que hay que poner en el sótano del inconsciente. A un lado. Para seguir trabajando. Y que en todo caso sacarlas JUSTO cuando uno tiene que mudarse de país. Cosa que no me quedaba del todo claro por qué tenía que mudarme urgentemente de país. Admito que a esas alturas mías la comunicación exigía cosas extraordinarias, como detalles y franqueza y yo estaba desesperada. Tenía mil cosas en la cabeza.
No importa todo lo que me fije en describir la multitud de cosas que tenían que ver en este laberinto, tengo que decir que no hay manera de que otra persona pueda juzgar si eran o no suficientes porque no hay manera de que otra persona sepa la cantidad de cosas que tenía en la cabeza. Si las hubiera dicho, quizá... Pero tenía que decirlas a alguien. No se trataba de una grabadora. Porque en primer lugar yo estaba harta del mundo, y aunque sin duda quería recuperar mi deseo con él, yo lo odiaba, y no tenía siquiera intenciones de escribir. Mucho menos de hablarle a una grabadora.
Ni tendría ganas ahora de escuchar las grabaciones.
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Qué ganas de hablarle a alguien como si entendiera todo de lo que estoy hablando, y que pudiera decirle todo lo que tengo que decir, todo; y que estuviera al tanto de todo lo que ha pasado.
Porque poner al tanto a la gente, a larga distancia, de todo lo que ha pasado desde que salimos así de Villa Ventana, y desde antes, es repetir un montón de cosas y pasar por arriba de ellas rápidamente y yo lo que necesito es hablar bien, realmente, desde ahora. No estaba para repetir nada.
Fernanda siempre estuvo de la manera en que Fernanda siempre ha estado. Por ejemplo yo me enamoré de ella mientras hacía un asado, con sus pants grises que se doblaba en la cintura, y tenía una camiseta blanca. Que se ensució de carbón. Estábamos en un jardín. Y me metió a la boca un pedazo de carne perfectamente asada en un punto jamás imaginado, neta. Y me enamoré. Ya de por sí tenía una falda y una manera de, con la guitarra, y la jarana, que llevaba a veces en el hombro caminando en las calles del D.F., desde el fondo del sótano donde tocaba en su casa. Y el hecho de que yo la conocía muy bien, especialmente su primer disco. Taquicardia.
Lo que pasa es imposible de explicar porque hay que explicar muchísimas cosas que por supuesto pienso explicarme, que no he dejado de explicarme, pero de entrada sólo ella y yo sabemos qué ha pasado desde aquella vez que nos encontramos en la manifestación de mayo del 2012 contra Peña Nieto.
Regresar a Argentina para ella, 16 ó 20 años después, en noviembre de aquel año, 5 meses después de encontrarnos (y de enamorarnos locamente) es algo que si no se vive, no se entiende. Yo digo que ella cambió, pero yo qué sé, yo la conozco muy bien (en Argentina). Y yo sin duda en Argentina soy una persona adaptada, modificada. Yo siento que me he tomado mi extranjería mucho mejor en Argentina que en España, lo opiné desde el principio. Llevaba como año y medio o dos años en Argentina y por ejemplo respecto al acento, y a la manera de hablar, me sentía mucho más libre acá en Argentina que en España. En España cambié mi manera de hablar, a los 20 años, 21; un poco sin controlarlo y otro poco como reacción consciente a una dificultad que me rebasaba y que no sabía aclarar bien pero que sin duda tenía que ver con asuntos de los cuales no estaba del todo segura que quisiera hablar. Y sin embargo era el acento lo que me cambiaba. Por un lado me ayudó a hacerme entender en España, al pedir cosas en una tienda o dirigirme a cualquiera. Me entendían. Y preveía su respuesta. Por el otro lado modificó para mal la percepción que otros tenían de mí al grado de pasar la vergüenza de que alguien me dijera que estaba bien ser yo misma. Yo lo sabía. Pero también sucedía algo conmigo misma.
Y como siempre, no supe cómo responder a eso.
Pasan esas cosas en la vida. Ojalá que pueda contestar a ese tipo de situaciones en el futuro.
Bueno, lo que a uno le pasa, le pasa. Entre más difíciles sean las circunstancias, más fácil que hagamos algo de lo que después nos sintamos culpables. Y más difícil hablar de ello. De por sí se da por sentado que no hay que hablar de muchísimas cosas.
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Yo creo que hay que hablar de prácticamente todo. Que hay cosas que deben censurarse, sí, ante todo el asesinato, la violación y la tortura. a mentira también debería censurarse, pero no a lo loco ni a lo estúpido. La estafa sí, también.
Lo que pasa es que en un mundo en el que el Estado utiliza su tecnología para causar terror y parálisis, y modificar los argumentos y el discurso, los principios, los criterios generales que uno tenía para comportarse en el mundo, en la vida, cambian. Y ya no se puede hablar libremente porque considerando todo lo que sucede al final uno efectivamente decide callarse algunas cosas. Algunos se callan demasiadas. Yo soy de la idea que siempre existe la censura, y que si es grande o chica depende de si podemos justificarla y de si nos sentimos cómodos con ella o no, y de tantas cosas supongo, que no estoy viendo ni debería estar viendo; y que siempre debemos escoger lo mejor y siempre debemos mantener estirándose y fortaleciéndose nuestra comunicación. Siempre debemos optar por decir algo.
Excepto cuando no, claro. Pero bajo el criterio de que casi siempre sí.
Por ejemplo, de entrada (pero es sólo una manera de hablar porque para llegar a estas conclusiones ya se tuvo que andar camino pero por el otro lado cuándo no hemos estado andando el camino) uno creería que si no estamos haciendo nada malo, no hay por qué ocultar las cosas. Así aunque uno tenga el teléfono intervenido, no habría que hacer nada ni preocuparse de nada porque uno no tiene nada qué ocultar. ¿No?
Sí. Bueno. Pero hay que considerar que todo lo que uno diga puede ser considerado en una sala de tortura para causar más daño. Por ejemplo. El gobierno que tenemos da para eso.
Entonces inmediatamente nos viene a la cabeza, porque no estamos locos, cuáles son las puts posibilidades de que alguien se ocupe así de mí. Claro. Por el otro lado nunca podemos juzgar si la paranoia de otra persona está o no justificada hasta estar seguros, y esto es difícil, de haberla escuchado atentamente durante, creo, todo el camino de su explicación.
Pero quién puede explicar su historia así.
Yo tenía mucho interés en explicar por qué había dejado la toalla así y por qué había barrido otras partes de la casa pero había dejado esas grandes pelusas aplastadas en la esquina del baño, a un lado de la regadera, a un lado de la toalla, que no recordaba de dónde a había traído Fer. Pero me sentía culpable, claro. Aunque no. Me compré una toalla que sí seca. Y estoy muy agradecida conmigo misma y con el mundo y la vida y mis padres y mis amigos y la gente buena de este planeta por esa toalla. Aunque no sé si la sociedad, si mi dialéctica con el mundo, mi ping pong con el mundo, en mis relaciones con todos, con la señorita que me pide mi pase de abordar y con todos, no sé si mis cosas puedan ser aceptadas en su totalidad, o por lo menos en una totalidad verdaderamente suficiente. Creo que siempre serán aceptadas después de mutilar la comprensión de ellas. Siempre serán aceptadas, al menos si sigo como voy, pero me pregunto si siempre serán malinterpretadas. Porque estoy harta de que las cosas signifiquen distinto para otros de lo que significan para mí y de tener que vivir con el fuego prendido dentro de mí de que las cosas que no entienden son grandes y bonitas o importantes o que pesan lo que pesan, aunque sean la toalla y las pelusas porque JAMÁS serán la toalla y la pelusa, ni ninguna otra cosa que he dicho, ni ninguna de las cosas que pensé, ni ninguna cosa, sino todas. La manera que tiene el m undo ded que todas las cosas se presenten aunque jamás se pueda decirlas y a veces ni siquiera verlas, enn conjunto. Se presentan en cnjutno. A la vida. A la razón, a la conciencia. A uno mismo. Al sujeto.
Yo quería saber lo que me pasaba a pesar de saber que hay cosas que uno no quiere saber. Y no sé. quizá pasan tantas cosas que creo que es el momento de hablar sin saber qué es aquello que no quería saber, quizá. Quizá mi interés en mí misma es genuino. Porque parece, sin duda. Pero yo qué sé, ¿YO QUÉ SÉ?
Yo, que tengo la sensación de haber tomado las decisiones correctas en mi vida, que creo que no me he equivocado, que no sé qué cosa debí haber hecho que no hice, que me pregunto si lo que hice no lo hice a tope a propósito porque tenía miedo o porque tengo miedo de admitir que no llego al tope que me imagino, YO, ¿qué cosa debí haber hecho de otra manera?
Siempre me pregunto por ejemplo, pero no me atormenta, qué hubiera pasado si desde el principio, desde que salí de la prepa, hubiera aplicado para la UNAM. Pero lo que hice, tomar el examen de Selectividad e irme a Salamanca, me sigue pareciendo la mejor idea. Aunque quizá debí haberme ido a la Complutense, sí... Pero no me pude resistir. Quizá hice mal, sí. Tampoco eso me atormenta, pero me atormenta más que la idea de haberme quedado en la UNAM. Y menos que episodios que ocurrieron cuando regresé (a la UNAM, porque regresé a México a la UNAM). Siempre, en esos casos que me atormentan, me pregunto qué hubiera pasado de la otra manera. Pero también intento entender por qué hice lo que hice.
No siempre he tomado las mejores decisiones. De algunas he aprendido. De algunas me sobrepongo inmediatamente, pensando que he aprendido. De otras sin duda aprendí pero no sé si lo que aprendí no era para usarlo precisamente en aquella ocasión y en ninguna otra. Hay cosas que son tolerables y hay cosas que no lo son.
Hay veces que uno del dolor saca el sabor de la vida con el tiempo y con las decisiones acertadas, saboreando la propia valentía, o el valor que uno se tenga, tanto como el trabajo que se hace con la vida; y sin duda tantas veces no se ve eso en los momentos de tristeza, ni se quiere verlo; pero también es cierto que ocurren cosas de las que no se quiera sacar la sal de la vida, porque son tan graves que en ningún caso uno quiere admitir o pensar que aquello horrible que a uno le ha pasado, una injusticia, sea bueno para algo. Por ejemplo la violencia política. Pero tantas cosas que ocurren en el mundo que no deben ocurrir y que el sabor de la vida debe de ocurrir de otras maneras y cómo así, cómo así. Da escalofríos pensarlo. No se piensa claramente, de hecho.
No hay manera de acabar, ni interés, de contar todo lo que ha pasado por mi cabeza. No hay manera de ocultar lo que me pasa. De hablar tangencialmente de tal o cual y creer que con eso se ha dicho. Hay cosas no dichas que pesan, cuántas cosas no dichas, cuánto pesan, cuando ni siquiera se han dicho, cuando ocurren y se borran, y yo misma recuerdo a mi propio capricho por mucho que intente guardar conmigo misma la dialéctica que necesito con alguien. Más o menos, claro, de una u otra manera, la vida claro que es hermosa y hay gente que existe y es mejor hablar con ellos que no hablar, aunque eso me genere rencor hacia la telefonía y rencor hacia el mundo de muchas maneras.
No he acabado. Parece como que, a pesar de saber y repetirme que las cosas de las que tengo necesidad de hablar son infinitas e incognoscibles y miserables, aún tengo necesidad de decir algo de ellas. Algo que no sea poco, ni demasiado, sino que cuadre. Como el deseo también.

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